
Anoche visité un sueño. Un sueño que era de otra persona, o un sueño que estaba en el aire, para ser soñado por alguien distinto a mí, y al que tuve la fortuna de entrar apenas por unos instantes. En esa miga de sueño hay un soldado con su traje de gala junto a un carro antiguo, algo así como un Buick del 38. Las manos del soldado se mueven hacia adelante y encuentran una cintura, la de su novia, una chica delicada, de ojos de niña, una chica de las que se aman por siempre. El soldado y su novia se miran y luego se besan. Ahora él hace un gesto, como si recordara que algo le falta, y busca en el bolsillo de su camisa. Del bolsillo saca un avioncito de metal, un modelo también de otras épocas. Es de cuerpo rojo con alas blancas, brilla orgulloso y cabe en la palma de la mano. La novia del soldado sonríe conmovida. Toma el avioncito, acaricia la cara del soldado y lo besa. Mientras ambos se entregan al abrazo y al beso, el avioncito gira en torno a ellos, da un par de vueltas y sale disparado hacia las nubes. Hoy me levanté pensando en ese sueño, en la poesía de ese sueño.
























