martes, enero 31, 2012

Esas tardes cuando todo culmina





y el cuerpo desciende de las amarras,
sobre la silla pide reposo
y las manos, todavía rígidas
buscan en la nuca el mar
y ya no el escritorio el teléfono la nada

tardes de grillos, de oleajes como afectos
donde la furia por las costas del mundo
marca llena de nudos la retirada

tardes de soledad bienvenida
mástil, vela que suena a viento
pasos en cubierta, pocos y sin prisa

tardes de barco que toca muelle
de gaviero que piensa en plazas
en un banco con raíces y ramas
y él sentado, curtido en sus arrugas
agradecido en la mirada
que el grandor contempla

tardes de claraboya, de sombra y sábana
un quieto vaivén, un pez sin carnadas

tardes en que te pienso
y sé, sólo sé
que estaríamos mejor
a bordo, sobre la cama.

lunes, enero 30, 2012

El poder de ser libre




el poder de la emancipación
el poder de distinguir entre mal y el bien
el poder de usar el bien, y el mal para hacer el bien
el poder de ya no cargar con la cruz
de no creer en la única verdad de la cruz
el poder de todas las verdades relativas y como única verdad ese poder
el poder de todos los hombres, el poder de saberte con poder
el poder de darle poder a unos cuantos o a uno solo
el poder del poderoso que ha recibido todos los poderes
el poder de construir la máquina de los sueños y del castigo
que te graba la culpa en el pecho y en la espalda
como aquel cuento de Kafka

el poder que ya sólo el poder importa
el poder
la fuerza bruta
el poder.

lunes, enero 23, 2012

Con aquel árbol hicimos el libro



que a cuatro manos
y dos pieles forjamos

el cajón de mi muerte
de la tuya
de la nuestra

una puerta sellada con palos
de los más fuertes brazos
que nunca pensamos
ver derramados

una cruz sin tercer día
sin cielo sin reino

una cama gélida
abandonada
como una ciudad
tras la hecatombe

una balsa pequeña
sin mástil
y sin embargo
no alcanzó para los remos

ahora el columpio
una tabla salvavidas
ahora las cuerdas
nudo en la garganta.

Aquel árbol
que era este templo
estas ganas
este gran nido
aquel árbol perdió su sombra
ya nadie lo sueña
ya pájaros no acoge
perdió sus alas
y sus ojos...
o sus hojas
es lo mismo.

viernes, enero 20, 2012

¿Has visto un caballo en la oscuridad?





Un caballo en la oscuridad es una puerta
que fluye en secreto
frente a tus ojos insuficientes,
estatua de electrones contenidos
polvo de luciérnagas
materia sólida de lo inasible
que avala el arquetipo,
la matemática, la belleza
pero también la sombra
la sombra que somos,
y esta fatiga, la pena
la sospecha de lo perdido
al nacer en la caída.

Avísame si llegas a verlo.

jueves, enero 19, 2012

Un hombre de 42 contempla el paisaje




con los ojos limpios, la frente sin sombras,
los dedos completos, los dientes también.

Sopla la brisa, huele a barco
a veces de papel, a veces de acero.

El hombre de 42 contempla
y se sabe.
Arrepentirse de nada sirve
si nada se aprende,
y él aprendió
y él resucitó.

Ahora le toca amar, temer temerse
ahora le toca cuidar de su hijo
y del honor y del orgullo
de estar allí
en pie después de tanto
hombre por lo menos hombre.

miércoles, enero 18, 2012

El rezo en la partida, el mapa que arde




(todo camino que vale la pena se hace sin mapa)
un perro, detrás de ti un perro y arriba un gato
que desde los árboles te cuida, y un libro,
lleva un solo libro, que sea de cuentos,
de cuentos para niños. Los diccionarios
no bastan para aquellas partes
que se recorren con los ojos cerrados.

Al camino no se le pasa por encima
se le atraviesa de pecho y con el pecho.

martes, enero 17, 2012

Un perro dulce cruza la avenida




y sigue su camino hacia el fondo
de una esquina vacía
donde su trote se desdibuja,
su cola, su cuero seco,
sus huesos de alabastro.
A punto ya de no ser
despojo y abandono
en lo espeso del olvido
voltea y recuerda
el mundo que deja atrás
los juegos, los parques,
la hierba, las hojas bajo sus patas
rescostado junto al banco
donde ella lo acompañaba,
los niños en los columpios
las miradas, las caricias,
las sábanas prestadas en la casa falsa,
y la sonrisa en el hocico
que no está hecho para sonreír.

