domingo, julio 05, 2009
viernes, julio 03, 2009
miércoles, junio 17, 2009
Sapitos de Saturno
1. En Nueva York uno se siente como en Lost. No perdido, precisamente, sino como John Locke, por ejemplo. John Locke, antes de llegar a la isla, era paralítico, y además un bueno para nada (que sea paralítico no implica que fuese bueno para nada; por eso construyo dos frases). Apenas llegó a la isla comenzó a caminar, y su alma se llenó de algo tan inmenso que aún no sabemos de qué se trata. Cuando uno camina por esta ciudad, siente que dejó una silla de ruedas.
2. Hoy fuimos a desayunar a un Deli. Cuando estuvimos de vuelta en el hotel, mi hijo me dijo: "Papá, se me quedó Saturno". Yo le dije: "Yo creo que mamá guardó a Saturno en su bolso". Cuando mamá regresó, en efecto, Saturno estaba en su bolso. Saturno, sus anillos y la alegría de mi niño. Todo venía en ese bolso.
3. Hoy en el museo de Historia Natural vi a la Galaxia de Andrómeda colisionando con la Vía Láctea. Eran dos polvitos que se batían en el espacio. Luego pensé en todas las miserias del poder, y me dije que más de uno debería de venir a ver este fantástico documental. A lo mejor así se le bajan los humos a los pretenciosos, y dejan de joder tanto. Digo yo. Pero qué va, esto es un lugar común. Los ambiciosos saben que son miserables, pequeñísimos, en el fondo de su alma, y no les importa.
4. Alguien, en las puertas del museo, dijo: "Ahí viene Mary", y de inmediato: "Ah, no es ella, es un gordo con barba". ¡Coño!, me dije, ¿cómo será Mary? Pero no llegué a verla. Mi esposa me sacó corriendo, temerosa de que atacara a Mary cuando apareciera con la afeitadora que guardo bajo la manga.
5. Hoy aprendí que los sapitos más brillantes, más coloridos y en apariencia frágiles, son los animales más venenosos del planeta. Esta es una lección para toda la vida.
viernes, junio 12, 2009
La playa que me pides
No creo en el castigo a lo divino, dentelladas a las culpas de lo humano. No creo en el ateísmo torpe del resentimiento, tan medieval, tan inquisidor como lo negado. No creo en los hijos de la inquisición laica, alimento fácil para las fauces de un siglo cargado de demonios y tonterías homicidas. No creo en la muerte de la tradición bajo las cadenas de las furias solidarias, ni en la libertad de los uniformes mentales, contrasentido del alma.
Yo sólo tengo fe en Dios, la única fe posible.
Dios, que cada día existe más en la sagrada persistencia de lo vivido, en la desmemoria del recuerdo que escribo, y en la tonadilla de los zapatos grandototes y el pelo hacia atrás.
Dios está en el dibujo de la playa que me pides que te haga. Está, mi rey, en tu vida recién fundada. En ti, que me extrañas cuando me voy, que me llamas llorando al celular y me pides sorpresas de maleta, regresos, aviones y galletas.
Dios está cada mañana, cuando después de todo, te arreglo el cuello de la franela, justo antes de empezar la batalla del cepillo de dientes.
Tú mi muerte, diría Bataille, me has dado vida eterna.
domingo, junio 07, 2009
jueves, junio 04, 2009
El Buscón habla de blogs.

También me dice que la idea es que esto se haga extensivo, y se realicen dos eventos más, uno en Las Musas, en julio quizás, y otro en la Fundación Cultural Chacao.
Pues quedan todos invitados al evento del martes 16 de junio.
Saludos
jueves, mayo 28, 2009
Siameses en Bratislava

Raúl Rojas y Diego Guinán, tal como lo indican sus apellidos y sus países de origen, no son hermanos, ni nacieron de la misma madre. Pero cuando se les pregunta cómo puede ser que hayan terminado siendo siameses, ellos se encogen de hombros, y sólo saben decir que se encuentran pegados el uno al otro desde una mañana en que se descubrieron subiendo las escaleras del Castillo de Brastislava.
La ciencia, hasta el momento, tampoco tiene respuesta.
viernes, mayo 22, 2009
Gentilicio

—Al otro lado de este laberinto, en la salida, está el anciano que perdonará tu vida.
Él dijo «Okay», y no entró, sino que rodeó el laberinto por fuera, y llegó hasta el sabio.
—Perdóneme la vida —dijo, y el sabio, al ver lo que el hombre había hecho, no le quedó más remedio que perdonársela. El hombre sonrió y empezó a alejarse.
—Ey, espere —dijo el sabio—. ¿Usted de dónde viene?
El hombre, sin detener la marcha, respondió al aire:
—Vengo de Venezuela, soy venezolano.
