miércoles, enero 31, 2007

Las razones para escribir de Orhan Pamuk





"Como ustedes saben, la pregunta que se nos hace a nosotros los escritores, la pregunta predilecta, es ¿Por qué escribe? Yo escribo porque tengo la innata necesidad de escribir. Escribo porque no puedo hacer un trabajo normal como otras personas. Escribo porque quiero leer libros como los que escribo. Escribo porque estoy enojado con todos ustedes, enojado con todo el mundo. Escribo porque amo sentarme a escribir en un cuarto, todo el día. Escribo porque sólo puedo tomar parte de la vida real cambiándola. Escribo porque quiero que todos los demás, todos nosotros, el mundo entero, sepan que clase de vida vivíamos y todavía seguimos viviendo en Estambul, en Turquía. Escribo porque amo el olor del papel, de la lapicera, de la tinta. Escribo porque, más que en cualquier otra cosa, creo en la literatura, en el arte de la novela. Escribo porque es un vicio, una pasión. Escribo porque tengo miedo de ser olvidado. Escribo porque me gusta la gloria y el provecho que conlleva el escribir. Escribo para estar solo. Escribo, tal vez, porque tengo la esperanza de entender por qué estoy tan, pero tan enojado con todos ustedes, tan, pero tan enojado con todo el mundo. Escribo porque me gusta que me lean. Escribo porque una vez que he comenzado una novela, un ensayo, una página, quiero terminarlos. Quiero terminar con esto. Escribo porque todo el mundo espera que yo escriba. Escribo porque tengo una devoción infantil por la inmortalidad de las bibliotecas y por la manera en que mis libros se asentarán en los estantes. Escribo porque es emocionante verter en palabras todas las bellezas y riquezas de la vida. Escribo porque quiero escapar del presentimiento de que hay un lugar al que debo ir, tal como en un sueño, y no puedo llegar allí del todo. Escribo porque nunca he sabido ingeniármelas para ser feliz. Y escribo para ser feliz."

martes, enero 30, 2007

Donde la luz ya no existe


¿Se puede dejar de amar de la noche a la mañana? ¿Qué manto fue descubierto, qué rostros fueron develados? Quizás estamos hablando de un proceso lento, de una gangrena que poco a poco infectó el brazo del amor, la pierna del deseo. Quizás el médico del alma que aplicó la sangría dejó demasiado tiempo las sanguijuelas sobre la espalda de los enfermos. Quizá nunca hubo amor, quizás todo fue una pantomima de solitarios. Pero acabarse el amor, así como así, de la noche a la mañana… Quizás sí, quizás hubo bocanadas como filos, palabras deformes que no respetaron el pacto originario. El menosprecio, la incordia, la inquina.

El estar enfermo tampoco justifica. ¿Pero qué adolecían ellos? Él mostraba la verde costra del rasgo sicopático. Quizás el alejamiento temprano del nicho familiar, el consentimiento a distancia, la vida de niño rico en Caracas, las drogas, el alcohol. Ella, evidenciaba el liso metal de la obsesión, el milimétrico reloj atómico que acusa golpes de esquina en el pasado. Una infancia ruda, de un padre que nunca se atrevió a ser militar. ¡Cuánto nos duele el pasado!

Las sábanas no pudieron arropar el dolor. La noche fue hueca, y repitió por un largo pasillo insomne el eco de sus delirios. Él salió a la calle, evitando batir la puerta, huyendo del cliché de una historia barata y para no despertar al niño. Caminó en la oscuridad de la pacífica avenida, buscaba el aire de la noche, un bálsamo sobre las venas volcánicas. Los árboles intentaron acariciarlo, llenarlo de su sabiduría milenaria. Ella se quedó vacía en el silencio, ni siquiera lloró, ya no tenía lágrimas. El niño dormía en el cuarto, ajeno al abismo al que se habían lanzado sus padres. Él regresó, le dio la espalda en el lecho. No hablaron. Con los ojos abiertos en la oscuridad, veían lo que en aquel momento se mostraba cómo el destino más inmediato de su amor; una oquedad de dónde la luz se había dado a la fuga.

viernes, enero 26, 2007

SUPERVIAL al ataque



Ya llegó SUPERVIAL, la compañía de servicios viales que usted estaba esperando. En SUPERVIAL le ofrecemos la tecnología de punta que triunfa en Alemania, Japón, India, México (DF sobre todo), y Maracaibo; así como el capital humano más preparado y “agresivo” de todo el planeta. Porque en este caso, la “agresividad” es sinónimo de tranquilidad. Y es que más que una compañía de seguridad, en SUPERVIAL somos los facilitadotes de su paz psicológica y espiritual.

He aquí, alguno de los servicios que en SUPERVIAL le ofrecemos:

1) Dispensador de insultos automáticos: Un botón muy discreto en el volante de su carro, será la vía para aplacar todo el odio que lleva por dentro, sin necesidad de que usted se esfuerce. Sólo debe apretar ese botón, y surgirá de una compuerta del maletero un súper megáfono que empezará a lanzar insultos a los otros conductores. Puede elegir entre sus propias barbaridades, o las grabados por un locutor experto en decir groserías.