Pobre perro dulce que alguna vez
se creyó humano.

lunes, enero 16, 2012

La espalda del alma





se aferra a la inocencia de las culpas,
esa creencia en vida de la vida
entre dedos que se miran
sin ser ya de sí mismos
ajustados resignados al término medio
del grillo y los vecinos dormidos
la calle vacía y la belleza de los autos en reposo,
mientras otra vez los dedos las manos
que aquí se sostienen en vilo
entre cada línea, entre cada pliegue
de los destinos ya sabidos
que te dicen que ya va siendo hora
posiblemente de carretera
en neutro rayado blanco,
Mad Max a plena inmensidad,
adentro al volante, el motor encendido
el cigarrillo encendido a la espera
del enemigo
(es hermosa la palabra enemigo)
en el horizonte también encendido de gasolina.
Y en el asiento de atrás, una esfera
una pecera que gotea tiempo,
que gotea los hilos cortados
con las tijeras de la verdad,
con mayúscula cree uno
pero no, no hay verdad Mayúscula en mayúscula.
Siempre una verdad contiene otra verdad,
como el pan de Leucipo, como el quark,
como la mentira, que está hecha
de verdades, como la mentira un casquete,
como un silencio un electrón
que gira entre dos,
como el peso de una liberación,
de una confesión con lágrima con fondo de libros
en la biblioteca de un escritor,
una confesión que a cualquier hora de la tarde
es sangre tinta de mariposa, un espejo que se encuentra
con el espejo donde el espejo se mira.

La espalda del alma
en la almohada me hiere sin sueño se restriega
un párpado un dedo una pata rota coja
de lente, y si me lo quito todo borroso,
mejor no enfocar más allá de tus narices
el pasado de la doble vida.

Cuánto vale este callar,
este pacto de caballeros con una dama,
cuánto futuro compra la boca apretada,
el hombre civilizado, racional, cuántico
en lo más minúsculo y en lo más grande
de su joroba con grietas.

jueves, enero 05, 2012

222, Viñeta 3




Un día en el ascensor, Patti se encontró con Muhammad Alí, Cassius Marcellus Clay, el grande. Ella era sólo una muchacha, una loquita anónima que no imaginaba el éxito que vendría en 1975, el año de Horses, el año de esa foto en la portada donde sale recostada de una pared, delgada, retadora, fascinante. Una foto de ella andrógina tomada por su Robert. De ella hombre, de ella como en los anhelos ocultos de su amante. En fin, aquel día, Patti Smith estaba aún lejos de los nueve álbumes que la harían célebre, y era simplemente Patti, una poeta destartalada que hacía sus lecturas con atuendos de boxeadora, pantalones cortos, botas y franelilla; siempre, eso sí, con aspecto de estar un poco enojada. Pero en ese momento, en el reducido ascensor, lo que había en su rostro era admiración y asombro. Nunca había estado tan cerca de una persona famosa. No, no de una persona famosa, eso le importaba un carajo; tan cerca, más bien, de un luchador, de un héroe, de un hombre que literalmente se había hecho la vida a fuerza de puñetazos. Era él, el campeón que volaba como una mariposa y picaba como una avispa; era él, el hombre que se había negado a ir a Vietnam, el que había sido injustamente despojado de su título por estar en contra de la guerra. Él sí que era un tipo duro, un tipo de respeto. Se le notaba en la mirada que el campeón sabía de la vida. Que el campeón sabía mirar. No como el resto de la gente, que ni se enteraban de lo importante que era la mirada. «Nadie mira como nosotros, Patti», así le había dicho su novio, su fotógrafo, su Robert, su Mapplethorpe. Si tan sólo Robert hubiera estado ahí. Seguro le habría pedido al campeón una foto. Robert sentía fascinación por los cuerpos bien formados, sobre todo por el cuerpo del hombre negro. Robert decía que el cuerpo de algunos negros estaba cerca de la perfección platónica. En alguna ocasión habían fantaseado con eso en la cama; había sido divertido. Y ahora, ahora que estaba frente al campeón, sonreía recordando la fantasía del negro haciendo trío con ella y con Robert. Le brillaron los ojos, empezó a moverse inquieta, más eléctrica de lo que ella era. Muhammad Alí se dio cuenta, sonrió. Ella se llevó las manos a la cara, digo algo, dijo quizás, «coño, no puedo creerlo», o algo así. El campeón, viéndole los pantalones de boxeo y las botas sobre el raquítico hombro, le preguntó, «¿qué tal, también boxeas?». «Eres tú, ¿verdad?», dijo ella excitada. «Claro que soy yo», respondió él, y los acompañantes (dos personas, o tres quizás) afirmaron con la cabeza y les brillaron las caras. Luego el campeón, allí, en ese minúsculo espacio, se puso en posición, movió un poco el cuerpo, lanzó un par de jabs muy suaves hacia la raquítica y luego volvió a su posición normal. Todos rieron, Patti también. El ascensor abrió sus puertas, le tocaba salir al campeón y a su gente. Cuando quedó sola, Patti se llevó las manos a las sienes, brincó. «Espera que mi bello Robert se entere», decía, y casi lloraba y casi reía. Estaba maravillada y ya saldría corriendo a la habitación a contarle lo que le había pasado. Sin duda, para aquella muchacha llamada Patti Smith, el hotel Chelsea era «una casa de muñecas en una zona desconocida».

