Ya está el episodio dos de las memorias del duque.
viernes, septiembre 30, 2005
El duque de Roca Negras contado por Aquiles Nazoa.
Les pongo aquí algo sobre el duque, escrito por Aquiles Nazoa en Caracas física y espiritual.
"Criatura insólita de la fantasía y del humorismo de la ciudad, en el esplendor físico de aquella figura y en la atmósfera de leyenda que respiraba su fascinante personalidad, conoció la Caracas de los 20 al que fue su personaje más típico por más de diez años, y al mismo tiempo una estampa humana mitad broma mitad poesía, parte locura y parte ensueño, que reunía en sí la elegancia de un Brummel, las extravagancias modísticas y mundanismo refinado de un Oscar Wilde, el misterioso deslumbramiento de un nuevo Conde de Montecristo, y la poesía conmovedora de aquel señor de Bougrelón que en la conocida novela de Jean Lorrain, pasea su inocente megalomanía y su soliloquio delirante, por las solitarias salas de los museos de Holanda.
Era natural de La Guaira donde en su juventud había figurado entre los recios caleteros que acarreaban sacos de café a los barcos. Su vida de aventuras comienza apenas a los 15 años, cuando un Rodulfo, su amigo de la niñez, lo incorpora a la clientela un poco bandidesca de "El Gato Negro", famosa posada y garito guaireño que poetizaba la sólida reputación de su cocina criolla en sus anuncios versificados del periódico "La Lira":
Es El Gato, en verdad, un paraíso,
allí el talento del mondongo brilla;
la gracia viriginal de la morcilla,
la sublime elocuencia del chorizo.
Iniciándose como el jugador afortunadísimo que fue siempre, en una de sus jugadas logró Franklin desbancar la ruleta de "El Gato" , dando lugar con su triunfo a un violento episidio de sangre del que le resultó un encarcelamiento por tres años. Cumplida su condena se trasladó a las tierras cacaoteras de Barlovento y allí se hizo de cuantiosos bienes, no siempre sin utilizar sus admirables mañas de picapleitos y abogado de afición, merced a las cuales se le llegó a conocer en aquella región bajo el título del Doctor Franklin. Pero cuando más prósperamente florecían sus negocios, sufre lo que él mismo describirá como una de sus crisis de misticismo, y decide ingresar en el Seminario. A punto ya de ordenarse sacerdote, y cuando ya casi todo Caracas lo conocía como el Padre Franklin, las autoridades eclesiásticas le impiden la ordenación luego de investigar las turbulencias de su vida pasada, y es entonces cuando Franklin comienza su carrera de "gran viveur" cosmopolita y elegante.
La época de su primer viaje a Europa es aquella en que Madrid celebra, con grandes corsos de flores, el cumpleaños del Rey Alfonso XIII el día de San Pascual; es la época en que la literatura de Pierre Loti y las páginas de las revista "L’Illustration" habían puesto de moda los lujos de la mueblería oriental, los cigarrillos turcos y el turismo por los países exóticos. Es la época en que Europa se halla en plena efervescencia danunziana, y el ruidoso poeta impone en la literatura la moda de los amores raros; cuando aún en París asiste con entusiasmo robusto al espectáculo de los últimos duelos –vagidos póstumos del romanticismo- y en que en la Costa Azul se oye sonar, de vez en cuando, el pistolazo de un suicida mundano, galante e insolvente.
Trasladar a sus pequeñas ciudades de la América tropical un poco de ese mundo decadente, pero tan decorativo, fue el sueño de algunos suramericanos sensibles que por entonces viajaban por Europa. Y si en el Perú, por ejemplo, un Abraham Valdelomar se conforma con provocar un formidable escándalo al celebrar un ballet a la luz de la luna en pleno cementerio de Lima, la mayoría de nuestros impresionables viajeros permanece rebelde a reingresar en sus formas usuales de vida, una vez conocida tanta maravilla. Y así algunos renuncian a su personalidad real para asumir otra más poética o, al menos, más cónsona con aquel mundo del que espiritualmente se han hecho huéspedes para siempre:
Yo fui moro una vez. Mi faz morena
quemada por el sol de Andalucía,
tuvo la singular melancolía
y la grave altivez de la agarena,
comienza un soneto de Andrés Mata, que por aquellos tiempos publica "El Nuevo Diario", ilustrado con una bizarra fotografía en que el poeta aparece vestido con turbante y atavíos moriscos.
A esta familia de criollos vueltos hacia lo exótico, perteneció nuestro Duque desde 1921 como el más vistoso y original de sus representantes. Para poner a vivir la hermosa farsa que fue su vida durante diez años, adoptó un ropero de su propia creación, caracterizado principalmente por sus deslumbrantes ensamblajes de colores en que concurrían el leonado y el verde Nilo, el carmesí y el negro, el esmeralda y el gris claro, el violeta y el rosa, todos ellos aplicados a las más curiosas formas que adoptaron jamás las ropas masculinas, como combinaciones de paltó-levita y calzón corto a lo chambelán, chistera y camisa mosquetera de ancho cuello y bocamangas de encaje, tirolés con escarapela de plumas, corbata de plastrón y zapatillas de rosa con hebilla de plata.
Completaban la irrealidad de su figura no sólo sus pelucas que parecían de seda, sino el leve maquillaje de carmín y polvo de arroz con que avivaba su semblante, siempre realzado por un monóculo del que pendía una larga cintita del mismo color de la corbata. Famosos fueron también sus bastones de riquísima y complicada empuñadura que excedían a veces el tamaño normal, y por la manera como él los empuñaba le infundían el aire de un majestuoso maestro de ceremonias. En la muñeca izquierda llevaba invariablemente una soberbia pulsera adornada con tres bellotas de oro de las que él decía que representaban a sus antepasados los Tres Infantes de Borbón; y de sus guantes, célebres también por sus colores, no prescindía sino en ciertas especialísimas noches de gran teatro para mostrar algunas de las sortijas que componían su rutilante colección.
Gozoso de la admiración que a su paso suscitaba entre los viandantes, salía todos los días a las diez de la mañana de sus casa en la esquina de La Glorieta e iba a situarse en la Plaza Bolívar, donde pasaba casi todo el resto del día, con la mirada perdida entre los árboles, galanteando ceremoniosamente a las damas que pasaban o a veces charlando con sus numerosos amigos en el corrillo intelectual de La Francia."
"Criatura insólita de la fantasía y del humorismo de la ciudad, en el esplendor físico de aquella figura y en la atmósfera de leyenda que respiraba su fascinante personalidad, conoció la Caracas de los 20 al que fue su personaje más típico por más de diez años, y al mismo tiempo una estampa humana mitad broma mitad poesía, parte locura y parte ensueño, que reunía en sí la elegancia de un Brummel, las extravagancias modísticas y mundanismo refinado de un Oscar Wilde, el misterioso deslumbramiento de un nuevo Conde de Montecristo, y la poesía conmovedora de aquel señor de Bougrelón que en la conocida novela de Jean Lorrain, pasea su inocente megalomanía y su soliloquio delirante, por las solitarias salas de los museos de Holanda.
Era natural de La Guaira donde en su juventud había figurado entre los recios caleteros que acarreaban sacos de café a los barcos. Su vida de aventuras comienza apenas a los 15 años, cuando un Rodulfo, su amigo de la niñez, lo incorpora a la clientela un poco bandidesca de "El Gato Negro", famosa posada y garito guaireño que poetizaba la sólida reputación de su cocina criolla en sus anuncios versificados del periódico "La Lira":
Es El Gato, en verdad, un paraíso,
allí el talento del mondongo brilla;
la gracia viriginal de la morcilla,
la sublime elocuencia del chorizo.
Iniciándose como el jugador afortunadísimo que fue siempre, en una de sus jugadas logró Franklin desbancar la ruleta de "El Gato" , dando lugar con su triunfo a un violento episidio de sangre del que le resultó un encarcelamiento por tres años. Cumplida su condena se trasladó a las tierras cacaoteras de Barlovento y allí se hizo de cuantiosos bienes, no siempre sin utilizar sus admirables mañas de picapleitos y abogado de afición, merced a las cuales se le llegó a conocer en aquella región bajo el título del Doctor Franklin. Pero cuando más prósperamente florecían sus negocios, sufre lo que él mismo describirá como una de sus crisis de misticismo, y decide ingresar en el Seminario. A punto ya de ordenarse sacerdote, y cuando ya casi todo Caracas lo conocía como el Padre Franklin, las autoridades eclesiásticas le impiden la ordenación luego de investigar las turbulencias de su vida pasada, y es entonces cuando Franklin comienza su carrera de "gran viveur" cosmopolita y elegante.
La época de su primer viaje a Europa es aquella en que Madrid celebra, con grandes corsos de flores, el cumpleaños del Rey Alfonso XIII el día de San Pascual; es la época en que la literatura de Pierre Loti y las páginas de las revista "L’Illustration" habían puesto de moda los lujos de la mueblería oriental, los cigarrillos turcos y el turismo por los países exóticos. Es la época en que Europa se halla en plena efervescencia danunziana, y el ruidoso poeta impone en la literatura la moda de los amores raros; cuando aún en París asiste con entusiasmo robusto al espectáculo de los últimos duelos –vagidos póstumos del romanticismo- y en que en la Costa Azul se oye sonar, de vez en cuando, el pistolazo de un suicida mundano, galante e insolvente.
Trasladar a sus pequeñas ciudades de la América tropical un poco de ese mundo decadente, pero tan decorativo, fue el sueño de algunos suramericanos sensibles que por entonces viajaban por Europa. Y si en el Perú, por ejemplo, un Abraham Valdelomar se conforma con provocar un formidable escándalo al celebrar un ballet a la luz de la luna en pleno cementerio de Lima, la mayoría de nuestros impresionables viajeros permanece rebelde a reingresar en sus formas usuales de vida, una vez conocida tanta maravilla. Y así algunos renuncian a su personalidad real para asumir otra más poética o, al menos, más cónsona con aquel mundo del que espiritualmente se han hecho huéspedes para siempre:
Yo fui moro una vez. Mi faz morena
quemada por el sol de Andalucía,
tuvo la singular melancolía
y la grave altivez de la agarena,
comienza un soneto de Andrés Mata, que por aquellos tiempos publica "El Nuevo Diario", ilustrado con una bizarra fotografía en que el poeta aparece vestido con turbante y atavíos moriscos.