2) GPS para abusadores: Le ayudará localizar el camino más expedito para abusar, ayudándole, por ejemplo, a encontrar las calles de doble vía donde hay colas en una dirección, pero que están libres en el sentido contrario. Así usted podrá acudir a los sitios donde se desarrollan las más terribles trancas, y comerse la flecha a toda velocidad, riéndose de los idiotas que están en cola. El GPS para abusadores además le avisa dónde están los fiscales de tránsito y la policía.

3) Electrocutador de pordioseros y vendedores callejeros: Para los que detestan que los indigentes y los vendedores ambulantes le toquen el capó o los vidrios de su carro con el fin de llamar su atención para venderle cualquier mariquera, este adminículo tiene la característica de distribuir por todo su vehículo un manto de corriente alterna tan poderoso como el que manda una silla eléctrica.

4) Onda tumba malabaristas: Se trata de una potente onda de ultrasonido que sale disparada de la parte delante de su carro y hace que aquellos pordioseros o payasos bohemios y sucios que estén haciendo malabarismos con peloticas, mazas de fuego o diablos, pierdan el equilibrio y fallen en su acto, quedando así en ridículo y dándole a usted la excusa perfecta para no darles ni medio.

5) Expulsador de niños histéricos: Una silla resorte que, en caso de desesperación extrema, lanza por la ventana a los niños que no quieren parar de gritar y llorar. Si son ajenos no los recuperamos. Si son propios, sólo tiene que avisar y un recogedor de despojos los meterá en una bolsa muy discreta y los llevará a su casa.

6) Cayapeador de motorizados: Más que un gadget para su vehículo, es un servicio de cayapeadores contra motorizados. Es decir, si usted atropella a un motorizado, y doscientos más aparecen y lo rodean para darle una paliza, cuenta usted con este servicio excepcional para contrarrestar el ataque. Sólo tiene que apretar un botón instalado en el tablero de su auto, y le serán mandados unos quinientos hummer que en pocos minutos rodearán a los sátrapas esos en dos ruedas que intentan hacerle daño. ¡A ver quién puede más un motorizado o un hummer blindado!

7) Facilitador de puestos: Otro servicio especial para aquellos que no consiguen puestos para estacionarse en la calle. Sólo debe llamar a nuestro servicio de grúas facilitadoras, distribuidas estratégicamente por toda la ciudad, y, en menos de cinco minutos, aparecerá una grúa que remolcará el carro que está en el lugar que a usted le corresponde por derecho natural. Le aseguramos que el auto intruso será lanzado por un barranco en la subida Caracas-Galipán.


Para información sobre otros servicios, como por ejemplo, las abejas robots pinchadoras de ojos de conductores de autobuses, comunicarse con SUPERVIAL, a los teléfonos de siempre.


En SUPERVIAL, prolongamos su vida, matando el estress de la vía.


Chas gracias

martes, enero 23, 2007

Mi panita Joaquín



momentos yo quiero más momentos
momentos para decir el abecedario
los números hasta el 20
y saltar de alegría sobre la cama

momentos para atraparte en el aire
y darte besos en las orejas y en la panza
con el sólo fin de hacerte reír
de sentir tus abrazos
y escucharte pedir
"má, má, má..."

hay personajes
que son pequeños de tamaño
y
¡qué lugar común!
tan grandes tan gigantes de vida
que se sientan sobre tu corazón
y te lo apachurran

no quiero alejarme de ti, mi niño
no quiero

domingo, enero 21, 2007

HAY ALGO QUE SANGRA





El hijo estaba en el pasillo. Era hermoso, era un imán, era maléfico. La mujer se hallaba en la puerta, recostada, cruzada de brazos, sombras en los ojos. Ella tenía suerte también, muchísima suerte, y unos colmillos de alabrastro. Él, serpiente inválida, se encerró en el baño y cayó de rodillas.

Ahora contempla el techo, mientras la realidad llueve sobre su cuerpo. Comienza a sentir. La acidez le devora la garganta. Le tiemblan las manos. Sus dedos huelen a sarro, al mal aliento que tiene en su boca.

Se recuerda caminando por la autopista. Entonces él era el de la buena suerte, y un experto en propinar dolor. Uno de los mejores. Brenda vino volando desde el socavón de la noche. Se detuvo ante él. Cayó de rodillas en un gesto con sabor a deja vú, y mostró los colmillos, el cuello. Pidió que le devolvieran el amor que le acababan de arrebatar.

Él la apartó de un manotazo verdugo. Ella desapareció y volvió con el auto. Abrió la puerta, le pidió que entrara. Le rogó que entrara. Hacía unos minutos él se había bajado del auto y empezado a caminar por la urbanización dormida, sin mirar atrás, sintiendo el placer de la perpetración, sangre ajena sobre el lecho de la lengua. Entonces desembocó en la autopista. La autopista, tan inmensa como su suerte. Y es que con una fortuna como la suya se podía retar a los dioses, ser soberbio y no tener miedo.