miércoles, enero 04, 2012

Corte transversal de un dolor con alas




Hay dolores que quizás debamos agradecer,
golpean en la espalda, nos sacan alas
como partos de puñales en las vértebras
y nos hacen saltar al abismo de la realidad
espejos que delatan nuestro pasado
lo que no queremos ser
nunca más.

Cristales rotos
de nosotros mismos
quizás hagamos bien con abrazarlos
como se abraza a un padre
o a la mujer que se ama,
y sólo pensar en el futuro
de un corte sanado.

Es cierto,
se perdona, no se olvida
pero se agradece.

martes, enero 03, 2012

222, viñeta 2




Fue a leer su poesía, y a jugar a la fama, a la gran fama que lo perseguía. Muy bien, perfecto, él podía estar donde le tuvieran whisky. Un alcohólico es alguien a quien temes, y que bebe tanto como tú, había dicho una vez. Pero el alcohólico se derrumba y sufre. Era octubre, estaba enfermo y acababa de cumplir 39 años. Dylan Thomas, su nombre despertaba sensualidades y temores. Le dijo a la chica que se fuera a la cama con él, y la cama quedó revuelta. Liz se llamaba, era la asistente de John Brinnin, el director del Centro de Poesía donde debía leer en algún momento de su visita a Nueva York. Un sitio importante aquel centro. Pero él no quería más que beber, y que las sombras que lo alzaban lo siguieran alzando mientras él bebiera. Ser famoso para beber, sólo la bebida justifica la fama. Así que bebió y volvió a beber, y una noche se atragantó dieciocho whiskys. Aquella vez, mientras iba camino al hotel, pensó en caballos blancos y recordó unos versos suyos. La muerte pretende dominios, la muerte siempre está detrás del vaso de whisky, se dijo. Pero la muerte no tendrá esos dominios, así rezaba y aún reza su poema. La muerte no podrá contra el alma, contra el amor, contra el resurgimiento constante de la vida. Llegaba al hotel, atravesaba el vestíbulo con Liz a su lado. En alguna parte, en alguna habitación de ese mismo hotel, dos artistas que habían ido a conocerlo y que no lo habían encontrado tenían ahora sexo salvaje y borracho. Eran Jack Kerouac y Gore Vidal. Si Dylan se hubiera enterado de esto, quizás hubiera sonreído, corroborando la idea de que la muerte nunca vencerá, que mientras unos agonizan otros se dan duro en el arrebato de la vida. Se sentía mal, y se lo dijo a Liz. Estaba enamorado de ella, de esa chica que apenas conocía. Liz era el amor de su vida en aquellos instantes efímeros y eternos. Se sentía muy mal, algo muy oscuro lo rondaba y le disgregaba las fuerzas del cuerpo. Pero él tenía a esa muchacha, y la amaba. Que se jodiera la muerte, la muerte con él no tendría ningún maldito dominio. Más tarde lo atendió un doctor. Pasaron días, ¿pasaron días? Dylan pensaba en caballos, en caballos blancos; quizás porque había estado bebiendo en la White Horse, la taberna de los artistas. Sí, ahí había estado, en la Hudson con la 11. ¿Hacía horas, hacía días? Ahora, postrado en la cama, su cabeza hervía y él visualizaba los caballos blancos galopando sobre praderas galesas. No podía hablar, no podía contarle a nadie de la belleza que se proyectaba desde adentro sobre la pantalla de sus párpados cerrados. ¿Dónde estaba Liz, dónde su esposa, dónde todos los amores de su vida? Un día le inyectaron morfina, no volvió a abrir los ojos. En aquella habitación del hotel Chelsea, en los espejos, bajo la cama, dentro de las gavetas y sobre la palma del poeta se extendieron campos de Gales. Y hubo más caballos blancos, y fue el final de Dylan Thomas. Aun así, el tiempo ha dicho que la muerte no tuvo dominio sobre él.

