viernes, abril 30, 2010

TRES PÁRRAFOS PARA PONERNOS SERIOS





Primer párrafo

Yo había pensado en redactar para esta agradable cita un cuento. Un cuento donde a un escritor se le ocurre una historia para niños, pero no la escribe. Digamos que no lo hace porque no tiene tiempo para esas cosas, y listo, sin mayores complicaciones. Se me había ocurrido que luego este escritor va por la calle, y ve a una mujer sentada contra una pared con un bebé en brazos. Había pensado que esta mujer le hablara y que le dijera al escritor algo así como «Señor, ayúdenos, o si no mi niño morirá». El escritor, sin hacerle caso, sigue su camino. Luego, en algún momento, él empieza a toser con frecuencia. Otro día se vuelve a encontrar a la mujer con el niño, o a una mujer parecida, y esta mujer distinta u otra vez la misma le pide que haga algo cuanto antes, porque la muerte ronda. Y otra vez el escritor no hace nada, y sigue de largo sin parar de toser. Se me había ocurrido que quizás, como en un cuento de Cortázar, este escritor empieza a escuchar el llanto de un niño en el apartamento de al lado. Un apartamento donde vive una mujer soltera. El llanto de ese niño lo atormenta durante varias madrugadas. El escritor, muy débil quizás por la falta de sueño, logra salir de su apartamento una mañana y le toca el timbre a la vecina, pero nadie responde. Luego, en la tarde, tipo seis, vuelve a llamar, y nada. Como a las ocho y media hace lo mismo con iguales resultados. Está agotado, el sólo moverse lo cansa muchísimo. Una noche sueña con la mujer de la calle, que resulta también ser su vecina. La pordiosera-vecina corre por la orilla de un mar caribeño junto a un niño feliz y saludable. Entonces el escritor se levanta en medio de un ataque de tos. No sabe por qué, pero vuelve a recordar el cuento para niños que hace unos días pensó en escribir. Se pone de pie. Una fuerza obsesiva lo mueve, lo impulsa. Siente una imperiosa necesidad de salir a la calle. Lo hace, a duras penas lo hace. Empieza a recorrer los alrededores. Quizás es de madrugada. Se arriesga en una ciudad tan peligrosa, pero no puede controlarse. Algo le dice que debe buscar a la mujer pordiosera. Finalmente la encuentra a unas cinco cuadras de su edificio. La mujer está tirada contra una pared. Pero esta vez sin el bebé. Acá había contemplado que el escritor le preguntara a la mujer por el niño. Digamos que pregunta, y digamos que la mujer le responde que el niño se murió ayer. Que está muerto. El escritor entonces va y sienta al lado de la mujer, se apoya en su hombro y muere. También muere.



Segundo párrafo

En mis visitas a los colegios, los niños suelen hacerme las mismas preguntas. Debo decir que tales repeticiones no me molestan. Confieso que me gusta repetir una y otra vez las mismas respuestas. Creo que el profesor (o educador) que habita en mí disfruta con el rizo. Porque al fin y al cabo eso es lo que hace una persona que enseña: repetir, o repetirse; cosa que no tiene nada de malo. Recuerdo en este caso al científico del MIT y diseñador gráfico John Maeda en su excelente libro Las leyes de la simplicidad. Allí Maeda nos cuenta que tuvo el placer de asistir por lo menos tres veces a una clase del maestro de la tipografía Wolfang Weingart. Dice Maeda que Weingart repetía los mismos temas año tras año. Al descubrir esto, Maeda se sintió un poco desilusionado del maestro; pero luego comprendió que lo que Weingart hacía era reducir cada vez más su discurso, y que poco a poco lo llevaba hacia la esencia. Porque es así, para Maeda la repetición busca la esencia, la verdad de las verdades. Por eso no me molesta que me pregunten siempre lo mismo, porque tal dinámica me da la oportunidad de ir depurando la respuesta. Una de esas preguntas, es la siguiente: «¿En qué se inspiró usted para escribir Historias que espantan el sueño?» Pues bien, con el tiempo, he llegado a esta respuesta: Escribí esos cuentos para contárselos al Fedosy niño. Escribí esos cuentos porque necesitaba escribirlos; así les digo a los niños. Cuando uno crece se vuelve amargado, incrédulo, aburrido; nada nos asombra. Cuando uno crece, olvida imaginar (y esto que pongo entre paréntesis no se lo acoto a los niños, pero recordemos que William Blake montó toda su magnífica poesía como una reivindicación a la imaginación). Yo me recuerdo de niño, en mi cuarto, arropado hasta el cuello y con la lámpara de la mesita de noche prendida, leyendo alguna historia de Edgar Allan Poe. Me recuerdo sintiendo el miedo sabroso de la literatura, me recuerdo maravillado y feliz. Así, con el paso de los años, aquel Fedosy adulto que había pasado mucho tiempo sumido en una absoluta locura que ahora no viene al caso explicar, sintió la necesidad de buscar a aquel Fedosy niño que estaba en alguna parte de mí, que quería otra vez historias de miedo que le emocionaran, que le volvieran a hacer sentir que la vida valía la pena. Y entonces, el Fedosy adulto escribió, escribió esas historias de miedo.