Ella se bajó, lloró, imploró. El auto de ella ahora estaba a sus espaldas, en el hombrillo. Él lo miró. El auto le pareció triste, una posesión mundana que no mitigaba el dolor ni garantizaba la buena suerte. Brenda se deshizo como mil polillas que se queman en la luz, y él la vio de nuevo en el auto, frente a la casa, apenas unos minutos atrás, cuando él arrojó el veneno de sus palabras sobre el rostro atónito de la mujer. Ella apenas logró balbucear una interrogación. La respuesta fue un aullido de lobo. Sin más, él se bajó del auto. No volvería a su interior nunca más, no volvería a estar dentro de nada que tuviera que ver con Brenda. Y ella tendría que rodar hacia las oquedades del tiempo, perdida para siempre en su despecho eterno, buscando los falos del desconsuelo.

En el baño, contra la baldosa, en un close-up sobre el residuo de una gota-lágrima dibujada en sal, él busca aferrarse a aquel momento de morbo y satisfacción. Pero el recuerdo de la autopista es huidizo, como una rata que huye del barco que se ahoga. Comienza a ver escenas delicadas, hermosas. Escenas que ahora reconoce como cepos insospechados. Sacude la cabeza. Pero allí están. Ella las inoculó. Son un virus en sus venas.

Cuando ella apareció en su vida, él ya venía aburrido de la eterna salvaguarda de su buena suerte. Creyó entonces que podía quitarse el caparazón y experimentar aquello que los humanos llamaban amor. Se lanzó a campo abierto, sin sospechar que había dejado su rastro por todas partes.

Ella le montó un set de cine, tomó fotos de su felicidad, lo llevó al Lido veneciano del amor y a los centros comerciales de la correcta medianía. Fue la productora de sus sueños, y supo esperar. Ella que no era Brenda, supo esperar. Le dio un hijo. Un hijo hermoso, un hijo imán lleno de luz. Un hijo con una buena suerte tan grande que podía darse el lujo de retar al retador de los dioses.

A partir del nacimiento del vástago, él comenzó a sumar episodios de infortunio. Casi de la noche a la mañana perdió el trabajo, dinero y amigos, sufrió accidentes donde casi pierde la vida, y entró en crisis depresivas que lo arrojaron en el vacío catatónico de las clínicas psiquiátricas. No supo decir qué pasaba. Algo le estaba arrebatando su buena suerte. Su mirada se volvía siempre hacia un mismo sitio. Pero se negaba a aceptar la evidencia.

Ella, de la noche a la mañana, se había empezado a llenar de éxitos. Siempre había noticias buenas para ella, siempre luz en su entorno. Y cada día estaba más hermosa. Hermosa y exitosa.

Y el niño, el niño era de una inteligencia suprema. Avanzaba a pasos agigantados. Era un prodigio que además sonreía y hacía que se derretieran los hielos que habitaban en las comisuras de los labios de los hombres más necios y de las mujeres más frívolas.

Ya postrado en la cama, hace dos noches, ella se lo dijo. Le dijo que se había estado alimentando de él, que le había estado arrebatando la buena suerte. Pero no sólo ella. El niño también. Los dos. Él preguntó por qué (y al hacerlo recordó a Brenda, y su boca fue la de Brenda preguntando, haciendo la misma pregunta). La mujer respondió con una sonrisa y dos colmillos.

Como un paralítico demente que ha perdido sus muletas, se arrastró a duras penas fuera de la cama. En el pasillo encontró al niño prodigio que tenía apenas ocho meses y ya caminaba. El niño le sonrió, y le habló. Ya no recuerda qué le dijo, pero sí tiene muy presente el tono de su voz. Una voz gruesa, firme, educada, como la del demonio que firma los pactos del alma. Él reptó hasta el baño. Se encerró. En el pasillo el niño reía a carcajadas. Esta vez con risa fresca de niño celestial.

Y ahora él está allí, pegado a la baldosa y a la lágrima seca. Ellos esperan afuera.


Desde abajo, desde su ángulo contrapicado, él ve el espejo. Quizá por fin pueda ver sus faccioes, quizá por fin pueda reconocer su rostro después de toda una eternidad. Tan sólo tiene que ponerse de pie, y tratar de encontrar los orificios por donde ellos le han ido chupando la buena suerte.

miércoles, enero 17, 2007

SINSESO Y LAS PEPAS DEL SUPERMERCADO





Iba Sinseso con su Joaquín, un bebé de 19 meses recién cumplidos, empujando el carrito por los distintos pasillos del supermercado, mientras su esposa decidía productos.

