
Soy un tipo aburrido, sí, lo acepto, soy un carajo muy aburrido. Tengo todo el derecho de serlo, y además estoy orgulloso de ello. Lo digo, lo pongo a colación, porque en verdad os digo, queridos hermanos, que mi concepto de diversión es absolutamente diferente al concepto de diversión que al parecer cada día toma con mayor fuerza la mente, el cuerpo y los oídos de mis excelsos conciudadanos.
Algún diciembre, quizás el pasado, me encontré con mi amigo Roberto Echeto en La Castellana. La idea era reunirnos con nuestros niños, almorzar, conversar y que los muchachos jugaran un rato. Yo había escuchado que en la plaza de La Castellana estaba «La casa de Santa». El promotor, frente al micrófono, había dicho que aquel era un lugar agradable, perfecto para que los padres llevaran a sus hijos. La invitación sonaba sincera y por demás atractiva. Ya saben, salir de un centro comercial, hacer algo al aire libre con los niños. Pues después de comer hamburguesas le comenté a Roberto lo que había escuchado en la radio, y nos fuimos con nuestros niños a la plaza. Efectivamente, en el lugar estaba la casa de Santa, pero también, a ambos lados de la casa del tal Santa, se apostaban un par de cornetas que vomitaban a todo dar algo así como música tecno-trance-hard-punk-core-dura o como quiera que se llame esa música de club de Ibiza y que para el club de Ibiza está muy bien, pero para los padres y los niños de una plaza en La Castellana era realmente un insulto. Roberto y yo no podíamos hablar y los niños, electrificados por aquella música, corrían por todas partes, como poseídos por mil demonios nocturnos y sicodélicos. De verdad, no puedo asegurar que el hijo de Roberto y mi hijo se estuvieran divirtiendo. Y mucho menos Roberto y yo. A los pocos minutos nos fuimos, no podíamos con aquel concepto de diversión «familiar» y decembrina que se nos imponía.
Pero hay más. Hace algunas semanas, fui a la isla de Coche en un barco de servicio turístico. Habíamos comprado un plan de esos de todo incluido, y lo que esperábamos era pasar un día tranquilo en una paradisíaca isla caribeña. Pues la diversión no se hizo esperar, y sobre cubierta un animador muy alegre gritaba por el micrófono intentado imponerse por encima de un reguetón impune. Por supuesto, hubo concursos, chistes malos y más música de estilo o género reguetón. Ya en la isla, muy al fondo, en uno de los hoteles (o posadas) también tenían una música a todo volumen que ensordecía su piscina y llegaba con suficiente fuerza a la orilla de la playa donde nosotros nos encontrábamos. Los hoteles playeros en nuestro país, al parecer, tienen ese concepto de la diversión profundamente enclavados en su filosofía. Recuerdo que en un par de hoteles en Higuerote donde solíamos quedarnos mi esposa, mi niño y yo, la piscina vibraba (y estallaba) bajo las descargas gamma de la salsa, del merengue, del tecno-trance y, por supuesto, del reguetón. ¿Quieren saber lo peor? En una ocasión me dediqué a preguntarles a los vecinos de alberca si estaban contentos con aquella estridencia. Todos respondieron que no, que se sentían auditivamente torturados. Así, con aquella corroboración, fui a hablar muy decidido con el encargado del control el volumen, un chico con bermudas y camisa manga corta color caqui, algo así como el lugar común de un cazador de safaris. El cazador-controlador del volumen se encogió de hombros, dijo que no podía hacer nada, porque él sólo recibía órdenes y que ese volumen alcanzaba esos decibeles porque así buscaban divertir a los huéspedes del hotel. ¿De cuál hotel? ¿El del al lado, el que está a veinte kilómetros? En su beneficio, debo decir que bajaron el volumen; un poquitín, pero lo bajaron. Eso sí, cuando ya me sentía victorioso y listo para sumergirme en los meandros de la novela de ocasión, se hizo un cambio de guardia bastante sospechoso y llegó otro simulacro de cazador, moviendo las caderas, de lo más sabrosón, de lo más gozón él, y le subió volumen a la música.
Y si todo esto ocurre en un lugar donde uno paga por estar en paz en una piscina, en un barquito o bajo unos tolditos en la isla de Coche, ni pienses cómo es la cosa en una playa pública. Allí, el concepto de diversión venezolana se muestra en su máximo esplendor. Porque acá no se trata de un carrito con las cornetas normales con que las que salió de la fábrica regalando a lo lejos un magnífico tema de Drexler; no, se trata por lo menos de un Corsa con spoiler, de un Fiesta con spoiler y de un Spark con spoiler exponiendo con las jetas muy abiertas el poder de sus poderosas cornetas, caries de nuestros tiempos. Todos al mismo tiempo desgarrando una sinfonía delirante, infernal, conformada de vaya a saber usted qué temas de moda, mientras uno, doblado bajo un toldito y embadurnado de protector solar número 60, intenta infructuosamente leer la magnífica novela Bajo las hojas de Israel Centeno.
Sí, yo soy un tipo aburrido, y no comprendo ni comparto ese concepto de diversión. Así como aquellos se consideran con el derecho de escuchar su música a todo dar, yo también me considero con el derecho de sentarme frente al mar a leer con calma o a jugar con mi hijo a hacer un castillo, acompañado tan sólo del rumor de las olas. Porque a la playa no sólo le pertenece el grupo de ideas relacionadas con diversión-curda-borrachera-baile-cigarrillos-culos y jodederadelabuena-unaguará-güevón-marico, sino que también le corresponden palabras tales como tranquilidad, paz, lectura y descanso, entre tantas otras que una persona aburrida enarbola hoy en día apenado y hasta temeroso. Porque ya lo dije y lo repito, yo soy un carajo aburrido que nada sabe, que nada entiende del maravilloso concepto de diversión de muchos de mis conciudadanos.
