domingo, agosto 29, 2010

El concepto de la diversión



Soy un tipo aburrido, sí, lo acepto, soy un carajo muy aburrido. Tengo todo el derecho de serlo, y además estoy orgulloso de ello. Lo digo, lo pongo a colación, porque en verdad os digo, queridos hermanos, que mi concepto de diversión es absolutamente diferente al concepto de diversión que al parecer cada día toma con mayor fuerza la mente, el cuerpo y los oídos de mis excelsos conciudadanos.

Algún diciembre, quizás el pasado, me encontré con mi amigo Roberto Echeto en La Castellana. La idea era reunirnos con nuestros niños, almorzar, conversar y que los muchachos jugaran un rato. Yo había escuchado que en la plaza de La Castellana estaba «La casa de Santa». El promotor, frente al micrófono, había dicho que aquel era un lugar agradable, perfecto para que los padres llevaran a sus hijos. La invitación sonaba sincera y por demás atractiva. Ya saben, salir de un centro comercial, hacer algo al aire libre con los niños. Pues después de comer hamburguesas le comenté a Roberto lo que había escuchado en la radio, y nos fuimos con nuestros niños a la plaza. Efectivamente, en el lugar estaba la casa de Santa, pero también, a ambos lados de la casa del tal Santa, se apostaban un par de cornetas que vomitaban a todo dar algo así como música tecno-trance-hard-punk-core-dura o como quiera que se llame esa música de club de Ibiza y que para el club de Ibiza está muy bien, pero para los padres y los niños de una plaza en La Castellana era realmente un insulto. Roberto y yo no podíamos hablar y los niños, electrificados por aquella música, corrían por todas partes, como poseídos por mil demonios nocturnos y sicodélicos. De verdad, no puedo asegurar que el hijo de Roberto y mi hijo se estuvieran divirtiendo. Y mucho menos Roberto y yo. A los pocos minutos nos fuimos, no podíamos con aquel concepto de diversión «familiar» y decembrina que se nos imponía.

Pero hay más. Hace algunas semanas, fui a la isla de Coche en un barco de servicio turístico. Habíamos comprado un plan de esos de todo incluido, y lo que esperábamos era pasar un día tranquilo en una paradisíaca isla caribeña. Pues la diversión no se hizo esperar, y sobre cubierta un animador muy alegre gritaba por el micrófono intentado imponerse por encima de un reguetón impune. Por supuesto, hubo concursos, chistes malos y más música de estilo o género reguetón. Ya en la isla, muy al fondo, en uno de los hoteles (o posadas) también tenían una música a todo volumen que ensordecía su piscina y llegaba con suficiente fuerza a la orilla de la playa donde nosotros nos encontrábamos. Los hoteles playeros en nuestro país, al parecer, tienen ese concepto de la diversión profundamente enclavados en su filosofía. Recuerdo que en un par de hoteles en Higuerote donde solíamos quedarnos mi esposa, mi niño y yo, la piscina vibraba (y estallaba) bajo las descargas gamma de la salsa, del merengue, del tecno-trance y, por supuesto, del reguetón. ¿Quieren saber lo peor? En una ocasión me dediqué a preguntarles a los vecinos de alberca si estaban contentos con aquella estridencia. Todos respondieron que no, que se sentían auditivamente torturados. Así, con aquella corroboración, fui a hablar muy decidido con el encargado del control el volumen, un chico con bermudas y camisa manga corta color caqui, algo así como el lugar común de un cazador de safaris. El cazador-controlador del volumen se encogió de hombros, dijo que no podía hacer nada, porque él sólo recibía órdenes y que ese volumen alcanzaba esos decibeles porque así buscaban divertir a los huéspedes del hotel. ¿De cuál hotel? ¿El del al lado, el que está a veinte kilómetros? En su beneficio, debo decir que bajaron el volumen; un poquitín, pero lo bajaron. Eso sí, cuando ya me sentía victorioso y listo para sumergirme en los meandros de la novela de ocasión, se hizo un cambio de guardia bastante sospechoso y llegó otro simulacro de cazador, moviendo las caderas, de lo más sabrosón, de lo más gozón él, y le subió volumen a la música.