A esta familia de criollos vueltos hacia lo exótico, perteneció nuestro Duque desde 1921 como el más vistoso y original de sus representantes. Para poner a vivir la hermosa farsa que fue su vida durante diez años, adoptó un ropero de su propia creación, caracterizado principalmente por sus deslumbrantes ensamblajes de colores en que concurrían el leonado y el verde Nilo, el carmesí y el negro, el esmeralda y el gris claro, el violeta y el rosa, todos ellos aplicados a las más curiosas formas que adoptaron jamás las ropas masculinas, como combinaciones de paltó-levita y calzón corto a lo chambelán, chistera y camisa mosquetera de ancho cuello y bocamangas de encaje, tirolés con escarapela de plumas, corbata de plastrón y zapatillas de rosa con hebilla de plata.
Completaban la irrealidad de su figura no sólo sus pelucas que parecían de seda, sino el leve maquillaje de carmín y polvo de arroz con que avivaba su semblante, siempre realzado por un monóculo del que pendía una larga cintita del mismo color de la corbata. Famosos fueron también sus bastones de riquísima y complicada empuñadura que excedían a veces el tamaño normal, y por la manera como él los empuñaba le infundían el aire de un majestuoso maestro de ceremonias. En la muñeca izquierda llevaba invariablemente una soberbia pulsera adornada con tres bellotas de oro de las que él decía que representaban a sus antepasados los Tres Infantes de Borbón; y de sus guantes, célebres también por sus colores, no prescindía sino en ciertas especialísimas noches de gran teatro para mostrar algunas de las sortijas que componían su rutilante colección.
Gozoso de la admiración que a su paso suscitaba entre los viandantes, salía todos los días a las diez de la mañana de sus casa en la esquina de La Glorieta e iba a situarse en la Plaza Bolívar, donde pasaba casi todo el resto del día, con la mirada perdida entre los árboles, galanteando ceremoniosamente a las damas que pasaban o a veces charlando con sus numerosos amigos en el corrillo intelectual de La Francia."
jueves, septiembre 29, 2005
Memorias del duque de Roca Negras.
Amigos, el duque de Rocanegras y Príncipe de Austrasia fue un venezolano excéntrico que vivió a mediados del siglo veinte, durante los tiempos del General Gómez en aquella Caracas provinciana con decadentes aires parisinos que le dejara Guzmán Blanco. El duque, de nombre Vito Modesto Franklin, decía ser descendiente de Venus (la diosa, claro), y que era poseedor de una línea matemática de la elegancia que empezaba por su hermosísimo ombligo. Nunca sabremos si hablaba en serio o no, si fue un gran mamador de gallo o un loco exquisito. Eso sí, tuvo la amistad de los grandes humoristas de aquel entonces, entre los que se encuentran Job Pim y Leoncio Martínez. Por supuesto, alguien con tal ego (real o ficticio), tuvo a bien escribir sus memorias. Yo las copié, a mano, del único ejemplar que se encuentra en la sala de Libros Raros en la Biblioteca Nacional. Como no soy mala gente, deseo compartirlas con ustedes. Se las paso. Las voy a ir transcribiendo poco a poco, junto con una que otra información de interés que complete la información del singular personaje. No se pierdan estas memorias.
Para leerlas, este otro blog:
miércoles, septiembre 28, 2005
Perder el tiempo de la mejor manera.
Cada vez que nos vemos en el ascensor, respondes a mi amable pregunta sin titubear, siempre con las mismas palabras. Me dices que estás ocupado, ocupadísimo, full de trabajo, y lo dices con orgullo, con importancia, hasta con cierto tono de soberbia. Y te lo juro, de verdad que te lo juro, que has logrado tu cometido. Me has hecho sentir mal, amigo, me has hecho sentir el ser más inútil, el más vago, el más inservible, el más perdedor, el más obeso de los gusanos echado al sol de este gran planeta sobrecargado de oficinas que no cesan. ¡Qué importante puedes llegar a ser porque estás ocupado! Más de una vez alguien lo ha dicho: “No, fulanito, ésa es una persona muy ocupada”, lo que quiere decir: “Fulanito es alguien muy importante que gana mucho dinero”. Te confieso, amigo, que te he visto acelerado, nervioso, como inquieto porque el ascensor no puede ser más rápido, sólo pensando en la reunión urgente que te espera, y he querido ser tú, te lo juro. No puedo describir la zozobra que me has dejado. Luego que te vas, que me dices adiós así rapidito y sales corriendo, yo empiezo a revolucionar mi mente, a buscar cosas qué hacer, impelido por la urgente necesidad de sentirme ocupado, de sentirme importante. Luego de un rato de buscar sin éxito una ocupación realmente importante, me estreso, me estreso porque descubro que no tengo nada qué hacer y, llegado a este punto, me deprimo. Soy, mi amigo, un inextricable perdedor de tiempo. No hay manera de romper este maldito embrujo, no hay manera de que yo no deje de perder el tiempo. Ahora mismo lo estoy haciendo, ahora mismo pierdo el tiempo escribiendo esta vaina. ¿Qué te parece? ¡No tengo remedio!
Sin embargo, y para justificar mi soberano fracaso, quisiera pensar de otra manera. Quisiera pensar que perder el tiempo no es cosa mala. Que perder el tiempo, además, es relativo. Sí, el otro día una conocida virtual (¡ay, los blogs, otra manera de perder el tiempo!), me hizo reflexionar sobre esto. Sí, amigo, déjame creer que perder el tiempo es algo relativo, y que, al comparar la pérdida del tiempo propio con el ocupado itinerario de otros, mi fuga de tiempo no queda tan mal parada. Es cuestión del cristal con que se deja pasar la luz de ese tiempo. Yo, por ejemplo, prefiero perder el tiempo leyendo La historia interminable, que andar muy ocupado viendo cómo cada día acumulo más poder sobre los demás, ¿me explico? Yo prefiero, y lo digo de verdad, perder el tiempo leyendo Corín Tellado, que saturar mi tiempo intentando propagar el odio entre hermanos a través de cualquier medio de comunicación. Prefiero perder el tiempo viéndole la carita a mi hijo de cuatro meses, que andar diciéndole a la gente en los ascensores con los ojos desorbitados que estoy muy pero muy ocupado. Perder el tiempo, definitivamente, es relativo. Y estar ocupado también es relativo. Recuerdo una anécdota de un vecino que veía a otro vecino recostado en una mecedora en el jardín y le preguntaba: “Con que descansando, ¿no?” Y el de la mecedora respondía: “No, trabajando”. Quien respondía era un desocupado poeta ocupando el tiempo de la mejor manera; aunque también podríamos decir que era un ocupado poeta perdiendo el tiempo de la mejor manera. Paradójico, sí, y algo enrevesado el asunto, pero es que a mí me gusta perder el tiempo con estas menudencias. Y quién sabe, posiblemente yo me muera de un infarto, y tú no. Salud, amigo, salud.
martes, septiembre 27, 2005
El sol cambia de casa.
Amigos, estos son algunos textos de un libro de poemas y cuentos escritos por niños, recopilados por la poeta Edda Armas en 1979, época en que estuvo dando talleres de literatura para niños en distintos barrios de la ciudad de Caracas y alrededores. La poesía de estos textos es muy particular (olvidense del surrealismo, del Dadaismo y de todo lo demás), y muchos de ellos muestran el mundo sicológico en que estos niños estaban inmersos. Cabe destacar, que hace 20 años los barrios de nuestra ciudad no eran ni la mitad de violentos de lo que son hoy día.
Jorge
que no sabía lo que era un eco
un día se divertía en la pradera
inventándolo.
Yamilet (10 años)
El carro le pisó las patas al papá, el niño se puso a llorar por el papá y la mamá se puso a llorar por el hijo que estaba muy triste. Después el carro chocó con la manzana y la manzana se rompió.
Yesabe (4 años)
Una vez Mariela se compró una muñeca ke llora y la mamá se puso furiosa.
Gustavo (7 años)
La escuela es un lugar desierto
detrás de la montaña hay algo misterioso
cuarto grado
maría vive al lado de mi casa
tú eres buena
la cigueña es grande.
(Niño de las Mayas)
Una mosca se comió un toro
y
una hormiga se comió un elefante
me caso con un toro y me mato
la playa es grande
la gallina puso un rinoceronte
una cucaracha
del cielo cayó una
yo quería tener un cohete
porque es un recurso.
(Niño de la Plaza de Cristo).
El sol cambia de casa. Fundarte. 1992 (Segunda edición).
Tres poemas de Carlos Fuenmayor.
El poeta Carlos Fuenmayor me ha concedido el honor de publicar tres de sus poemas en mi blog. ¡Muchas gracias, Carlos!
Movido por el viento
un pluma, una hoja seca
un pedazo de papel amarillento
Movido por el viento
siempre por el viento de la desesperanza.
EL JUGADOR
Lanzo los dados
pero qué pueden ellos
contra su descomunal tamaño
Contra sus poderosas garras y fauces
Qué pueden ellos
contra mi soledad
EN NINGUNA PARTE
Doy un paso
y la tierra tiembla, me tumba
Me dice
aquí no, aquí no
Ajito mis alas, me elevo
pero el aire aprieta sus dientes
me mira con odio
Me arroja al mar
Para que éste me ahogue
arda para mí
Entonces coño, coño
para qué estas malditas palabras que escribo
Si ella también me dicen
vete
Carlos Fuenmayor, 2005
Movido por el viento
un pluma, una hoja seca
un pedazo de papel amarillento
Movido por el viento
siempre por el viento de la desesperanza.
