miércoles, abril 29, 2009

Rabbits en casa



Hoy en la mañana compré Rabbits de David Lynch en la UCV. Como a las 5, ya despejado de trabajo y de lecturas, me dispuse a verla. Mi niño y su nana habían bajado al parquecito. Así que me tiré en la cama y le di al play.

Apenas empecé a ver aquello, no pude más que pensar que uno, como escritor, como creador, está en pañales. Lynch, experto en linchar egos, siempre va más allá. Es un maestro del ir más allá. Aquellos tres conejos (uno macho, dos hembras) con cuerpos humanos —o esos humanos con cabezas de conejos—, la sala de una casa lúgubre, claroscura; los diálogos inconexos que nos recuerdan La cantante calva y lo mejor del teatro del absurdo; los sonidos oscuros de Baladamenti; las recitaciones de palabras oscuras…

Sirena lejana.
Una manta vieja y caliente.
Un perro... se arrastra.
Algo va mal.
Algo va mal.
El perro se arrastra.
Luces apagadas.
Un viento.
Oscuridad.
Dientes que sonríen.
Una lengua hinchada…

…las falsas risas, precisamente de comedia.

Un sitcom que no es sitcom.
Una parodia surrealista del sitcom.
Un sitcom Lynch.

Yo no sé qué «mensajes» profundos subyacen en esta pieza. Sólo sé que yo estaba ahí acostado, y sobre mi boca cerrada, apretada, se dibujaba el holograma de una boca abierta, muy abierta y asombrada.

Lynch una vez más me dejaba en la lona… pero en la lona de la Medusa, porque yo estaba absolutamente petrificado. Todo en Rabbits está pensado de manera tal que el terror se apodere de ti. Un terror metafísico, un terror ancestral. Viendo Rabbits sentí que el maestro Lynch estaba metiendo sus dedos en mi cabeza y que amasaba mis sesos. Es una sensación extraña. Demasiado extraña. Es como si Lynch estuviera transmitiéndole mensajes a una parte de tu mente que tú desconoces. Como si estuviera haciéndote daño. Porque es así: Rabbits hace daño. Por dos razones ya dichas: porque sientes que el director está dándote una lección creativa demasiado poderosa, y porque sientes, además, que está torciéndote el cerebro con su genio delirante.

En una de esas, escuché a mi niño y a su nana en la puerta. Sentí la imperiosa necesidad de parar el filme. Una parte de mí me lo pedía a gritos, por mi propio bien (creo que lo hubiera parado igual aunque ellos no hubieran llegado). Por otro lado, no quería que mi niño viera esas imágenes (atención: no ocurre gran cosa en la cinta: son tres conejos humanos en una sala, y nada más), casi como si se tratara de aquel VHS letal de Ringu. Sí, porque también pensé en eso: que estaba viendo una cinta prohibida, unas imágenes que nunca debieron ser reveladas, que me ensuciaban una parte del alma para siempre. Así que paré Rabbits, y esperé a que mi niño apareciera en el cuarto. Como siempre, entró. Me dijo hola, papi, te quiero, y yo volteé y lo vi y era mi hijo, claro que lo era. El cuerpo de mi hijo, la voz de mi hijo y la cara de un conejo. Ahí mismo entró la nana. Era ella, era su cuerpo, pero su cara también era de conejo. Me senté sobre la cama y los saludé con un simple ¿qué hubo? Ellos no me respondieron y salieron del cuarto. Yo abrí la ventana del cuarto. Entraron los aplausos y un montón de conejos con alas de cucarachas.

domingo, abril 12, 2009

Bajo tierra de Gustavo Valle, o el triunfo de la imaginación






Sorprende, sorprende y al mismo tiempo agrada que un libro como Bajo tierra de Gustavo Valle haya sido premiado por el jurado de la III Bienal de Novela Adriano González León. Se abre así otro espacio a una forma de escritura que no necesariamente toma los caminos de moda para contar la realidad. Con esta novela se confirma que lo fantástico, lo extraño o lo maravilloso también tienen cabida dentro de la literatura venezolana. Bajo tierra es una demostración más de que la literatura es, sobre todo, imaginación, y no una simple crónica periodística o histórica disfrazada de ficción. La novela de Valle resulta una elaboración simbólica de la realidad desde un lenguaje sencillo y directo, donde la épica, el ritmo cinematográfico y la temática social giran en torno a lo imaginativo, creando así imágenes fascinantes, metáforas surrealistas y bombas mentales poderosas. En Bajo tierra nos encontramos con una Caracas subterránea, llena de cavernas y de túneles donde repta el caos de la alimaña y la fauna abyecta de lo humano, o de lo cuasi-humano. Me resulta una maravillosa expresión de ese predominio de lo imaginativo propuesto por Valle, aquellos lectores de cartas del subsuelo que no saben leer, pero que “leen” cada carta según el trazado de las letras, semiótica esplendente de lo poético. Pero no nos equivoquemos, lo imaginativo no se traduce en evasión. En Bajo tierra se encuentra retratada la realidad venezolana. Está en la búsqueda del padre (parece haber una constante allí que los sicólogos podrían explicarnos), está en el deslave de Vargas, en el drama de los indígenas que han perdido su identidad, en la ambición miserable de los que trafican seres humanos y en la locura de un país en crisis. Sí, está en todo esto, pero no en primer plano, ni en un segundo, sino como parte de un todo, en un equilibrio del deber ser.

En ocasiones, he sentido que los escritores y los lectores (incluyendo jurados) venezolanos hemos olvidado que la literatura hace ya siglos se separó de su función didáctica, social, política o filosófica; por eso digo una vez más, que sorprende y agrada que un jurado sin prejuicios haya premiado una novela que privilegia la imaginación, lo extraño o lo fantástico (si queremos aferrarnos precariamente a las clasificaciones de Propp). Un jurado amante de la literatura, por fin abre un espacio dentro del panorama actual y acepta como válida la propuesta imaginativa —delirante incluso— de este autor.

Gustavo Valle escribió desde sus gustos y desde sus lecturas personalísimas. Escribió con anécdota, con imaginación, misterio y poesía. Su escritura es sincera. ¿Y la realidad? Sí, la realidad también está allí, ya lo dijimos, pero contada de otra manera, de la mejor manera; es decir, desde la literatura, y como literatura.