
El joven William Merrik era hermoso, hermoso como nadie. Tanto lo era, que llegó a temer profundamente la degradación de la carne. Con el paso de los años, se anuló por completo, y sólo tenía una obsesión. Pasaba días y noches enteras anhelando que el demonio apareciera. No dormía, no trabajaba, no se alimentaba, nada más se dedicaba a desear un pacto de eterna belleza con el mal supremo.
Pero el demonio no se aparece así de fácil, como en los libros, como en las novelas, como en los cuentos. El demonio se hace esperar, y en tanto Merrik más lo quería, más el demonio se ocultaba en las espaldas del joven hermoso.
Una madrugada, ya famélico, ya con la belleza chupada sobre sus carnes magras, Merrik recibió la visita esperada.
—Mi nombre es Lovecraft, y te voy a dar la vida eterna.
Merrik quiso hablar. Entendía que con el diablo se debía negociar, poner las cláusulas en letra grande, dejarlo todo muy claro. Pero se hallaba muy débil, en un estado de absoluta indefensión. No podía pronunciar palabra, no podía ni mover un dedo. El diablo se inclinó y lo besó en la mejilla. Luego partió. En pocos días, William Merrik recuperó sus carnes, su lozanía, su belleza.
Salió al mundo, se mostró en toda su plenitud. Visitó el circo de los salones, conoció los lechos más encumbrados. Fue la atracción del momento. Se entregó sin reserva a los excesos. Bebió bodegas enteras. Tuvo sed constante, como si necesitara hidratación a cada segundo. En su ebriedad el mundo se le presentó como una membrana acuosa, ondulante, borrosa. Fue como vivir dentro de un tanque de agua. Pero nunca le importó todo aquello. «Soy inmortal», llegó a decirse, «ya tendré tiempo de pasar una larga sequía de sanidad y hastío.»
Una mañana se asomó al espejo por primera vez en meses. Se llenó de pánico, gritó, se llevó las manos a la cara. Cayó de rodillas y supo con toda certeza que lo que le estaba ocurriendo era real. Lovecraft el demonio le había jugado una mala pasada. Le había dado vida eterna, pero no eterna belleza. Todo lo contrario, al parecer, lo había condenado a la deformación infinita.
Así, William Merrik mutó en el ser más deforme jamás visto sobre la tierra. Paradójicamente, al cabo de un tiempo, volvió a convertirse en la atracción del momento, en el centro de los circos de fenómenos, regentados por hábiles comerciantes como Sam Torr y Tom Norman. Lo llamaron «El Hombre Pez». Tal era la impresión que daba cuando se le veía.
Se puede decir que, a pesar de todo, durante un tiempo la pasó bien entre sus iguales. Hizo amistad con otros seres de feria y anduvo a gusto entre ellos. La resignación tiene sus beneficios. Pero a medida que se volvía más deforme, el escándalo y el horror eran mayores. La gente se desmayaba, lloraba, gritaba. Las autoridades terminaron prohibiendo su exhibición por considerarla una afrenta pública, un acto indecente contra la moral y las leyes de Dios. Expulsado así hasta del circo, vagó durante meses por las calles, cubierto con un sobretodo roñoso. La sombra de un gran sombrero le cubría el rostro.
Su situación se hizo cada vez más patética. Tenía hambre y sed constantes, pero sobre todo sed; y aunque ya no bebía licor, el espacio seguía comportándose ante sus ojos como las profundidades de un oscuro mar. Imploraba a Dios que le trajera la muerte. La deseó tanto como en aquel tiempo en que solicitaba al demonio un pacto de belleza eterna.
Un día, al borde del delirio por causa de la sed, se lanzó a una fuente. Allí estuvo, acostado, con la cabeza afuera, moviendo los brazos. No cabía en su contento. En su garganta nació una risa que era más bien como un bufido, como un bramido, como una explosión de ira y dolor. El pavor ahogó el pecho de los transeúntes. Un grupo de temerarios, los violentos de siempre, lo sacaron de la fuente y le propinaron una multitud de golpes y patadas. La policía llegó, pero nada hizo; sólo cuando la violencia estuvo cercana al asesinato, tomaron parte y separaron a los indignados ofensores. A duras penas, William Merrik pudo alejarse del lugar y refugiarse en un callejón oscuro. No paraba de rememorar el breve instante de felicidad que había tenido en el agua de la fuente. Se había sentido, literalmente, como un pez en el agua, su verdadero elemento, su verdadero hogar. Se juró a sí mismo huir hacia el mar que no conocía, hacia aquel paraíso acuático. Partiría al mar tan pronto pudiera mantenerse en pie.
Esa noche, Lovecraft el demonio, se le apareció.
—Vine a ser piadoso. Es decir, vine a llevarme tu alma.
—No, yo quiero ir al mar, allá pertenezco.
—Es demasiado tarde. Haz pedido la muerte hasta el cansancio, y la muerte te ha sido concedida.
—Pero era un deseo para Dios, no para el demonio.
—¿Y quién te ha dicho que no somos el mismo?
Lovecraft se inclinó sobre William Merrik, y tal como hizo quién sabe hacía cuánto, lo besó en la mejilla. Con el beso, Merrik se volvió mortal, y todo el daño del linchamiento cayó sobre su cuerpo y empezó a morir.
El demonio Lovecraft soltó una gran carcajada.
—¿De qué te ríes, maldito? —soltó Merrik con lo que le quedaba de vida.
—De que en realidad te volví hermoso. Eres el más hermosos endriago de las profundidades del mar. Pero eso no lo verás nunca, porque ya estás muerto.
Y en efecto, William Merrik, el Hombre Pez, falleció al instante. En su lugar, bajo sus harapos, quedó una criatura de líneas perfectas y ajustadas para el ambiente donde debió de haber vivido. Bajo sus ropas, yacía un pez muerto.
Olisqueando, un perro se acercó a las telas mugrientas. Con sus dientes, hurgó entre las ropas y encontró el pez. En tres mordiscos se lo despachó.