EL JUGADOR
Lanzo los dados
pero qué pueden ellos
contra su descomunal tamaño
Contra sus poderosas garras y fauces
Qué pueden ellos
contra mi soledad
EN NINGUNA PARTE
Doy un paso
y la tierra tiembla, me tumba
Me dice
aquí no, aquí no
Ajito mis alas, me elevo
pero el aire aprieta sus dientes
me mira con odio
Me arroja al mar
Para que éste me ahogue
arda para mí
Entonces coño, coño
para qué estas malditas palabras que escribo
Si ella también me dicen
vete
Carlos Fuenmayor, 2005
El Grand Guignol, para bien o para mal.
París, 1899, rue Chaptal, barrio de Montmatre. Capas largas, sombreros de copa alta, carruajes suntuosos, joyas, perfumes caros. Caballeros y damas de alta sociedad se adentran en las oscuras calles de un barrio decadente, y entran en un edificio que alguna vez fue una capilla. Adentro, les espera una orgía de sangre, sexo, traiciones, torturas, asesinatos, mutilaciones y violaciones. Cuando un ojo es arrancado con una cuchara del rostro de una bella mujer se desmayan unos cuantos, cuando una prostituta es degollada algunos salen a tomar aire y son atendidos por un doctor, otros corren a vomitar su vértigo cuando una piel es arrancada de la espalda de una persona viva. Pero todos se quedan hasta el final. Para eso han venido. Todo horror tiene nombre, y este se llamaría Grand Guignol.
Teatro violento, descarnado, visceral, de bajas pasiones, uno de los secretos sucios y fascinantes de París, una atracción turística que llegó a ser en su tiempo tan indispensable para el turista como el Louvre o la Torre Eiffel. El teatro del Grand Guignol, inspiración, referencia primaria del cine de terror, del gore norteamericano, del llamado teatro del pánico y hasta del mismo Perro Andaluz (1928) de Luis Buñuel y Salvador Dalí en la escena del ojo, la luna y la navaja.
El teatro del Grand Guignol abriría sus puertas en 1897 y las cerraría sesenticinco años después, persistiendo su espíritu en homenajes, filmes, y en la memoria de aquellos que tuvieron el retorcido placer de presenciar aquel arte. Su fundador: un tal Oscar Méténier, ex secretario privado del comisionado de la policía de París, y admirador de Émile Zola, abanderado del Naturalismo literario. Con el tiempo, el empresario Max Maury se haría cargo del teatro (luego de la misteriosa desaparición de Méténier), y con la colaboración del Príncipe del Terror, el libretista, André de Lorde, el Grand Guignol alcanzaría su cima y renombre internacional.
El lugar tenía un aforo de unos 280 puestos, y un pequeño tablado, sobre el que se dramatizaban historias muy cortas que provocaban sin duda una electrizante catarsis aristotélica en los presentes. En una noche, se llevaban a cabo hasta cinco representaciones, y su éxito se medía por la cantidad de asistentes desmayados. Para los "efectos especiales" se utilizaban ojos de animales, visceras, sangre falsa, materiales varios con aspecto de piel humana, y una serie de instrumentos trucados e ingeniosos, como cuchillos con hoja retractil. Las historias eran tomadas de la vida real, inspiradas en el ya mencionado Naturalismo literario, pero exageradas en el morbo. Una de ellas: una mujer es injustamente internada en un asilo; durante la noche, las reclusas orates se van hasta su cama, la inmovilizan, le sacan los ojos y le echan agua hirbiendo en el rostro. Según el historiador de teatro Mel Gordon (The Grand Guignol: Theatre of Fear and Terror), Maxa, una de las actrices del Grand Guignol, fue asesinada más de diez mil veces. Pidió auxilio unas novecientas veces, gritó "asesinato" más de mil, y "violación" más de mil ochocientas. El Naturalismo, entendido de un modo simplista, mostraba lo más feo y desagradable del hombre, su parte más animal. Émile Zola, no obstante, habala de una literatura "científica" que tomaba los hechos de la naturaleza, tal cual, sin juzgar ni sacar conclusiones. Zola asumía que de esa literatura imparcial, podía surgir un conocimiento extra literario, otorgándole un fin moral y terapéutico al Naturalismo: "Somos, en una palabra, novelistas experimentadores que demuestran por la experiencia cómo se comporta una pasión en un medio social. El día en que conozcamos el mecanismo de esta pasión podremos intentar reducirla o, por lo menos, hacerla lo más inofensiva posible." El teatro del Grand Guignol llevaba al extremo los postulados del Naturalismo, quizás más por un interés comercial que científico. Lo que sí es cierto, es que su huella de truculencia y sangre falsa ha perdurado en los ámbitos artístico y comercial.
Clive Barker, George Romero, Russ Meyer, Peter Jackson (conocido ahora por El Señor de los Anillos, pero autor de filmes gore en su inicios), Roger Corman, John Carpenter, los hermanos Argento, Tobe Hopper, Stanley Kubrick, Stephen King, Dalí, Buñuel y muchos más, mejores o peores, para bien o para mal, tienen una gran deuda con el terrible teatro del Grand Guignol.
Teatro violento, descarnado, visceral, de bajas pasiones, uno de los secretos sucios y fascinantes de París, una atracción turística que llegó a ser en su tiempo tan indispensable para el turista como el Louvre o la Torre Eiffel. El teatro del Grand Guignol, inspiración, referencia primaria del cine de terror, del gore norteamericano, del llamado teatro del pánico y hasta del mismo Perro Andaluz (1928) de Luis Buñuel y Salvador Dalí en la escena del ojo, la luna y la navaja.
El teatro del Grand Guignol abriría sus puertas en 1897 y las cerraría sesenticinco años después, persistiendo su espíritu en homenajes, filmes, y en la memoria de aquellos que tuvieron el retorcido placer de presenciar aquel arte. Su fundador: un tal Oscar Méténier, ex secretario privado del comisionado de la policía de París, y admirador de Émile Zola, abanderado del Naturalismo literario. Con el tiempo, el empresario Max Maury se haría cargo del teatro (luego de la misteriosa desaparición de Méténier), y con la colaboración del Príncipe del Terror, el libretista, André de Lorde, el Grand Guignol alcanzaría su cima y renombre internacional.
El lugar tenía un aforo de unos 280 puestos, y un pequeño tablado, sobre el que se dramatizaban historias muy cortas que provocaban sin duda una electrizante catarsis aristotélica en los presentes. En una noche, se llevaban a cabo hasta cinco representaciones, y su éxito se medía por la cantidad de asistentes desmayados. Para los "efectos especiales" se utilizaban ojos de animales, visceras, sangre falsa, materiales varios con aspecto de piel humana, y una serie de instrumentos trucados e ingeniosos, como cuchillos con hoja retractil. Las historias eran tomadas de la vida real, inspiradas en el ya mencionado Naturalismo literario, pero exageradas en el morbo. Una de ellas: una mujer es injustamente internada en un asilo; durante la noche, las reclusas orates se van hasta su cama, la inmovilizan, le sacan los ojos y le echan agua hirbiendo en el rostro. Según el historiador de teatro Mel Gordon (The Grand Guignol: Theatre of Fear and Terror), Maxa, una de las actrices del Grand Guignol, fue asesinada más de diez mil veces. Pidió auxilio unas novecientas veces, gritó "asesinato" más de mil, y "violación" más de mil ochocientas. El Naturalismo, entendido de un modo simplista, mostraba lo más feo y desagradable del hombre, su parte más animal. Émile Zola, no obstante, habala de una literatura "científica" que tomaba los hechos de la naturaleza, tal cual, sin juzgar ni sacar conclusiones. Zola asumía que de esa literatura imparcial, podía surgir un conocimiento extra literario, otorgándole un fin moral y terapéutico al Naturalismo: "Somos, en una palabra, novelistas experimentadores que demuestran por la experiencia cómo se comporta una pasión en un medio social. El día en que conozcamos el mecanismo de esta pasión podremos intentar reducirla o, por lo menos, hacerla lo más inofensiva posible." El teatro del Grand Guignol llevaba al extremo los postulados del Naturalismo, quizás más por un interés comercial que científico. Lo que sí es cierto, es que su huella de truculencia y sangre falsa ha perdurado en los ámbitos artístico y comercial.
Clive Barker, George Romero, Russ Meyer, Peter Jackson (conocido ahora por El Señor de los Anillos, pero autor de filmes gore en su inicios), Roger Corman, John Carpenter, los hermanos Argento, Tobe Hopper, Stanley Kubrick, Stephen King, Dalí, Buñuel y muchos más, mejores o peores, para bien o para mal, tienen una gran deuda con el terrible teatro del Grand Guignol.
lunes, septiembre 26, 2005
Fugaz conversación de domingo patriótico.
Doñita 1: ¡Ay no, Chichi! Para marchar los militares.
Doñita 2: ¡Ay sí, Merche! Por eso yo hago patria, pero con bailoterapia.
Doñita 1: Es que sólo Leopoldito nos entiende.
Doñita 2: ¡Sí, tan lindo Poldito!
Doñita 2: ¡Ay sí, Merche! Por eso yo hago patria, pero con bailoterapia.
Doñita 1: Es que sólo Leopoldito nos entiende.
Doñita 2: ¡Sí, tan lindo Poldito!
Breve Trancazo libertario.
"El mejor placer de la vida es hacer lo que la gente te dice que no puedes hacer"
Walter Bagehot.
sábado, septiembre 24, 2005
Sobre los blogs.
"Cualquier opinión personal tiene toda la probabilidad de ser injusta para los que no están de acuerdo con lo dicho, pero también el término injusto puede aplicarsele a considerar que algo es en si injusto. Llamar injusta una opinión es como llamar desastre a un reguero de un niño; desastres pueden ser Katrina, Vargas, un terremoto, especialmente un accidente cósmico que desequilibre el universo, pero un reguero es solo eso, un reguero. Mi opinión es solo eso, mi opinión.
Mi apreciación puede no ser correcta para todos, pero lo es para mi y yo soy parte de todos por lo tanto es proporcionalmente correcta e igualmente justa en la proporción que quienes pensemos igual o similar ocupemos.
¿Mi opinión es exigente? Si. Estoy trasladando mi percepción sobre la sociedad en la cual me desenvuelvo, a los blogs. Considero que la sociedad está mal y espero ver reflejado en ellos (los blogs) que hay gente dedicada a su salvación."
