miércoles, febrero 18, 2009

Sembrar el petróleo



Arturo Uslar Pietri

Cuando se considera con algún detenimiento el panorama económico y financiero de Venezuela se hace angustiosa la noción de la gran parte de economía destructiva que hay en la producción de nuestra riqueza, es decir, de aquella que consume sin preocuparse de mantener ni de reconstituir las cantidades existentes de materia y energía. En otras palabras la economía destructiva es aquella que sacrifica el futuro al presente, la que llevando las cosas a los términos del fabulista se asemeja a la cigarra y no a la hormiga.

En efecto, en un presupuesto de efectivos ingresos rentísticos de 180 millones, las minas figuran con 58 millones, o sea casi la tercera parte del ingreso total, sin numerosas formas hacer estimación de otras numerosas formas indirectas e importantes de contribución que pueden imputarse igualmente a las minas. La riqueza pública venezolana reposa en la actualidad, en más de un tercio, sobre el aprovechamiento destructor de los yacimientos del subsuelo, cuya vida no es solamente limitada por razones naturales, sino cuya productividad depende por entero de factores y voluntades ajenos a la economía nacional. Esta gran proporción de riqueza de origen destructivo crecerá sin duda alguna el día en que los impuestos mineros se hagan más justos y remunerativos, hasta acercarse al sueño suicida de algunos ingenuos que ven como el ideal de la hacienda venezolana llegar a pagar la totalidad del Presupuesto con la sola renta de minas, lo que habría de traducir más simplemente así: llegar a hacer de Venezuela un país improductivo y ocioso, un inmenso parásito del petróleo, nadando en una abundancia momentánea y corruptora y abocado a una catástrofe inminente e inevitable.

Pero no sólo llega a esta grave proporción el carácter destructivo de nuestra economía, sino que va aún más lejos alcanzando magnitud trágica. La riqueza del suelo entre nosotros no sólo no aumenta, sino tiende a desaparecer. Nuestra producción agrícola decae en cantidad y calidad de modo alarmante. Nuestros escasos frutos de exportación se han visto arrebatar el sitio en los mercados internacionales por competidores más activos y hábiles. Nuestra ganadería degenera y empobrece con las epizootias, la garrapata y la falta de cruce adecuado. Se esterilizan las tierras sin abonos, se cultiva con los métodos más anticuados, se destruyen bosques enormes sin replantarlos para ser convertidos en leña y carbón vegetal. De un libro recién publicado tomamos este dato ejemplar: «En la región del Cuyuní trabajaban más o menos tres mil hombres que tumbaban por término medio nueve mil árboles por día, que totalizaban en el mes 270 mil, y en los siete meses, inclusive los Nortes, un millón ochocientos noventa mil árboles. Multiplicando esta última suma por el número de años que se trabajó el balatá, se obtendrá una cantidad exorbitante de árboles derribados y se formará una idea de lo lejos que está el purguo». Estas frases son el brutal epitafio del balatá, que, bajo otros procedimientos, hubiera podido ser una de las mayores riquezas venezolanas.

La lección de este cuadro amenazador es simple: urge crear sólidamente en Venezuela una economía reproductiva y progresiva. Urge aprovechar la riqueza transitoria de la actual economía destructiva para crear las bases sanas y amplias y coordinadas de esa futura economía progresiva que será nuestra verdadera acta de independencia. Es menester sacar la mayor renta de las minas para invertirla totalmente en ayudas, facilidades y estímulos a la agricultura, la cría y las industrias nacionales. Que en lugar de ser el petróleo una maldición que haya de convertirnos en un pueblo parásito e inútil, sea la afortunada coyuntura que permita con su súbita riqueza acelerar y fortificar la evolución productora del pueblo venezolano en condiciones excepcionales.