Joaquín, una y otra vez estiraba el brazo, queriendo agarrar frascos, latas, botellas, cajas, todos esos productos coloridos y en extremo apetecibles para la boca y los dientes de un carricito. Sinseso se las arreglaba, manteniendo el carro a prudente distancia de los estantes, o, en caso de acercamiento inevitable por causa de congestión, arrebatando el producto obtenido con un “no” categórico. El niño respondía a las negativas de su padre, estirando aún más el brazo, y con uno que otro pataleo sin importancia. Sin embargo, Sinseso sabía que se acercaba el momento crucial. De eso no le cabía duda.

Cuando entraron en el ala donde se exhibían los cereales, Joaquín, harto ya de no poder hacer su voluntad, empezó a batirse con fuerza sobre su puesto y a pegar gritos de soprano en el mejor momento de su carrera. El niño vociferaba “pepa, pepa, pepa”, entendiéndose por “pepa” un cereal redondito, amarillo, hecho a base de maíz, y, sobre todo, muy dulce, que gustaba comer en casa y que acababa de ver en una de las estanterías.

Había llegado el momento temido: la estallido infantil, la vergüenza pública. Sinseso, que era hombre tímido y evitaba cualquier cosa que pudiera llamar la atención sobre él, se hizo de una bolsita de “pepas”.

Joaquín, para fortuna del padre, guardó silencio, y en sana paz, siguieron padre e hijo, rodando detrás de la jefa de casa.

Cuando el niño terminó de comerse el cereal, Sinseso guardó la bolsita. Sí, amigos, la guardó, la guardó para pagarla.

Y así, ya en la caja, puso la bolsita vacía sobre la cinta, junto con los otros productos. Y así, la bolsita llegó hasta las manos de la cajera, que la pasó por el lector de código de barras.

Entonces la cajera puso cara de hastío y resignación al mismo tiempo, y, sin mayores contemplaciones y ajena al ridículo que amasa lo obvio, delante de todo el mundo, soltó:

-¡Ay, señor, ¿usted consumió este producto?!

“¿Qué, está contaminado con plutonio?”, pensó Sinseso con dolor mordaz; bien sabía por dónde iba el cuestionamiento de la empleada. Dejando a un lado el humor corrosivo que ardía en sus venas, consideró responder más bien con parquedad; su pequeño Joaquín, que jugaba afuera con su madre, no tenía por qué entrar en aquel asunto:

-Claro, señorita.
-Pero esto viene por paquete.

Ya convencido de que la situación se prolongaría, y que no iba a ser fácil salir de ésa, Sinseso interpuso una muralla mental entre él y el que esperaba detrás.

-¿Por paquete? –preguntó.
-Sí, vienen varias bolsitas empaquetadas.
-Pero esa que yo agarré estaba suelta, junto con otro montón que estaban sueltas.
-Sí, es que las gentes las sacan del paquete para comérselas en el mercado, y después no las pagan.
-Pero yo no tengo por qué saber que eso ocurre. Además, no estoy haciendo como los demás, yo quiero pagar lo que consumí.
-Ay señor, lo entiendo, pero es que esa bolsita viene en paquete, y no está registrada por unidad en la máquina.
-Bueno, señorita, ¿entonces cómo hacemos?
-Ya ve, déjeme llamar a Seguridad.

Sinseso se preguntó por qué precisamente Seguridad, y no un supervisor, o alguien con capacidades administrativas que supiera resolver el problema de la máquina registradora. Pero así fue, la cajera llamó a “Seguridad”, un señor retaco y con cara de estar perdido en la selva amazónica.

Luego de escuchar los pormenores, Seguridad se fue con la bolsita de cereal para otro lado. Allí se quedó Sinseso esperando, e imaginando a Seguridad con la bolsita en la mano, explicándole a su superior la situación. También meditó que, con su suelta, podía terminar metido en un gran lío por aquella bolsita, y hasta con sus huesos en la cárcel. Tampoco quiso pensar en la fila de compradores que esperaba su turno; así que prefirió apartar todos esos pensamientos, dirigiendo la mirada hacia donde su hijo jugaba con su madre.

A los cinco minutos, Seguridad regresó. Llevaba la bolsita como quien lleva un pañal pestífero.

Seguridad informó que no había caso: el señor debía pagar el paquete completo de ocho bolsitas. La cajera, una vez que escuchó lo dicho, pasó a decirle lo mismo a Sinseso, otra vez en voz alta y como para que todo el mundo siguiera enterándose. Sinseso, indignado, respondió con tono neutral:

-No hay problema, señorita, yo pago el paquete.

La cajera ordenó al aire que fueran a buscar el paquete, pero Sinseso no vio a nadie moverse. Sobre su espalda, sentía las mil bombas atómicas que le arrojaban las miradas de los que esperaban su turno.

Después de una eternidad, un hombre -que llegó caminando con gran parsimonia-, entregó un paquete donde iban ocho bolsitas de las “pepas” que su Joaquín había comido.

La cajera procedió a registrar el paquete en la cuenta de la compra, y lo dejó deslizar hacia el muchacho que debía colocarlo dentro de la bolsa de mercado. Justo antes de que eso ocurriera, Sinseso dijo:

-No, no lo metas. No me lo voy a llevar.

