jueves, diciembre 17, 2009

Breve

(Asaltacorazones de Pablo Gallo)



Él dijo tan bien,
ella dijo tan poco.

jueves, diciembre 10, 2009

IMAGINACIÓN Y REALIDAD EN KWAIDAN




Es interesante notar que en Kwaidan de Lafcadio Hearn, escritor, aventurero y recopilador de cuentos de fantasmas y de historias extrañas del antiguo Japón, el horror de la realidad no se manifiesta de un modo directo. En «La historia de Mimi-Nashi-Hoichi», el aeda es ciego, y ciego se enfrenta al mundo espectral sin saberlo. Los fantasmas están a su alrededor, le hablan, son una corte humana. Afuera vive el horror, pero él no lo sabe. Podríamos recordar acá un momento supremo de la literatura y del cine: las imágenes y los diálogos de Jack Torrance en el bar y los salones del Overlook en El resplandor. Torrance también estaba ciego, no veía a los fantasmas. La realidad, la monstruosa realidad, se transformaba en función del engaño. La locura, el mal, lo sobrenatural se transmutan y juegan a lo real; son pacientes, son artificiosos, nos seducen y nos lanzan por los caminos de la imaginación y del delirio. Al hablar de artificio, imaginación y transformación de la realidad, también estamos hablando de arte, de escritura. La literatura, como los muertos de Hearn, juega al engaño. El arte es engaño.

Para el relato popular, el horror no está en la descripción de los muertos. La oralidad muy pocas veces se detiene en la descripción como un dispensador o certificador de realidades. La oralidad tiene piernas fuertes y le gusta caminar. Los relatos de Hearn, inspirados en lo popular, no se detienen en descripciones; sus catálisis son de otro tipo. El momento final se retarda, pero a base de otros momentos, de repeticiones de los mismos instantes o de instantes similares, de diálogos incluso. Pero la descripción es mínima. Si ponemos los fantasmas afuera, en el papel, pues ellos permanecerán afuera. En cambio, si los presentamos, si nada más los narramos (los dejamos actuar), estos fantasmas tomarán «forma» en tu mente. Los cuentos veloces de Hearn no son Hollywood, no necesitan mostrarse con efectos especiales y demás.

Es de notar que en el cuento del aeda Hoichi, éste es cubierto de palabras mágicas, de letras, de grafías, representaciones del arte del lenguaje, de la imaginación, de la literatura. De este modo, las formas del terror no se manifiestan ante el poeta, y éste tampoco puede verlas, pero sí sentirlas. La palabra adecuada, el «encantamiento» no permite que el terror tome formas. exteriores. No obstante, el terror está allí, convertido en voces, en sonidos; está sugerido. Recordemos a David Lynch, por ejemplo, quien ha utilizado el sonido como una de sus marcas distintivas: la banda sonora de Lynch causa terror. Esos sonidos que traducen horrores, nunca encuentran formas absolutas o concretas en nuestra mente; es decir, el terror acá es igualmente ciego.

En el relato «Jikininki» el demonio se manifiesta ante los ojos del sacerdote Muso Kokushi como una sombra que devora a un cadáver. Una sombra "vaga y vasta". Cuando Muso, más adelante, se encuentra una vez más con el demonio Jikininki, éste tiene la forma de un viejo eremita. En «Mujina», el fantasma causa terror mostrando su cabeza sin rostro, sin facciones, totalmente lisa, vacía. Hacia el final de relato, cuando ya toda esperanza está perdida, cuando ya el personaje está a punto de sufrir lo indecible, la luz de la lintera se apaga. Allí se termina el cuento, pero también allí comienza el horror en nuestras mentes.

