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Dario de lejanías / México, 19 de febrero de 2019




           
Un hombre, en la noche de su casa, apaga luces, revisa los seguros de las puertas, se mueve con paso de viejo titán que le ha dado la cara a los tornados. En las ventanas contempla el suave respiro de constelaciones que parecieran nacidas en el soplo cósmico de la Bondad. Piensa en sus hijos que duermen, en la edad de ellos, en el tiempo que le queda a su lado. Cada vez está más presente la muerte en sus meditaciones diarias, un aire vacío que acaricia cortinas. Él remonta la oscuridad, de vuelta. La casa duerme. La casa de otro país, del hiato, del compás de espera. ¿Dónde ha quedado el memorial de sus gestas?¿En verdad su nombre ya no es más un cuenco vacío? Algún día será fantasma, recuerdo de sus hijos una tarde, ya de salida de la escuela, por la acera y bajo la sombra de los árboles. O estampa de un fin de semana en las butacas del cine, o sobre una calle empedrada de Valle Bravo o de Ixtapan de la Sal. Quisiera sí dejar un legado de imágenes indelebles, eso que al final debemos ser. Pero aun así se niega a rendirse ante el odio que le arrancó sus páginas anteriores. Su lejano país se alza justo ahora en las fronteras, se crece, o se eso pareciera. Algún día la naturaleza  y la risa (todo está soportado por la risa, dice Rojas Guardia) volverá a nacer donde llueve la ceniza. Tu nombre será de nuevo tuyo y el barro estará para nuestras manos, la arcilla.






Publicado originalmente en Papel Literario de El Nacional, 3 de marzo de 2019.



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Página de respeto

Los libros, por lo general, llevan una hoja en blanco de primera página. Mire usted qué detalle: se le llama hoja de respeto o de cortesía. Nadie se detiene en ella. Creo que deberíamos hacerlo, tan sólo por un instante. Creo que deberíamos también, mientras vamos leyendo, estar conscientes de que, la primera página de ese libro es una página de respecto, de cortesía. Una página que calla.
No importa el contenido, no importa la materia: todo libro que tenga esa hoja de respeto contiene la poesía. Esa hoja en blanco es la poesía, es la imagen perfecta de una revelación que no puede ser dicha con palabras. Lo que nos excede, lo que nos colma justo antes de la avalancha de las palabras.
Los poetas lo saben. El buen poema está repleto de líneas de respeto. Y un buen libro de poemas abunda en páginas de respeto, de cortesía.

UN SOMBRERO DE PAJA ITALIANA

Por Leoncio Martínez


Carlucho Sirgüela dio por terminada la limpieza de la moto y echó sobre los níkeles relucientes y engranajes lubricados una mirada amorosa. Era una bella máquina último modelo, regalo de su padrino el día de su santo. Cómo se la envidiaba Atilio Mortó que apenas había podido comprar una moto de medio uso, salida de fábrica hace dos años; lo mismo que Pepe Calzada envidiábale sus raquetas, Jacinto Febre sus zapatos de sport y el infeliz de Graciano Lugo sus guantes de boxeo.

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Las uñas de Borges

En «Las uñas», texto que pertenece a El hacedor, Borges habla de los dedos de sus pies, a los que «no les interesa otra cosa que emitir uñas». «Guardados» en La Recoleta, sus pies «continuarán su terco trabajo, hasta que los modere la corrupción». Sí, las uñas seguirán creciendo en su muerte; así lo sentencia el poeta, a modo de mínima profecía.
Conocía, sin duda, las profecías nórdicas de los Eddas, y no es extraño que escribiera sobre las uñas. Posiblemente sabía que en el Völuspá de la Edda póetica, la völva o vidente anuncia que, llegado el fin del mundo o Ragnarök, la embarción Naglfar, hecha enteramente de las uñas de los muertos, navegará las aguas rumbo hacia el campo de batalla donde morirán los dioses.
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Así visto, la muerte y el sue…