Y el viejo sabio dijo: «Ah, con razón».
viernes, mayo 15, 2009
Albino fibonacci

Al albino le daban de beber infusiones que lo mantenían lelo. Cuando entraban los grandes hombres del mundo, héroes desquiciados como Alejandro Magno, el albino despertaba de su sueño (en el que alguien escribía un texto golpeando pequeñas runas sobre un cuadrado de luz y de aguas atrapadas) y decía con voz perdida cualquier cosa que se le ocurriera. Los grandes hombres salían, con las lágrimas del miedo latiendo en su pecho y después se iban a sus aposentos y soñaban con albinos con ropas extrañas y negras, totalmente negras, que devoraban tiburones con faldas que a su vez devoraban cerumen y cantaban viejas canciones de cuna. Hace más de dos mil años ese mismo albino vivió en la cueva de una manantial, rodeado de hierbas aromáticas que se quemaban en teas, y vestía telas verdes, absolutamente verdes. (A su lado, dos gemelos sagrados soñaban que tenían los ojos achinados y que sus báculos tronantes lanzaban fuegos hirientes).
Al albino le daban de beber infusiones que lo mantenían aletargado. Cuando entraban los grandes locos del mundo, orgiásticos cobardes como Calígula, el albino despertaba de su sueño (en el que alguien nombraba a su caballo senador) y decía con voz perdida que el fin del mundo llegaría pronto. Lo orates excelsos salían, con las risas del miedo latiendo en sus bocas y después se iban a sus aposentos a tomar bebidas alucinatorias que les hacían ver albinos con ropas extrañas y negras, totalmente negras, que devoraban tiburones con faldas que a su vez devoraban caballos senadores y cantaban viejas canciones donde un ciego cantaba la cólera aciaga de Aquiles pélida.
Hace más de dos mil años ese mismo albino vivió en lo alto de una montaña rocosa, rodeado de fuegos fatuos, y vestía con mantos purpúreos, absolutamente purpúreos. (A su lado, un leproso soñaba con esos mismos fuegos fatuos que cantaban All work and no play makes Jack a dull boy All work and no play makes Jack a dull boy All work and no play makes Jack a dull boy All work and no play makes Jack a dull boy All work and no play makes Jack a dull boy All work and no play makes Jack a dull boy All work and no play makes Jack a dull boy All work and no play makes Jack a dull boy All work and no play makes Jack a dull boy All work and no play makes Jack a dull boy…)
Al albino le daban de beber infusiones que lo mantenían ido. Cuando entraban los grandes sicópatas del mundo, gobernantes desquiciados como Hitler, el albino despertaba de su sueño (en el que un hombre se pegaba un tiro en un oscuro búnker) y decía con voz perdida que el Necronomicón podía leerse íntegro en la espalda del Guasón en el lejano sanatorio de Arkham en la tierra de Gotham. Los grandes sicópatas salían, con las proclamas del odio latiendo en sus lenguas y después se iban a sus aposentos y soñaban con albinos con ropas extrañas y negras, totalmente negras, que devoraban tiburones con faldas que a su vez devoraban cerumen y sampleaban viejas que decían All work and no play makes Jack a dull boy All work and no play makes Jack a dull boy a dull boy a dull boy a dull boy a dull boy boy boy boy boy…
miércoles, mayo 06, 2009
Belén en Montaña Muro

En ocasiones incluso, Glat salía con otros amigos de su edad para después volver donde Ted a contarle. Después lo llevaba a los lugares conquistados y repetía, desde su experiencia, las aventuras y las bromas vividas. También le traía chistes. Chistes groseros que le habían contado sus amigotes, y ambos reían felices de sus atrevimientos verbales. Así, el delicado Ted experimentaba el mundo a través de un prisma, de un filtro aséptico que le aportaba una experiencia segura, limpia. Tedcito lo necesitaba, el mundo le costaba. Dentro de él había como una pared de niebla, y al otro lado algo así como un agujero, un vacío. Quizás por ello, nunca tuvo la malicia de considerar a Glat como su bufón de vanguardia, y no se convirtió en un monstruo consentido y malcriado. Era devoto de su amigo, no su tirano.
Eso sí, en más de una ocasión, Glat jugó a la burlarse de Ted. Glat sí era conciente del rezago de su amigo, y lo aprovechaba para el humor. Nosotros vivimos para las bromas, no lo podemos evitar. El humor es un derecho, y también un deber. Y debe ser aprovechado, incluso a costa de la amistad.
Al parecer, hubo una broma que los separó durante un tiempo, y que los marcó a ambos por el resto de sus días. Cierta tarde, recostado de un árbol, Glat señaló con la boca hacia delante y le dijo: «En aquel árbol, el más grande, muy arriba, vive una muchacha que ha estado preguntando por ti». «¿De verdad?», preguntó Ted emocionado. «De verdad, y es hermosa. Rubia, de grandes ojos azules y con una voz muy bonita» «¿Y tiene nombre?», quiso saber Ted, que ya empezaba a soñarla, y necesitaba una rúbrica para su alma. «Claro», respondió Glat, «Belén se llama tu amada».