Y si todo esto ocurre en un lugar donde uno paga por estar en paz en una piscina, en un barquito o bajo unos tolditos en la isla de Coche, ni pienses cómo es la cosa en una playa pública. Allí, el concepto de diversión venezolana se muestra en su máximo esplendor. Porque acá no se trata de un carrito con las cornetas normales con que las que salió de la fábrica regalando a lo lejos un magnífico tema de Drexler; no, se trata por lo menos de un Corsa con spoiler, de un Fiesta con spoiler y de un Spark con spoiler exponiendo con las jetas muy abiertas el poder de sus poderosas cornetas, caries de nuestros tiempos. Todos al mismo tiempo desgarrando una sinfonía delirante, infernal, conformada de vaya a saber usted qué temas de moda, mientras uno, doblado bajo un toldito y embadurnado de protector solar número 60, intenta infructuosamente leer la magnífica novela Bajo las hojas de Israel Centeno.

Sí, yo soy un tipo aburrido, y no comprendo ni comparto ese concepto de diversión. Así como aquellos se consideran con el derecho de escuchar su música a todo dar, yo también me considero con el derecho de sentarme frente al mar a leer con calma o a jugar con mi hijo a hacer un castillo, acompañado tan sólo del rumor de las olas. Porque a la playa no sólo le pertenece el grupo de ideas relacionadas con diversión-curda-borrachera-baile-cigarrillos-culos y jodederadelabuena-unaguará-güevón-marico, sino que también le corresponden palabras tales como tranquilidad, paz, lectura y descanso, entre tantas otras que una persona aburrida enarbola hoy en día apenado y hasta temeroso. Porque ya lo dije y lo repito, yo soy un carajo aburrido que nada sabe, que nada entiende del maravilloso concepto de diversión de muchos de mis conciudadanos.

martes, agosto 24, 2010

Empanadas en Boca del Río



En el pueblo de Boca del Río en Margarita está el Museo Marino, uno de los sitios más orgullosos de la isla, todo un ejemplo al trabajo serio y al amor por el país fundado por el señor Fernando Cervigón. Un poco más allá, cerca del mar, se encuentra una plazoleta donde se alza el monumento al bombero marino; una estatua colorida e ingenua de un hombre con uniforme que porta en sus brazos la que parece ser una niña que se estaba ahogando en el mar. Detrás del bombero y de la niña se levanta una columna que asemeja quizás una pared en ruinas, quizás una ola de mar; es difícil saber. Una placa en el pedestal nos informa que los bomberos marinos existen desde 1976, y el monumento desde el año 2000. Aquel hombrecillo heroico que lo protagoniza recuerda un poco a una de esas figuras populares de José Gregorio Hernández. Quién sabe, a lo mejor el médico se transmutó en un bombero de colorinches. El santo que aún no es santo ha hecho de todo y ha sido de todo.