Lo remito a este impecable trabajo sobre los blogs:
viernes, septiembre 23, 2005
Unga Unga.

Yo digo unga unga
Tú dices unga unga que yo digo
él dice unga unga que yo digo
Y todos decimos el unga unga que yo digo.
Un poema hermético de verdad, pero de un gran poeta.
FUGA DE LA MUERTE
Negra leche del alba la bebemos al atardecer
la bebemos a mediodía y en la mañana y en la noche
bebemos y bebemos
cavamos una tumba en el aire no se yace estrechamente en él
Un hombre habita en la casa juega con las serpientes escribe
escribe al oscurecer en Alemania tus cabellos de oro Margarete
lo escribe y sale de la casa y brillan las estrellas silba a sus
mastines
silba a sus judíos hace cavar una tumba en la tierra
ordena tocad para la danza
Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos en la mañana y al mediodía te bebemos al atardecer
bebemos y bebemos
Un hombre habita en la casa juega con las serpientes escribe
escribe al oscurecer en Alemania tus cabellos de oro Margarete
tus cabellos de ceniza Sulamita cavamos una tumba en el aire no
se yace estrechamente en él
Grita cavad unos la tierra más profunda y los otros cantad sonad
empuña el hierro en la cintura lo blande sus ojos son azules
cavad unos más hondo con las palas y los otros tocad para la
danza
Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos al mediodía y la mañana y al atardecer
bebemos y bebemos
un hombre habita en la casa tus cabellos de oro Margarete
tus cabellos de ceniza Sulamita él juega con las serpientes
Grita sonad más dulcemente la muerte la muerte es un maestro
venido de Alemania
grita sonad con más tristeza sombríos violines y subiréis como
humo en el aire
y tendréis una tumba en las nubes no se yace estrechamente allí
Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos a mediodía la muerte es un maestro venido de
Alemania
te bebemos en la tarde y la mañana bebemos y bebemos
la muerte es un maestro venido de Alemania sus ojos son azules
te hiere con una bala de plomo con precisión te hiere
un hombre habita en la casa tus cabellos de oro Margarete
azuza contra nosotros sus mastines nos sepulta en el aire
juega con las serpientes y sueña la muerte es un maestro venido
de Alemania
tus cabellos de oro Margarete
tus cabellos de ceniza Sulamita
Paul Celán.
Versión de José Ángel Valente
Negra leche del alba la bebemos al atardecer
la bebemos a mediodía y en la mañana y en la noche
bebemos y bebemos
cavamos una tumba en el aire no se yace estrechamente en él
Un hombre habita en la casa juega con las serpientes escribe
escribe al oscurecer en Alemania tus cabellos de oro Margarete
lo escribe y sale de la casa y brillan las estrellas silba a sus
mastines
silba a sus judíos hace cavar una tumba en la tierra
ordena tocad para la danza
Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos en la mañana y al mediodía te bebemos al atardecer
bebemos y bebemos
Un hombre habita en la casa juega con las serpientes escribe
escribe al oscurecer en Alemania tus cabellos de oro Margarete
tus cabellos de ceniza Sulamita cavamos una tumba en el aire no
se yace estrechamente en él
Grita cavad unos la tierra más profunda y los otros cantad sonad
empuña el hierro en la cintura lo blande sus ojos son azules
cavad unos más hondo con las palas y los otros tocad para la
danza
Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos al mediodía y la mañana y al atardecer
bebemos y bebemos
un hombre habita en la casa tus cabellos de oro Margarete
tus cabellos de ceniza Sulamita él juega con las serpientes
Grita sonad más dulcemente la muerte la muerte es un maestro
venido de Alemania
grita sonad con más tristeza sombríos violines y subiréis como
humo en el aire
y tendréis una tumba en las nubes no se yace estrechamente allí
Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos a mediodía la muerte es un maestro venido de
Alemania
te bebemos en la tarde y la mañana bebemos y bebemos
la muerte es un maestro venido de Alemania sus ojos son azules
te hiere con una bala de plomo con precisión te hiere
un hombre habita en la casa tus cabellos de oro Margarete
azuza contra nosotros sus mastines nos sepulta en el aire
juega con las serpientes y sueña la muerte es un maestro venido
de Alemania
tus cabellos de oro Margarete
tus cabellos de ceniza Sulamita
Paul Celán.
Versión de José Ángel Valente
El cuento premiado de El Nacional... No podía faltar.
Por Aníbal Nazoa.
Lo de "...premiado de El Nacional" (1) es un decir. Porque el Cuento venezolano es el Cuento venezolano, independientemente del Concurso para el cual se escriba. Y conste que lo del Concurso no es un decir, porque la gran mayoría de los cuentistas venezolanos trabajan para los concursos o, cuando menos, con la secreta esperanza de verse incluidos en una antología. De ahí el acento de guachafita que tiene en nuestro país la cuentística, el género más generoso, si se puede decir semejante barbaridad, de la literatura nacional. Género que acoge en su seno con la misma mansedumbre a médicos, abogados, agentes de seguros, ingenieros agrónomos y hasta a cuentistas. El cuento tiene un no sé qué que tienta a todo el mundo, como si no hubieran existido Poe, Maupassant, Quiroga ni Gógol. No sabemos cómo será la cosa en otros países, pero al menos respecto a Venezuela podemos asegurar que en el alma de cada ciudadano palpita un cuentista. Dos condiciones fundamentales tiene el cuento, la una lícita, la otra horriblemente ilícita: un lenguaje limítrofe con la poesía o francamente poético y una incomprensibilidad a prueba de bomba. Ningún cuentista que se respete podrá presentar la trama de su cuento de una manera directa y sencilla que cualquier lector pueda captar sin esfuerzo. Si usted quiere narrar, por ejemplo, la aventura de un hombre a quien un perro bulldog ha obligado a pasarse cuatro días trepado a una mata de mango, deberá contar el asunto de tal manera que sólo los lectores de inteligencia privilegiada sean capaces de entender que no se trata de un misionero perseguido por un rinoceronte o de un estudiante de arquitectura atormentado por el complejo de Edipo y enamorado al mismo tiempo de su antigua profesora de Geografía pero con un componente homosexual representado por el parecido de dicha profesora con Manolete. El cuento ideal es aquel cuyos lectores no logran jamás ponerse de acuerdo sobre si el protagonista mató a su prima o la obligó a suicidarse, si la prima era la paralítica o la campeona de natación y aun si el protagonista tenía alguna prima.
Un aspecto de importancia capital en el cuento es el «lenguaje interior»: todo personaje de cuento debe reflexionar constantemente, contribuyendo con sus reflexiones a oscurecer el tema del cuento y a hacer que el lector se sienta avergonzado de su ignorancia en materia de Filosofía y Psicología. Un cuentista se puede considerar fracasado si sus lectores lo entienden a la perfección, o lo que es más grave todavía, confiesan abiertamente que no lo entienden: el truco está en ser inconfesablemente incomprensible. Eso de que usted escriba un cuento y cualquier escolar sea capaz de decir «se trata de un muchachito vendedor de billetes que sale a la calle la Nochebuena de Navidad y lo mata un carro y entonces se va al cielo y cena con el Niño Jesús», francamente, es como para retirarse del oficio.
Otra cosa que tampoco es admisible en ningún cuento digno de ser publicado es la presencia de personajes llamados Juan, Antonio, Josefina o Margarita. No, señor: el personaje decente se debe llamar Ralupio, Mamachenta, Felóxido o Marginada. Como tampoco debe hablar un lenguaje excesivamente recatado. Cuento que no tenga malas palabras —y con esto damos por terminadas nuestras recomendaciones—, no es cuento.
Ahora presentamos nuestro ejemplo (2). En el cual, por cierto, hemos dejado colar cierta remota influencia de Gabriel García Márquez para cumplir con otra de las condiciones que debe llenar el buen cuento venezolano: el de tener algún parecido suficiente para suscitar una polémica.
Tal como dijo la Muerte.
Cuento de Servideo Rondín.
Mañana mismo vendo ese chivo. Mañana mismo. ¿Recuerdas, Conchepa? Digo, si el Consumidor no te bebió también los recuerdos, como le bebió las mariposas grises a las diecinueve tías de Lisandro.
Hombre escuálido y montado al aire, el Consumidor. Pero áspero y cruzado de secretos engrudos como la piel de un caimán polvoasoleado. No, Conchepa, tú no puedes recordar. Menos mal, porque si recordaras el cerebro te estallaría en un sordo eructo de vidrio medio fundido, estoy seguro. Por lo demás, me importa muy poco si recuerdas o no recuerdas. ONCE KILÓMETROS CON UNOS ZAPATOS AJENOS E IZQUIERDOS SON DEMASIADO. ¿Por qué no te robaste uno derecho, Conchepa? Es el favor más estúpido que me han hecho en mi vida. Entonces era mentira lo de Maluvia y el Consumidor. Y ahora me lo dices, cuando ya se secaron las chayotas en el conuco del Turco y yo tengo el chivo en venta. Conchepa, a veces me parece que eres más mala que la gasolina de a diez. ¿ME OYES, CONCHEPA? Todavía siento las lágrimas de Maluvia brincando sobre la piel del Consumidor como las peloticas de azogue cuando se quiebra un termómetro sobre un peloeguama. ¿Qué quieres? Esa es mi imagen de Ospino. Entonces yo no había cumplido los trescientos años y ya estaba desilusionado de las elecciones. Pero en cambio no había aprendido a tiritar ni a deletrear el arcoiris.
Ya por aquellos lustros había llegado el Consumidor. Nadie le preguntó nada, porque su mirada tigrovespucia tenía demasiada lejanía y despreguntaba el cuerpo municipal de la comarca. ¿De dónde vino? De Montenegro, de Andorra y de toda el Africa, desde Dakar hasta Port-au-Prince. En su taller de reparación de bolsas de hielo revoloteaban, no, revolotean porque él todavía está allá y SOMOS NOSOTROS quienes huimos, murciélagos de cuerda inventados por el doctor José Francisco Torrealba y pelos de la única vez que Armando Reverón fue llevado a la barbería. Sentado en un taburete íngrimo y casi lácteo, seco y yoaquimequedo en su hosca geometría de veterano de Quién Sabe Cuál Guerra, mascullaba pasajes del Manual de Apicultura de Marcelino Figarola mientras Maluvia se hacía puntiaguda por el Norte, redonda por el Sur y lo Otro por el Este.