Ese cuento duró una buena cantidad de días. Días en los que Ted se fue poniendo cada vez más azul. (Nosotros, cuando nos enamoramos por primera vez, nos ponemos muy azules. Y ese azul vale tanto para un amor de verdad, como para un amor platónico, o en el peor de los casos, imaginario). El agujero neblinoso de Ted se llenó por unos días de la imagen de esa niña hermosa. Él sólo tenía que cerrar los ojos, apretarlos con las manos y luego retirar la presión para tener ante él un montón de manchas. Les daba formas, las convertía en réplicas de una chica etérea, flotante y hermosa. La imaginaba en la casa de sus padres, por el jardín, la imagina corriendo tras unas pompas de jabón. Ambos rodeados de risas, de tarde y de suave luz. Los rizos de ellas saltaban en el aire, suaves. Ella su amada, su prima de tierras lejanas que había venido a quedarse para siempre a su lado, escondidos del mundo entre los materos y los helechos de los jardines interiores de una casa infinita. En estas ensoñaciones anduvo un montón de días. Y claro, se puso muy azul. Enamorarse ya era motivo de burla entre los de su edad. Pero ponerse tan azul, era ya demasiado. No salió de su casa, se encerró en su cuarto. Por fin, una tarde, Glat fue a visitarlo. Al verlo, se sintió el peor ser que jamás hubiera existido en Montaña Muro. El tiempo de su broma se había extralimitado. Así que le dijo la verdad: «Amigo, querido amigo, la chica de la que estás enamorado, esa Belén con la que tanto has soñado es apenas eso, un sueño. No existe». El azul de Tedcito empezó a mutarse al rojo doloroso e iracundo del engañado; pero no dijo nada, no tomó represalias.
Aquella noche, a solas en su cuarto, le vino el primer poema en su excelsa carrera de poeta excelso. Completo, sin pensarlo; así le llegó. Lo creó en la medida que lo fue recitando, bajito, triste lerdo. Ese poema legendario anda dando vueltas en una pompa cristalina entre las altas copas de los árboles. Todos los habitantes de Montaña Muro, en nuestra juventud, hemos ido a su búsqueda alguna vez. Pocos lo encuentran. Pocos lo hemos leído. Yo sí pude hacerlo. Allí, una tarde tibia, en la rama más alta de un cedro, vi la burbuja con el poema en su interior. Trasmutado dentro de la luz, abierto de inmensidad, emocionado como se emociona todo joven ante la belleza, me alcé en dos patas para ponerme a la altura de la magnífica pompa y leí.
El poema dice así:
Belén: Aunque las penas y tu olvido
destrozaron mi triste corazón
soy el terno niño distraído
siempre, en soplar sus pompas de jabón.
Juntos mojamos, y en la misma taza
los verdes canutillos de bambú;
iban dentro de mi pompa, y por la casa,
la tarde linda, y mi jardín y tú.
miércoles, abril 29, 2009
Rabbits en casa

Apenas empecé a ver aquello, no pude más que pensar que uno, como escritor, como creador, está en pañales. Lynch, experto en linchar egos, siempre va más allá. Es un maestro del ir más allá. Aquellos tres conejos (uno macho, dos hembras) con cuerpos humanos —o esos humanos con cabezas de conejos—, la sala de una casa lúgubre, claroscura; los diálogos inconexos que nos recuerdan La cantante calva y lo mejor del teatro del absurdo; los sonidos oscuros de Baladamenti; las recitaciones de palabras oscuras…
Sirena lejana.
Una manta vieja y caliente.
Un perro... se arrastra.
Algo va mal.
Algo va mal.
El perro se arrastra.
Luces apagadas.
Un viento.
Oscuridad.
Dientes que sonríen.
Una lengua hinchada…
…las falsas risas, precisamente de comedia.
Un sitcom que no es sitcom.
Una parodia surrealista del sitcom.
Un sitcom Lynch.
Yo no sé qué «mensajes» profundos subyacen en esta pieza. Sólo sé que yo estaba ahí acostado, y sobre mi boca cerrada, apretada, se dibujaba el holograma de una boca abierta, muy abierta y asombrada.
Lynch una vez más me dejaba en la lona… pero en la lona de la Medusa, porque yo estaba absolutamente petrificado. Todo en Rabbits está pensado de manera tal que el terror se apodere de ti. Un terror metafísico, un terror ancestral. Viendo Rabbits sentí que el maestro Lynch estaba metiendo sus dedos en mi cabeza y que amasaba mis sesos. Es una sensación extraña. Demasiado extraña. Es como si Lynch estuviera transmitiéndole mensajes a una parte de tu mente que tú desconoces. Como si estuviera haciéndote daño. Porque es así: Rabbits hace daño. Por dos razones ya dichas: porque sientes que el director está dándote una lección creativa demasiado poderosa, y porque sientes, además, que está torciéndote el cerebro con su genio delirante.
