
Es interesante notar que en Kwaidan de Lafcadio Hearn, escritor, aventurero y recopilador de cuentos de fantasmas y de historias extrañas del antiguo Japón, el horror de la realidad no se manifiesta de un modo directo. En «La historia de Mimi-Nashi-Hoichi», el aeda es ciego, y ciego se enfrenta al mundo espectral sin saberlo. Los fantasmas están a su alrededor, le hablan, son una corte humana. Afuera vive el horror, pero él no lo sabe. Podríamos recordar acá un momento supremo de la literatura y del cine: las imágenes y los diálogos de Jack Torrance en el bar y los salones del Overlook en El resplandor. Torrance también estaba ciego, no veía a los fantasmas. La realidad, la monstruosa realidad, se transformaba en función del engaño. La locura, el mal, lo sobrenatural se transmutan y juegan a lo real; son pacientes, son artificiosos, nos seducen y nos lanzan por los caminos de la imaginación y del delirio. Al hablar de artificio, imaginación y transformación de la realidad, también estamos hablando de arte, de escritura. La literatura, como los muertos de Hearn, juega al engaño. El arte es engaño.
Para el relato popular, el horror no está en la descripción de los muertos. La oralidad muy pocas veces se detiene en la descripción como un dispensador o certificador de realidades. La oralidad tiene piernas fuertes y le gusta caminar. Los relatos de Hearn, inspirados en lo popular, no se detienen en descripciones; sus catálisis son de otro tipo. El momento final se retarda, pero a base de otros momentos, de repeticiones de los mismos instantes o de instantes similares, de diálogos incluso. Pero la descripción es mínima. Si ponemos los fantasmas afuera, en el papel, pues ellos permanecerán afuera. En cambio, si los presentamos, si nada más los narramos (los dejamos actuar), estos fantasmas tomarán «forma» en tu mente. Los cuentos veloces de Hearn no son Hollywood, no necesitan mostrarse con efectos especiales y demás.
Es de notar que en el cuento del aeda Hoichi, éste es cubierto de palabras mágicas, de letras, de grafías, representaciones del arte del lenguaje, de la imaginación, de la literatura. De este modo, las formas del terror no se manifiestan ante el poeta, y éste tampoco puede verlas, pero sí sentirlas. La palabra adecuada, el «encantamiento» no permite que el terror tome formas. exteriores. No obstante, el terror está allí, convertido en voces, en sonidos; está sugerido. Recordemos a David Lynch, por ejemplo, quien ha utilizado el sonido como una de sus marcas distintivas: la banda sonora de Lynch causa terror. Esos sonidos que traducen horrores, nunca encuentran formas absolutas o concretas en nuestra mente; es decir, el terror acá es igualmente ciego.
En el relato «Jikininki» el demonio se manifiesta ante los ojos del sacerdote Muso Kokushi como una sombra que devora a un cadáver. Una sombra "vaga y vasta". Cuando Muso, más adelante, se encuentra una vez más con el demonio Jikininki, éste tiene la forma de un viejo eremita. En «Mujina», el fantasma causa terror mostrando su cabeza sin rostro, sin facciones, totalmente lisa, vacía. Hacia el final de relato, cuando ya toda esperanza está perdida, cuando ya el personaje está a punto de sufrir lo indecible, la luz de la lintera se apaga. Allí se termina el cuento, pero también allí comienza el horror en nuestras mentes.
El terror en estos relatos de Hearn no tiene ojos hacia afuera; pero imagina, y su poder está en esa su capacidad para imaginar y hacer imaginar al lector. El cine mediocre y la literatura mediocre no nos dejan imaginar. No les gusta la imaginación, quieren ser más reales que la realidad. Este mundo, últimamente, está enfermo de realidad, y por ello, quizás deberíamos leer este libro de Hearn para aprender un poco más de la imaginación literaria, de las leyendas populares, de la fantasía que el legado de la humanidad guarda, y así alejarnos un poco de esa «realidad» escrita que tanto insiste en ser real, que tanto insiste en ser «verosímil» a toda costa.
Para el relato popular, el horror no está en la descripción de los muertos. La oralidad muy pocas veces se detiene en la descripción como un dispensador o certificador de realidades. La oralidad tiene piernas fuertes y le gusta caminar. Los relatos de Hearn, inspirados en lo popular, no se detienen en descripciones; sus catálisis son de otro tipo. El momento final se retarda, pero a base de otros momentos, de repeticiones de los mismos instantes o de instantes similares, de diálogos incluso. Pero la descripción es mínima. Si ponemos los fantasmas afuera, en el papel, pues ellos permanecerán afuera. En cambio, si los presentamos, si nada más los narramos (los dejamos actuar), estos fantasmas tomarán «forma» en tu mente. Los cuentos veloces de Hearn no son Hollywood, no necesitan mostrarse con efectos especiales y demás.
Es de notar que en el cuento del aeda Hoichi, éste es cubierto de palabras mágicas, de letras, de grafías, representaciones del arte del lenguaje, de la imaginación, de la literatura. De este modo, las formas del terror no se manifiestan ante el poeta, y éste tampoco puede verlas, pero sí sentirlas. La palabra adecuada, el «encantamiento» no permite que el terror tome formas. exteriores. No obstante, el terror está allí, convertido en voces, en sonidos; está sugerido. Recordemos a David Lynch, por ejemplo, quien ha utilizado el sonido como una de sus marcas distintivas: la banda sonora de Lynch causa terror. Esos sonidos que traducen horrores, nunca encuentran formas absolutas o concretas en nuestra mente; es decir, el terror acá es igualmente ciego.
En el relato «Jikininki» el demonio se manifiesta ante los ojos del sacerdote Muso Kokushi como una sombra que devora a un cadáver. Una sombra "vaga y vasta". Cuando Muso, más adelante, se encuentra una vez más con el demonio Jikininki, éste tiene la forma de un viejo eremita. En «Mujina», el fantasma causa terror mostrando su cabeza sin rostro, sin facciones, totalmente lisa, vacía. Hacia el final de relato, cuando ya toda esperanza está perdida, cuando ya el personaje está a punto de sufrir lo indecible, la luz de la lintera se apaga. Allí se termina el cuento, pero también allí comienza el horror en nuestras mentes.
El terror en estos relatos de Hearn no tiene ojos hacia afuera; pero imagina, y su poder está en esa su capacidad para imaginar y hacer imaginar al lector. El cine mediocre y la literatura mediocre no nos dejan imaginar. No les gusta la imaginación, quieren ser más reales que la realidad. Este mundo, últimamente, está enfermo de realidad, y por ello, quizás deberíamos leer este libro de Hearn para aprender un poco más de la imaginación literaria, de las leyendas populares, de la fantasía que el legado de la humanidad guarda, y así alejarnos un poco de esa «realidad» escrita que tanto insiste en ser real, que tanto insiste en ser «verosímil» a toda costa.
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