La parte que en nuestros presupuestos actuales se dedica a este verdadero fomento y creación de riquezas es todavía pequeña y acaso no pase de la séptima parte del monto total de los gastos. Es necesario que estos egresos destinados a crear y garantizar el desarrollo inicial de una economía progresiva alcance por lo menos hasta concurrencia de la renta minera.

La única política económica sabia y salvadora que debemos practicar, es la de transformar la renta minera en crédito agrícola, estimular la agricultura científica y moderna, importar sementales y pastos, repoblar los bosques, construir todas las represas y canalizaciones necesarias para regularizar la irrigación y el defectuoso régimen de las aguas, mecanizar e industrializar el campo, crear cooperativas para ciertos cultivos y pequeños propietarios para otros.

Esa sería la verdadera acción de construcción nacional, el verdadero aprovechamiento de la riqueza patria y tal debe ser el empeño de todos los venezolanos conscientes.

Si hubiéramos de proponer una divisa para nuestra política económica lanzaríamos la siguiente, que nos parece resumir dramáticamente esa necesidad de invertir la riqueza producida por el sistema destructivo de la mina, en crear riqueza agrícola, reproductiva y progresiva: sembrar el petróleo.


(Publicado el martes 14 de julio de 1936 en el diario Ahora).

sábado, febrero 14, 2009

Franelas diseño Joaquín Santaella



Franela "Barquitos"




Franela "Wall-e"




Franela "Remolinos locos"

miércoles, febrero 11, 2009

EL PRE-SET DE LAS PALABRAS





Hace poco leí una entrevista que le hiciera María Luisa Páramo a Adriano González León para la revista Especulo de la Universidad Complutense. En ésta, González León habla de sus libros y de sus concepciones sobre la escritura. En cierto momento, la entrevistadora le recuerda que algunos críticos definen su literatura como formalista, y luego le pregunta si corrobora tal aseveración. Una parte de la respuesta de Adriano González León es la siguiente:

“No se trata de formalismo, es que el idioma es por sí sólo un contenido, es una anécdota y una verdad. Cada palabra cuenta y puede contar por sí sola una historia, si el lector tiene imaginación. Las palabras están llenas de emociones, de paisajes y de vidas interiores que el lector puede construir.”

Esto, si lo tomamos como un dogma supremo, puede llegar a ser una dolorosa exageración que nos llevaría a eliminar la anécdota de la literatura y sumirnos en la Edad Media del experimentalismo (paradójico, pero así es). No obstante y dejando a un lado los peligros de la respuesta, creo que el autor tiene razón. Las palabras son como chips que contienen informaciones universales y predeterminadas. Una palabra designa una cantidad de historias, de imágenes y de situaciones en nuestra mente. Incluso, si seguimos a Derrida y su concepto de différance, las palabras nunca pueden significar plenamente, y sólo se definen a través de otras palabras de las que difieren. “Mesa” se define y difiere así por contraposición y ausencia de las palabras “mesita de noche”, “comedor”, “escritorio”, etc. Es decir, las palabras están “pre-seteadas” tanto en presencia como en ausencia.

De allí que el escritor deba prestar suma atención a las palabras que pone en sus textos. El ansia por el adjetivo es peligrosa, así como la pretensión del sinónimo. Un sinónimo pretencioso es un asesino de lectores. No es lo mismo escribir “la niña yacía” que “la niña estaba acostada”. Yacer es un verbo con historia lúgubre entre nosotros. Si bien, según el diccionario de la Real Academia Española, la primera acepción de “yacer” nos refiere a una persona echada o tendida, en nuestra cultura la segunda acepción ha tomado mayor fuerza: “Dicho de un cadáver: estar en la fosa o en el sepulcro”. Así, yacer, quizás por el mismo desgaste dentro del discurso literario, se define más en nuestro contexto por la ausencia de vida. Si queremos decir que una niña está acostada, nada mejor que decir que la niña está acostada, sin más. Cabe recordar a Quiroga y el sexto precepto de su decálogo: “Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: ‘Desde el río soplaba el viento frío’, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla.”