La cajera puso cara de fin de mundo, el muchacho de las bolsas también (ni quería imaginar la cara de los que aguardaban a su espalda).

-Pero, señor, si lo acaba de pagar –dijo la cajera.
-Sí, pero no me lo llevo.

Entonces la cajera estiró el cuello como una jirafa, y llamó a una muchacha que parecía ser su supervisora.

-El señor pagó el paquete y no se lo va a llevar.

La supervisora preguntó la causa, y la cajera, una vez más, en voz alta, explicó todo lo que había acontecido por culpa de la bolsita de “pepas” consumida por su hijo en el mercado.

-Señor, usted se puede llevar el paquete –dijo la supervisora.
-No, señorita, gracias, yo lo dejo.
-Pero, ¿por qué señor?
-Porque yo sólo consumí una bolsita, y una sola bolsita quería pagar. Ya me obligaron a pagar siete más; ahora no me pueden obligar a llevarme todo el paquete.
-Pero es que usted ya…
-Señorita, yo no soy un miserable lambusio.
-¡Ay, señor, respete, que yo no he dicho eso de usted! –dijo la supervisora indignada-. ¡Y si me lo está diciendo a mí, yo tampoco soy una lambusia! ¡Respete!
-No, señorita, yo no se lo estoy diciendo lambusia a usted…
-¡Seguridad!
-¡Ya le dije que no se lo estoy diciendo a usted!
-¡Seguridad!

Ahí mismo llegó Seguridad, con otros dos Seguridades.

-Este señor me ha insultado –acusó la supervisora, al borde del llanto.
-Ya le dije que no es con usted.
-¿Entonces fue a mí que me dijo lambusia? –intervino la cajera.
-No, a usted tampoco.
-¿A quién pues? –chilló la supervisora.
-Al supermercado, señorita, al supermercado y a sus reglas absurdas.
-¡Peor, señor! Todos nosotros SOMOS el supermercado.

Los Seguridad se le vinieron encima a Sinseo, lo tomaron por los hombros, y lo empezaron a halar. Afuera, su mujer se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo, y al ver que a su esposo lo arrastraban unos tipos de Seguridad, se cruzó de brazos, negó con la cabeza, y fue como escucharla decir: “Otra vez, coño, otra vez”.

Sinseso iba gritando:

-¡Esto es un abuso, no joda, un abuso!

Una señora que estaba por allí cerca protestó:

-Señor, por favor, no diga groserías, que hay niños presentes.

Un bebé empezó a llorar a sus espaldas. Sinseso pensó que era su pequeño Joaquín, al que, en vista de cómo había terminado las cosas, hubiera sido mejor acusar, y presentar ante todos como el consumidor de las “pepas”, a ver si así levantaba algo de piedad. O mejor hubiera sido actuar como los demás, y dejar la bolsita en algún estante, olvidarla, hacerse el loco, y evitar su pago. Pero no, Sinseso siempre tenía que andar de honrado, con sus asuntos de la dignidad, la ética, la moral, y todas esas pendejadas.

martes, enero 16, 2007

ENTREVISTA EN EL NACIONAL





Fedosy Santaella, ganador de la mención narrativa en la Bienal Latinoamericana José Rafael Pocaterra, publicó recientemente su tercer libro, Postales sub sole. Dueño de un lenguaje claro y ameno, el autor experimenta en este trabajo con prosa, poesía, cómic y aforismos


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Los últimos años de un Batman decadente y enloquecido, el universo de máquinas que hacen "ping", la parábola de un universal juego de metras, una pelea de latiguillos latinos y el relato en verso de las vicisitudes de los "lodomorfos", son algunos de los hechos narrados por Fedosy Santaella en Postales sub sole.

El escritor obtuvo con este libro, el tercero de su autoría, el primer lugar en la mención narrativa de la Bienal Latinoamericana José Rafael Pocaterra que se celebró el año pasado. La obra fue editada en la colección N del sello De la A a la Z.

En esa ocasión, el jurado integrado por Israel Centeno, Alexis Márquez Rodríguez y José Napoleón Oropeza falló unánimemente por esta obra al valorar el "ajustado y sobrio trabajo de lenguaje, privilegiado por una propuesta estética fundamentada en el impresionismo, que lo convierte en un texto realmente hermoso".

Las 12 historias que integran el volumen apuestan por la sencillez en el lenguaje y una cuidadosa exploración de lo lúdico, que se traduce en sentencias como: "Para conocer el futuro, la adivina sólo necesita verle la cara al presente. Y es común que el presente tenga cara de idiota", incluida en "Feria de nimiedades".

Nacido en Puerto Cabello en 1970, este licenciado en Letras se dedica al área creativa audiovisual y la escritura de ficción. Radicado definitivamente en Caracas, indica jocosamente: "Me vine a los 17 años de edad. Aquí me gradué, me divorcié, me condené con trabajos y me casé de nuevo. Por lo que creo que no me queda otra salida que vivir acá".