Maluvia está desnuda. Cien, doscientos, ochocientos cuarenta y dos yesqueros tratan de prender bajo su piel, pero fallan: son yesqueros. Yo estaba peleando con Amalivaca por una danta de malaquita. Sobre el cutis de Maluvia, gélida margarina de supermercados legendarios, la luna suelta panteras de pizarra. Mañana mismo vendo ese chivo. Y no lo voy a cambiar por la motoneta, sépanlo bien. Tú, Conchepa, no pierdas la voz del grillo porque si se incrusta en la noche ya no habrá alicate capaz de arrancarla y ya nunca volveremos a jugar ludo. Maluvia sigue desnuda y el Consumidor avanza quebrando mimbres y apabullando cocuyos. Un lejano bramido de toro mortuorio se quiebra contra el aire espeso de junio y las lechuzas recogen los vidrios. Cómo me duele esta muela herida de turrón de Alicante. Cómo crece en la noche la desnudez de Maluvia. Su desnudez de cisne de alquiler: Su desnudez de pan crudo. Su desnudez de mujer desnuda. El Consumidor llega como un trueno amordazado y cuenta. Maluvia espera y él cuenta. Maluvia se estremece con estertor de culebra en frasco bocón y él cuenta. Maluvia es el arco huérfano de flecha, pero él cuenta. Maluvia turpial con bronconeumonía en todo el centro del amarillo, y él cuenta. Maluvia combate-del-ladrón-con-su-conciencia, y él cuenta. Maluvia grito del polen en el sexo de la abeja, y él cuenta. Maluvia ... ¿no te lo dije, Maluvia, que ese tipo para lo único que sirve es para contar? Si hubiera sido conmigo, Maluvia, serías tú la que contaras.
Cuenta el Consumidor, Maluvia escucha. Sólo Maluvia sabe. El resbalón, la espina, el panadizo. El dedo del Consumidor rojo y caliente como una extraña fruta de este mundo. Él mató a Rufo Calambres, sí, lo mató. La mano del brujo aprieta el dedo. «Yo no me ocupo de esto, yo soy sobador nada más, pero lo hago por ayudar a un cristiano». La hojilla relampaguea en la resolana de marzo y los yerbajos se tragan su canto de acero superinoxidable que rinde muchas, pero muchas más deliciosas afeitadas que las hojillas corrientes. Cómprela y sabrá lo que es el placer de la afeitada. Duele. Al lado, Rufo tiene su radio prendido. La mano exprime y duele:
caserita no te acuestes a dormiesin comerte un cucurucho de maní.
La mano vuelve a apretar ay yayáy yayáy y el radio:
tomo y obligo,mándese un trago...
El dedo palpita y lanza radiaciones atómicas y el radio:
París, urgente. El General De Gaulle conferenció hoy con el embajador del Paraguay...
El dedo ruge, clama, canta en griego, el dedo ya no es dedo, es una berenjena de dolor, y Rufo que no apaga el radio.
Coronado en rubíes de odio, el Consumidor pone medusas de sangre en el pecho de Rufo. Es todo. Firman, conformes, los testigos que nunca fueron. Se reparan bolsas de hielo en este punto perdido del país que tú, Conchepa, no deberías recordar.
Maluvia espera. ¡Qué hombre tan pendejo es el Consumidor! Pero mañana mismo vendo este chivo.
1. El Concurso Anual de Cuentos de «El Nacional», que este diario promueve como parte de los festejos para celebrar cada uno de sus aniversarios, ha venido a convertirse en uno de los certámenes literarios más prestigiosos y el único especializado en Cuento del país. Dicho sea sin intención frívola, es al cuento venezolano lo que el Festival de San Remo a la canción italiana. Haber recibido un premio en el Concurso de «El Nacional» equivale a obtener diploma de cuentista, y en este sentido es de justicia decir que, si bien muchas veces «El Nacional» adjudica su premio a escritores ya consagrados, también en otras ocasiones un cuento premiado por «El Nacional» ha sido el punto de partida para un joven escritor a quien de otra manera le habría sido muy difícil lanzarse para fortuna de las letras nacionales.
2. Como dato curioso, recordamos que en la oportunidad de su publicación el presente cuento-ejemplo estuvo —contra nuestra voluntad— a punto de causar una catástrofe en el Concurso Anual de «El Nacional», cuando el Jurado rechazó varios trabajos (algunos de ellos candidatos al Premio) con el argumento de que se parecían demasiado al nuestro. juramos solemnemente que «Tal corno lo dijo la Muerte» no fue escrito con intención plagiaria. Cualquier semejanza entre este cuento y otros vivos o muertos es obra de la casualidad.
jueves, septiembre 22, 2005
El poema hermético por Aníbal Nazoa.
¿Qué podremos decir acerca del poema hermético? Prácticamente nada; si pudiéramos decir algo, entonces ya no sería poema hermético. Nada más por «hacerle la lucha», diremos que constituye una fórmula magnífica para escribir y escribir sin dar jamás a nadie la oportunidad de saber si se es un genio o un burro pero haciendo sospechar que se es lo primero, de manera que no haya crítico capaz de opinar que el Rey está desnudo como en el famoso ejemplo del Conde Lucanor. Ante un poema hermético, el lector puede a lo sumo colocarse en una posición ecléctica diciendo: «Este tipo está loco». Su truco, muy parecido al de las diversas formas del abstraccionismo pictórico, consiste en hacer correr insistentemente la bola de que quien no lo entienda es un ignorante, inculto, insensible, salvaje y peludo.
Ejercicio muy apropiado para poetas-diplomáticos y becados que fueron a París a estudiar medicina pero se sintieron obligados por la Musa a abandonar los estudios, la poesía hermética ha venido a ser la salvación de muchos literatos que poseen un rico vocabulario pero pocas ideas que expresar con él. Es como una especie de «puerta franca» a la poesía como la que se solía dar para el sexto toro en las corridas de los tiempos del general Gómez, del mismo modo que la aparición del verso libre lo fue para aquellos que tenían muchas ideas pero no podían expresarlas sin caerse a tequichazos con la preceptiva.
El poema hermético «amateur» puede ser rimado o no, aunque modernamente se prefiere evitar en lo posible el metro, la rima, el ritmo y hasta el verso. Su única regla consiste en no descender en ningún momento a la vulgaridad de hacerse inteligible, en ser absolutamente imposible de comprender aun para los mejores expertos en criptografía de los ejércitos soviético y norteamericano, pero salpicado de pequeños destellos de claridad que obliguen al lector a lanzarse a una inútil búsqueda de las ideas filosóficas del poeta. En cuanto a este, ha de ser un hombre parco, reconcentrado, capaz de llegar con sus amigos a un bar y pedir un té de manzanilla cuando todo el mundo ha pedido ron o cerveza. Sus lecturas se limitarán a la Biblia, el Ulises de Joyce y una que otra novela de Faulkner o Miller, aunque en poesía le está permitido todo lo que esté en francés, amén de Dylan Thomas. Saint-John Perse es absolutamente indispensable. En música, la electrónica o nada. En cine, quemará incienso ante Ingmar Bergman y El Llanero Solitario. En pintura, Op y Pop todo el tiempo. En teatro, Ionesco y Beckett pa’ los que salgan. Su erudición no le permitirá de ninguna manera citar a un poeta o filósofo a quien conozcan más de cinco personas en el país, aunque será conveniente que de vez en cuando sorprenda a todo el mundo emborrachándose para celebrar el cumpleaños de Vargas Vila o dedicándole un poema a Curro Girón. Declaraciones como «El Gato Félix es la cumbre del arte y la literatura actuales» y «yo inventé la bomba atómica» se recomiendan ampliamente.
Aquí está nuestro ejemplo:
Canis familiaris
Poema hermético de Hermenegildo Bonjour
Me duele aquí, Gengis Khan devuélveme mis melocotones de azufre cochero,
pare, cochero
para admirar la perfecta indecencia del percherón inglés con cara de
[pocillo o del pocillo con cara de mirabilis xalapa
[oscilando en el naranja muertifangoso cortado en rodajas de silencio chévere
hasta el fin de este almojarifazgo bonitamente cruel consigo mismo.
Yo frío, tú fríes, vosotros freís mientras los Orioles de Baltimore se besuquean
con el ferrocarril de mermelada indecisa porque yo soy el coelacantho pero
tú, falso como cierto rombo de Euclides, me habías negado una licencia de
importación para cauchos cuadrados de seis lonas.
Inmerso en feroces empanadas que huelen como a cacao en concha con
[kerosén
no caí en el ardid;
son, me dije, cosas del nuevo estilacho
Fragonard!
en la techumbre del Museo del Hombre
había en otro tiempo
unas cucarachas
tamañas así
las había de todos los colores
hasta unas marrones y blancas como zapatitos de dos tonos.
Hoy no queda nada, solo bella gerunt allia y por si fortis incurritis pero
[sin el calaverin coquin
Señores del Jurado, yo no escondí el cuchíbido del zapatébido en el bombín
de Charlot
Interrogad si no a esta cachucha recién nacida o a esa bicicleta de
[alfeñique forrada en cuero de arenque noruego o a aquel injerto de cangrejo
[con brocha gorda y el candado que se pasó quince años en el exilio porque
[no se quiso casar con la peineta de Imperio Argentina
Maromero y contabilista, anti-lector de Flaubert
he descubierto que el hombre de la Emulsión de Scott odiaba al viejito
del linimento Sloan
y que ya no tiene bacalao (el bacalao era solo un pretexto para no
[hacerse la radioscopia)
Pronto pronto una taza de leche con trementina
Con un palillo de cobalto pincho silicones a la plancha
He vencido
Bienvenidos al país de lo-que-ustedes-quieran
Hoy es San Perico de los Palotes.
