
Ambos hombres se encontraron con sus padrinos, quienes portaban sendas espadas de rancio abolengo.
–Un duelo con roperas –comentó admirado Víctor Modesto Franklin.
–Deploro las armas de fuego y me encantan las espadas –respondió el otro–. En particular la rapière.
–Lo mismo digo.
–En cuanto al duelo, detesto aquel que llaman de “a primera sangre”.
–Cuando usted habló de “desaparecer” no pensé en un acto de magia.
–Duelo a muerte entonces –remató categórico Martán.
–Duelo a muerte –afirmó Franklin, con igual aplomo.
Los duelistas se alejaron de los jueces y los testigos se colocaron en posición. Ya en el sitio, uno de los padrinos dio la señal y los contendientes comenzaron la danza de las espadas.
En cuestión de segundos Víctor Modesto Franklin lanzó el primer sablazo: un corte sobre la cabeza de su adversario que buscaba una estocada de punta en la garganta. Martán, hábil, veloz, enfrentó el estramazón con una parada en tercera alta; mas no atacó, como hubiera sido natural, sino que retrocedió y se inmovilizó por unos segundos, confundiendo al contrario. Entonces, Martán realizó un movimiento rápido y extraño, y su brazo libre terminó estirado hacia Víctor Modesto Franklin, quien se sorprendió con una daga clavada en el hombro.
–Nunca se habló de una segunda arma –protestó Franklin con la cara constreñida de dolor, furia y asombro.
–Soy espadachín a la antigua –respondió Martán mostrando una sonrisa sardónica.
–La segunda arma debe mostrarse desde el principio –dijo adolorido Víctor Modesto Franklin.
–Ah, tan antiguo no soy –dijo Martán y, con otra daga en ristre, se apresuró sobre su contrincante, que ahora se hallaba de rodillas sobre el piso.
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