"Cuentos de cabecera (Comala.com, 2001) y El elefante (Conac, 2005) son los libros que anteceden a Postales sub sole, en los que el autor ya experimentaba con diversas técnicas narrativas. Además, sus intereses lo han llevado a cultivar la bitácora de los blogs, en la que posee uno personal (www.fedosysantaella.blogspot.com) y funge como editor de otro colectivo llamado Los hermanos Chang (www.loshermanoschang.blogspot.com).

Entre la novela y el mundo del blog

–¿Qué diferencia a Postales sub sole de sus anteriores trabajos?
–Allí intenté escribir de acuerdo con un dictamen distinto. Me separé un poco de lo que había hecho en El Elefante, que era muy oral. Traté de producir un lenguaje poético y trabajé más la palabra. Un ejemplo fue "Lodomorfos", una historia que durante años traté de contarla en prosa y no me salía. Hasta que un día lo escribí en verso, me gustó y así se quedó. Es una mezcla. Siento que otra cosa que me propuse fue alejarme de lo urbano.

–¿Prefiere la brevedad y sencillez en el trabajo del lenguaje? –En realidad, no me queda más remedio. He tratado los barroquismos y el exceso pero no se me dan, por eso todo lo cuento de una manera natural y directa. Incluso, las novelas que tengo inéditas son cortas, como una que se va a editar próximamente y trata sobre un personaje de los tiempos de Juan Vicente Gómez llamado Vito Modesto Franklin, al que le decían el duque de Rocanegras.

–¿Cómo define su experiencia con los blogs?
–Allí se dan muchas cosas, porque Internet te da la oportunidad de publicar lo que se te va ocurriendo, sobre todo textos experimentales.

Puedes jugar un poco y eso me ha ayudado mucho en los últimos años, más allá del trabajo solitario que conlleva la escritura. Por la participación de los lectores y mis amigos, esto ha roto barreras y realmente creo que el blog se ha convertido en mi propio taller literario.

ALBINSON LINARES
El Nacional - Martes 16 de Enero de 2007 B/9

lunes, enero 15, 2007

DURO CON LOS CHANG

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¡CUIDADO!

En esta peluquería, sólo hay mujeres.




"Pero si de creatividad e ingenio se trata no cabe duda que la idea del blog de los hermanos Chang sería la ganadora. Ellos mediante la cooperación de varias personas vía mail van creando mensualmente una empresa diferente. Para este momento tienen creada una tratoría, una funeraria, una empresa de mariachis, un taller, un zoológico y hasta una fabrica de curitas".

El buzón está lleno de obras literarias.
Dubraska Falcón, El Universal.
21 de diciembre de 2006.


"Fedosy Santaella y José Urriola se han dedicado a la mamadera de gallo, convencidos de que la literatura también es para divertir, por eso, no se puede dejar de leer esta revista, bien escrita, diáfana y repleta de grandes plumas de la literatura actual venezolana. Se actualiza todos los meses y para 2007 prometen una antología anual de lo más granado. http://hermanoschang.blogspot.com"

Blog recomendado en la Guía del domingo.
Diario El Universal.
7 de Enero de 2007.

jueves, enero 11, 2007

LECTURA Y LITERATURA

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-No me di cuenta, nunca lo supe, sólo hoy entiendo que, cuando abres la página de un buen libro, salta a tus ojos el virus de la escritura. Y si uno es propenso a comerse la uñas, entonces empieza a escribir. Ergo: para escribir hay que leer, leer mucho.

-No sé si leyendo y escribiendo uno sea mejor ser humano, pero por lo menos te escapas un rato de la estulticia del mundo.

-La buena literatura te hace olvidar que Dios no siempre hace las cosas bien hechas.

-La buena literatura -para mí-, es lo que algunos se atreven a catalogar con letra minúscula. Ahí tenemos, sólo por nombrar uno, a Arthur Conan Doyle.

-Si la literatura no divierte, entonces es un cadáver que no goza de buena salud. Mejor lo enterramos, y seguimos con la diversión.

-Que sea como una película, que tenga verbo, y su toque de poesía.

-Un escritor es un escritor, cuenta historias, no es un gran pensador, ni sabe cómo arreglar los problemas de la raza humana.

-Por eso, yo no sé de filosofía, de ni ciencias políticas, ni de patafísica. Generalmente meto la pata, eso sí es cuestión de física.

martes, enero 09, 2007

BREVE INTERROGATORIO POLICIAL


(obra de Adriana Duque)

-¿Lo mató porque le era infiel?
-No.
-¿Lo mató porque la maltrataba?
-No.
-¿Lo mató porque usted está enamorada de otro?
-No, yo lo amaba.
-¿Lo mató para cobrar un seguro millonario?
-No, tampoco.
-Me va decir que lo mató por accidente.
-No, diez tiros en el pecho no califican como accidente.
-¿Entonces por qué lo mato?
-Porque roncaba, lo maté porque roncaba.

lunes, enero 08, 2007

LO URBANO COMO IMPRONTA

ANA MARÍA HERNÁNDEZ G.
EL UNIVERSAL


El ganador del premio de narrativa de la Bienal "José Rafael Pocaterra" 2006, Fedosy Santaella, acaba de presentar la edición del libro galardonado, Postales Subsole, bajo la editorial De la A a la Z.