El terror en estos relatos de Hearn no tiene ojos hacia afuera; pero imagina, y su poder está en esa su capacidad para imaginar y hacer imaginar al lector. El cine mediocre y la literatura mediocre no nos dejan imaginar. No les gusta la imaginación, quieren ser más reales que la realidad. Este mundo, últimamente, está enfermo de realidad, y por ello, quizás deberíamos leer este libro de Hearn para aprender un poco más de la imaginación literaria, de las leyendas populares, de la fantasía que el legado de la humanidad guarda, y así alejarnos un poco de esa «realidad» escrita que tanto insiste en ser real, que tanto insiste en ser «verosímil» a toda costa.

lunes, diciembre 07, 2009

LAS PERIPECIAS INÉDITAS DE TEOFILUS JONES

Por Violeta Rojo




Como la memoria es algo tan raro, cada vez que leo o escucho el nombre de Fedosy Santaella recuerdo dos textos. Uno fue el primer poema que mi papá me enseñó a mis escasos seis años y dice en unos de sus versos:

Me agrada un cementerio/de muertos bien relleno,/manando sangre y cieno/que impida el respirar,/y allí un sepulturero/de tétrica mirada/con mano despiadada / los cráneos machacar.

A esa temprana edad aprendí que varios términos que entonces no conocía: el horror, el terror, lo fantástico y la literatura podían estar estrechamente vinculados. Como se imaginarán, uno de los pocos autores nacionales con los que puedo saciar mis ansias de muerte, sangre, maldad, violencia, fantasmas, zombies y demás entretenidos temas es Fedosy Santaella.

Las peripecias inéditas de Teofilus Jones es un libro complejo, en cuya anécdota se funden el humor con ecos lejanos de Kafka y Saramago. Posiblemente parte de la diversión se encuentre en la mezcla de varios géneros deliciosos: es una novela distópica, es también una novela policial, es una novela apocalíptica y además, su protagonista es un gato. Lo único que faltaba para colmar mi felicidad es que apareciera un vampiro y creo que está allí y no demasiado escondido.

En esta novela tan des-generada se muestra una ciudad desordenadísima y sucia, en un futuro improbable en el que la planta insolente de los militares ha hollado el territorio patrio, se vive en medio de la escasez total de agua y electricidad, los procesos burocráticos han llegado a extremos ridículos, el desabastecimiento es terrible y el gobernante mayor padece de varios graves defectos: es teniente, además es un loquito iluminado que disfruta hablando durante horas, sus seguidores lo veneran de manera religiosa y está rodeado de imbéciles e incapaces y también de imbéciles incapaces.

Sin embargo, no vayan a pensar que Fedosy cometió el pecado de la alegoría, de la novela en fáciles claves, o que se pueden hacer equivalencias simples con lo que nos rodea. Lo que el autor hace uniendo de manera particularmente lograda la gracia y la angustia es hacer el retrato de un país en el que el bochinche bochinche es tal que se instauran simultáneamente el caos y la represión, nada responde a las lógicas leyes naturales y no naturales, todo es una locura o un absurdo o ambos, los funcionarios están dedicados a volver la existencia lo más difícil posible, la gente no piensa sino repite lugares comunes, aparecen iluminatti, los ciudadanos no saben ya que hacer porque han llegado a ese punto dantesco de abandonar toda esperanza y se debaten entre tratar desordenadamente de hacer algo para salir de la situación que viven o tirarse al estricote e intentar sobrevivir al horror; pero al final sucumben al Schadenfreude, la alegría por la miseria ajena, convertida así en el entretenimiento fundamental de la población.

Lo curioso del caso es que uno va leyendo las peripecias de Teófilus y disfruta, se ríe, pero también, se los aviso desde ya, pueden hiperventilar, angustiarse y llorar un poquito de acuerdo a las sensibilidades de cada cual. Porque en esta novela tan ficcional, tan llena de personajes increíbles hay algo más aterrador que el simple juego de la comparación entre realidad y ficción, y es cierto arquetípico, mitologémico componente que hace que el lector piense: esto muy divertido, muy ingenioso, muy cómico, pero aquí podríamos llegar y quizás aquí estamos.

Es esta vinculación compleja con la realidad la que hace que, cada vez que oigo o leo el nombre de Fedosy Santaella, salte a mi memoria, aparte del regusto de Espronceda por lo horrísono, un cuento brevísimo de Orlando Romano, llamado Arte y vida y que dice:

En un bar se me acercó uno de mis lectores. Comentó que un relato mío -el de seis bebés decapitados por su madre- lo tenía preocupado; quería saber si se trataba de un hecho real. "Naturalmente", le respondí. "Gracias al cielo", suspiró aliviado. Y agregó: Sería espantoso que la mente humana fuera capaz de inventar algo tan abominable".

