sábado, agosto 08, 2009

Eleazar



Eleazar fue uno de los primeros que creyó en mí. Lo conocí en la Central, fui su alumno de taller de narrativa. Yo iba poco a sus clases, no por él, sino porque en ese entonces yo no hacía más que beber. Él me dijo al final: «Te puse 16, hubieras podido salir mejor, pero nunca ibas». Luego empezamos a salir. Anduvimos por el O Gran Sole. Allí, una vez, recitó de memoria un poema de Fayad Jamis que hablaba del sombrero de un hombre en París, ¿o de un ahorcado en un café? Sí, se trataba de «El ahorcado del café Bonaparte». Fue la primera vez que escuché a un poeta recitar a otro poeta. Eleazar tenía una memoria poética excepcional, seductora, y además era igualito a Omar Sharif, pero de baja estatura. Su voz, su voz era la que debía tener un poeta. Profunda, con ribetes de bosque y de riachuelos. Voz de místico sereno y de loco iluminado. También estuvimos por Tío Pepe, y por el Triana Tropical. Terminábamos en la madrugada en una arepera de El Rosal, tomando hervidos de carne.

Eleazar era un caballero andante. Tuvo de sobra enemigos. Fue un radical en su lucha contra los ignorantes cosmopolitas, que sobran y que ahora le rinden homenajes. Eleazar sabía que existían otras partes. Había estado en ellas, había visto y vivido de verdad el mundo, e incluso el Universo. Y eso estaba en él, fresquísimo en cada encuentro. Sentado allí, a la mesa, sentías como si hubiera llegado el día anterior de París, o de Marte, y estuviera hoy tomando contigo en el Tío Pepe.

Fue mi tutor de tesis creativa. Leyó mis cuentos, los conversamos en las mesas de la universidad, me sugirió cambios, y no insistió mucho en la introducción. Esto traería consecuencias a la hora de la presentación de la tesis. Pero él me defendió con gallardía y le dijo a un jurado necio algo así como: «Pero si lo que importa es la creación, no la teoría».

Eleazar luchaba contra el mal con elegancia, con pasión en la mirada, y con poemas excepcionales. Yo los leí y los volví a leer y los sigo leyendo, extasiado, asombrado y admirado de haber tenido la suerte de compartir terrenidades con un inmortal.

Eleazar es uno de nuestros más grandes poetas. Pero tenía una guerra en la lengua, y eso, a los que creen que todo en la vida es bonito, no les gusta; y eso, a los que creen que tienen agarrado a Dios por los cachos y al diablo por la barba, nos les gusta. Pretendían dejarlo a un lado, pero su poesía es más fuerte que ellos, y que él mismo incluso. Así era Eleazar, una caballería andante de poesía y temperamento que atropellaba. Saludos, maestro, saludos, y gracias por creer en mí.


Grandes movimientos

Alguien llega del olvido y encuentra la claridad.
Alguien deja la claridad y encuentra la sombra.
Ir y venir, alguien encuentra algo y luego lo arroja.
Luego lo busca y se redime, y luego lo pierde.
Alguien parte y solloza, alguien arriba a cualquier parte.
Luego regresa o no regresa, luego encuentra un lugar.
Alguien descubre al viento siguiéndole los pasos.
Se sorprende, de golpe, en los brazos del viento.
Alguien cae y se yergue, atado a un torbellino.
Alguien recuerda el mar y se moja y navega.
Alguien busca en la tierra la premura del agua.
Allí olvida la sombra y halla la claridad.
La claridad lo arroja y lo busca la sombra.
Alguien ve a mediodía lo que ve a medianoche
y sabe que ha llegado a ninguna parte.
Alguien palpa una piedra y descubre una historia.
En ella sufre alguien y sueña el fuego.
Una llama se anima y la historia se incendia.
Luego aparece el frío y asciende en las fogatas
para que alguna vez vuelva a comenzar.
Alguien hunde las manos en grandes movimientos
y fluye y amanece y estalla en ríos, noches.
Olvido y claridad, viajes y sombras
soplan en su destino.

Eleazar León.