"Es un premio en metálico pero no contempla la publicación", explica Santaella. Agrega que en ese proceso de búsqueda de editorial se consiguió con Josefina Bertorelli. El premio se falló en julio de este año, y se bautizó el pasado 20 de diciembre.

-Llama la atención la narración en forma de poesía, versificada.
-No creo mucho en los géneros. De hecho, si te pones a ver, los grandes libros de la historia están en formato de poesía, como La Ilíada, La Odisea, El Cid, que están en versos, pero son epopeyas, narraciones. El cuento ha evolucionado mucho, se acerca a la poesía porque trabaja mucho con la palabra por lo corto, contar para sugerir a través de la poesía. El texto Lodomorfos está todo en verso. Yo lo escribí una y otra vez hasta que intenté hacerlo en verso y se me dio. ¿Por qué no aceptarlo? ¿por qué imponerme la narración?

-¿Cuánto tiempo le llevó la escritura del libro?
-Fui escribiendo un cuento cada vez y me dí cuenta de que los cuentos se unían y tenían unidad temática. En el proceso fueron como dos a tres años, desde el primero hasta el último; luego vino la revisión. La unidad temática es el abuso del poder en sus distintas formas.

-¿Qué distancia hay con su libro anterior?
-El Elefante es el anterior, allí hay cuentos escritos en paralelo con los de Postales. En el anterior los cuentos transcurren en un mismo lugar como centro, Puerto Cabello, donde nací. Es un tributo a mi infancia, está escrito desde la oralidad, y Postales desde lo poético.

-Entonces el Pocaterra tiene un significado especial.
-Por supuesto, para mi como carabobeño es un gran orgullo. En Puerto Cabello hay gente que está haciendo cosas. Leí de joven a Ramón Díaz Sánchez, Cumboto, Mene, y todo lo que se cuenta. Ese universo en torno a Puerto Cabello es una fuente primaria, es darte cuenta de que existe un mundo maravilloso, fascinante.

-¿Qué publicará próximamente?
-Estoy trabajando un libro de cuentos de humor, El factor mariachi. Tengo una novela que estoy trabajando y dos novelas que esperan editorial, y otro libro, Piedras lunares, que son relatos detectivescos, policiales.

POSTALES SUB SOLE


Doce relatos, donde la impronta urbana se deja sentir, a través de un lenguaje calificado por el jurado del Pocaterra (integrado por Israel Centeno, Alexis Márquez y José Napoleón Oropeza) como una "propuesta estética fundamentada en el impresionismo".

viernes, enero 05, 2007

INCOMUNICADO





Alberto es mi hermano del alma, y lo conozco desde antes del celular. Tengo memoria clara de esto, porque en otra época se podía hablar con él cara a cara.

Me explico. Un día cualquiera, quedo en verme con él en un restaurante. Un almuerzo, conversar un poco, ponernos al día con nuestras vidas.

Llego al sitio, me siento, y un par de minutos después aparece Alberto hablando por el celular. Me saluda con una palmadita en el hombro, se sienta y sigue hablando por el móvil.

Un mesonero bajito y ojón se acerca y pregunta qué van a beber los señores. Mi amigo no lo escucha, sigue pegado al auricular portátil. Pido una cerveza para él y un jugo de durazno para mí.

Pasan unos diez minutos, y aún Alberto está hablando. Menos mal que decidí dejar de tomar licor, si no, ya llevara por lo menos cuatro cervezas solitarias.

Por fin, Alberto cuelga. Me pide disculpas, se toma un trago de cerveza y se queja:

-Coño, está vaina es una sopa.

Llama al mesonero bajito y ojón, y de mala gana le ordena que le traiga otra cerveza.

-Pero esta vez bien fría, hermano, que la anterior me la trajo al natural.

Yo pido otro jugo de durazno. El mesonero se aleja con la cerveza que alguna vez estuvo fría sobre nuestra mesa.

Alberto me pregunta qué es de mi vida, cómo va el trabajo, la mujer, los gatos, el perro. Yo le empiezo a contar. Voy apenas por el tercer verbo cuando suena su celular. Él responde prontamente.

Transcurren otros diez minutos, y Alberto continúa con sus asuntos al teléfono. Habla de negociaciones, discute, manda para el carajo a no sé quien.

El capitán de mesoneros se acerca y nos pregunta qué vamos a comer. Yo tengo hambre y el tiempo contado para comer y regresar a la oficina. Leo la carta, me decido por una milanesa, pero no ordeno porque Alberto no ha decidido y no quisiera molestarlo mientras pergeña sus negocios.

