Entonces algo cambió. El ejército tomó las calles. Hubo tanques en todas las esquinas y botas en todas las puertas. Cada maniobra, cada acto, cada atropello y cada exceso, tuvo una razón de ser. Única, exclusiva, inextricable. Todo se justificó por la falta de lluvias, por la falta de agua, por el racionamiento, por el bien de la Nación. La matanza de las mascotas, por la falta de agua; el horario reducido de la corriente eléctrica, por falta de agua; el cierre de clínicas, universidades, canales de televisión y de periódicos, por falta de agua; la barba y el uniforme, por falta de agua; la reubicación de los ciudadanos, por falta de agua; el racionamiento de la comida, por falta de agua… No había argumento que pudiera rebatir semejante excusa. ________ Las peripecias inéditas de Teofilus Jones. Fedosy Santaella, Alfaguara, 2009.