El loser, lo sagrado y el poder: Sobre Las peripecias inéditas de Teófilus Jones, de Fedosy Santaella

Por Ricardo Ramírez
Las propuestas narrativas de Fedosy Santaella no son comunes. Menos en el ámbito narrativo nacional. Su cercanía a ciertas tradiciones abandonadas o nunca abordadas realmente por nuestra literatura lo hacen un ave rara: el comic, el pastich, el cine, géneros diversos del siglo XIX, una cercanía al Tristam Shandy de Sterne, a la novela policial. Los libros de Santaella se leen rápido, son ligeros pero profundos, indagan en nuestra historia con ironía, sarcasmo y humor, revelando lo más absurdo de nosotros mismos. Veo en mucho de su obra la huella de Jonathan Swift, de su Modesta Proposición, de Cervantes, Dickens, Dumas, así como una larga tradición anglosajona de literatura negra. Pero todo acercamiento de lector está condicionado por sus propias lecturas y no dudo de que las de Santaella sean más vastas y extensas en su curiosidad de escritor.
Luego de obras como Rocanegras o Piedras Lunares, llega a los ojos de los lectores Las peripecias inéditas de Teófilus Jones. Compuesto por dos libros (el primero ocho capítulos, el segundo, doce), Santaella nos va llevando por una historia alucinante, llena de humor sarcástico y reflejo claro de mucho de lo que nuestra sociedad es. Escrita en primera persona, Teófilus nos va contando sus peripecias como si fuera la cámara de una película. No debe extrañarnos, más cuando nos encontramos con voces en la novela como la del retrovisor del carro, el espejo, y pare de contar. Todo narra en esta novela, desde los largos títulos que nos orientan hasta los objetos. Son los testigos de la zaga de Jones a través de un país imbuido en una larga sequía (a manera de profecía, Santaella nos sumerge en esta realidad ficcional que ha terminado siendo la nuestra) y sufriente de un culto desproporcionado a la personalidad que ha terminado anulando toda presencia individual. Jones encarna una de nuestras peores taras: la del burócrata, lleno de tedio, repetición permanente de actos, perennidad del aburrimiento, unido a lo soez, lo turbio, la irracionalidad en nombre del deber. La ética del Clon (que es todo ciudadano en esta república teocrática) es el retrato de la burocracia nacional. El culto a un Supremo Patriarca, a un Unánime Benefactor, a un charlatán enorme que logra dominar a una nación, es una de las columnas del libro. El poder, y la relación que sostenemos con el poder se manifiestan de la manera más cruda posible. Jones es un loser. Teófilus es, en mucho, nosotros.
Lo femenino como encarnación de lo sagrado y lo heterodoxo y por ende, en contra de todo poder instaurado, se hace evidente en las hijas de Bastet, intenso grupo de mujeres fatales que rinden culto a una deidad que les anuncia la esperada lluvia que no termina de llegar. Prostitutas sagradas, burladoras del poder y detentoras de un poder que trasciende lo humano a partir de la seducción, la ternura, la intuición y la inteligencia, las hijas de Bastet marcan el camino de Teófilus y lo hacen vivir las más disparatadas aventuras. Una aventura que comienza por algo simple: se le encarga cuidar un gato, que luego toma implicaciones más profundas, y lo hace ser perseguido por el gobierno, por los rebeldes, las putas sagradas. Acompañan en esta zaga a Jones, Gómez, policía fan de Nino Bravo; Alain, mercenario extranjero, y múltiples y maravillosos personajes, cada uno más interesante que el otro: Rosita Candelaria, el ciudadano Carlos, Ángela, reina de las hijas de Bastet. Todos, sin ser santos, sin que haya una marcada línea decimonónica entre el bien y el mal (Víctor Hugo se caería de espaldas, por no decir sobre sus posaderas), se encuentran enfrentados en fascinantes diálogos, como los sostenidos con el Jefe, con Lenín Chifa, con el Satán rubio, o el Supremo Patriarca, alrededor del epicentro misterioso que deberá descubrir el lector al abrir las páginas del libro: Hugo, el gato. Un burdel sagrado y subversivo, un edificio burocrático, rescates en helicópteros, mucho plomo, instrucciones e intersticios narrativos que nos envuelven sobremanera componen este libro.
Teófilus Jones nos representa más de lo que pensamos. Es el venezolano postmoderno, el que vivió una niñez del 4,30 (el viejo, el de los ochentas del siglo pasado), una adolescencia entre rebeliones y golpes de Estado y una madurez anclada en la eternidad aparente del poder. Santaella logra, con un lenguaje realmente contemporáneo y universal a la vez, hacernos recorrer nuestra historia y nuestra psique en cómodas cuotas que nos invitan al terminar su lectura a acercarnos al bar preferido a tomarnos un trago, sin saber si reír o llorar, golpeados en nuestro patetismo costumbrista, y aletargados en nuestra capacidad creativa.
¿El final?, este libro no tiene final. O le toca a cada quien ubicarlo en su propia vida.
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