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LOS NOMBRES: FEDOSY SANTAELLA

Por Alberto Hernández 1.- Se puede descubrir el mundo a través de un nombre, de una palabra que designe, que indique, que denote, que pronuncie las letras que identifiquen a una persona o a un objeto. Nombrar es descubrir, deshacer la sombra, conocer, saberse del otro y hasta saberse en el otro. Nombrar es aprender. Y aprehender. El primero que nombró a alguien se supo nombrado. Se descubrió. Y hasta se puso nombre para distinguirse de él mismo. Darle nombre a un árbol, a un animal. Darle nombre a un río, a un lago, a un mar es crearlo. Cada vez que nombramos o nos nombran nos inventan. Nos hacen visibles. “En el principio fue el Verbo”. Sí, el Nombre. Un verbo también nombra. El verbo es persona. Dios es el Verbo. Él se nombró. Se hizo. Cómodo hablar en primera persona del plural, enfático en nombrarse con el otro y ser parte de quien también se hace nombrar. Enseñar la cédula de identidad o el pasaporte nos hace nombrados, existentes. Sin nombre no somos. ...

Las uñas de Borges

En «Las uñas», texto que pertenece a El hacedor , Borges habla de los dedos de sus pies, a los que «no les interesa otra cosa que emitir uñas». «Guardados» en La Recoleta, sus pies «continuarán su terco trabajo, hasta que los modere la corrupción». Sí, las uñas seguirán creciendo en su muerte; así lo sentencia el poeta, a modo de mínima profecía. Conocía, sin duda, las profecías nórdicas de los Eddas, y no es extraño que escribiera sobre las uñas. Posiblemente sabía que en el Völuspá de la Edda póetica, la völva o vidente anuncia que, llegado el fin del mundo o Ragnarök, la embarción Naglfar, hecha enteramente de las uñas de los muertos, navegará las aguas rumbo hacia el campo de batalla donde morirán los dioses. En El hacedor hay un texto titulado, precisamente, «Ragnarök». Allí los dioses, harapientos y vencidos, aparecen en un sueño del narrador sobre la tarima del Aula Magna de la Universidad de Buenos Aires, donde son baleados por Borges y la multitud. A...

Página de respeto

        Los libros, por lo general, llevan una hoja en blanco de primera página. Mire usted qué detalle: se le llama hoja de respeto o de cortesía. Nadie se detiene en ella. Creo que deberíamos hacerlo, tan sólo por un instante. Creo que deberíamos también, mientras vamos leyendo, estar conscientes de que, la primera página de ese libro es una página de respecto, de cortesía. Una página que calla. No importa el contenido, no importa la materia: todo libro que tenga esa hoja de respeto contiene la poesía. Esa hoja en blanco es la poesía, es la imagen perfecta de una revelación que no puede ser dicha con palabras. Lo que nos excede, lo que nos colma justo antes de la avalancha de las palabras. Los poetas lo saben. El buen poema está repleto de líneas de respeto. Y un buen libro de poemas abunda en páginas de respeto, de cortesía.

Darío Jaramillo Agudelo: De su obra y otra cosa

  Darío Jaramillo Agudelo es uno de los grandes de la literatura en Colombia. Nació en Santa Rosa de Osos, Antioquia, en 1947. Es economista y abogado, fue también un importante gerente cultural, pero ha sido, sobre todo, un caballero que no se ha andado con escándalos ni sensacionalismos mediáticos. Ha hecho su carrera con calma y en silencio, desde la paciencia y la solidez de la palabra. A finales del año pasado recibió el premio Nacional de Poesía, el más importante galardón a este género que se otorga en Colombia, gracias a su indiscutible libro El cuerpo y otra cosa , publicado por la prestigiosa editorial Pre-Textos. Acá, una entrevista con el reconocido poeta colombiano. 1)     Has publicado tanto poesía como novela. En La voz interior , de hecho, hay un lazo muy fuerte entre la poesía y lo novelado. ¿Qué te da la narrativa   y qué te da la poesía como formas de expresión? Cada tema pide su forma. Cuando La Tirana, la poesía, se a...

Ciudades que ya no existen: el viaje en Fedosy Santaella

Por José Antonio Parra Ciudades que ya no existen lanza al lector hacia el sutil juego entre los límites de la ficción y la realidad. Fedosy Santaella concibe esta pieza basado en una serie de relatos, aparentemente autónomos, que se van progresivamente entrelazando hasta constituir un todo sobre fragmentos de realidad. Desde el comienzo uno se ve inmerso en una atmósfera profundamente surrealista; en el mismo primer relato, “El belizná del bosque”, Santaella hace metaficción y señala: “aquella frase siempre marcó el final del sueño, y él nunca había ido más allá, por lo que llegó a concluir que al otro lado estaba la realidad”. Los primeros textos que componen Ciudades que ya no existen   son abiertamente atmósferas oníricas. Uno es introducido a la corriente de la conciencia de personajes de origen ruso. En estos estadios iniciales de la narración, hay un proceso de definición paulatina de los caracteres, de su entorno y del anecdotario en el que se desenvuelv...

Puerto Cabello, Carnavales 2012