
Sólo hace falta que se pierda algo de valor en casa para que reviente la cruzada relámpago contra el caos. Supongamos que a Sinseso y a Maigualida se les pierden los pasaportes. Como es lógico, empiezan a buscar en los lugares donde probablemente estarían: En el archivador, en el cuarto, en el escritorio, y hasta en las bibliotecas y en cada intersticio ganado al imperio de los libros. Luego, pasan a los lugares donde nunca deberían estar aquellos documentos. A saber: En el baño, en la cocina, en el cuarto de Joaquín —dentro de sus cajas de juguetes—, en el maletero, entre los peroles de los gatos y del perro y hasta en las guanteras y en las maletas de los carros. Pero nada, los pasaportes no aparecen.
Empieza entonces a incubarse algo en el ánimo de la pareja. Se trata de una angustia indecible hacia el desorden. Y claro, la culpa la tiene el otro. Ella se da cuenta que él es un remolón incorregible, y él, que ella es una loca indomable. Lo cierto es que los dos tienen rabo de paja. Cada uno acumula nidos de desechos en sus respectivas trincheras y en las áreas comunes. Para empezar, las mesitas de noche. ¡Coño, cuánta porquería hay allí acumulada! En las gavetas de Sinseso encuentras facturas, recibos de cajeros, cajas de chicle vacías, tarjetas de presentación y todos los volantes recogidos con una enorme sonrisa para la modelito que los repartía embutida en su licra morrocoyera (y por favor, muchachas, no pregunten que es una licra morrocoyera). En las gavetas de Maigualida la escabechina no es menos: números de teléfonos de peluqueras y maquilladoras anotados en cualquier papelito, así como dípticos y trípticos de peluquerías, lavanderías, gimnasios y ventas de muebles, y de ñapa, colitas, zarcillos con pares extraviados, barajitas de vírgenes y una otra que otra ramita amarrada con un papel que esconde el nombre de algún jefe odiado o el de aquella alumna demasiado nombrada por el marido.
Después le toca a los clósets. Allí, los zapatos de Sinseso viven el desparpajo de la orgía: la chancleta Havaianas está con el zapato Clarks, y el otro Clarks con la pantufla Defonseca, y la otra Defonseca con los tenis Puma, y así. Maigualida encuentra ropa que no le sirve, y ropa vieja que ya no le gusta y, para colmo, no tiene nada nuevo qué ponerse, válgame Dios. Él, descubre interiores con la liga floja, y se engrincha ante el nido de franelas y boxers que habita en uno de sus entrepaños. Ella, se horroriza con las pantaletas y los sostenes rotos, y desespera ante la obesidad descarada de la cesta de la ropa sucia. Para colmo, se percatan de que todas las paredes están sucias y rayadas, que hay polvo por doquier, y que tienen un montón de cosas rotas.
Maigualida actúa como Linda Blair en El Excorcista, y Sinseso se convierte en Monk. Ambos se sienten sucios, contaminados. Las acotaciones sarcásticas y sin destinatario aparente saltan en el aire como chispas de locura, y entonces comienzan la batalla. Las papeleras se llenan y se rebasan, bolsas y bolsas caen por el bajante, los perros y los gatos salen corriendo de cada esquina por donde pasan la escoba y el coleto. Y el pequeño Joaquín no entiende nada, pero ya está acostumbrado y se queda tranquilito viendo su Discovery Kids.
Pasan tres horas. A Sinseso le duele la espalda, a Maigualida la rodilla. Ya están viejos, ya no están para esas vainas. Pero la casa ha quedado como nueva, y algo se ha reestablecido en sus vidas. Aunque no hayan aparecido los pasaportes, están felices. Y es que pareciera que de vez en cuando hay que jugar a que hemos perdido algo importante, para luego hacer todo el esfuerzo por encontrarlo. Así sepamos, de antemano, donde está. Por cierto, Sinseso encontró los pasaportes en su oficina.
Empieza entonces a incubarse algo en el ánimo de la pareja. Se trata de una angustia indecible hacia el desorden. Y claro, la culpa la tiene el otro. Ella se da cuenta que él es un remolón incorregible, y él, que ella es una loca indomable. Lo cierto es que los dos tienen rabo de paja. Cada uno acumula nidos de desechos en sus respectivas trincheras y en las áreas comunes. Para empezar, las mesitas de noche. ¡Coño, cuánta porquería hay allí acumulada! En las gavetas de Sinseso encuentras facturas, recibos de cajeros, cajas de chicle vacías, tarjetas de presentación y todos los volantes recogidos con una enorme sonrisa para la modelito que los repartía embutida en su licra morrocoyera (y por favor, muchachas, no pregunten que es una licra morrocoyera). En las gavetas de Maigualida la escabechina no es menos: números de teléfonos de peluqueras y maquilladoras anotados en cualquier papelito, así como dípticos y trípticos de peluquerías, lavanderías, gimnasios y ventas de muebles, y de ñapa, colitas, zarcillos con pares extraviados, barajitas de vírgenes y una otra que otra ramita amarrada con un papel que esconde el nombre de algún jefe odiado o el de aquella alumna demasiado nombrada por el marido.
Después le toca a los clósets. Allí, los zapatos de Sinseso viven el desparpajo de la orgía: la chancleta Havaianas está con el zapato Clarks, y el otro Clarks con la pantufla Defonseca, y la otra Defonseca con los tenis Puma, y así. Maigualida encuentra ropa que no le sirve, y ropa vieja que ya no le gusta y, para colmo, no tiene nada nuevo qué ponerse, válgame Dios. Él, descubre interiores con la liga floja, y se engrincha ante el nido de franelas y boxers que habita en uno de sus entrepaños. Ella, se horroriza con las pantaletas y los sostenes rotos, y desespera ante la obesidad descarada de la cesta de la ropa sucia. Para colmo, se percatan de que todas las paredes están sucias y rayadas, que hay polvo por doquier, y que tienen un montón de cosas rotas.
Maigualida actúa como Linda Blair en El Excorcista, y Sinseso se convierte en Monk. Ambos se sienten sucios, contaminados. Las acotaciones sarcásticas y sin destinatario aparente saltan en el aire como chispas de locura, y entonces comienzan la batalla. Las papeleras se llenan y se rebasan, bolsas y bolsas caen por el bajante, los perros y los gatos salen corriendo de cada esquina por donde pasan la escoba y el coleto. Y el pequeño Joaquín no entiende nada, pero ya está acostumbrado y se queda tranquilito viendo su Discovery Kids.
Pasan tres horas. A Sinseso le duele la espalda, a Maigualida la rodilla. Ya están viejos, ya no están para esas vainas. Pero la casa ha quedado como nueva, y algo se ha reestablecido en sus vidas. Aunque no hayan aparecido los pasaportes, están felices. Y es que pareciera que de vez en cuando hay que jugar a que hemos perdido algo importante, para luego hacer todo el esfuerzo por encontrarlo. Así sepamos, de antemano, donde está. Por cierto, Sinseso encontró los pasaportes en su oficina.