lunes, enero 02, 2012

500 hojas, 2 de enero


Regálame, como hacía papá, regálame una resma
500 hojas de papel Bond en blanco
de preferencia tamaño carta
(un atardecer, de vuelta de la oficina, sus manos grandes
su sonrisa buena, papá y la resma en su envoltorio apretado

nunca ha habido
mejor regalo),
500 hojas nuevas
olorosas a campo traviesa
500 hojas para escribir en ellas
con lápiz grafito
de punta recién sacada, hambriento hambrientas
de líneas y puntos, de ventana sideral, de mañanas
en las que todos duermen, y sólo tú
y tus amigos imaginarios se hacen compañía
en el silencio perdido de la infancia.

500 hojas para los dibujos que no volverán.
Paisajes, monstruos felices, caricaturas
reminiscencias de Fontarrosa, Quino, Moebius
Chagall, Picasso, Salvador Dalí,
clavos, cristos, visiones místicas
dibujos que ya fui y que ya fueron
reposan su olvido
en una enorme carpeta de plástico
en mi clóset, los testigos, las pruebas
de no sé qué de mí.

500 hojas para la escritura, para el poema
que ahora sí, quién sabe hasta cuándo,
universo en expansión, mar
500 hojas vírgenes, inocentes
como paredes limpísimas
de habitación de psiquiátrico, donde
el lápiz no es un lápiz, sino arma,
donde el filo de la hoja también, un cuello
la yugular de la sangre mala.

Yo usaré esas armas contra mi oscuro ser
contra la sabandijas del mundo enfilaré
las 500 hojas, las resma para resmar
que es lo mismo que remar
a contracorriente
entre resmas.

sábado, diciembre 31, 2011

222, viñeta 1




El cuarto está lleno de sombras de pájaros, algunos quietos, otros que aletean. Reposa la tarde sobre la cama anónima, vacía y desordenada, muerta. Muerta porque del vacío y del caos sólo queda una quietud etérea muy cercana a la muerte, a una confortable muerte. Él escribe y recuerda a la muchacha. Ella es quizás una de esas sombras de pájaros en las paredes de su habitación, una de las estáticas, casi tímida. La imagina afuera, en la avenida, dándole la cara a la multitud que la admira. Sobre la ola de fanáticos, un poderoso foco de luz, el foco de la fama. En la penumbra del cuarto, sin embargo, su sombra proyecta lo que es en realidad: un ave frágil dada a los aspavientos. La rememora inquieta en su excitación, como si saltara sobre la grama, buscando sustentos, moviendo la cabeza, arriba y abajo, en realidad entre sus piernas. La recuerda también unos minutos antes, echada en el sillón, una teta afuera y con una botella en la mano, cargada de coraje y de ternura. Era una pájara brava llena de valentía, sí, y esa valentía tenía algo de inocencia, de ternura, de tontería. Los valientes pueden ser tontos. Pero al final, él, que es un patán, terminó viendo a la chica coraje, a la chica famosa, haciéndole un buen trabajo en la entrepierna, allá donde se mastica la delicia. El corazón y la voz de ella eran leyenda. Pero él no quería el sonido de la voz. Él quería los labios de esa boca, la saliva de esa boca. Él estaba por la carne. Por la carne, y claro, por el dinero. En Manhattan siempre se está por el dinero. Manhattan la frívola, la de las modas que no le gustan, las de las pastillas para adelgazar. Manhattan la de la gente hermosa. Ella rió a carcajadas. «Me gustan los guapos, pero por ti haré una excepción», y después, cuando ya le daba a la cabeza entre sus piernas, él le dijo: «Tú también eres fea, muchacha». Ella se separó, se tiró hacia atrás sobre la cama, se tomó un trago, se echó a reír otra vez con sabroso estruendo: «No importa, somos feos, pero tenemos la música». Él y sus recuerdos quizás están en la habitación número 2 del hotel Chelsea. Él quizás la necesita a ella, quizás no. Lo que sí es seguro es que él se llama Leonard Cohen y ella Janis, Janis Joplin.