París, otoño de 1967
miércoles, septiembre 21, 2005
Lo que más le gusta a Michael.
¡Agggghhh!
Escuché en la radio que Michael Jackson convocó a varios músicos famosos para hacer un tema musical en apoyo a los damnificados del Katrina. Ninguno le respondió. Me da la impresión de que el Michael andaba buscando aprovecharse de ese niño que todos llevamos dentro. Claro, eso es lo que a él más le gusta.
martes, septiembre 20, 2005
Estoy leyendo...

Y sin embargo, como sucede con frecuencia a los más grandes escritores, Nabokov era maestro en sembrar sus novelas de “secretos patentes”, según la fórmula de Goethe: secretos tan evidentes y ofrecidos a los ojos de todos que nadie los ve. Así sucede con Lolita: desde las primeras diez páginas Nabokov presenta su “secreto patente”, con puntillosa precisión y claridad: “Ahora creo llegado el momento de presentar al lector algunas consideraciones de orden general. Entre los límites de los nueve y los catorce años surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, dos o más veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana, sino nínfica (o sea demoníaca); propongo llamar “nínfulas” a esas criaturas elegidas.”
_________
La locura que viene de las ninfas y otros ensayos.
Roberto Calasso.
¿No es esto genial?
La maestra le dice a sus alumnos que el primero que termine la composición puede ir a casa. La redacción deberá contener 4 temas:
1.Sexo. 2.Monarquía. 3. Religión. 4. Misterio
Jaimito fue el primero en entregar. Su texto decía:
¡SE COGIERON A LA REINA! ¡DIOS MIO! ¿QUIÉN FUE?
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Es creativo, breve, satírico, juega con las palabras y tiene humor. Merece un premio.
lunes, septiembre 19, 2005
viernes, septiembre 16, 2005
La silla.
La silla, me gusta tanto la silla. La primera vez que lo probé, me poseyó una poderosa sensación de bienestar. Y es que es tan mullida, tan esponjadita la silla. Y sus brazos, sus brazos son tan cómodos, tan anchos, tan a la altura perfecta. Nunca me había arrellanado con tanto gusto en una silla. Algunos dicen que la silla saca todo el mal que hay en ti. Dicen que uno de sus antiguos dueños se quedaba dormido y no hacía otra cosa. Que otro lo que hacía era comer y comer. Que otro sólo bebía y se embriagaba dentro de su retorcida sonrisa. Todos, aferrados a la silla, siempre la silla. En fin, yo creo que sólo se trata de un infamia propagada por quienes nunca se han sentado en la silla. Los que la anhelan, los envidiosos. En verdad algo tiene, eso no lo puedo negar. No puedo decir qué, pero es demasiado cómoda. Provoca estar sentado en ella para siempre, perpetuarse, ¿no es así que se dice? Bueno, yo sólo sé que quiero mi silla, y más nada.
(No hay foto, cada quien imagine su silla)
Las arrecheras del abusador.

A ver, la verdad que debería tomármelo con calma. Pero no puedo. Para mí es imposible no indignarme con la cultura del abuso en Venezuela. ¡Es una cosa impresionante! Y que no me vengan a decir que los venezolanos somos un portento de virtudes y que ya está bueno de hablar mal de nosotros mismos. Sí, nos levantamos temprano para ir al trabajo, y somos jacarandosos, dicharacheros y le caemos bien a todo el mundo, pero esto del abuso no nos lo quita nadie. Lo que más me impresiona, es una particularidad vernácula, insólita, incómoda y hasta peligrosa de nuestro prototipo. Y es que el abusador venezolano cuando le gente le reclama se “arrecha”, y me disculpas la palabra, pero es que no encuentro otro vocabulario que mejor se acomode. Se “arrecha”, se enoja, se encoleriza, para explicarle mejor a nuestros hermanos de otros países que por “arrechera” entienden una calentura sabrosa de índole sexual. Esta “arrechera” es otra, es una calentura sí, y quizás hasta sabrosa en el sentido más bizarro, pero no sexual. Esta calentura en realidad obedece a un ataque de ira absolutamente injustificado por parte del abusador, que yo no sé con qué derechos se cree para tornarse iracundo y violento. ¡Compadre, es usted el que está abusando! Quisiera, realmente quisiera que un abusador me escribiera y me contara sus razones. Eso sería bueno, como para yo entender. Porque la verdad que no entiendo la “arrechera” del ciudadano cuando no lo dejas colearse en una tranca en plena autopista, por ejemplo. Uno tiene rato haciendo la cola, así de lo más pendejo y buen ciudadano, y viene el abusador y pasa orondo junto a todos los que están haciendo cola y se trata de meter justo delante de ti, que ya estás a unos tres carros de salir del atolladero. Entonces te pegas bien pegado al parachoque del otro auto, y no dejas pasar al abusador. ¿Qué pasa entonces? Que el abusador te empieza a insultar, a decirte hasta del mal que te vas a morir y a sacarte a tu santa madre que te parió con los dolores sagrados del misterio profundo de la tierra… He sabido de algunos que hasta se han bajado y le han dado trancazos al capó del vehículo de aquel que no los ha dejado pasar. ¿Alguien me puede explicar cómo esto es posible? Necesito saber qué hay en la mente distorsionada de ese ser, qué males le hicieron sus padres cuando niño, qué cantidad de alcohol y drogas ha consumido en su vida, o simplemente qué superioridad espiritual o material le permite abusar. Quizás sea eso, a lo mejor es superior, porque es mentira que todos somos iguales, esas son vainas de los utopistas. A lo mejor, el abusador es mejor que tú, que yo y que el resto de los mortales. ¡Ya me respondí! ¡Por favor, no me escriban, ya entendí! Lo que pasa es que los abusadores son mejores que nosotros. Somos la masa… y ellos, los abusadores. Eso es todo. El abusador siempre tendrá una justificación cada vez más desproporcionada. Porque déjame decirte hermano que lo del carro es sólo un ejemplo pequeño. Hay abusos más grandes, mucho más grandes. Porque la “superioridad” del abuso es una “superioridad” falsa, como todas las superioridades, y cualquiera se la adjudica, porque precisamente es falsa. Así que siempre habrá abusadores de todos los tamaños y colores, con dinero y sin dinero, con poder y sin poder. Eso sí, los que tienen más poder y más dinero, hacen más daño. Pero déjame decirte que yo creo que esto es como una cadena alimenticia, donde importa desde el más pequeño hasta el más grande, y como tal, si empezamos por nosotros mismos a erradicar el abuso, podremos impedir que los más grandes abusen… por lo menos con descaro. ¡Hay que ver qué pendejo soy, carajo!
Derecho a réplica.
Alguien que leyó el aforismo de Lichtenberg respondió lo siguiente:
"No soy un completo inútil, por lo menos sirvo de mal ejemplo"
Lo anotamos como Anónimo, aunque hay quien dice
que es original de Les Luthiers (no me consta).
miércoles, septiembre 14, 2005
Regresiones.
Hace tiempo miraba un programa de televisión, de esos que llaman talk show (placer culposo, lo siento), donde la gente hablaba sobre sus vidas pasadas. Sin mayor asombro pude comprobar una vez más los tópicos, los clichés de las personas que dicen conocer sus existencias anteriores.Una de las mujeres que allí se encontraba aseguró que había sido la reina Nefertiti, un hombre dijo que había sido prostituta en Francia durante la Edad Media, y una chica que había sido esclavo en la Grecia de Perícles. Me aburrió la falta de originalidad, y quizás, principalmente, la falta de cultura que alegremente se exhibía en dicho show. Porque la verdad es que siempre escucho las mismas historias de “regresiones”. Nadie, pero nadie pasa de Egipto, Roma, Grecia, la Edad Media, y el que más hace alarde de imaginación, se ubica en la improbable Atlándida, pero de ahí no pasan. Nadie ha sido un truchimán en el Egipto que vio llegar a Napoleón y su ejército en 1798. Nadie un simple vendedor de frutas en un mercado de Florencia que alguna vez le vendió mercancía a Leonardo da Vinci, y que nunca se enteró de aquel hombre era un genio de la pintura. Nadie ejerció el honroso trabajo de zapatero en Isla Tortuga durante los tiempos de la Hermandad de la Costa. Nadie se ha atrevido a ser un eunuco en la Constantinopla que vio arder sus edificios por causa de los cruzados en 1204. Nadie un próspero comerciante en Tenochtitlán, o un simple campesino quechua durante el imperio incaico. No, todo el mundo tiene que ser esclavo o prostituta en Roma, porque eso es más romántico, más sensual, más sexy, más chévere. Y los más ególatras y de vida actual menos interesante, fueron Nefertiti o Julio César, caballero medieval o etérea princesa. Por cierto, en ese programa al que me refiero, alguien le preguntó a la reina Nefertiti cuál era el nombre de su esposo, y ella dijo que no sabía, porque en su regresión no llegó tan lejos. ¡Por favor! Se agradece a los expertos en regresiones hagan su trabajo completo, y logren que la gente recuerde todo su pasado. Así le harían, pienso yo, un gran bien a la humanidad, pues sus “regresados” podrían recordar a la perfección grandes momentos sociales y detalles cotidianos de su existencia, lo que ayudaría a antropólogos, historiadores y arqueólogos a despejar dudas sobre algunos asuntillos históricos. Sólo bastaría con buscarse unas cuantas personas con regresiones de un mismo período, digamos, unos cuantos celtas de la enigmática época de Stonehenge, y entonces lo sabríamos todo. Pero lamentablemente esto no ocurre. Quizás haya alguna razón que obedece a designios superiores y ajenos a nuestra comprensión. Quizás porque se quedarían sin trabajo los profesionales que he nombrado, quizás porque podría ocurrir un cataclismo inconmensurable. Recuerdo un cuento de Isaac Asimov donde un hombre buscaba desesperadamente construir una máquina que permitía visualizar el pasado. El problema de la máquina era que mientras más atrás se viajaba en el pasado, más defectuosas se veían las imágenes. Ciertas cosas no deben ocurrir, porque las consecuencias, para la humanidad, podían ser devastadoras. Del mismo modo, los “profesionales” de las regresiones no van más allá porque son sabios respetuosos y concientes de su poder; ellos saben bien hasta dónde pueden llegar. No sé, digo yo, especulo nada más. También puede ser que todo se trate de una simple estafa. Uno nunca sabe, ¿no? En este caso impresiona la facilidad con que la gente se deja estafar, y cómo una vez estafados, pretenden estafar a los demás. Pero pararse frente a una cámara de televisión a decir tales barrabasadas requiere de un cierto nivel de refinamiento. Si yo veo un reloj digital de pulsera en una película de la época de Isabel, La Reina Virgen, se me quita la magia, y no voy a seguir viéndola. Lo mismo ha de pasar con esto de las regresiones. Nadie se cree eso de que: “bueno, yo nada más sé que fui Nefertiti, y no me acuerdo de otra cosa”. Yo, si me pusiera con esas vainas, investigaría un poco más, por lo menos para saber más de la época en que viví y para ver si investigando me acuerdo de otros detalles, o para meter bien el embuste. ¡No digo que hablen egipcio antiguo, pero por favor, que se sepan el nombre del consorte de Nefertiti, quien, para información de la dama, se trata nada más y nada menos que del faraón Akhenatón, aquel furibundo que adoraba al dios sol!
martes, septiembre 13, 2005
Otro breve trancazo.