Así mismo pasa con Teofilus Jones, Santaella fue capaz de inventar unos personajes espantosos haciendo cosas abominables en un país sumido en el horror, todo tan espantoso, abominable, horroroso, pero también tan cotidiano, tierno y risible como lo que nos rodea. Como bien sabemos, se sufre pero se goza.

viernes, diciembre 04, 2009

DE PLAYAS, FIESTAS Y MANGOS (REFLEXIONES SOBRE IDENTIDAD Y LIBERTAD EN LA ESCRITURA)




Una mano. Imagina una mano. Una mano que se mueve hacia delante, hacia atrás, hacia los lados. Una mano que encuentra, que siempre agarra, que siempre tiene un asidero: la maleta inmensa y proteica de la globalización. No vamos a discutir acá si este concepto (la globalización) es bueno o malo. No necesitamos eso por los momentos. No pretendo rasgarme las vestiduras. La globalización está allí, así como estás tú, así como estoy yo. Somos cuerpos presentes, y somos también inexorables. La globalización es. Lo globalización está. La globalización nos lleva inevitablemente a hablar de identidad y de libertad. Hay quien siente que la globalización mata identidades y esclaviza los espíritus bajo una sola visión, bajo una sola mirada «transnacional.». Bien por ellos, son inteligentes, yo no. Pero hablemos de literatura, que hacia allá es hacia donde pretendo ir.

Hace poco conversaba con una amiga poeta de Jamaica, ella me comentaba que en su poesía no hablaba de mangos ni de playas ni nada de eso. Que quien buscara en ella rastros característicos de la poesía jamaiquina no los iba a encontrar. Y es así: los tiempos del Realismo Mágico pasaron. Aunque en realidad el Realismo Mágico siempre ha estado muy bien donde está, y lo felicito. A mí me gusta, debo decir. Pero pretender, hoy en día, rasgos característicos de la identidad nacional en la literatura de un país se me antoja una labor a destiempo, y hasta esnobista. Los reduccionismos son peligrosos. Los reduccionismos nos llevan al cliché, y el cliché definitivamente no es arte. No me canso de decirlo: el arte (y la literatura es arte) es la lucha constante contra el lugar común, contra el mal gusto del lugar común. No hay arte en el lugar común. Pero tampoco debemos temerle al mango ni a la playa ni a la fiesta de rigor; lo que sí es abominable es la simplificación superficial. Si el mango aparece en mi escritura, está bien, porque en mi país hay mangos y porque la historia que estoy escribiendo así lo requiere, pero no porque yo piense que eso define a mi país. Así de simple.

Las literaturas nacionales no existen, y en estos tiempos menos. Pero no porque estén perdiendo su identidad, sino porque no están jugando al juego de los lugares comunes que nos harán vender más libros en otras partes del mundo. Las literaturas nacionales de Latinoamérica, por ejemplo, se han ido liberando del esclavismo de las etiquetas en una búsqueda de identidades más propia, más íntima, más verdadera. La mano de la que hablábamos al principio puede alcanzar una gran cantidad de mundos a través de la televisión, de Internet y del cine; ya nada pareciera pertenecer a nadie, ya nada es extraño, ni absolutamente impreciso. En Venezuela podemos escribir una novela relacionada con la Alemania Nazi y en Jamaica un poema donde una arepa venezolana se enamore de un pollo al mole mexicano. Franz Kafka, en la novela inconclusa que Max Brod llamó Amerika, nos presenta una estatua de la Libertad que porta una espada. Quizás esta imprecisión sea una de las tantos destellos del frecuente humor en Kafka, pero lo que sí es cierto es que él nunca estuvo en los Estados Unidos. Hoy en día, y una vez más, a menos que sea ex profeso, un error como éste es impensable. Sólo tienes que acudir a las imágenes de Google para saber lo que realmente porta la estatua de Bartholdi.

