martes, octubre 19, 2010

Mis cuentos en japonés

Los cuentos "Postales de Burundanga" y "La diversión de los gatos" en la revista japonesa Bungakukai. Bungakukai se edita en Tokio, y es una revista de arte y literatura. Según tengo entendido, la más antigua de Japón.






lunes, octubre 18, 2010

LAS PERIPECIAS LITERARIAS DE FEDOSY SANTAELLA

Luis Guillermo Franquiz


(El donkey de Zhang Huan)


Desde el comienzo de la historia, el lector se siente sumergido en un relato poco convencional, casi inverosímil, como si se enfrentara a un extraño espejismo que refleja una realidad tangencial que incomoda por su familiaridad. Los guiños literarios comienzan a aparecer bastante pronto, al final de un párrafo, en una descripción momentánea, pero se identifican como parte de un juego al que hemos sido invitados desde el principio. La destreza del escritor reside en saber capturar la atención de quien lee, seducirlo, llevarlo de la mano hasta la página siguiente, y de esa forma mantenerlo cautivo hasta el final. Existe el riego de aburrirse, de cansarse o de no creer lo suficiente en eso que se nos cuenta, pero Fedosy Santaella ha sabido sortear muy bien estos escollos narrativos con su novela Las inéditas peripecias de Teofilus Jones.

En el prólogo a su libro de ensayos La verdad de las mentiras, Mario Vargas Llosa sostiene que: “La ficción es un arte de sociedades donde la fe experimenta alguna crisis, donde hace falta creer en algo, donde la visión unitaria, confiada y absoluta ha sido sustituida por una visión resquebrajada y una incertidumbre creciente sobre el mundo en que se vive y el trasmundo”. Así, Santaella logra introducirnos en una sociedad paralela, muy similar a la nuestra, con las mismas carencias y defectos, pero lo hace con una visión traviesa, permitiendo que el lector sonría ante un escenario ficticio que reconstruye para sostener la anécdota que nos narra y describe. La figuración literaria ha sido levantada para reconocerse, para reconocernos, y de esta forma la trama ejecuta una prestidigitación de factores que juegan a reconformar la realidad fuera de la ficción. El autor logra ensamblar algo que he preferido denominar como realismo lúdico.


Vargas Llosa también acota, mucho más adelante en su ensayo, refiriéndose a la literatura en las sociedades abiertas y cerradas, que en las primeras sobresale la autonomía en la ficción por encima de la realidad histórica, porque ambas logran coexistir sin ocupar el espacio que cada una reclama; pero luego aclara: “En las sociedades cerradas sucede al revés. Y, por eso, tal vez la mejor manera de definir a una sociedad cerrada sea diciendo que en ella la ficción y la historia han dejado de ser cosas distintas y pasado a confundirse y suplantarse la una a la otra cambiando constantemente de identidades como en un baile de máscaras”. Queriendo o no, Fedosy Santaella se las ingenió para inmiscuirse en el acontecer histórico y revelar las fracturas que subyacen bajo otros tópicos menos sobresalientes; pero el jugo que alimenta su trama es reconocido por todos, sencillamente porque nos afecta a todos por igual, salpicando a cada lector y ciudadano en este país donde la incertidumbre es la única regla fija.

Lo especial en la prosa de Santaella, y en la trama de su novela, es que el autor se vale de un tono alegórico, fantástico, para introducir personajes casi irreales que sorprenden por su exquisita verosimilitud: una secta de budistas terroristas, un burdel clandestino que sirve de fachada para un grupo de sacerdotisas libidinosas, un contrabandista belga aficionado a las imprecaciones, un detective moderno con reminiscencias de Sam Spade, un protagonista antihéroe que lo es sin saberlo, cierto felino secreto que revela las fracturas del régimen teocrático… Todo este collage funciona con otras pinceladas laterales: la burocracia del gobierno, la ausencia de lluvias, los conflictos eléctricos, la sensación de irrealidad llevada al extremo. Pero nada de esto es presentado bajo un esquema dramático, todo lo contrario, y es allí donde reside la punta de lanza narrativa de este escritor contemporáneo: uno no puede evitar ciertas sonrisas conforme avanza en la lectura.


He leído que el autor de Las inéditas peripecias de Teofilus Jones recomienda a sus alumnos la práctica y el estudio de la escritura, la cohesión lógica de los detalles, el uso de estructuras narrativas, la preponderancia de la historia por encima del tema, la utilización de palabras precisas y la simplicidad sobre todo lo demás. Es satisfactorio descubrir que Santaella es un profesor que ejecuta lo que predica, en mayor o menor escala, en cada uno de sus textos. Me satisfizo descubrir que su novela tiene dos lecturas: en la superficie es liviana, ágil, mordaz, directa; pero en el fondo, la técnica narrativa revela las peripecias de un autor comprometido con su trabajo y lo suficientemente flexible para experimentar con ello y gozar en el proceso.

