
Se puso a contemplar la noche. La noche mitigaba. Lo hacía pensar que el mundo era un lugar agradable. Los vio hablando, trabajando. Concentrados en lo suyo. La gente tenía una vida, y la vivía como mejor podía. Eran sólo seres humanos. Gente buena, gente con pequeñas vidas, solitarios contra el mundo.
Pero entonces llegó el día siguiente.
Llegó el sol, las llamaradas lúcidas del mal, la sicodelia del caos. Más allá del espejismo, descubrió el incendio de los hombres. Eran bestias que ladraban y lanzaban dentelladas. Descubrió el oprobio, el error, el egoísmo, la locura. La sensatez había muerto ahogada en sangre. Hubo verdades como zarpasos. Verdades que no eran verdades, sino el estallido detrás de las telas y las sonrisas.
¿Que el mal no existía? Era difícil negarlo. Aunque quizá no. Quizá sólo se trataba del dolor y de las corazas que alejaban del dolor. Y es que a nadie le interesaba ponerse en el pellejo del otro. Pero sí arrancar la piel ajena y cargarla sobre los hombros. Sacrificar almas en una guerra florida sembrada de especies caníbales y ardientes, donde sólo uno podía ser el ganador. El problema era que todos querían serlo. "El problema es que todos quieren ganar".
Había demasiado miedo, demasiado dolor y el refugio del niño ya no existía.
¡Qué hermosos eran aquellos juegos de infancia! Una carpa pequeña, una tormenta de nieve afuera, los lobos. Y él adentro, jugando a estar seguro, jugando a ser inmortal.
Pero no, la tormenta se llevó la carpa, y ahora el sol rojo de la furia llovía sobre la nieve y la aniquilaba.
Abajo, el desierto del alma, ferroso, ardiente y hóstil.











