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Chang "redio"






Estas hermosas chinas (sí, ya sé que son japonesas) que juegan concentradas sobre un milenario tablero de Go, están preparándose para escuchar a los Chang en la radio a partir de este jueves y otros jueves entre las 12 del día y la 1 PM en Papelón con Limón a través de La Mega Estación (103.7 FM).

Ese día se les acabará la concetración y dirán, poseídas por los espíritus superiores inoculantes de una embriaguez altisonante peripateticosincretica concitante del más apasionado y fascinante religiosocultomísterismo prediluviano, el siguiente ejemplo de un paraguas abierto:

"Go Chang Go
Go Chang Go
Go Changó"

(Qué chiste tan malo).

Comentarios

Lena dijo…
Qué maravilla, Fedosy!

Enhorabuena!!!!!

jajajaja

El chiste a mí me parece buenísimo!

jajajaja

Un abrazo

PD: ¿será que puedo oirlo aquí por internet?
Richard dijo…
Brutal!!

Y después a por la tv!!!!!
Felicitaciones por la Pa Chang a (chiste interno cedido a este espacio)
Yo amo a Mojito
besos!
Ese día se les acabará la concetración y dirán, poseídas por los espíritus superiores inoculantes de una embriaguez altisonante peripateticosincretica concitante del más apasionado y fascinante religiosocultomísterismo prediluviano, el siguiente ejemplo de un paraguas abierto:"Go Chang GoGo Chang GoGo Changó"(Qué chiste tan malo)
Jose Urriola dijo…
Bróder,
Esas japonesas son chinas de la misma manera que el dial de la Mega es 103.7 (cuando en realidad es 107.3). Lo bueno es que todo es aproximado, todo parece ser aunque no es del todo y así se entiende mejor.
Un gran abrazo y larga vida a los Chang Bros.
Jejejeje, es parte de la magia Chang.
Salud, bro.

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Página de respeto

Los libros, por lo general, llevan una hoja en blanco de primera página. Mire usted qué detalle: se le llama hoja de respeto o de cortesía. Nadie se detiene en ella. Creo que deberíamos hacerlo, tan sólo por un instante. Creo que deberíamos también, mientras vamos leyendo, estar conscientes de que, la primera página de ese libro es una página de respecto, de cortesía. Una página que calla.
No importa el contenido, no importa la materia: todo libro que tenga esa hoja de respeto contiene la poesía. Esa hoja en blanco es la poesía, es la imagen perfecta de una revelación que no puede ser dicha con palabras. Lo que nos excede, lo que nos colma justo antes de la avalancha de las palabras.
Los poetas lo saben. El buen poema está repleto de líneas de respeto. Y un buen libro de poemas abunda en páginas de respeto, de cortesía.

Algunas preguntas y una aclaratoria. (Texto sólo por joder)

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Putin es un tipo de temer, le gusta el poder, lo usa por encima de la ley, a su antojo, viola derechos humanos y es despreciable. No lo defiendo, pero... me gusta hacerme preguntas. Estas preguntas, por favor, tampoco defienden nada, sólo pretenden pensar desde una cierta semiótica. Nada más, nadie se enoje, por favor. Son preguntas, no expresan una opinión afirmativa. Son preguntas no más.
Ahora, aclarado esto, dicho esto, y aún con temor:
Cuando se critica lo del paraguas, ¿qué se pretende?, ¿que el político del paraguas no usara paraguas como los otros dos?, ¿o se pretende que los tres usaran paraguas?
Todo político tiene un trabajo de representación sígnica. Los políticos abrazan, sonríen y se toman fotos con la gente. ¿No es cierto? También un político se moja en la lluvia y abraza a su equipo porque es parte de la representación, de la publicidad necesaria para el bien de lo político. Digo, por muy simpáticos que sean, ¿no son políticos y su trabajo no es ser… políticos? Entiendo…

UN SOMBRERO DE PAJA ITALIANA

Por Leoncio Martínez


Carlucho Sirgüela dio por terminada la limpieza de la moto y echó sobre los níkeles relucientes y engranajes lubricados una mirada amorosa. Era una bella máquina último modelo, regalo de su padrino el día de su santo. Cómo se la envidiaba Atilio Mortó que apenas había podido comprar una moto de medio uso, salida de fábrica hace dos años; lo mismo que Pepe Calzada envidiábale sus raquetas, Jacinto Febre sus zapatos de sport y el infeliz de Graciano Lugo sus guantes de boxeo.

Sonrío satisfecho, soltó el arranque y una epilepsia estrepitosa sacudió la máquina; el latido del motor fue apagándose lentamente en un suave silencio; luego Carlucho trajo de la sala un cojín búlgaro y lo tiró al descuido, como una gran ave muerta, sobre el side-car.

La llevaba hacia la calle con el cuidado de quien conduce una novia, pero al pasar por el corredor, no pudo dejar de detenerse ante el espejo de la sombrerera, a darse los toques finales.

Estaba bien, casi bien.

Retocó la caída abando…