jueves, diciembre 10, 2009

IMAGINACIÓN Y REALIDAD EN KWAIDAN




Es interesante notar que en Kwaidan de Lafcadio Hearn, escritor, aventurero y recopilador de cuentos de fantasmas y de historias extrañas del antiguo Japón, el horror de la realidad no se manifiesta de un modo directo. En «La historia de Mimi-Nashi-Hoichi», el aeda es ciego, y ciego se enfrenta al mundo espectral sin saberlo. Los fantasmas están a su alrededor, le hablan, son una corte humana. Afuera vive el horror, pero él no lo sabe. Podríamos recordar acá un momento supremo de la literatura y del cine: las imágenes y los diálogos de Jack Torrance en el bar y los salones del Overlook en El resplandor. Torrance también estaba ciego, no veía a los fantasmas. La realidad, la monstruosa realidad, se transformaba en función del engaño. La locura, el mal, lo sobrenatural se transmutan y juegan a lo real; son pacientes, son artificiosos, nos seducen y nos lanzan por los caminos de la imaginación y del delirio. Al hablar de artificio, imaginación y transformación de la realidad, también estamos hablando de arte, de escritura. La literatura, como los muertos de Hearn, juega al engaño. El arte es engaño.

Para el relato popular, el horror no está en la descripción de los muertos. La oralidad muy pocas veces se detiene en la descripción como un dispensador o certificador de realidades. La oralidad tiene piernas fuertes y le gusta caminar. Los relatos de Hearn, inspirados en lo popular, no se detienen en descripciones; sus catálisis son de otro tipo. El momento final se retarda, pero a base de otros momentos, de repeticiones de los mismos instantes o de instantes similares, de diálogos incluso. Pero la descripción es mínima. Si ponemos los fantasmas afuera, en el papel, pues ellos permanecerán afuera. En cambio, si los presentamos, si nada más los narramos (los dejamos actuar), estos fantasmas tomarán «forma» en tu mente. Los cuentos veloces de Hearn no son Hollywood, no necesitan mostrarse con efectos especiales y demás.

Es de notar que en el cuento del aeda Hoichi, éste es cubierto de palabras mágicas, de letras, de grafías, representaciones del arte del lenguaje, de la imaginación, de la literatura. De este modo, las formas del terror no se manifiestan ante el poeta, y éste tampoco puede verlas, pero sí sentirlas. La palabra adecuada, el «encantamiento» no permite que el terror tome formas. exteriores. No obstante, el terror está allí, convertido en voces, en sonidos; está sugerido. Recordemos a David Lynch, por ejemplo, quien ha utilizado el sonido como una de sus marcas distintivas: la banda sonora de Lynch causa terror. Esos sonidos que traducen horrores, nunca encuentran formas absolutas o concretas en nuestra mente; es decir, el terror acá es igualmente ciego.

En el relato «Jikininki» el demonio se manifiesta ante los ojos del sacerdote Muso Kokushi como una sombra que devora a un cadáver. Una sombra "vaga y vasta". Cuando Muso, más adelante, se encuentra una vez más con el demonio Jikininki, éste tiene la forma de un viejo eremita. En «Mujina», el fantasma causa terror mostrando su cabeza sin rostro, sin facciones, totalmente lisa, vacía. Hacia el final de relato, cuando ya toda esperanza está perdida, cuando ya el personaje está a punto de sufrir lo indecible, la luz de la lintera se apaga. Allí se termina el cuento, pero también allí comienza el horror en nuestras mentes.

El terror en estos relatos de Hearn no tiene ojos hacia afuera; pero imagina, y su poder está en esa su capacidad para imaginar y hacer imaginar al lector. El cine mediocre y la literatura mediocre no nos dejan imaginar. No les gusta la imaginación, quieren ser más reales que la realidad. Este mundo, últimamente, está enfermo de realidad, y por ello, quizás deberíamos leer este libro de Hearn para aprender un poco más de la imaginación literaria, de las leyendas populares, de la fantasía que el legado de la humanidad guarda, y así alejarnos un poco de esa «realidad» escrita que tanto insiste en ser real, que tanto insiste en ser «verosímil» a toda costa.

lunes, diciembre 07, 2009

LAS PERIPECIAS INÉDITAS DE TEOFILUS JONES

Por Violeta Rojo




Como la memoria es algo tan raro, cada vez que leo o escucho el nombre de Fedosy Santaella recuerdo dos textos. Uno fue el primer poema que mi papá me enseñó a mis escasos seis años y dice en unos de sus versos:

Me agrada un cementerio/de muertos bien relleno,/manando sangre y cieno/que impida el respirar,/y allí un sepulturero/de tétrica mirada/con mano despiadada / los cráneos machacar.