Aquel hombre era tan inteligente que casi no servía para nada en el mundo.
Georg Christoph Lichtenberg (1742 -1799)
lunes, septiembre 12, 2005
Haiku
Mi cuenco de mendigar
acepta hojas caídas
Taneda Santôka
Versión de Vicente Haya y Hiroko Tsuji
Tomado de http://www.arkanteos.blogspot.com
sábado, septiembre 10, 2005
Un breve trancazo.
"Los goces de este mundo serían los tormentos del infierno: vistos al revés, en un espejo".
LEÓN BLOY. Le vieux de la Montagne
LEÓN BLOY. Le vieux de la Montagne
miércoles, septiembre 07, 2005
Houdini y la cerveza.

El gran ilusionista Harry Houdini triunfó en su carrera sobre la mayoría de los retos que se le presentaron, menos a los de la muerte y la cerveza.
Acerca de la muerte, demás está decir que es nuestra inevitable cita a ciegas. Ni siquiera Morel, aquel personaje de Bioy Casares que capturó en una abominable invención momentos fugaces para la eternidad, pudo hacerle el mutis definitivo. Tampoco Houdini lo logró. Era ilusionista, no alquimista. Nunca sabremos si su compromiso de volver del más allá para dejar constancia de una vida después de la vida fue otro de sus juegos engañosos. El hombre que le arrebató el antifaz a los seguidores de la teosofía no creía en apariciones sobrenaturales. No obstante, todos los Halloween – el día de su muerte –, sociedades espiritistas y crédulos en general se reúnen con el fin de intentar el contacto con el hombre más misterioso que jamás haya existido. Él jamás se ha manifestado. Si en vida, Houdini no creía en espantos, no tiene por qué creer ahora que está muerto.
En cuanto a la cerveza, mucho podemos contar, pero mejor nos limitamos al asunto de Houdini, quien por cierto, era abstemio; pero tan camorrero como un borracho alebrestado. Camorrero digo, porque a donde llegaba pedía que le inventaran una prueba de escape y que lo retaran a superarla. Así fue cómo, al principio de su carrera, de ciudad en ciudad, de país en país, Houdini fue ganando la fama del más grande escapista de los tiempos. Y realmente lo era, menos cuando se trataba de escapar de la cerveza.
***
Corre el año 1911. Un hombre fibroso y pequeño, de ojos profundos como la esfinge de los enigmas de Edipo, se planta semidesnudo frente a una multitud en la cervecería Joshua Tetley & Son en la ciudad inglesa de Leeds. Es la noche del nueve de Febrero; tres días atrás se había presentado exitosamente en el Empire Theatre de esa misma ciudad. Hoy está dispuesto a superar otro de los tantos retos imposibles que le proponen. Encadenado y esposado como de costumbre, debe escapar de un gigantesco tonel de cerveza cerrado con candado. La prosopopeya del espectáculo se lleva a cabo, y Houdini ya se encuentra dentro del barril. Franz Kukol, su asistente personal, es el encargado de supervisar tras bastidores los detalles y de afrontar cualquier contingencia. Demasiados minutos pasan, y Kukol comienza a inquietarse. Houdini ya debería haber logrado el escape. Preocupado, Kukol se precipita al escenario y pronto logra destapar el barril. El escapista surge del líquido ambarino mareado, atontado; el licor había pasado a su abstemio organismo a través de los poros. Harry Houdini ha sido vencido, no tanto por la familia de cerverceros Tetley, como por su cerveza.
En el futuro, Houdini realizará con éxito el mismo acto que casi le quita la vida, pero siempre lo finalizará al borde del colapso, teniendo que salir al aire libre para recuperarse. No es para menos, a todos nos pasaría. Si embargo, un anónimo tramoyista que allí se encontraba nos legó para la posteridad un comentario digno del más fino humor inglés (lo dejo en el idioma original para no perder el juego de palabras): ¨Why run away from the beer, Mr. Houdini? It´s what most of us run after!¨
Creo que hoy día existe una cerveza sin licor que se llama Houdini.
martes, septiembre 06, 2005
El Post-it, patrimonio de todos.

¡Desesperanza y decepción ante la irrefutable miseria humana!
Pero es que ya no sé dónde esconder los post-it. Sobre todo los más grandes, porque a los pequeños nadie les para. ¡Pero qué vaina con los grandes y los medianos!
¡Se “desaparecen”! Y con lo que cuesta que la empresa te renueve el inventario de oficina. ¡Pueden pasar años sin que te entreguen un nuevo paquetico de post-it!
Pero el día que te los dan, luego de la inconmensurable alegría que te embarga al verlos resplandecer entre el block de notas y las grapas, viene de inmediato la angustia y la tristeza, porque ya sabes que poco han de durar en tus manos.
Los post-it son el objeto más deseado de la oficina, ¡cuidado sino el objeto del deseo de la oficina! Porque tener entre tus manos un paquetico límpido, amarillo reluciente y gordito de post-it, equivale a un orgasmo. Perderlo, es como que se te muriera un ser querido, tu perro, tu gato, tu novia nueva o tu amante. Pero robarlo, arrebatárselo a tu compañero de oficina, eso sí que es como haber practicado el kamasutra con Daniella Cicarelli y Jenna Jameson al mismo tiempo (acá las mujeres hagan su símil con los hombres que gusten, que ese no es asunto mío). Es decir, robarse un paquetico de post-it es la experiencia orgásmica más arrecha del universo. Lo peor es que todos nos sentimos con total y absoluta libertad de conciencia de robárnoslo. ¿Por qué? Porque estamos seguros de que alguna vez, el compañero al que le estamos robando el paquete de post-it, fue el mismísimo desgraciado que nos robó hace algún tiempo nuestro preciado tesoro (me imagino que esto es más o menos lo que le pasa a todo político cuando llega al gobierno: aquí todos roban ¿por qué yo no?).
No hay manera de evitar caer en ese círculo vicioso y, mucho menos, existe una solución para evitar que te roben un post-it. Yo lo he intentado. Pero ya no sé dónde meterlo, porque esconder un post-it es más difícil que resguardar tu dignidad.
Los he encerrado bajo llave en la gaveta, pero nada: encuentras la gaveta abierta, y todo en su lugar, menos los post-it, que ya no están. Los he guardado entre las carpetas y los blocks de notas, los he pegado con goma de mascar a la parte de abajo del tablón del escritorio o en la misma parte correspondiente a la silla. La última vez, los metí en mi morral. ¡Pero no hay respeto, me abrieron el morral y se los llevaron! Para colmo, el pillo se las quiso tirar de gracioso y me dejó una nota -¡en post-it!- que decía: “Ya volvemos, espéranos pegado al computador”.
Últimamente he pensado en llevarme el paquetico de post-it a mi casa. Pero sé que será igual, sé que mi esposa también lo anhela y sé que no dudará ante el tentador paquete. ¡Qué feo suena esto, ¿no?! Bueno, en el fondo se trata de infidelidades. Sí, toda amistad, todo compañerismo, todo amor y sentimiento de solidaridad humana se acaba cuando aparece un paquetico de post-it. (¡Pero qué curioso, esto se me sigue pareciendo tanto a tener un puesto en el gobierno!).
Ya no sé qué hacer. Mientras escribo, un compañero pasa y observa mis post-it nuevos. He cometido el error de no guardarlos inmediatamente. ¿Y ahora qué hago? Deberían poner en las empresas cajas de seguridad personales. Les aseguro que estarían repletas de tacos de post-it ¡Ya sé, mejor voy y me llevo los del otro! Total, a nadie le importa, a nadie le crea cargo de conciencia robarse un post-it, patrimonio de todos, como los impuestos o algo así.
Los post-it son el objeto más deseado de la oficina, ¡cuidado sino el objeto del deseo de la oficina! Porque tener entre tus manos un paquetico límpido, amarillo reluciente y gordito de post-it, equivale a un orgasmo. Perderlo, es como que se te muriera un ser querido, tu perro, tu gato, tu novia nueva o tu amante. Pero robarlo, arrebatárselo a tu compañero de oficina, eso sí que es como haber practicado el kamasutra con Daniella Cicarelli y Jenna Jameson al mismo tiempo (acá las mujeres hagan su símil con los hombres que gusten, que ese no es asunto mío). Es decir, robarse un paquetico de post-it es la experiencia orgásmica más arrecha del universo. Lo peor es que todos nos sentimos con total y absoluta libertad de conciencia de robárnoslo. ¿Por qué? Porque estamos seguros de que alguna vez, el compañero al que le estamos robando el paquete de post-it, fue el mismísimo desgraciado que nos robó hace algún tiempo nuestro preciado tesoro (me imagino que esto es más o menos lo que le pasa a todo político cuando llega al gobierno: aquí todos roban ¿por qué yo no?).