miércoles, diciembre 14, 2011

Una mujer y un hombre





Una mujer y un hombre llevados por la vida,
una mujer y un hombre cara a cara
habitan en la noche, desbordan por sus manos,
se oyen subir libres en la sombra,
sus cabezas descansan en una bella infancia
que ellos crearon juntos, plena de sol, de luz,
una mujer y un hombre atados por sus labios
llenan la noche lenta con toda su memoria,
una mujer y un hombre más bellos en el otro
ocupan su lugar en la tierra.

Juan Gelman

domingo, diciembre 04, 2011

Creación y desasosiego





Hoy me di cuenta
que cuando quiero crear algo hermoso, realmente hermoso,
lo mejor es dedicarse a leer a quienes ya han escrito
lo hermoso.

Leer es también crear.

viernes, diciembre 02, 2011

A lo Marlon Brando




Creemos en la bondad,
nos duele la verdad
y el bien. El bien que es
una disciplina,
un oficio de santo,
de samurai, de cuerpo,
de aguante del cuerpo.
Creemos en la bondad,
en arrancarnos toda raíz oscura,
en una luna de dos caras iluminadas.
Creemos en el retiro,
en la paz de los atolones,
a lo Marlon Brando.
En la posibilidad de estarse quieto
por dentro, sonrisa en blanco,
gordo, canoso, matando moscas por fuera.
Ni siquiera el éxtasis religioso,
ni siquiera el orgasmo de Dios,
también pecado.

viernes, noviembre 25, 2011

Ya veremos





Escúchame, amigo, escúchame,
ya es tarde para estar jugando al mal
y ser talentosos para la historia
o para el futuro y la eternidad.
Escúchame, amigo, estamos viejos,
todo pasó, perdiste, perdimos
el tiempo. No hiciste
lo que tenías que hacer,
no lo hicimos.
Escúchame, amigo, escúchame,
mi pecho está viejo, me duele,
me duelen también los pies,
tengo cemento en las articulaciones.
Tiemblo en la cama, como si estuviera
en una tormenta en los polos,
y no tengo fiebre. ¿No es raro eso?
Es tarde ya, tarde para ser hermosos
y malditos, para emborracharnos
y dejar en herencia nuestras vidas y nuestra obra.
No vivimos en el hotel Chelsea, no fuimos geniales,
no fuimos Janis, ni Dylan, ni Leonard,
aunque nos lo creímos, ¿no es cierto?
Todo pasó, tú lo sabes, yo lo sé.
Ahora estoy aquí, y tengo esta libreta,
y es temprano en la noche, y todo está en calma.
Me gusta así, me gusta este encierro de monje.
Es temprano y es tarde, tarde otra vez en mi boca,
en mis manos, en mi cuerpo. Tengo sueño,
tengo almohada, ya mis párpados no son inflamables.
Mañana me levantaré temprano,
vestiré a mi niño para la escuela,
lo despediré, me pondré a escribir,
quién sabe si en la libreta, o a pasar a la pantalla
lo que está escrito en ella. En silencio, con calma,
como las navidades que ya se vienen
con el aroma de las ventanas.
El 24 en la noche, el brillo en los ojos de mi niño.
El 24 en la noche y mi corazón viejo que empieza
a sospechar cuando habrá de morir. Pero no importa,
no me importa mucho, de verdad. Sólo espero
unas cuantas navidades más,
sonrisas de mi niño, juguetes al aire.
Sólo eso. Sólo eso, y ya veremos, amigo, ya veremos.

jueves, noviembre 10, 2011

Hojas limpias





Acá Joaco
acaba de entrar
cantando bajito
dando vueltas
por mi estudio,
y ha llegado así
hasta la impresora
y como si yo no lo viera,
como si su piyama
lo hiciera invisible,
ha agarrado dos hojas limpias,
y yo me he sonreído,
mirando de reojo,
sin decirle nada.