A esa temprana edad aprendí que varios términos que entonces no conocía: el horror, el terror, lo fantástico y la literatura podían estar estrechamente vinculados. Como se imaginarán, uno de los pocos autores nacionales con los que puedo saciar mis ansias de muerte, sangre, maldad, violencia, fantasmas, zombies y demás entretenidos temas es Fedosy Santaella.

Las peripecias inéditas de Teofilus Jones es un libro complejo, en cuya anécdota se funden el humor con ecos lejanos de Kafka y Saramago. Posiblemente parte de la diversión se encuentre en la mezcla de varios géneros deliciosos: es una novela distópica, es también una novela policial, es una novela apocalíptica y además, su protagonista es un gato. Lo único que faltaba para colmar mi felicidad es que apareciera un vampiro y creo que está allí y no demasiado escondido.

En esta novela tan des-generada se muestra una ciudad desordenadísima y sucia, en un futuro improbable en el que la planta insolente de los militares ha hollado el territorio patrio, se vive en medio de la escasez total de agua y electricidad, los procesos burocráticos han llegado a extremos ridículos, el desabastecimiento es terrible y el gobernante mayor padece de varios graves defectos: es teniente, además es un loquito iluminado que disfruta hablando durante horas, sus seguidores lo veneran de manera religiosa y está rodeado de imbéciles e incapaces y también de imbéciles incapaces.

Sin embargo, no vayan a pensar que Fedosy cometió el pecado de la alegoría, de la novela en fáciles claves, o que se pueden hacer equivalencias simples con lo que nos rodea. Lo que el autor hace uniendo de manera particularmente lograda la gracia y la angustia es hacer el retrato de un país en el que el bochinche bochinche es tal que se instauran simultáneamente el caos y la represión, nada responde a las lógicas leyes naturales y no naturales, todo es una locura o un absurdo o ambos, los funcionarios están dedicados a volver la existencia lo más difícil posible, la gente no piensa sino repite lugares comunes, aparecen iluminatti, los ciudadanos no saben ya que hacer porque han llegado a ese punto dantesco de abandonar toda esperanza y se debaten entre tratar desordenadamente de hacer algo para salir de la situación que viven o tirarse al estricote e intentar sobrevivir al horror; pero al final sucumben al Schadenfreude, la alegría por la miseria ajena, convertida así en el entretenimiento fundamental de la población.

Lo curioso del caso es que uno va leyendo las peripecias de Teófilus y disfruta, se ríe, pero también, se los aviso desde ya, pueden hiperventilar, angustiarse y llorar un poquito de acuerdo a las sensibilidades de cada cual. Porque en esta novela tan ficcional, tan llena de personajes increíbles hay algo más aterrador que el simple juego de la comparación entre realidad y ficción, y es cierto arquetípico, mitologémico componente que hace que el lector piense: esto muy divertido, muy ingenioso, muy cómico, pero aquí podríamos llegar y quizás aquí estamos.

Es esta vinculación compleja con la realidad la que hace que, cada vez que oigo o leo el nombre de Fedosy Santaella, salte a mi memoria, aparte del regusto de Espronceda por lo horrísono, un cuento brevísimo de Orlando Romano, llamado Arte y vida y que dice:

En un bar se me acercó uno de mis lectores. Comentó que un relato mío -el de seis bebés decapitados por su madre- lo tenía preocupado; quería saber si se trataba de un hecho real. "Naturalmente", le respondí. "Gracias al cielo", suspiró aliviado. Y agregó: Sería espantoso que la mente humana fuera capaz de inventar algo tan abominable".

Así mismo pasa con Teofilus Jones, Santaella fue capaz de inventar unos personajes espantosos haciendo cosas abominables en un país sumido en el horror, todo tan espantoso, abominable, horroroso, pero también tan cotidiano, tierno y risible como lo que nos rodea. Como bien sabemos, se sufre pero se goza.