Le digo al capitán que vuelva en unos instantes. El capitán se aleja y Alberto cuelga, toma de la nueva cerveza que hace rato le trajeron y dice:

-Coño, esta vaina está igual de ensopada que la anterior.

Llama al mesonero bajito y ojón. Lo insulta. El mesonero se pone rojo y más ojón. Casi puedo adivinar lo que está pensando, casi puedo verlo escupiendo u orinando el próximo trago de mi amigo. El mesonero se marcha.

Alberto abre la carta. Apenas le dedica una mirada y vuelve a sonar el celular. Deja el menú sobre la mesa y contesta. Esta vez parece ser algún amigo de él que yo no conozco. Empiezan a cuadrar una salida para la noche; Alberto hace comentarios graciosos, se ríe a mandíbula batiente, está feliz de la vida. Yo siento envidia del que está al otro lado de la línea, compartiendo su tiempo con mi amigo del alma.

Luego de unos cinco minutos Alberto cuelga. Me pregunta en qué estábamos y yo le vuelvo a decir que decida su almuerzo, que tengo hambre y poco tiempo. Alberto dice:

-Sí, coño, sí, yo también.

Le da un vistazo a la carta, dice “ñoquis cuatro quesos”, y, terminando de decirlo, suena el celular. Alberto suelta un “aló”, escucha, y luego dice fríamente:

-Epa, ¿qué tal?

Lo veo hacerme un gesto de excusa, se pone de pie y sale del restaurante. Yo, que me muero del hambre y ya sé que va a comer el hombre-misterio, llamo al capitán de mesoneros y hago el pedido.

El mesonero bajito y ojón trae la cerveza. Me mira furibundo, proyecta el odio hacia el otro en mí. Yo le devuelvo una mira de perro triste, compasiva y temerosa.

Al cuarto de hora regresa Alberto.

-Coño, pana, disculpa, es que tengo un peo ahí.
-Tranquilo, viejo -digo yo.

Alberto prueba la cerveza. Hace un gesto cercano a la nausea. Va a decir algo, se va a quejar, pero el mesonero bajito y ojón se aproxima con los platos. Alberto, entrecejo, observa lo que le colocan en la mesa y dice:

-¿Qué vaina es esta?
-Ñoquis cuatro queso -responde el mesonero.
-Pero yo no pedí esta vaina, yo quería vermicellis mediterráneos.
-Eso fue lo que pidió el señor -me señala el mesonero, sacudiéndose el reclamo del otro.

Alberto me mira y yo respondo que eso fue lo que le escuché decir antes de irse a hablar afuera. Alberto dice:

-¡Coño, no, esto no era lo que yo quería! ¡Y además, la cerveza está otra vez caliente!

Entonces vuelve a sonar el celular.

Alberto responde de mala gana:

-¿Quién es?

Al otro lado le contestan, y lo veo cambiar de cara y de humor:

-Hola, belleza, ¿cómo has estado?

El mesonero bajito y ojón me pregunta si desea que le cambie el plato a mi amigo, yo le digo que traiga lo que él dijo que quería. El mesonero se lleva el plato. Ahora lo imagino mezclando trozos de papel higiénico -ya usados con profusión- en la salsa de los vermicellis mediterráneos.

Alberto, que cuchichea melindres viendo para otro lado, no se da cuenta que se han llevado los ñoquis. Cuando cuelga, pregunta por ellos. Yo le digo que se los llevaron. Alberto hace un gesto de enojo y dice que le hubieran dejado los ñoquis, que está apresurado, que lo llamaron para una reunión de negocios. Niega con la cabeza azorado, empieza a ponerse de pie, y me dice que no se puede quedar más tiempo. Saca la cartera, deja un par de billetes grandes, me da una palmada en la espalda y se excusa:

-Hermano, estoy apurado, tú sabes como es todo.

Yo digo “tranquilo, viejo”, y veo a Alberto caminar hacia la salida. Antes de salir, suena el celular; él lo contesta.

miércoles, enero 03, 2007

LA RESMA

Nada más hermoso que una hoja en blanco. Mi papá siempre me traía hojas de la oficina. La resma completa, que es aún más hermosa. Me gustaba hacer trazos sobre ella. Abominaba de la delgadez de la hoja sobre la mesa. Mi delirio era la resma. Ese blando cobijo que me invitaba a imaginar, a crear sobre la nada.

Yo dibujaba entonces. Aún guardo esos dibujos. Se me ocurre que debería escanearlos, fotografiarlos. Esos dibujos de cuando yo dibujaba. Hasta hice un curso por correspondencia. Por ahí tengo los libritos también.

El hecho es que jamás le tuve miedo a la hoja en blanco. La hoja en blanco me llamaba. La hoja en blanco me amaba y yo la amaba a ella. Y la resma, la resma era el éxtasis, lo único por lo que valía la pena morir en aquellos años en que la muerte no ha tomado aún la consistencia de una derrota en nuestro panorama existencial.