Tercer párrafo

Este párrafo es muy corto. Quizás el único que debería haber quedado a la hora de esta lectura. Y dice así: Yo no sé los demás; de verdad que no lo sé, yo hablo por mí. Pero estas historias mías que luego terminaron siendo leídas por niños y jóvenes, son un asunto serio. Porque estas historias, queridos amigos, nacieron de una profundad necesidad interior, y quizás, si no las hubiera escrito, una parte de mí hubiera muerto, tirada allí, en una calle innoble, contra una pared y recostada de una pordiosera harapienta, sucia y fea.

domingo, abril 04, 2010

De intolerancias y dragones.



Cuando uno ve Cómo entrenar a tu dragón, corrobora una vez más que Avatar es una película mala, muy mala. Ambos films hablan de lo mismo, ambos recurren a elementos parecidos. Mundos lejanos, dragones, batallas finales. Pero donde el Avatar de Cameron se convierte en un revoltijo de lugares comunes que lleva a una irremediable propaganda belicista, en el film de Dean DeBlois y Chris Sanders acudimos a una trama conformada por imágenes que se convierten en metáforas absolutamente sutiles y mucho más profundas.

Cameron, al igual que DeBlois y Sanders, pretende una cinta sobre el fin de la intolerancia, pero nuestro «Rey del mundo» termina lamentablemente sumido en la magnificencia de los efectos especiales, obligado en el despliegue a una guerra y a una destrucción llenas de pirotecnias que nos remiten a los más radicales procedimientos de la intransigencia. Es el recurso más fácil, pero sobre todo al que se condenó desde el principio: él eligió a un militar como héroe, y nada que se pretenda pacifista puede salir bien con un militar a la cabeza de las acciones. Avatar termina siendo una burda lucha entre militares, donde la izquierda prehistórica, militar pero idealista y ecológica, termina venciendo con su arrojo, sus piedras, sus dragones extraños y su heroísmo a muerte al portaviones del imperio, también militar y para colmo asociado con las maléficas corporaciones capitalistas. Está de moda ser de izquierda, sin duda. Está de moda señalar a los malos del imperio. Los clichés políticos abundan. Por su parte, la cinta «para niños» propone una vía más sutil, elegante y artística. Hiccup no es un vikingo rústico, agresivo ni lleno de un orgullo soberbio y malformado; él, más allá de ser la caricatura de un marginado colegial, es un muchacho inteligente, pero sobre todo, sensato. Cuando le llega el momento de convertirse en la tribu, es decir, de tomar el camino destinado a todos y matar al dragón enemigo y poderoso, se detiene: él ve en el dragón el mismo miedo que a él lo posee. Entonces Hiccup comienza a adentrarse en el mundo de los Otros (los dragones, los malos, los enemigos), y poco a poco se va volviendo también el Otro. Hiccup es humano, pero también es dragón. Hiccup es una nueva raza, o mejor, Hiccup es la raza universal por excelencia. El enemigo, como siempre, no está allá afuera, sino dentro de nosotros y, en todo caso, por detrás de la multitud enloquecida y engañada. A la luz del enfrentamiento con el mundo musulmán, Hiccup representa un punto de equilibrio, un acercamiento, una mirada diplomática y de diálogo que busca el acercamiento con aquellos otros seres humanos que tanto deforman los medios de comunicación y la ignorancia generalizada. El gringo (e incluso el venezolano) que piensa que todos los árabes son brutos, fanáticos y que siempre andan con turbantes y barbas, desconoce los alcances, la altura y las maravillas de la ancestral cultura del Medio Oriente. No se respeta porque no se sabe, se teme porque