En la calle de atrás del museo, bajo una mata que da sombra, está la señora Mirna, una mujer bajita, regordeta, con el cabello corto y zarcillos que simulan perlas: con forma de estrellas en los lóbulos, y redondas (perlas en todo el sentido de la palabra) como extensión danzante a los lados de su cara curtida por el sol. Mirna vende empanadas desde muy temprano en la mañana. Sus clientes son los habitantes de la zona, y por supuesto, los turistas. Hoy, sus dos ayudantes aún no han llegado, y la gente ya empieza a rodear la mesita de plástico donde ella, de pie y bajo el árbol pero además protegida por una lonita de alguna marca de cerveza, pergeña empanadas de pescado, de carne, de cochino y de queso. A la pareja de turistas que llegan, Mirna les dice que se sirvan las empanadas ellos mismos. Que le echen una mano, porque sus ayudantes, nada que se aparecen. Les dice que las empanadas que tienen tres agujeritos en los bordes son de carne, las de dos de queso, las de uno de carne, y ninguno de marrano. Mirna es parlanchina, simpática, y los turistas se sirven divertidos. A poco llega una china. Es una muchacha joven, bonita y está embarazada. Quizás ha salido de la casita que corresponde al restaurante Huan Xing, especializado en «comida china e internacional», o del almacén de al lado; Distribuidora imperial, ese es un nombre. Es raro ver a una china pidiendo empanadas. Quiere una de pescado. Mirna le pregunta cómo va la barriga. La china bonita dice que todo bien, «mucha glacia»; paga y, con su empanada en una bolsita de papel, cruza la calle y entra al Huan Xing. Un muchacho muy flaco, alto, tostado por el sol, descalzo y con una pulserita en el tobillo se acerca y también pregunta por las empanadas. Mirna le informa de qué hay y lo invita a servirse, «porque estos ayudantes míos no han llegado». El muchacho se llama Alexis, es uno de los cuidadores de carros que se estacionan frente al museo.

Cada vez llega más gente. Una muchacha blanca, también delgada y con el cabello recogido, se sirve su empanada. Mirna le habla con confianza de personas que ambas conocen, luego le pregunta por Musipán, esa especie de parque de atracciones construido por el Conde del Guacharo. El comediante ha hecho de Margarita el nicho de sus negocios; aquí tiene a Musipán, una posada, y también presenta shows con frecuencia. La muchacha dice que Musipán está bien, que hay mucho trabajo. Mirna pregunta a cuánto está la entrada. La muchacha responde que a 90 mil. Mirna pega un grito, escandalizada, y dice que eso está carísimo, que nadie va a ir a Musipán con esos precios. La muchacha se encoge de hombros; qué más remedio, ella sólo trabaja allá, no impone los precios de entrada.

Pasa un camión volteo. Su conductor es un hombre mayor con rostro de pergamino y cabello blanco y escaso. Saluda a Mirna y ella le devuelve el saludo con algarabía. El hombre muestra todos sus dientes; algunos le faltan. Una moto pequeña irrumpe con ruido y frenazo. Una gordita en blujines, lentes oscuros y cara de mala se baja de un brinco y empieza a cruzar hacia el otro lado de la calle, hacia una peluquería de nombre Lacho’s. Todo en la gordita es agresivo. Sin embargo, Mirna la saluda desde su puesto con mucho afecto. La gordita dura voltea. En su rostro hay una sonrisa. Ya no luce desagradable ni malhumorada. Aquí, con Mirna, la camaradería es un virus, y todos se contagian.

Llega una mujer de licras y cabello recogido. Tiene carnes que mostrar. Luego se acerca un hombre alto y de ropa deportiva. Hay algo de niño pícaro en su rostro. Mirna empieza a hablar con el hombre-niño. Entre la mujer con carnes y Mirna comienzan a divertirse a cuenta de él. Mirna le pregunta cómo está la novia. Él responde que todo bien. La de las licras comenta que esa famosa novia es una mujer casada. El hombre-niño dice que qué se le va a hacer, que uno agarra lo que hay. Mirna le suelta que así nunca va a salir de su casa. El hombre-niño responde que eso no es problema. «Pero es que tú mamá ya está vieja y debe estar cansada, mijo». La de las licras se ríe. «Y con lo grandote que es», agrega y lo mira no sin cierto arrobamiento. En verdad que el hombre-niño mide como dos metros. Mirna deja ir una carcajada y les comenta a unos turistas: «Miren, la mama de éste es bajita, caracho, bajita, le llega a la cintura. Así de chiquita es, y todavía le lava la ropa, a este manganzón le lava la ropa». Todos se ríen, todos disfrutan.

Y así la mañana de Boca del río se va llenando de luz gracias a la buena disposición de la señora Mirna, quien no para de hacer empanadas y de pedirle a todo el que llegue que se sirva, que se sirva, que sus ayudantes no han llegado y quién sabe cuándo llegarán.