viernes, septiembre 30, 2005

El duque de Roca Negras contado por Aquiles Nazoa.

Les pongo aquí algo sobre el duque, escrito por Aquiles Nazoa en Caracas física y espiritual.


"Criatura insólita de la fantasía y del humorismo de la ciudad, en el esplendor físico de aquella figura y en la atmósfera de leyenda que respiraba su fascinante personalidad, conoció la Caracas de los 20 al que fue su personaje más típico por más de diez años, y al mismo tiempo una estampa humana mitad broma mitad poesía, parte locura y parte ensueño, que reunía en sí la elegancia de un Brummel, las extravagancias modísticas y mundanismo refinado de un Oscar Wilde, el misterioso deslumbramiento de un nuevo Conde de Montecristo, y la poesía conmovedora de aquel señor de Bougrelón que en la conocida novela de Jean Lorrain, pasea su inocente megalomanía y su soliloquio delirante, por las solitarias salas de los museos de Holanda.
Era natural de La Guaira donde en su juventud había figurado entre los recios caleteros que acarreaban sacos de café a los barcos. Su vida de aventuras comienza apenas a los 15 años, cuando un Rodulfo, su amigo de la niñez, lo incorpora a la clientela un poco bandidesca de "El Gato Negro", famosa posada y garito guaireño que poetizaba la sólida reputación de su cocina criolla en sus anuncios versificados del periódico "La Lira":

Es El Gato, en verdad, un paraíso,
allí el talento del mondongo brilla;
la gracia viriginal de la morcilla,
la sublime elocuencia del chorizo.


Iniciándose como el jugador afortunadísimo que fue siempre, en una de sus jugadas logró Franklin desbancar la ruleta de "El Gato" , dando lugar con su triunfo a un violento episidio de sangre del que le resultó un encarcelamiento por tres años. Cumplida su condena se trasladó a las tierras cacaoteras de Barlovento y allí se hizo de cuantiosos bienes, no siempre sin utilizar sus admirables mañas de picapleitos y abogado de afición, merced a las cuales se le llegó a conocer en aquella región bajo el título del Doctor Franklin. Pero cuando más prósperamente florecían sus negocios, sufre lo que él mismo describirá como una de sus crisis de misticismo, y decide ingresar en el Seminario. A punto ya de ordenarse sacerdote, y cuando ya casi todo Caracas lo conocía como el Padre Franklin, las autoridades eclesiásticas le impiden la ordenación luego de investigar las turbulencias de su vida pasada, y es entonces cuando Franklin comienza su carrera de "gran viveur" cosmopolita y elegante.
La época de su primer viaje a Europa es aquella en que Madrid celebra, con grandes corsos de flores, el cumpleaños del Rey Alfonso XIII el día de San Pascual; es la época en que la literatura de Pierre Loti y las páginas de las revista "L’Illustration" habían puesto de moda los lujos de la mueblería oriental, los cigarrillos turcos y el turismo por los países exóticos. Es la época en que Europa se halla en plena efervescencia danunziana, y el ruidoso poeta impone en la literatura la moda de los amores raros; cuando aún en París asiste con entusiasmo robusto al espectáculo de los últimos duelos –vagidos póstumos del romanticismo- y en que en la Costa Azul se oye sonar, de vez en cuando, el pistolazo de un suicida mundano, galante e insolvente.
Trasladar a sus pequeñas ciudades de la América tropical un poco de ese mundo decadente, pero tan decorativo, fue el sueño de algunos suramericanos sensibles que por entonces viajaban por Europa. Y si en el Perú, por ejemplo, un Abraham Valdelomar se conforma con provocar un formidable escándalo al celebrar un ballet a la luz de la luna en pleno cementerio de Lima, la mayoría de nuestros impresionables viajeros permanece rebelde a reingresar en sus formas usuales de vida, una vez conocida tanta maravilla. Y así algunos renuncian a su personalidad real para asumir otra más poética o, al menos, más cónsona con aquel mundo del que espiritualmente se han hecho huéspedes para siempre:

Yo fui moro una vez. Mi faz morena
quemada por el sol de Andalucía,
tuvo la singular melancolía
y la grave altivez de la agarena,


comienza un soneto de Andrés Mata, que por aquellos tiempos publica "El Nuevo Diario", ilustrado con una bizarra fotografía en que el poeta aparece vestido con turbante y atavíos moriscos.
A esta familia de criollos vueltos hacia lo exótico, perteneció nuestro Duque desde 1921 como el más vistoso y original de sus representantes. Para poner a vivir la hermosa farsa que fue su vida durante diez años, adoptó un ropero de su propia creación, caracterizado principalmente por sus deslumbrantes ensamblajes de colores en que concurrían el leonado y el verde Nilo, el carmesí y el negro, el esmeralda y el gris claro, el violeta y el rosa, todos ellos aplicados a las más curiosas formas que adoptaron jamás las ropas masculinas, como combinaciones de paltó-levita y calzón corto a lo chambelán, chistera y camisa mosquetera de ancho cuello y bocamangas de encaje, tirolés con escarapela de plumas, corbata de plastrón y zapatillas de rosa con hebilla de plata.
Completaban la irrealidad de su figura no sólo sus pelucas que parecían de seda, sino el leve maquillaje de carmín y polvo de arroz con que avivaba su semblante, siempre realzado por un monóculo del que pendía una larga cintita del mismo color de la corbata. Famosos fueron también sus bastones de riquísima y complicada empuñadura que excedían a veces el tamaño normal, y por la manera como él los empuñaba le infundían el aire de un majestuoso maestro de ceremonias. En la muñeca izquierda llevaba invariablemente una soberbia pulsera adornada con tres bellotas de oro de las que él decía que representaban a sus antepasados los Tres Infantes de Borbón; y de sus guantes, célebres también por sus colores, no prescindía sino en ciertas especialísimas noches de gran teatro para mostrar algunas de las sortijas que componían su rutilante colección.
Gozoso de la admiración que a su paso suscitaba entre los viandantes, salía todos los días a las diez de la mañana de sus casa en la esquina de La Glorieta e iba a situarse en la Plaza Bolívar, donde pasaba casi todo el resto del día, con la mirada perdida entre los árboles, galanteando ceremoniosamente a las damas que pasaban o a veces charlando con sus numerosos amigos en el corrillo intelectual de La Francia."

1 comentario:

Anónimo dijo...

muy bien