El arte de mi niño
merece hojas limpias.

sábado, noviembre 05, 2011

Verano antártico




I
Abrir los ojos, despertar,
y el Paraíso alguna vez
perdido, que se muestra,
gélido, inundado
tras la vergüenza
y el castigo, pero hermoso,
definitivamente hermoso.

Siempre ha estado, siempre aquí,
aguardando al rompe hielos
con su geografía indomable
que fluye, hacia adelante,
profusa, irrefutable
entre témpanos
y crestas de azul cobalto.

Apenas anoche
el Drake fue un fragor
de ciclones y mareas,
titanes sin destino,
como el hombre cuando teme,
como cuando todas su partes
se alzan en su contra
y lo protestan y lo matan.

Ahora, en el amanecer
de la épica luz,
el movimiento, arrebato
de hormigas de viento,
instaura el vigoroso
poder de la paz.

Y yo en cubierta,
apretando los dientes,
sobrio de cuerpo, anhelante
de la grandeza y de la unidad
de aquel mundo desmesurado,
todavía el Drake
golpeando mis venas,
la proa de mis verdades,
y en alguna parte,
el agujero voraz
en esa capa inflamable
que llamamos espíritu.

Recuerda esto:
El Paraíso siempre ha sido esta furia,
esta furia callada
que florece indómita,
que te arrasa y sólo así te salva.


II
Quizás la nieve, esa idea
equívoca de la pureza,
ha conjurado la abstinencia
de mis dolores.

Me lo propuse, y aquí estoy,
lanzando dardos en el bar
de los turistas, maderas y claraboyas,
las pequeñas cortinas y su polvo de años,
mesas de juego, los dados
de los pequeños destinos en casillas.
Agua en mis venas,
agua en mis venas y sal afuera,
en el mar, la sal de Cártago,
la sal nunca vencida.

La gente habla y hay silencio,
aire caliente en el roce
entre mi cuerpo y mis ropas.

Y los dardos que son dados,
y los dados que son dardos.


III
En el mar, en su cabina,
ella cuenta de aeroplanos que caen a tierra,
del amor perdido, del amor muerto.
En el mar y entre hielos ella arde por dentro,
mareada, herida, como si ella también hubiera caído.

Había otra mujer en aquel aeroplano,
una mujer que sobrevivió. Su amor,
su hombre, no estaba solo el día
de su muerte.

En el mar y entre hielos
ella cuenta del Ícaro inverso
que traiciona al borde del abismo,
que deja el rastro de sus mentiras
para siempre.

Los hombres somos ícaros inversos.


IV
Tierra volcánica, negra, humeante,
como si el Infierno se hubiese apagado.
Y los turistas en el agua, caliente, humeante,
como si el Infierno fuese un balneario.

Estación ballenera abandonada,
la osamenta de un avión de la Segunda Guerra.
Los aliados allí se apostaron
cuidando de que los nazis
no fondearan la muerte
en cargas de submarino.
Por eso la llamaron Mundial,
por eso el mal es un virus.

La Tierra de piedras negras,
volcánica, no acusa huellas,
pero quien la camina, se quema.

Por más que el tormento ya no,
por más sonrisa aséptica, abajo
la tierra de Dante
convoca la temperatura,
que a veces se eleva
y saca del agua a los turistas.
A manera de advertencia,
quien sabe si ellos lo sepan.

Tú sí, tú lo sabes,
pero estás muerto,
reposas,
y los muertos en reposo
nunca pueden hacer nada.
Los muertos en reposo
congelan sus tormentos,
y aguardan, tan sólo aguardan.


V
Estación Esperanza, en ruinas,
en reconstrucción. Ardió
la madera el metal la nieve,
ardió, un loco, un científico loco la quemó
y después se fue a morir en la inmensidad.

