domingo, junio 21, 2015

Riada



                                            Redoma el Indio, Hayfer Brea



Así resulta quien ha sufrido, una estaquilla ridícula y un reflejo deforme pero nítido sobre la anegada vastedad, no más que la altura de sus ramas descarnadas, las palmas abiertas al cielo, por fin confiable y transparente. Y sin embargo, entre toda esa luz que amanece, una cierta oscuridad se intuye y circunda, como un siseo, la voz lejana de lo que fue, la contundencia de lo que se sabe y ya no se desea. Cierta virtud, cierta plegaria del alma, sin palabras.

martes, junio 02, 2015

Creithleag





Se le olvida, olvida esos recuerdos. Una isla y la piel inmune. Una tarde, en la habitación, y afuera la brisa, en la ventana, la copa del árbol, moviéndose. El cielo, desde abajo, a la sombra de un tamarindo, las manos bajo la nuca.

Olvida, o lo desecha, y pasa de largo, y persiste en el tábano que horada.

Sólo sabe del dolor, devora las entrañas de su cómplice, de su compañero de furias, y abandona la belleza que alguna vez fue suya, aquella fortuna de pocos.

Si tan sólo se detuviera por un instante. Sin tan sólo mirara hacia arriba, entre las ramas, y callara por un momento, y abandonara, y soltara amarras.

Si tan sólo dejara ir las seguridades y se diera cuenta y agradeciera lo vivido, incluso lo que duele, que también alguna vez fue hermoso.


lunes, mayo 25, 2015

Paseo de parque








Saco a pasear a mi sombra, y ella se alarga hasta donde puede, como saliendo a jugar. Quisiera yo que tuviera más libertad, pero ni ella ni yo sabemos cómo. Somos ambos prisioneros a cadena perpetua.

Me acerco al fondo del parque, sé que le gusta el fondo del parque. La llevo entre los árboles, entre las hojas caídas. Mi sombra se aleja tanto como se lo permite la tarde. Quizás se acuesta sobre la hojarasca, aunque es difícil saber cuándo una sombra se acuesta.

Quiero dejarle un poco de intimidad, de modo que me pongo a mirar la copa de los árboles, su contraste contra el cielo. Luego me distraigo escuchando un carpintero lejano, o cercano… con los carpinteros uno nunca sabe.

La señora que pasea su perro me mira con miedo y cierto odio. Yo, un tipo solitario, al fondo del parque, entre los árboles. Yo, que no llevo cadenas ni perros.

No sabe la señora que en realidad porto a mi sombra.

Mi sombra y no mi mascota, mi sombra, triste suavemente en esta tarde de parque.

La señora, todas las señoras se mantienen a distancia, y le dicen que no a sus perros. Al oído le dicen, no te acerques al loco, no te acerques. Sus perros se resisten un poco en sus cuerdas, huelen con insistencia la tierra, siempre vigilantes de que las sombras estén en su sitio. O ansiosos quizás de jugar con ellas, quién sabe.

Se apartan, se van, nos dejan.

El bosque, sin duda, es para los locos. Para los locos y sus sombras.

Nada fuera de lo común ha ocurrido, y mi sombra y yo rehacemos el camino de vuelta, hacia la casa. Ya sentado, escribiendo estas líneas, mi sombra no estará, o la llevaré por dentro, y quizás sea ella la que escriba, así diciendo: «Saco a pasear a mi cuerpo, y mi cuerpo se alarga hasta donde puede, como saliendo a jugar…»





miércoles, mayo 13, 2015

Pítica onírica





El hombre es la sombra de un sueño

soñado por la sombra.

lunes, mayo 11, 2015

Sueño medieval





Panteísta, señora de la boca que engulle las horas, cielo interno del árbol que entra con sus ramas de tenue luz por el ventanal, regazo donde las cosas finalmente descansan. El cirio, el cartapacio, el legajo, el cofre, la pluma, un libro de horas, quizás una Biblia. 

Un lugar entre los muros donde la sombra es lo absoluto, donde tiene sentido serlo. 

Allí estoy, y la dama entra, blanquísima, con su traje negro, su cabello suelto, perfumado. Se aposenta en mí, se cubre de mi silencio, y allí nos quedamos, cálidas, amándonos en la silueta. Vermeer debe esperar un poco más.


sábado, mayo 02, 2015

Apeliotes





La niña cruzó la calle. Saltaba alegre en su sombra, y la seguía un remolino de hojas que la amaban. Iba tomada de las manos de sus padres, y aun así, era tan ella misma, tan completa y libre, tan frescor de río, granos, frutas y llovizna esperada. En esta tarde, aquella niña cruzó un campo, y no una calle.