
En la imagen del loco que aúlla a la luna hay una sorprendente alteración fonética que nos hace pensar en la relación ineludible que por lo común, y dentro del lugar común, se suele establecer entre locura y poética. La similitud evidente —pero siempre oculta por la inercia de la realidad— entre las palabras “loco” y “lobo” asoma la idea de que la sustitución de una “letra” (más que letra, fonema) podría generar en el enfermo un desplazamiento radical en la constitución mental, con una consecuente asunción de nuevas significaciones y comportamientos ajenos a lo humano (la licantropía fonética). Los sistemas de representación, los signos, se disocian así del acuerdo social, y la différance del signo (ver Derrida) obedece al subjetivismo propio (Peirce en su más alucinada expresión). Una especie de “dislexia de la locura” surgiría entonces, donde el signo “lobo” para el loco se convierte en un argumento, una ley, en un fuerte relato lleno de significados transliterados que, paradójicamente, vuelven a encuadrarse dentro de los lugares comunes del contrato social: Es normal, todos sabemos, es conocido de sobra, que el loco aúlla a la luna. ¿Esto expresa quizás una necesidad del inconciente de escapar de la alienación de la locura y volver al superestrato social?
La sustitución de fonemas se debería entonces a que el loco, como el poeta, tiene la capacidad de acceder a ciertas “regiones mentales”, donde la lengua está en constante movimiento, dislocada de prejuicios, asunciones o posibilidades lógicas. Estas reflexiones llevan a pensar que el poeta trabaja desde la vigilia de la “conciencia” en los procesos mentales del loco. Un trabajo peligroso, pues consiste en aferrarse a la débil cuerda de esa vigilia, bajar a esas regiones a observar la maravillosa orgía de los significados en movimiento y regresar a la superficie para dejar testimonio de esa experiencia. Lo interesante acá es lo que refiere a la “observación”. Se observa, no se “lee”. Es decir, en esta región prevalecería la imagen, la imagen, ya se dijo, en constante movimiento. De allí que sea posible que en este lugar una “b” desplace a una “c”, cosa que ocurre en el campo de la imagen. Ese desplazamiento produce nuevas semiosis que a su vez liberan nuevas imágenes, como por ejemplo, el lobo aullando a la luna a partir de la transformación fonética del “loco” en “lobo”. ¿Podríamos hablar entonces de la posibilidad de una “imagen fonética”, más evolcionada acaso que la "imagen acústica" de Saussure?
A esta zona, donde incluso el sistema es imagen, el hombre no está acostumbrado a asistir. Incluso la propia mente ha cerrado esas puertas, por razones de conveniencia social más que evidentes. La lengua vendría a ser así un policía de la cordura, la camisa de fuerza amenazante que nos aleja de la alucinación definitiva cargada de imágenes trasmutada en una cadena de semiosis descabelladamente subjetiva. Todos los seres humanos, en esa otra región, somos orates potenciales y también delincuentes puros, pues esa otra región podría verse como la zona marginal de la favela o del barrio latinoamericano, allí donde no existe la ley sino la violencia (la violencia como movimiento constante). La locura, del algún modo, violenta —viola— la lengua dentro de esa orgía ilegal de imágenes fonéticas y no fonéticas.
A estas inconexas y alucinadas alturas, recuerdo uno de los libros más maravillosos que he leído en los últimos años, El cuaderno de Blas Coll, de Eugenio Montejo, un libro que, por su profundidad y su cercanía al genio, ha sido ignorado olímpicamente por todos aquellos que han llorado la muerte del poeta. El cuaderno de Blas Coll es, precisamente, la expresión máxima de esa desesperada búsqueda del poeta-lingüista-alucinado por crear nuevas significaciones a partir de una lengua insuficiente, específicamente el español; una lengua que, según el mismo protagonista del relato-ensayo-poema, ha sido sometida a la culpa de su disfrute por causa de los cilicios de la religión cristiana. Blas Coll entendía, por ejemplo, que las vocales no eran suficientes para determinar ciertas significaciones, que el sistema no las contemplaba y que, por el contrario, en el aire, en la naturaleza, entre los árboles (cabe recordar el poema tantas veces manoseado luego de la muerte de Montejo) pululan otras vocales que sirven para expresar esas otras significaciones que el sistema de la lengua no contempla. ¿Qué signos nuevos puedo crear? ¿Dónde los encuentro? Blas Coll-Montejo piensa que en la percepción contemplativa (¿meditada?) de la naturaleza. No obstante, más allá de la percepción superficial y primaria, existe la confrontación siguiente. Una nueva necesidad de significar algo intangible para la lengua se enfrenta a ella en la conciencia, y allí, en esa lucha, se traspasa la pared y se llega al fondo, a esa “región” de los desplazamientos, de las masas tectónicas de la lengua. La poesía sería entonces, un constante terremoto. La locura sería entonces, un constante terremoto. El poeta sería entonces, la víctima de los temblores de la lengua ante las transmutaciones de los significados.
Termino con esta reflexión de Blas Coll Montejo: “Prosa es toda representación de conceptos; poesía, en cambio, es imagen pura, acecho de la palabra desde la zona de nuestra mente no contaminada aún de verbalidad”.
En esta zona, el loco-lobo le aúlla a la luna, porque no es loco, es lobo en la imagen fonética transmutada.