se es ignorante. A los ojos de nuestras tan vapuleadas taxonomías políticas, Hiccup pudiera ser considerado por los más obtusos como un «Nini». Pero no, Hiccup actúa, Hiccup acerca, es el verdadero hombre de acción que ciertamente podría cambiar nuestra horrible realidad. El malo no es el desempleado de Petare que vive de la panacea gubernamental, ni el bueno la gente «buena» del Este de Caracas. Esa gente «buena», por cierto, que en muchas oportunidades es ciega a la tragedia del Otro, o que incluso desprecia sin miramientos. Al caso viene una anécdota de Jacobo Borges que conocí recientemente. A su vuelta de Francia, el artista cuenta que se fue a la plaza Pérez Bonalde de Catia, y allí, junto con Cabrujas y otros artistas de la época, comenzó a conversar sobre su viaje. En cierto momento, a Borges lo llama un hombre elegante que está allí en la plaza; un hombre habitué de la zona pero que nunca les ha dirigido la palabra. Borges se acerca y el elegante le pregunta si ha viajado. El artista de El Cementerio responde que sí. Entonces el elegante le dice: «Tú podrás viajar todo lo que tú quieras, pero nunca podrás hacer esto». Entonces el hombre emperifollado saca un peine y comienza a pasárselo suavemente por su cabello liso y lleno de gomina. Jacobo Borges relata que observaba aquello perplejo y arrobado al tiempo que pensaba que él nunca podría hacer lo mismo, porque él tiene pelo chicha, pelo de negro, tal como el mismo Borges lo define. Disculpen el desvío, pero cosas así nos llevaron a tener el país que hoy tenemos. El enemigo, una vez más, está dentro de nosotros. El enemigo es la soberbia que nace del miedo y la ignorancia; no la temida multitud de dragones salvajes que nos atacan despiadados y cargados de odio, esa otra gente «buena» o «mala», según se mire. El monstruo mayor, llámese como se llame, es quien mueve los hilos. Ese monstruo podría nombrarse, cómo no, imperialismo y capitalismo salvaje, pero también socialismo del siglo XXI, ambición, radicalismo religioso, poder corrupto, ignorancia, intolerancia, y finalmente, miedo. Lo fundamental acá es el enfoque que nos regala Cómo entrenar a tu dragón. Los malos no son la multitud engañada, los ejércitos que se enfrentan concitados por aquel enemigo mayor. Esto Cameron no lo comprende, ni tampoco quizás lo acepte. Para Cameron hay buenos y malos a secas y en masa; no existen los matices. Cameron se queda en el cliché de siempre: sí, ser de izquierda siempre ha sido cool. Cómo entrenar a tu dragón se entretiene en las vuelcas de tuerca por el gusto de hacer algo diferente, pero sobre todo, de enviar un mensaje sincero, sensato y profundo. Erradicar la intolerancia, comprender al otro, acercarse, es el camino menos sangriento hacia la paz. A la paz con ese Otro que no es Otro sino yo mismo, mi parte complementaria, y a la paz incluso entre quienes, por los momentos, se consideran partes de un mismo bando. Hiccup, por ser un vikingo diferente, un vikingo incluso que conoce las debilidades del supuesto enemigo sin haber utilizado la fuerza, es considerado un traidor. El punto de vista diferente, la libertad de pensamiento, es incluso condenada por tus «iguales», por la gente de tu propia especie. Nada más absurdo, irreal, perverso y cargado de ignorancia. Ese otro camino que propone Hiccup es más arduo y requiere de paciencia, pero también de inteligencia, sensibilidad y sensatez. De eso carecemos mucho hoy en día.

En fin, quizás cuando dejemos de hacerle caso a los James Cameron del odio, empezaremos a vivir en un país mejor, y en un mundo más amable y placentero.