miércoles, julio 21, 2010

Las arrecheras contra la Fundación



En la revolución paratópica todo debe ser hecho con arrechera. El héroe idealista revolucionario habla de vacaciones revolucionarias, y habla de ellas con arrechera. No son vacaciones por vacaciones, son vacaciones para vengar, para ocupar los espacios de los otros. El adepto revolucionario debe llegar a la playa con su cava, sus shores, sus niños y su señora y sentarse frente a una playa cristalina con arrechera, mirando feo a todo el mundo, como un perro rabioso que ha tomado un espacio a juro. Son vacaciones que no son vacaciones, son vacaciones con una misión. La misión seria, categórica, guerrillera, de ocupar el espacio que, según la paratopía, es un espacio usurpado (tramposamente) por los otros. Así que, con una misión tan importante, la idea del entretenimiento, del solaz, no existe; incluso es falta, error, pecado. Lo que existe es seriedad idealista revolucionaria y mucha arrechera. El adepto revolucionario debe estar en la playa, de vacaciones sí, pero arrecho. La arrechera debe serlo todo. Una arrechera justiciera, divina, misionera. Es una arrechera del Dios del Antiguo Testamento. La arrechera de Cristo en el templo, que es como un vestigio de ese Dios arrecho del Antiguo Testamento. Porque eso sí, el revolucionario es conservador. Lo nuevo es amenazante, lo nuevo es futuro, y el futuro, para la paratopía, es su muerte. A la paratopía no le conviene el futuro, porque el futuro es la instalación absoluta de su poder, y por ende, la desaparición de los otros y la evidencia de su fracaso. La paratopía siempre incluirá a los otros en su discurso público, populista y sagrado para justificar sus imposibilidades, sus arrecheras, sus odios. Aunque tome el poder absoluto, el otro siempre existirá. ¿Pero hasta cuándo puede mantenerse el antifaz discursivo? La paratopía, enloquecida en su arrechera justiciera, no cesa de acabar con los otros. Cuando se acaben los otros, ellos mismos empezarán a ser LOS OTROS, su arrechera los convertirá en caníbales de su propia carne. Mientras tanto, la paratopía no cesa de cumplir sus misiones con arrechera. Lo hecho con la Fundación para la Cultura Urbana es un ejemplo más de arrechera justiciera, que empieza a tener algo de auto-fagocitosis (recordemos los tratos de Econoinvest con el poder). Pero la arrechera es aún mayor con la Fundación porque la Fundación representa el espacio intangible (de alma) de los otros, que es más difícil de ocupar o de destruir en la guerra eterna contra el mal (los otros) que se ha adjudicado la paratopía para sí misma y por conveniencia. La Fundación representa parte del alma, del espíritu de sobrevivencia de los otros, y así, su cierre, su aniquilación se convierte, para la paratopía, en un duro zarpazo contra aquello que es más difícil de matar. Un cuerpo se mata, un alma perdura. Una idea perdura, y si es compleja, sofisticada, liviana, divertida y perfecta, mucho más. Y eso da arrechera, mucha arrechera, porque en la paratopía las ideas son todo lo contrario. En la paratopía las ideas del discurso público han de ser superficiales, simples, pesadas, serias (arrechas) y acomodaticias, porque así lo dicta el héroe paratopista. La inteligencia idealista revolucionaria, hacia dentro, conoce otros matices, pero hacia fuera el discurso público ha de mantener una dinámica con estas características. De ahí, una vez más, la arrechera, la arrechera misionera y fanática, de aquel que nunca terminará de construir una realidad valiosa, de construir algo imperecedero, algo con alma. Porque una cosa sí es cierta, la Fundación para la Cultura Urbana, seguirá existiendo. Fundó en el espacio valores intangibles que por más zarpazos que les den, permanecerán como evidencias de lo verdaderamente bueno, y revolucionario incluso.