No hay manera de evitar caer en ese círculo vicioso y, mucho menos, existe una solución para evitar que te roben un post-it. Yo lo he intentado. Pero ya no sé dónde meterlo, porque esconder un post-it es más difícil que resguardar tu dignidad.
Los he encerrado bajo llave en la gaveta, pero nada: encuentras la gaveta abierta, y todo en su lugar, menos los post-it, que ya no están. Los he guardado entre las carpetas y los blocks de notas, los he pegado con goma de mascar a la parte de abajo del tablón del escritorio o en la misma parte correspondiente a la silla. La última vez, los metí en mi morral. ¡Pero no hay respeto, me abrieron el morral y se los llevaron! Para colmo, el pillo se las quiso tirar de gracioso y me dejó una nota -¡en post-it!- que decía: “Ya volvemos, espéranos pegado al computador”.
Últimamente he pensado en llevarme el paquetico de post-it a mi casa. Pero sé que será igual, sé que mi esposa también lo anhela y sé que no dudará ante el tentador paquete. ¡Qué feo suena esto, ¿no?! Bueno, en el fondo se trata de infidelidades. Sí, toda amistad, todo compañerismo, todo amor y sentimiento de solidaridad humana se acaba cuando aparece un paquetico de post-it. (¡Pero qué curioso, esto se me sigue pareciendo tanto a tener un puesto en el gobierno!).
Ya no sé qué hacer. Mientras escribo, un compañero pasa y observa mis post-it nuevos. He cometido el error de no guardarlos inmediatamente. ¿Y ahora qué hago? Deberían poner en las empresas cajas de seguridad personales. Les aseguro que estarían repletas de tacos de post-it ¡Ya sé, mejor voy y me llevo los del otro! Total, a nadie le importa, a nadie le crea cargo de conciencia robarse un post-it, patrimonio de todos, como los impuestos o algo así.
viernes, septiembre 02, 2005
Russ Meyer, el genio de los excesos.

Tetas, tetas y más tetas, gigantescas, glotonas, de vértigo, de escalada de alpinista suicida, de ésas que se pusieron de moda en los años 50. Russ Meyer amaba las tetas, y a las mujeres sinuosas, carnosas, como para meterles un mordisco. Meyer tenía sus cultos fetichistas, y gracias a ello, es un director de culto. Ubicado en ese Olimpo estrambótico donde habitan Roger Corman, John Waters y el llamado director más mediocre de la historia, Ed Wood (lógicamente, los críticos que dicen esto no conocen algunos directores venezolanos), Russ Meyer causó pasiones en su tiempo, y aún hoy día, provoca ataques paroxísticos entre unos cuantos cinéfilos, sobre todo los que aman el cine erótico. Porque así es, mientras en 1968, Jane Fonda, vestida de galáctica Barbarella mostraba cándidamente sus curvas, las chicas portentosas de Meyer brincoteaban frente a sus cámaras desnuditas de pie a cabeza en el film Vixen. Para este momento, Meyer se encontraba en la cima de su carrera, y era el máximo director del "sexploitation", de los "nudie films".
Nacido el 21 de Marzo de 1922, el hijo de un policía y una enfermera, tendría desde aquella fecha natal, una parte de su futuro ya asignada: harto es sabido que aquellos uniformes tan serios siempre despiertan el morbo en cualquiera. Luego, a los catorce años, su madre le daría una cámara Single-8, otro elemento vital para amasar la conformación intelectual de Russell Albion Meyer. Durante la Segunda Guerra Mundial sería fotógrafo - lo que llaman de "guerra" -, experiencia que él asegura moldeó su personalidad. No es difícil imaginarlo en algún rincón de Francia, enterrado entre las sombras de un taberna de mala muerte, con una voluptuosa moza, soltando risotadas y fumando un gran tabaco entre una caterva de malas fama. Diría Joaquín Sabina: "Las malas compañías son las mejores".
De regreso a la tierra de Sam, Meyer seguiría trabajando de fotógrafo, pero esta vez, frente a su lente estarían las conejitas de Hugh Hefner. Dios los crea (o "cría") y ellos se juntan. Meyer se hará uno de los fotógrafos de Playboy más cotizados y famosos, y empezará también a trabajar ocasionalmente en producciones de Hollywood. De allí, a fabular sus propias historias, no faltaría mucho.
En 1959, tendrá listo The Inmoral Mr. Teas, film que cambió la industria del cine adulto, que para entonces no pasaba de realizar documentales de gente nudista. The Inmoral Mr. Teas, traía la innovación de la ficción, del humor muy al estilo de las historietas de Playboy, y estaba muy bien fotografiada. El film contaba las aventuras de un vendedor ambulante de productos farmacéuticos, que era recibido por unas amas de casa despampanantes, y a las cuales él, gracias a una poderosa droga experimental, lograba ver desnudas por encima de sus ropas. Mr. Teas se convirtió en un éxito y pasó a los grandes circuitos de cine. Fue un gran batacazo del cine independiente, gracias al cual nuestro Meyer pasó a ser un adalid importante, además de hacerse dueño y señor del subgénero del cine "nudie", que podría definirse sin mucha pretensión intelectual como una película con un montón de chicas desnudándose frente a un mirón lascivo. Los entendidos dicen que fue Meyer quien contribuyó a la caída del código Hays, una serie de reglas que dominaban la ética del cine, redactadas en los años treinta bajo la presión de una sociedad norteamericana en extremo pacata, donde claro está, se prohibía, entre otras tantas cosas, el sexo como tema de divertimiento.
Los beneficios de The Inmoral Mr. Teas le darían a Meyer el dinero suficiente para dedicarse a hacer los films que él quería hacer. Películas como Eve and the Handyman y Erotica, mostrarían la cara bizarra, violenta y provocadora de un Meyer trabajando a sus anchas, cada vez más confiado y fascinado por su trabajo. Luego, daría un gran paso: empezaría a trabajar en blanco y negro, realizando films que serán llamados del género "Rough" (áspero, sin pulir), donde contrapone historias dramáticas fuertes, con los desnudos de rigor, en escenarios naturales. Lorna (1964), Fanny Hill: Memoirs of a Woman of Pleasure (1964), Mudhoney (1965), son films representativos de este momento "gótico" de Meyer.
En 1965 y siguiendo con un blanco y negro ya no tan bucólico, Russ Meyer entrega lo que para algunos es su mejor película, la máxima obra de culto: Faster Pussycat! Kill! Kill! Mucha violencia, mucha velocidad, rock and roll, y, por supuesto, chicas duras con bustos generosos… porque las chicas son las protagonistas y también las malas malas de esta historia. ¡Así que cuidado con soltarles un "mamita rica"! Estas tres muchachonas (Tura Satana, Lori Willians y Haji) resultan ser unas patoteras en motos, vestidas de negro, que pueden pasarte por encima con su par de cauchos, caerte a patadas, apuñalarte mil veces y después escupirte en la cara. Todo un mal ejemplo para la juventud, como diría el mismo Meyer. No sin razón el film comenzaba con la frase: "¡Bienvenidos a la violencia!".
Pero los excesos no se acaban aquí (Meyer ha llegado a ser llamado "el genio del exceso"). El director empezaría a hacer films cada vez más alucinados, llenos sicodelia, irracionales muchas veces, con un poco menos de violencia, pero cada vez más sensuales, excitantes, exhuberantes, eróticos y llenos de descomunales senos. Con Vixen (1968), daría el paso definitivo de los "nudies" al "softcore". Enfrentaría incluso cargos por inmoralidad. Aparecería el director en todos los medios defendiendo su obra, hablando de sus propiedades artísticas. El resultado de tanta exposición a los medios: Vixen se convirtió en otro gran éxito de taquilla – el film costó 76,000 dólares y alcanzó los 6 millones, cifra excepcional para aquellos años y para un film independiente y controversial. Vixen cuenta la historia insinuante y calentorra de dos parejas apartadas del mundo en una cabaña de montaña. Algunos elementos racistas y políticos se agregaron a las discusiones de los personajes, el comunismo entre ellos. Claro está, todos estos aliños causaron fascinación y escándalo a la vez. El éxito comercial del film y el nombre que Meyer venía haciéndose, llamaron la atención de los estudios 20 Century Fox, con quienes firmó contrato. Beyond the Valley of the Dolls (1970), con guión del afamadísimo crítico Roger Ebert, es la historia de un banda musical de chicas, que se adentran en un mundo de decadencia, lesbianismo y locura que termina en un perverso asesinato. Todo un blockbuster de taquilla. Sin embargo, a esta altura de la cultura, el cine pornográfico empezaba a popularizarse; pronto la pornografía pasaría al video, estaría por todas partes, y cada vez, por supuesto, mostraría menos pudores. En un mundo así, Meyer no cabía. Sus films, que nunca llegaron a ser pornográficos por completo, ya no producían los mismos calorones en la entrepierna del público. Y Meyer, por su parte, no le encontraba emoción a la pornografía. Lo suyo era otra cosa, el sabor de lo prohibido, del tabú, del oscuro objeto de los deseos más abisales, de la violencia de la mujer salvaje, el destape de las hipocrecías de la sociedad. Meyer, más allá de sus famosas tetas, también buscaba contarnos sus tiempos, retratar a la gente, sus vicios, sus mentiras, sus falsas morales. Nada de esto cabe en el porno, a pesar de las amplias aberturas. Y Meyer ya no tenía mucho más que hacer. Inspirado en una novela de Irving Wallace, realizó The Seven Minutes (1971), un film "sexy" y de denuncia contra la estupidez de la censura, pero que nada tenía que ver con su cine.
Ahora, Russ Meyer se dedica a tener una vida de bon-vivant. No sé si en el cielo, que no ha de tener lo que a Meyer le gusta. Quizá se encuentre en el más sabroso infierno, entre chicas de grandes tetas, tomando viagra mefítica, mientras piensa en algún proyecto para venderle al señor de los abismos, que a lo mejor también siente nostalgia de esos tiempos donde se mostraba más de lo que se podía, y eso sí que tenía sabor de pecado occidental.