Suele ocurrir también que el escritor novato, acostumbrado a leer sólo traducciones (como el que lee sólo novelas de fantasía o ciencia ficción), comete una cantidad de faltas notables. Se trata del escritor-traductor, es decir, que escribe como lee, lo que genera una escritura al estilo traductor español. Así, el escritor-traductor podría escribir una oración como “voy a comer con una pareja de chicos que conocí en el congreso”. De inmediato el lector, que sólo sabe que el narrador es un hombre, le adjudicará unas características a éste que el escritor-traductor no quería imprimirle. Allí, la palabra “chicos” unida a “pareja” en nuestro contexto cultural nos lleva hacia el universo de significados propios de la vida homosexual. No cabe duda, el escritor-traductor se ha buscado un problema. Él nada más quería decir que su personaje-narrador había conocido a otros dos participantes del congreso que le habían caído bien y que se iba a almorzar con ellos. Pero su escritura —su cultura— “traductora” le hizo cometer el error. Y es que ha leído tantas veces la palabra “chicos” (aplicada a personas, a hombres heterosexuales) en las traducciones, que las usa sin pensar que entre sus coterráneos la palabra “chicos” puede tener otros significados, más si lo unimos a “pareja”. “Pareja de chicos” se vuelve una frase confusa dentro de un contexto ajeno.

Así, no cabe duda de que una palabra “cuenta y puede contar por sí sola una historia”, tal como llegó decir Adriano González. Él acota, “si el lector tiene imaginación”. Esa imaginación siempre está allí. Es más, ni siquiera se trata de imaginación, se trata del “pre-set” mental que establece asunciones. Si bien el arte es una lucha constante contra los lugares comunes, también es cierto que el talento del escritor juega un rol capital dentro del juego de conformación lexical del discurso. El escritor con competencias sabe que el “pre-set” de las palabras es un campo minado, y que si una de esas minas llega a estallar sobre las páginas de su escritura se producirá un hueco gigante por donde se le escapará el lector.

martes, febrero 10, 2009

Los libros son heroicos




Un libro, cuando está vivo, yace con la portada hacia arriba. Los libros laten cuando los ves así, acostados en tu mesa de noche, acostados sobre le mostrador de una librería, donde la gente pueda verles las caras y sepan que existen. Un libro recién salido, de canto en una biblioteca de librería, ha sido condenado de antemano a la muerte y forma parte de un cementerio de libros, un museo de letras muertas. En la biblioteca de las casas donde de verdad se lee, los libros están también de pie, sí, pero en estado criogénico, a la espera del lector que los vuelva a la vida con el calor de sus manos. En las casas donde son apenas un adorno más, los libros, viejos o nuevos, están tan muertos como aquel que a poco de salir fue confinado al cementerio de los verticales. Los libros son heroicos, mueren de pie.

domingo, febrero 01, 2009

DE ROCANEGRAS Y PIEDRAS LUNARES



Por Valmore Muñoz Arteaga


Hace algunas semanas publiqué un pequeño trabajo cerca de la nueva narrativa venezolana. Hacía una muy superficial revisión del extraordinario momento que vivía la novela y el cuento venezolanos. Mencioné algunos nombres y – como suele ocurrir en estos casos – hubo omisiones imperdonables. Una de esas omisiones es la que nos reúne en este espacio. Debo dejar claro que la omisión es totalmente mi responsabilidad, en modo alguno significó un guiño a la posibilidad de restarle importancia al trabajo literario que desde hace ya varios años viene realizando Fedosy Santaella. Un joven narrador que ya cuenta con un número de publicaciones importantes, entre las cuales destacan notablemente sus dos últimas, la novela Rocanegras y el libro de relatos Piedras Lunares.