En una de esas, escuché a mi niño y a su nana en la puerta. Sentí la imperiosa necesidad de parar el filme. Una parte de mí me lo pedía a gritos, por mi propio bien (creo que lo hubiera parado igual aunque ellos no hubieran llegado). Por otro lado, no quería que mi niño viera esas imágenes (atención: no ocurre gran cosa en la cinta: son tres conejos humanos en una sala, y nada más), casi como si se tratara de aquel VHS letal de Ringu. Sí, porque también pensé en eso: que estaba viendo una cinta prohibida, unas imágenes que nunca debieron ser reveladas, que me ensuciaban una parte del alma para siempre. Así que paré Rabbits, y esperé a que mi niño apareciera en el cuarto. Como siempre, entró. Me dijo hola, papi, te quiero, y yo volteé y lo vi y era mi hijo, claro que lo era. El cuerpo de mi hijo, la voz de mi hijo y la cara de un conejo. Ahí mismo entró la nana. Era ella, era su cuerpo, pero su cara también era de conejo. Me senté sobre la cama y los saludé con un simple ¿qué hubo? Ellos no me respondieron y salieron del cuarto. Yo abrí la ventana del cuarto. Entraron los aplausos y un montón de conejos con alas de cucarachas.
domingo, abril 12, 2009
Bajo tierra de Gustavo Valle, o el triunfo de la imaginación

Sorprende, sorprende y al mismo tiempo agrada que un libro como Bajo tierra de Gustavo Valle haya sido premiado por el jurado de la III Bienal de Novela Adriano González León. Se abre así otro espacio a una forma de escritura que no necesariamente toma los caminos de moda para contar la realidad. Con esta novela se confirma que lo fantástico, lo extraño o lo maravilloso también tienen cabida dentro de la literatura venezolana. Bajo tierra es una demostración más de que la literatura es, sobre todo, imaginación, y no una simple crónica periodística o histórica disfrazada de ficción. La novela de Valle resulta una elaboración simbólica de la realidad desde un lenguaje sencillo y directo, donde la épica, el ritmo cinematográfico y la temática social giran en torno a lo imaginativo, creando así imágenes fascinantes, metáforas surrealistas y bombas mentales poderosas. En Bajo tierra nos encontramos con una Caracas subterránea, llena de cavernas y de túneles donde repta el caos de la alimaña y la fauna abyecta de lo humano, o de lo cuasi-humano. Me resulta una maravillosa expresión de ese predominio de lo imaginativo propuesto por Valle, aquellos lectores de cartas del subsuelo que no saben leer, pero que “leen” cada carta según el trazado de las letras, semiótica esplendente de lo poético. Pero no nos equivoquemos, lo imaginativo no se traduce en evasión. En Bajo tierra se encuentra retratada la realidad venezolana. Está en la búsqueda del padre (parece haber una constante allí que los sicólogos podrían explicarnos), está en el deslave de Vargas, en el drama de los indígenas que han perdido su identidad, en la ambición miserable de los que trafican seres humanos y en la locura de un país en crisis. Sí, está en todo esto, pero no en primer plano, ni en un segundo, sino como parte de un todo, en un equilibrio del deber ser.
En ocasiones, he sentido que los escritores y los lectores (incluyendo jurados) venezolanos hemos olvidado que la literatura hace ya siglos se separó de su función didáctica, social, política o filosófica; por eso digo una vez más, que sorprende y agrada que un jurado sin prejuicios haya premiado una novela que privilegia la imaginación, lo extraño o lo fantástico (si queremos aferrarnos precariamente a las clasificaciones de Propp). Un jurado amante de la literatura, por fin abre un espacio dentro del panorama actual y acepta como válida la propuesta imaginativa —delirante incluso— de este autor.
Gustavo Valle escribió desde sus gustos y desde sus lecturas personalísimas. Escribió con anécdota, con imaginación, misterio y poesía. Su escritura es sincera. ¿Y la realidad? Sí, la realidad también está allí, ya lo dijimos, pero contada de otra manera, de la mejor manera; es decir, desde la literatura, y como literatura.
sábado, abril 04, 2009
SOBRE EL RÓMULO GALLEGOS

Ahora, pienso que la decisión de la retirada es tan acertada y tan buena como lo fueron aquellas estrategias abstencionistas que en algún momento tuvo nuestra oposición. No cabe duda de que una de las decisiones más beneficiosas para el país fue aquella de salirse en cambote de la Asamblea Nacional, y la otra, mejor aún, de no votar. No votar, abstenerse, no participar. Yo, por ejemplo, no entiendo eso de que la gente ahorita quiera estar en cualquier eleccioncita que venga por ahí. Total, esas elecciones las controla el gobierno, al igual que el gobierno controla al Rómulo Gallegos (y yo que pensé, en mi inocencia, que era un premio literario). Pero bueno, qué se le hace. Quizás deberíamos salirnos todos del Gallegos, así como nos salimos de la Asamblea, así como decidimos no votar y ceder los espacios que por derecho nos pertenecen. Yo no sé, yo hubiera pensado un poco más algo así por el estilo del duque de Rocanegras, y me hubiera quedado ahí, colorido y estrafalario en medio de la grisalla; como para que nuestras novelas sirvieran de espinita en el ojo, como de risotada en la cara. Pero ya me di cuenta de que no es así, de que yo siempre de enrevesado y confundido y muchachito loco.