viernes, octubre 15, 2010

El loser, lo sagrado y el poder: Sobre Las peripecias inéditas de Teófilus Jones, de Fedosy Santaella


Por Ricardo Ramírez

Las propuestas narrativas de Fedosy Santaella no son comunes. Menos en el ámbito narrativo nacional. Su cercanía a ciertas tradiciones abandonadas o nunca abordadas realmente por nuestra literatura lo hacen un ave rara: el comic, el pastich, el cine, géneros diversos del siglo XIX, una cercanía al Tristam Shandy de Sterne, a la novela policial. Los libros de Santaella se leen rápido, son ligeros pero profundos, indagan en nuestra historia con ironía, sarcasmo y humor, revelando lo más absurdo de nosotros mismos. Veo en mucho de su obra la huella de Jonathan Swift, de su Modesta Proposición, de Cervantes, Dickens, Dumas, así como una larga tradición anglosajona de literatura negra. Pero todo acercamiento de lector está condicionado por sus propias lecturas y no dudo de que las de Santaella sean más vastas y extensas en su curiosidad de escritor.

Luego de obras como Rocanegras o Piedras Lunares, llega a los ojos de los lectores Las peripecias inéditas de Teófilus Jones. Compuesto por dos libros (el primero ocho capítulos, el segundo, doce), Santaella nos va llevando por una historia alucinante, llena de humor sarcástico y reflejo claro de mucho de lo que nuestra sociedad es. Escrita en primera persona, Teófilus nos va contando sus peripecias como si fuera la cámara de una película. No debe extrañarnos, más cuando nos encontramos con voces en la novela como la del retrovisor del carro, el espejo, y pare de contar. Todo narra en esta novela, desde los largos títulos que nos orientan hasta los objetos. Son los testigos de la zaga de Jones a través de un país imbuido en una larga sequía (a manera de profecía, Santaella nos sumerge en esta realidad ficcional que ha terminado siendo la nuestra) y sufriente de un culto desproporcionado a la personalidad que ha terminado anulando toda presencia individual. Jones encarna una de nuestras peores taras: la del burócrata, lleno de tedio, repetición permanente de actos, perennidad del aburrimiento, unido a lo soez, lo turbio, la irracionalidad en nombre del deber. La ética del Clon (que es todo ciudadano en esta república teocrática) es el retrato de la burocracia nacional. El culto a un Supremo Patriarca, a un Unánime Benefactor, a un charlatán enorme que logra dominar a una nación, es una de las columnas del libro. El poder, y la relación que sostenemos con el poder se manifiestan de la manera más cruda posible. Jones es un loser. Teófilus es, en mucho, nosotros.

Lo femenino como encarnación de lo sagrado y lo heterodoxo y por ende, en contra de todo poder instaurado, se hace evidente en las hijas de Bastet, intenso grupo de mujeres fatales que rinden culto a una deidad que les anuncia la esperada lluvia que no termina de llegar. Prostitutas sagradas, burladoras del poder y detentoras de un poder que trasciende lo humano a partir de la seducción, la ternura, la intuición y la inteligencia, las hijas de Bastet marcan el camino de Teófilus y lo hacen vivir las más disparatadas aventuras. Una aventura que comienza por algo simple: se le encarga cuidar un gato, que luego toma implicaciones más profundas, y lo hace ser perseguido por el gobierno, por los rebeldes, las putas sagradas. Acompañan en esta zaga a Jones, Gómez, policía fan de Nino Bravo; Alain, mercenario extranjero, y múltiples y maravillosos personajes, cada uno más interesante que el otro: Rosita Candelaria, el ciudadano Carlos, Ángela, reina de las hijas de Bastet. Todos, sin ser santos, sin que haya una marcada línea decimonónica entre el bien y el mal (Víctor Hugo se caería de espaldas, por no decir sobre sus posaderas), se encuentran enfrentados en fascinantes diálogos, como los sostenidos con el Jefe, con Lenín Chifa, con el Satán rubio, o el Supremo Patriarca, alrededor del epicentro misterioso que deberá descubrir el lector al abrir las páginas del libro: Hugo, el gato. Un burdel sagrado y subversivo, un edificio burocrático, rescates en helicópteros, mucho plomo, instrucciones e intersticios narrativos que nos envuelven sobremanera componen este libro.

Teófilus Jones nos representa más de lo que pensamos. Es el venezolano postmoderno, el que vivió una niñez del 4,30 (el viejo, el de los ochentas del siglo pasado), una adolescencia entre rebeliones y golpes de Estado y una madurez anclada en la eternidad aparente del poder. Santaella logra, con un lenguaje realmente contemporáneo y universal a la vez, hacernos recorrer nuestra historia y nuestra psique en cómodas cuotas que nos invitan al terminar su lectura a acercarnos al bar preferido a tomarnos un trago, sin saber si reír o llorar, golpeados en nuestro patetismo costumbrista, y aletargados en nuestra capacidad creativa.

¿El final?, este libro no tiene final. O le toca a cada quien ubicarlo en su propia vida.