
Esto te parecerá raro, pero te cuento que me gusta fregar. Sí, fregar platos. Debo decir que yo al principio no sabía. Eso fue hace un montón de años. No sabía, no tenía la técnica. Una tarde, una amiga, una compañera de estudios, me vio fregando y me regañó. Me dijo que yo no sabía fregar, y me explicó que primero se deben fregar las cosas menos grasosas. No podía empezar por la olla (yo había empezado por una olla) sino más bien por los vasos, y luego seguir con los platos, y los cubiertos y así. Desde ese día aprendí a fregar de verdad, como se debe. Aquella muchacha se llamaba Lena. Ella fue la que me enseñó, y desde entonces le estoy agradecido. Gracias, Lena. Gracias siempre.
Me gusta fregar, sí, y sé hacerlo muy bien. Yo he fregado en grandes fiestas en nuestras casas (la de mi mamá, la de mi suegra, la de mi cuñada, la propia). Tengo post-grado en el oficio; no te creas que soy cualquier cosa fregando.
¿Pero sabes por qué me gusta fregar? Porque fregar me abstrae, me separa del mundo y me lleva a otro lado. Cuando friego, pienso en mis historias, en las que estoy escribiendo o en las que voy a escribir. O escucho. Escucho lo que otros están hablando allá afuera. Me lleno de esas historias, ¿sabes? Esas historias me alimentan, me dan vida. También me gusta fregar porque así le huyo a la gente. Yo no soy muy social que se diga. La gente me aturde. El asunto es que fregar siempre ha sido una buena excusa para apartarme de las fiestas, para estar conmigo a solas, por un rato. Me gusta estar conmigo mismo, qué se le hace. Me gusta la soledad, me gusta estar callado y me gusta fregar. Eso sí, no me andes llamando para contratarme. Me gusta fregar cuando me toca, cuando me nace. Me gusta reconocer el momento, y no soy de andar fregándole a todo el mundo, así como así, como si eso fuera cualquier tontería.
Pero en fin, el hecho es que me gusta fregar. Fregar es para mí un arte zen que me permite seguir viviendo. Nada más y nada menos. Gracias a Dios por los fregaderos.