Así, me resulta absurdo creer que la identidad dependa de una mata de mango o de una playa caribeña. La identidad se encuentra en nuestra libertad, en nuestra responsabilidad y sobre todo en nuestra seriedad para manejar todos los elementos que tenemos a nuestro alcance. Gabriel García Márquez consiguió su identidad como escritor usando con toda libertad las viejas historias de su región, pero al mismo tiempo, serio y responsable, les dio un espesor intelectual y creativo que las convirtió en obras de arte. Isabel Allende, en cambio, sin mayor interés en la búsqueda de la identidad artística, ha llevado a los Estados Unidos copias baratas de la literatura de García Márquez. Algo similar ocurrió con Junot Díaz, que se ganó el Pulitzer con una versión fácil, más digerible de la Fiesta del Chivo de Vargas Llosa, unida a otros elementos garcíamarquianos.

La búsqueda de la identidad creativa se encuentra también en la honestidad. En mi caso, debo decir que en mi cabeza no hay solamente literatura. Quizás, incluso, lo que menos tengo en ella es literatura. En mi cabeza hay cine (mucho cine americano), televisión y comerciales de televisión. Hay música y también mucho cómic. Me gusta Batman y me gusta John Constantine; es más, me atrevo a decir que si en Venezuela hubiera industria del cómic, yo estuviera escribiendo novelas gráficas y no literatura. Pero como escribo, y soy libre de hacerlo, pues no me privo de usar todo lo que llevo en mi cabeza. ¿O debo acaso obviar todo sólo porque estoy escribiendo «literatura»? Y por favor, ¿puede alguien decirme qué es «LA literatura»? Pasa que muchos escritores quieren ser «serios», elevados, profundos en su muy «serio» esnobismo. Hay, no me cabe duda, mucho de cliché de la imagen del escritor en esta pretendida seriedad. El cliché del escritor es peligroso. Para algunos, se trata de un tipo loco, fuera de la norma social, desaliñado, bebedor o drogadicto que detesta a la sociedad. Para otros, es un hombre con una barba poderosa de pensamientos profundos que vive atormentado por los males del mundo; un filósofo amargo digamos. En realidad, para mí, un escritor no es nada de esto. El escritor es aquel que se sienta a escribir todos los días, con disciplina, talento, honestidad y seriedad.

Los escritores deben luchar contra el cliché. Porque el cliché es lo peor que le puede pasar al arte. Aun así, y paradójicamente, al huir de algunos clichés más o menos generalizados, vamos y caemos en otros más o menos exquisitos. Porque hay clichés de clichés. Es decir, algunos son menos reconocibles, pero todos son clichés al fin y al cabo. La lucha del escritor, del artista, es tratar de salirse de todos ellos. Es difícil, muy difícil encontrar tu propia identidad, pero yo pienso que la mejor manera de empezar es siendo honesto con uno mismo.

Cuando desde el gobierno de tu país te dicen que existen libros «capitalistas», y te dificultan la entrada de los libros que quieres leer, y te dicen que pronto se crearán grupos de lectura de libros «socialistas» y que leer individualmente será un pecado capital; cuando ciertos grupos culturales pretenden decirte que esto o aquello es literatura y promocionan descaradamente a sus protegidos; cuando todas estas cosas horrendas pasan, el escritor debe alzar la frente y hacer uso de una de las palabras más guerreras del mundo: la libertad. ¿O es que queremos ser igual a todos, y escribir todos sobre lo mismo y del mismo modo? ¿Tanta es nuestra necesidad de pertenecer al rebaño? Cuando alguien me dice que quiero ser comercial porque mi estilo es cinematográfico, yo no sé qué decir. En verdad no tengo otra manera de escribir. Yo simplemente soy honesto conmigo, y por este camino voy transitando. Yo simplemente hago uso de mi libertad creativa a la búsqueda de mi identidad, de mi estilo literario. Allá aquellos que se privan de ser quiénes realmente son para no ser etiquetados de comerciales pero sí aceptados por los gurús literarios de turno. ¿No es esto absurdo? ¿No hay algo raro allí?

Yo sólo sé que mi mano no encuentra rejas ni paredes en su camino. Yo sólo sé que mi mano se lleva a la boca otras comidas: falafel, tacos, hamburguesas, alitas de pollo, sobrebarrigas, arepas, bifes de lomito y jambalayas. Y no lo olvidemos, de postre, podríamos tener algún mango. Cuánto extraño un día de playa en la isla de Margarita. Aunque para serles sincero, yo jamás he comido mango en la playa.

Muchas gracias, y nos vemos en la fiesta.

jueves, diciembre 03, 2009