Ambos libros, desde sus muy particulares naturalezas, responden a un género narrativo que viene siendo retomado por los escritores venezolanos, la novela negra o novela policial. Rocanegras es una novela provocadora que rescata la imagen del Duque de Rocanegras, Vito Modesto Franklin, curioso personaje de la Caracas gomecista y que Santaella utiliza como pretexto para sondear en torno al crimen de Juancho Gómez acaecido en 1923. Piedras Lunares es un conjunto de relatos que desde el territorio de la novela negra, penetra exitosamente en el truculento laberinto de la condición humana.

Rocanegras mezcla con mucha inteligencia la novela negra y la novela histórica, o como la denominó Armando José Sequera “un thriller histórico”. Santaella recupera a través de esta novela a un muy curioso personaje de la Caracas de los años 20 llamado Vito Modesto Franklin, un incauto dandy que se recrea así mismo para huir de su propia realidad y que termina involucrado en los acontecimientos que significaron el asesinato de Juancho Gómez, hermano de Juan Vicente Gómez. Vito Modesto Franklin, o el Duque de Rocanegras, ayuda a desentrañar todo cuanto se esconde detrás del asesinato, atreviéndose a recrear la historia y darle a la misma unos giros totalmente inesperados. Una novela que, de alguna manera, me recordó a El Hombre de la Atlántida, esa polémica y urticante biografía novelada que Norberto José Olivar realiza de Jesús Enrique Lossada.

Piedras Lunares, un secreto homenaje a Wilkie Collins, maestro de la novela negra y que en 1868 publicó una obra considerada una joya de la literatura de policías llamada Piedra Lunar. Este libro, a diferencia de Rocanegras, es de relatos. Una colección de cuentos en los cuales Fedosy Santaella se adentra hacia el lado oscuro de la creación literaria. Ese lado oscuro en el cual quedan develados los rostros más corruptos y deformes de la condición humana. Unos relatos que son protagonizados por la sangre que emana desde diferentes dimensiones como la ironía, el humor negro, la crónica, hasta el cómic. Relatos que se apoyan de diversos elementos que van desde las truculentas historias de Poe hasta la ironía pérfida de Los Sopranos. Piedras Lunares es un homenaje a la crueldad, a la ruindad del bicho humano. Historias que tienen un punto de origen en algunas narraciones de un libro de cuentos anterior llamado Postales Sub Sole, y que me traen a la memoria muchas escenas de la película Freaks de Tod Browning, por el manejo tan frío y meticuloso de la maldad humana.

Fedosy Santaella, carabobeño de 38 años, ha escrito estos dos libros para reafirmar sus reflexiones en torno al hecho narrativo. Escribe para exorcizar la estulticia del mundo, no hay mejor manera que partir de la novela negra, para cuya realización se requiere de una inteligencia por encima del promedio. Se requiere de una sutileza quirúrgica para afrontar cada personaje y cada acción. En sus historias trata de evidenciar la ineficacia de Dios como creador al realizar al hombre, mancha finita sobre la perfección de la naturaleza. Un joven narrador que mantiene sus pies firmes en la tierra. En la medida que escribe entiende que un escritor tan sólo escribe historias y que no tiene otra obligación más que eso: escribir historias. Escribir historias que puedan divertir. Quizás por eso recurre al cine para construir sus historias, para desarrollar sus personajes o diálogos, aunque debemos volver a retomar, tratándose de Fedosy, el valor del cómic.

Fedosy Santaella es una de las nuevas figuras emergentes de la narrativa venezolana. De una calidad si discusión y que se ha visto favorecida, no sólo con la premiación en varios concursos de narrativa, sino con su aparición en importantes antologías de la narrativa venezolana como De la Urbe para el Orbe. Fedosy Santaella nos brinda en su literatura, en especial en sus dos más recientes trabajos Rocanegras y Piedras Lunares, la frescura de un discurso novedoso, pero al mismo tiempo, la espesura en donde se revuelcan las miserias humanas.