Estación Esperanza, en ruinas,
en reconstrucción. Y los turistas
en la cima, se lanzan por la pendiente,
como en un tobogán.


VI
Si te asomas, si husmeas
la puerta entreabierta,
verás a los rusos en un largo mesón,
comiendo papas en todas sus variantes,
fumando y bebiendo vodka.
Si te asomas, verás rostros jóvenes,
sonrisas, brillos
en el ojo de los maquinistas,
alquimistas.

El barco tiene un agujero, y ellos se ríen
y nos lo callan, y siguen sentados
en el largo mesón, la puerta entreabierta,
a propósito, quién sabe.


VII
Se detiene el barco, el capitán quiere bañarse.
Bajan la escalera, el capitán la desciende,
se lanza al mar. Está allí, bracea
unos segundos de insólita resistencia,
sale, y vuelve a la cabina de mando,
un paño le cubre los hombros.

Sus bigotes, sus bigotes gruesos,
antárticos y mojados, meditan la ruta.


VIII
La claraboya
de mi camarote
en la Antártida.

Repara en la belleza
de estas palabras,
el resto sobra.


IX
Llegar cuando todos se han ido,
llegar para calentar un nido
de piedras infértiles.

Llegar, insistir, resistir.

El ave más tonta
de todas las aves tontas
se confía a la playa de los guijarros
ya tarde, como tarde,
o más bien a destajo,
a su destajo,
se confían los que no creen
en el mandato de los maitines
en las metáforas del engranaje,
en la prisa del éxito, los festines.

El ave más tonta
de todas las aves tontas,
más inocente, más torpe,
más indómita y solitaria,
sabe de orgullos,
sabe de luchas,
aunque la derrota
para siempre
una y otra vez
la condene.

El ave más tonta
de todas las aves tontas del mundo
sabe que no tiene alas,
pero sí conoce el gesto digno
que vence a la muerte,
esa elevación, ese vuelo.


X
En cubierta, la noche
breve, formidable,
y el inútil artificio
de las constelaciones.
Demasiadas estrellas
abiertas, respirando.
Ni una sola muerta.

Todavía hay lugares
donde la oscura luz
de las ciudades
no reina.


XI
En esta noche sin guía,
de astrolabios yertos,
el hombre, pobre,
alza la mirada
y pregunta
y comprende
que tanto,
es lo mismo
que menos.
Que no hay salida,
que se pierde
en su vaivén de mar,
mujer voluble
que lo alza,
que lo agita,
que lo golpea.

Sólo queda contemplar
con las manos en el bolsillo,
el abrigo sobre los huesos roídos,
la melena al viento, y el silencio
en los ojos trémulos.

Sólo queda
la noche opulenta
de estrellas, negando
todo trazado,
los zodiacos,
los destinos
por adelantado.


XII
Mañana antártica
en el estrecho de Gerlache.
Liviana, enorme la nave,
acoge a los pasajeros en cubierta.
Toman chocolate, conversan.
Y yo
ajeno,
siempre ajeno,
me borro en la tersa luz,
en la imagen que frágil
se va tejiendo en estos hilos
del cuerpo que ya no soy.
Me olvido de ser, y está bien,
el olvido recuerda
mejor que la memoria.


XIII
¿El regreso?

Cuando Ulises viajó a Ítaca
simplemente iba,
no regresaba.

Ítaca queda en la frente,
nunca en la espalda.


XIV
Esta vida quedará en mi muerte,
esta nieve, el fuego, este orgullo.
Esta vida quedará en mi muerte,
esta elección sin perogrullos.
Brillará silencios en medio del grito,
me hará fuerte, me dará mil filos.
Tranquilo y sin espejuelos,
con la calma de haber visto el cielo,
esta vida que vivirá en mi muerte,
con sus paisajes y sus abismos.

viernes, noviembre 04, 2011

Firmamento a ciegas





Sin anteojos, la estampida miope
desciende al cruce de caminos,
entre las páginas de tu libro
que sólo así se abre.

Las manos, la lengua y el cuerpo
leen y son lectura, siguen de largo
y te hacen seguir de largo,
a ciegas en el firmamento, los dos.