Algún diciembre, quizás el pasado, me encontré con mi amigo Roberto Echeto en La Castellana. La idea era reunirnos con nuestros niños, almorzar, conversar y que los muchachos jugaran un rato. Yo había escuchado que en la plaza de La Castellana estaba «La casa de Santa». El promotor, frente al micrófono, había dicho que aquel era un lugar agradable, perfecto para que los padres llevaran a sus hijos. La invitación sonaba sincera y por demás atractiva. Ya saben, salir de un centro comercial, hacer algo al aire libre con los niños. Pues después de comer hamburguesas le comenté a Roberto lo que había escuchado en la radio, y nos fuimos con nuestros niños a la plaza. Efectivamente, en el lugar estaba la casa de Santa, pero también, a ambos lados de la casa del tal Santa, se apostaban un par de cornetas que vomitaban a todo dar algo así como música tecno-trance-hard-punk-core-dura o como quiera que se llame esa música de club de Ibiza y que para el club de Ibiza está muy bien, pero para los padres y los niños de una plaza en La Castellana era realmente un insulto. Roberto y yo no podíamos hablar y los niños, electrificados por aquella música, corrían por todas partes, como poseídos por mil demonios nocturnos y sicodélicos. De verdad, no puedo asegurar que el hijo de Roberto y mi hijo se estuvieran divirtiendo. Y mucho menos Roberto y yo. A los pocos minutos nos fuimos, no podíamos con aquel concepto de diversión «familiar» y decembrina que se nos imponía.
Pero hay más. Hace algunas semanas, fui a la isla de Coche en un barco de servicio turístico. Habíamos comprado un plan de esos de todo incluido, y lo que esperábamos era pasar un día tranquilo en una paradisíaca isla caribeña. Pues la diversión no se hizo esperar, y sobre cubierta un animador muy alegre gritaba por el micrófono intentado imponerse por encima de un reguetón impune. Por supuesto, hubo concursos, chistes malos y más música de estilo o género reguetón. Ya en la isla, muy al fondo, en uno de los hoteles (o posadas) también tenían una música a todo volumen que ensordecía su piscina y llegaba con suficiente fuerza a la orilla de la playa donde nosotros nos encontrábamos. Los hoteles playeros en nuestro país, al parecer, tienen ese concepto de la diversión profundamente enclavados en su filosofía. Recuerdo que en un par de hoteles en Higuerote donde solíamos quedarnos mi esposa, mi niño y yo, la piscina vibraba (y estallaba) bajo las descargas gamma de la salsa, del merengue, del tecno-trance y, por supuesto, del reguetón. ¿Quieren saber lo peor? En una ocasión me dediqué a preguntarles a los vecinos de alberca si estaban contentos con aquella estridencia. Todos respondieron que no, que se sentían auditivamente torturados. Así, con aquella corroboración, fui a hablar muy decidido con el encargado del control el volumen, un chico con bermudas y camisa manga corta color caqui, algo así como el lugar común de un cazador de safaris. El cazador-controlador del volumen se encogió de hombros, dijo que no podía hacer nada, porque él sólo recibía órdenes y que ese volumen alcanzaba esos decibeles porque así buscaban divertir a los huéspedes del hotel. ¿De cuál hotel? ¿El del al lado, el que está a veinte kilómetros? En su beneficio, debo decir que bajaron el volumen; un poquitín, pero lo bajaron. Eso sí, cuando ya me sentía victorioso y listo para sumergirme en los meandros de la novela de ocasión, se hizo un cambio de guardia bastante sospechoso y llegó otro simulacro de cazador, moviendo las caderas, de lo más sabrosón, de lo más gozón él, y le subió volumen a la música.
Y si todo esto ocurre en un lugar donde uno paga por estar en paz en una piscina, en un barquito o bajo unos tolditos en la isla de Coche, ni pienses cómo es la cosa en una playa pública. Allí, el concepto de diversión venezolana se muestra en su máximo esplendor. Porque acá no se trata de un carrito con las cornetas normales con que las que salió de la fábrica regalando a lo lejos un magnífico tema de Drexler; no, se trata por lo menos de un Corsa con spoiler, de un Fiesta con spoiler y de un Spark con spoiler exponiendo con las jetas muy abiertas el poder de sus poderosas cornetas, caries de nuestros tiempos. Todos al mismo tiempo desgarrando una sinfonía delirante, infernal, conformada de vaya a saber usted qué temas de moda, mientras uno, doblado bajo un toldito y embadurnado de protector solar número 60, intenta infructuosamente leer la magnífica novela Bajo las hojas de Israel Centeno.
Sí, yo soy un tipo aburrido, y no comprendo ni comparto ese concepto de diversión. Así como aquellos se consideran con el derecho de escuchar su música a todo dar, yo también me considero con el derecho de sentarme frente al mar a leer con calma o a jugar con mi hijo a hacer un castillo, acompañado tan sólo del rumor de las olas. Porque a la playa no sólo le pertenece el grupo de ideas relacionadas con diversión-curda-borrachera-baile-cigarrillos-culos y jodederadelabuena-unaguará-güevón-marico, sino que también le corresponden palabras tales como tranquilidad, paz, lectura y descanso, entre tantas otras que una persona aburrida enarbola hoy en día apenado y hasta temeroso. Porque ya lo dije y lo repito, yo soy un carajo aburrido que nada sabe, que nada entiende del maravilloso concepto de diversión de muchos de mis conciudadanos.