Y ojo, y para que no se me malinterprete, quiero aclarar (muy pero muy en serio, en total contraste con lo de arriba) que respeto muchísimo a los escritores coterráneos que se quieren salir del Gallegos. Sólo que se me ocurrieron algunas ideas, y bueno, en esta lucha contra el irrespeto a la libertad, pues yo también lucho por ella; y al hacerlo, he dicho las cuatro tonterías que se me pasaron por la cabeza esta noche serena del alma. Eso sí, espero que sigamos respetándonos, porque sólo en el respeto a las ideas de los otros, es posible la democracia. Saludos.
Y ojo (parte) 2: No es que yo no crea que el premio esté viciado, y que el jurado sea "monofocal". Tampoco deliro tanto. Yo, como se darán cuenta los buenos lectores, estoy hablando de otra cosa.
miércoles, abril 01, 2009
UN AVIÓN Y DOS MELONES

Sinseso estuvo disfrutando de aquella belleza estática durante los minutos de espera, y cuando la cola comenzó a moverse, la disfrutó en movimiento, primero en pasos pausados hacia el mostrador, y luego, con mayor libertad de tacones y bamboleo de caderas a través del pasillo.
Ya se había dado por pagado cuando llegó a su puesto y ella siguió hacia el fondo. Se sentó. Le había tocado la ventana, y se dedicó a mirar la noche, las luces de los vehículos yendo, viniendo y girando en un difuminado que le cambiaba la cara al mundo. Se sumió en un espacio y un tiempo más agradables y llevadores. Así estaba, entregado a su nirvana profano, cuando alguien se le sentó al lado.
Lo primero que le llegó fue la fragancia; la mezcla del perfume de panal y el agua fresca que brota de la montaña salvaje. No cabía duda, era ella. Volteó. Se miraron. Ella lo saludó, y él hizo un esfuerzo para no mirarle los melones. No fue difícil: su rostro era tan sexual como el resto de su cuerpo. Se concentró en la boca. En la boca cubierta con una pintura mojada, brillante y como con escarcha. Fue una simple formalidad. Ella acababa de llegar y debía saludar. No había espacio para más. Ahí mismo sacó su Blackberry y se puso a registrarlo. Sinseso volteó sus ojos y su timidez hacia las luces de la oscuridad exterior. Al cabo de unos segundos, aprovechó que ella aún estaba concentrada en su celular y giró un poco para verle los senos. ¡Oh, cuánta inmensidad apresada! ¡Cuánto placer prohibido, ajeno, desterrado!
Durante el vuelo, la miró un par de veces más. Sobre todo porque ella se había recostado hacia el otro lado y había cerrado los ojos.
Al cabo de media hora de vuelo, el avión dio un brinco. La muchacha de los melones sacudió la cabeza y miró a los lados. Sinseso aprovechó para buscar contacto visual, y se encogió de hombros cuando por fin sus ojos se encontraron. Era un vuelo corto y debían estar llegando; pero por la ventana sólo se apreciaba un apretado batallón de nubes. El avión volvió a dar un tumbo. Pocos segundos después, otro más fuerte.
—Hay mucha turbulencia —dijo él. Ella le respondió con una frase corta y con un tono de preocupación. Sus ojos chinos se habían abierto mucho, y se abrieron aún más cuando se produjo aquel sonido. Fue algo así como si un gigante hubiese rasgado una muralla de latón.
Entonces pasó una aeromoza. Tan rápido que no se le vio el rostro. Más atrás vino otra, también transformada en celaje. El avión dio un tumbo atroz. Las nalgas de los pasajeros se elevaron sobre los asientos. Hubo quejas cargadas de miedo. El altavoz hizo una interferencia extraña. Habló la aeromoza. Con la voz quebrada, llorando quizás, dijo que se había detectado un desperfecto pero que mantuviéramos la calma. Luego volvió a sonar ese hormigueo sonoro y ya no hubo más voz de la aeromoza. El avión dio otro salto y empezó a descender sobre el tobogán del vértigo. Un barullo de voces, gritos y llantos tomó el interior de la cabina. A su lado, la muchacha de los melones desató su histeria. Su boca hermosa se abrió muchísimo y dejó escapar unos chillidos de horror. Estaba recta, muy recta sobre el respaldar, como si un viento poderoso la aplastara. Sinseso notó que aquel descenso pedregoso hacía de los melones un prodigioso espectáculo de rodeo. Pudo verse claramente montado, en doble imagen, sobre aquellos toros briosos, agarrándose duro de los pezones, demostrando qué tan garrapata puede llegar a ser el morbo de un hombre. Claro que le preocupaba su vida, la situación en la que se encontraba, pero las muchísimas de aquella magnífica mujer saltaban eléctricas, y él no podía dejar de verlas. Aquello era algo que superaba su fuerza de voluntad. Ya la muerte estaba allí, con su mano-garra sujetaba el avión y lo guiaba a su destino final como un niño llevaría su avioncito contra el imaginario grosor de una pared-montaña o contra un piso tan duro como la superficie del mar. Ya la muerte estaba allí, y no había remedio. Así qué ¿para qué privarse de mirar con descaro aquel par de melones? ¿Para qué, incluso, privarse de tocarlos? Total, iban a morir, y nadie iba a saber lo que había hecho y, de seguro, en el cielo perdonaban cosas como esas. «En el cielo serán santos, pero no maricos», se dijo y así, sin pensarlo más, sus manos fueron directamente a los melones. La muchacha, al ver lo ocurrido, calló y miró estupefacta a Sinseso. Él sonrió y se encogió de hombros como hiciera antes, y ella volvió a gritar, como también había hecho con antelación. Estaba tan confundida y tan asustada que ni siquiera se preocupó por sacarse de encima las manos impúdicas. Y él masajeaba, apretaba, apresurado y voraz. Tenía poco tiempo y debía disfrutar al máximo, recorrer cada rincón, tocar a fondo. Las máscaras de oxígeno asaltaron las caras de los pasajeros como culebras furiosas, el avión se convirtió en una coctelera sacudida por un barman loco, los gritos casi reventaron el fuselaje; y aun así, Sinseso no dejaba de masajear los melones, cada vez más hundido en una locura primitiva y sabrosa.
Le costó regresar, le costó darse cuenta que el universo se había acomodado dentro de una quietud beatífica, casi musical; un nirvana inesperado que desterró el guirigay y trajo una prometedora sensación de ascenso. No obstante, las manos de Sinseso siguieron adheridas a los melones. Ya no se divertían; estaban inertes, desubicadas. Sinseso alzó la cabeza y miró. La normalidad había vuelto a la cabina. Le atacaron unas ganas incontrolables de llorar. «Maldita suerte la mía, que ni siquiera me muero cuando debería», se dijo. Apartó las manos, se recostó sobre su asiento y esperó. Había vuelto a ser el mismo de siempre. «El mismo idiota», pensó. Entonces llegó la cachetada y un llanto bajito y un hablar entre dientes que no se entendía Acto seguido ella se le montó encima, a horcajadas, y sus nalgas lo cabalgaron y sus melones se agitaron frente a su cara. Pero en sus movimientos no había deseo ni excitación sexual, sino odio, uñas largas, indignación. Los dientes liberaron la voz, y ésta se elevó, chillona, adolorida, iracunda, desbocada en la denuncia estridente, en los insultos, en las llamadas de auxilio. El avión, mientras tanto, enfilaba hacia la pista de aterrizaje.
miércoles, marzo 25, 2009
NOTAS DE UN PADRE CONSERVADOR CON UN NIÑO DE 4 AÑOS
Aunque dicen que nadie se prepara para tamaño de compromiso, sí es cierto que uno debe dejar la guachafita antes. Si no lo haces, saldrás corriendo al poco tiempo de ser padre. Hay que disponerse para el maestro antes de que el maestro llegue. No cometas el error de hacerlo llegar sin haber cerrado ciclos de vida.
La paternidad me ha llevado a entender cada día más a mis padres, y a quererlos como nunca antes los quise.
Todo padre ha de ser conservador. Un padre conservador es respeto y vida correcta. Un padre liberal sólo criará cuervos que después le sacarán los ojos.
La paternidad me ha llevado a ubicar las distintas fuentes o “chorritos” de la ciudad. Los “chorritos” son para los niños lo más cercano al Dios que todavía ignoran.
Por cierto, los chorritos de las fuentes del CCCT se activan cada 30 segundos. Conocer esto es como tener en mi poder la cifra secreta del Dios de mi hijo. Por lo tanto, la tarea de contar los 30 segundos de esos chorritos es una experiencia mística.
Un padre y un hijo deben andar en interiores en la casa cuando mamá no está. El padre que no haga eso, no le está enseñando a su hijo a ser hombre.
Un padre sí cambia pañales, sí duerme a su muchacho y sí le da besos. Los padres de hoy deben ser tan “machos” como las mujeres lo han sido desde hace siglos.
La paternidad no es jueguito, ni un cliché ni una excusa. Así que deja de andar pensando en pajaritos preñados y cuando tengas tus muchachos, ponte serio, que la cosa no es fácil.
viernes, marzo 20, 2009
Vuelven los talleres de escritura y creatividad de la Universidad Metropolitana y el ICREA

Taller literatura infantil
Docentes: Mireya Tabuas
Fechas: sábados 18 de abril al
13 de junio 2009
Horario: 10:00 a.m. a 12:30 p.m.
Duración: 8 sesiones de 3 horas (24 horas)
Inversión: Bs.F. 600,oo
Taller de poesía
Docente: Edda Armas
Fechas: jueves 23 de abril al 11 de junio 2009
Horario: 5:30 p.m. a 8:00 p.m.
Duración: 8 sesiones de 3 horas (24 horas)
Inversión: Bs.F. 600,oo
Taller de arte no convencional
Docente: Carlos Zerpa
Fechas: martes del 21 de abril al
9 de junio 2009
Duración: 8 sesiones de 3 horas (24 horas)
Horario: 5:30 p.m. a 8:00 p.m.
Inversión: Bs.F. 600,oo
Taller de crónica, historias de verdad
Docente: Sandra La Fuente y Liza López
Fechas: sábados 9 de mayo al
27 de junio 2009
Duración: 8 sesiones de 3 horas (24 horas)
Horario: 9:00 a.m. a 11:30 p.m.
Inversión: Bs.F. 600,oo
Taller de edición
Docente: José Tomás Angola
Fechas: sábados 9 de mayo y
16 de mayo 2009
Duración: 2 sesiones de 4 horas (8 horas)
Horario: 9:00 a.m. a 12:15 p.m.
Inversión: Bs.F. 200,oo
Taller los argumentos eternos
Docente: Robert Gomez
Fechas: sábados 6 y 13 de junio 2009
Duración: 2 sesiones de 4 horas (8 horas)
Horario: 9:00 a.m. a 12:15 p.m.
Inversión: Bs.F. 200,oo
Descuento especial:
Quien se inscriba en más de un taller, recibe un descuento del 10% en cada taller.
Los talleres incluyen: entrega de material y certificado.
Información Coordinación:
Fedosy Santaella (talleresunimet-icre@unimet.edu.ve)
Maria José Rueda (talleresunimet-icre@unimet.edu.ve)
Información General:
Zulay González (zgonzalez@unimet.edu.ve), Telf. 0212 2403521
Carmen Cecilia Garcia (cgarcia@unimet.edu.ve), Telf. 0212 2403495
www.unimet.edu.ve
Résmil Chacón (gerentegeneral@icrea.org.ve)
Telf.0212 2659491/0212 2668497
www.icrea.org.ve
miércoles, marzo 04, 2009
Bibliotecas Chang

Lo invito a pasar, y a leer.
www.hermanoschang.blogspot.com
martes, marzo 03, 2009
Paradoja "hurmana"
1) Alguien le preguntó a un grafitero si no le parecía que pintar una valla era una falta de respeto al dueño de la valla y al dueño del producto allí anunciado. El grafitero respondió: "¿No te has preguntando si no es una falta de respeto poner allí una valla que me tapa la vista al Ávila? Yo quiero ver el Ávila y me lo tapan. Eso es una falta de respeto".
2) El grafitero ama el paisaje natural y quiere ver el paisaje natural que la valla le tapa.
3) El artista urbano, o digamos, el artista, urbano, pretende la protesta del arte. Asume el arte como una guerrilla.
4) Desde lo urbano se ataca lo urbano: la abyección del concreto, su dictadura, su monopolio, su inconciencia. Izquierda ecológica en acción desde las pintas de aerosol.
5) El grafitero es el Frankenstein de la ciudad y se padece a sí mismo. No hay nada más urbano que él. Como el monstruo de Frankenstein, no hay nada más monstruoso que él. Sin embargo, sueña. Su sueño es recobrar lo que alguna vez fue. Este grafitero sueña con volver a ser humano. Su redención es el paisaje. Protesta en su impotencia con el graffiti cifrado, colorido.
6) El grafitero llena de colores la muerte gris de las paredes. El color es su vida, es su emblema, su vuelta a la naturaleza.
7) Su escritura es fractal, curvada ("la naturaleza no conoce rectas", te dirá), creativa y propia. Su escritura es la ficción de un espacio natural colorido. El arte y la naturaleza lo salva. "Me quitaron la vista de la montaña. Yo protesto", dice. No se puede negar la inteligencia del comentario. El argumento es válido y quien no quiere diatribas olvida o se queda sin palabras para preguntar si el aerosol contamina.
8) El pez muere por la boca, habrá que recordar.
9) Al graffiti se lo traga la naturaleza. Caníbal justiciero. ¿Es eso lo que anhela el grafitero?
10) Sobre la tiña, sobre la maleza, sobre la enredadera, es imposible pintar. ¿O intentará pintar el grafitero, a manera de protesta, también sobre la naturaleza? ¿Será que ahora la naturaleza capitalista no le impide ver la pared que anhela ver? ¿Será que ahora el grafitero natural protestará contra lo natural con el fin de volver a rescatar los valores de lo urbano? ¿El monstruo de Frankenstein se volvió humano y no le gustó? ¿Cómo será eso de ser "hurmano"?
11) La frase se vuelve pregunta: ¿El pez muere por la boca? ¿O este es el anhelo del grafitero y no le interesa? ¿Quiere el grafitero ver el crecimiento de la maleza del tiempo sobre su obra?
12) Habrá que preguntarle al grafitero.
13) Porque eso sí: no sería hermoso, ni mucho menos justificable, ver al grafitero arrancando la enredadera o intentando pintarla.
miércoles, febrero 18, 2009
Sembrar el petróleo

Cuando se considera con algún detenimiento el panorama económico y financiero de Venezuela se hace angustiosa la noción de la gran parte de economía destructiva que hay en la producción de nuestra riqueza, es decir, de aquella que consume sin preocuparse de mantener ni de reconstituir las cantidades existentes de materia y energía. En otras palabras la economía destructiva es aquella que sacrifica el futuro al presente, la que llevando las cosas a los términos del fabulista se asemeja a la cigarra y no a la hormiga.
En efecto, en un presupuesto de efectivos ingresos rentísticos de 180 millones, las minas figuran con 58 millones, o sea casi la tercera parte del ingreso total, sin numerosas formas hacer estimación de otras numerosas formas indirectas e importantes de contribución que pueden imputarse igualmente a las minas. La riqueza pública venezolana reposa en la actualidad, en más de un tercio, sobre el aprovechamiento destructor de los yacimientos del subsuelo, cuya vida no es solamente limitada por razones naturales, sino cuya productividad depende por entero de factores y voluntades ajenos a la economía nacional. Esta gran proporción de riqueza de origen destructivo crecerá sin duda alguna el día en que los impuestos mineros se hagan más justos y remunerativos, hasta acercarse al sueño suicida de algunos ingenuos que ven como el ideal de la hacienda venezolana llegar a pagar la totalidad del Presupuesto con la sola renta de minas, lo que habría de traducir más simplemente así: llegar a hacer de Venezuela un país improductivo y ocioso, un inmenso parásito del petróleo, nadando en una abundancia momentánea y corruptora y abocado a una catástrofe inminente e inevitable.
Pero no sólo llega a esta grave proporción el carácter destructivo de nuestra economía, sino que va aún más lejos alcanzando magnitud trágica. La riqueza del suelo entre nosotros no sólo no aumenta, sino tiende a desaparecer. Nuestra producción agrícola decae en cantidad y calidad de modo alarmante. Nuestros escasos frutos de exportación se han visto arrebatar el sitio en los mercados internacionales por competidores más activos y hábiles. Nuestra ganadería degenera y empobrece con las epizootias, la garrapata y la falta de cruce adecuado. Se esterilizan las tierras sin abonos, se cultiva con los métodos más anticuados, se destruyen bosques enormes sin replantarlos para ser convertidos en leña y carbón vegetal. De un libro recién publicado tomamos este dato ejemplar: «En la región del Cuyuní trabajaban más o menos tres mil hombres que tumbaban por término medio nueve mil árboles por día, que totalizaban en el mes 270 mil, y en los siete meses, inclusive los Nortes, un millón ochocientos noventa mil árboles. Multiplicando esta última suma por el número de años que se trabajó el balatá, se obtendrá una cantidad exorbitante de árboles derribados y se formará una idea de lo lejos que está el purguo». Estas frases son el brutal epitafio del balatá, que, bajo otros procedimientos, hubiera podido ser una de las mayores riquezas venezolanas.
La lección de este cuadro amenazador es simple: urge crear sólidamente en Venezuela una economía reproductiva y progresiva. Urge aprovechar la riqueza transitoria de la actual economía destructiva para crear las bases sanas y amplias y coordinadas de esa futura economía progresiva que será nuestra verdadera acta de independencia. Es menester sacar la mayor renta de las minas para invertirla totalmente en ayudas, facilidades y estímulos a la agricultura, la cría y las industrias nacionales. Que en lugar de ser el petróleo una maldición que haya de convertirnos en un pueblo parásito e inútil, sea la afortunada coyuntura que permita con su súbita riqueza acelerar y fortificar la evolución productora del pueblo venezolano en condiciones excepcionales.
La parte que en nuestros presupuestos actuales se dedica a este verdadero fomento y creación de riquezas es todavía pequeña y acaso no pase de la séptima parte del monto total de los gastos. Es necesario que estos egresos destinados a crear y garantizar el desarrollo inicial de una economía progresiva alcance por lo menos hasta concurrencia de la renta minera.
La única política económica sabia y salvadora que debemos practicar, es la de transformar la renta minera en crédito agrícola, estimular la agricultura científica y moderna, importar sementales y pastos, repoblar los bosques, construir todas las represas y canalizaciones necesarias para regularizar la irrigación y el defectuoso régimen de las aguas, mecanizar e industrializar el campo, crear cooperativas para ciertos cultivos y pequeños propietarios para otros.
Esa sería la verdadera acción de construcción nacional, el verdadero aprovechamiento de la riqueza patria y tal debe ser el empeño de todos los venezolanos conscientes.
Si hubiéramos de proponer una divisa para nuestra política económica lanzaríamos la siguiente, que nos parece resumir dramáticamente esa necesidad de invertir la riqueza producida por el sistema destructivo de la mina, en crear riqueza agrícola, reproductiva y progresiva: sembrar el petróleo.
(Publicado el martes 14 de julio de 1936 en el diario Ahora).



