jueves, marzo 18, 2010

Un libro en el cine o mejor me meto a pelotero



Me gusta ir al cine, siempre me ha gustado. El cine me recuerda a mi papá, y recordar a mi papá es como recordar el tiempo en que los dioses y los hombres vivían juntos. Mi papá fue un gran tipo.

Me gusta ir al cine, sí. Me gusta la pantalla gigante, hundirme en ella en la oscuridad, como quien se sumerge en un mar inmenso. Me gusta salirme del tiempo y convertirme en un súper humano por un par de horas. Porque para mí los humanos nos volvemos profundamente humanos (súper humanos) cuando disfrutamos a plenitud de nuestro derecho al ocio, al entretenimiento, a la cultura. Disfrutar de la belleza de la imagen y del sonido, dejar que ella se te meta en el alma, llenarte de vida, sentir que estás vivo. La belleza y la imaginación son realzadores de vida.

En este país cada día hay menos belleza y menos imaginación; en este país todo se tranca. Quien no avanza, desespera y embrutece. Porque la inmovilidad embrutece. De allí, por ejemplo, que algunos hayamos optado por llevar libros en el carro. Quien lee en la cola se escapa del caos de lo inmóvil hacia los mundos giratorios que le ofrece la literatura. Quien lee en la cola lucha contra la aniquilación del pensamiento (a riesgo de que te asalte un malandro en moto por andar de distraído lector).

Pero a lo que vamos. Les digo que últimamente he estado pensando muy seriamente en llevar libros al cine. Las colas barbáricas de las chucherías no tienen nombre; uno puede pasar hasta cuarenta minutos en una de esas colas. Sólo por una cotufa, sólo por un refresco o un perro caliente.
Hablamos constantemente en contra del gobierno, decimos con justa razón que es insensato, inútil y mediocre, pero entonces, cuando llegamos a una sala de cine, nos encontramos con el mismo caos de afuera. ¿Dónde están los magníficos gerentes que sí saben hacer las cosas en la empresa privada?

Pareciera que nos conviniera tener a los gobernantes que tenemos. Pareciera que nos estamos convirtiendo a pasos agigantados en aquello que despreciamos. O quizás siempre hemos sido así; sólo que ahora tenemos permiso para ser chimbos, para ser lo que realmente somos.

O mejor nos metemos a peloteros, y nos olvidamos del asunto del libro. Tanto leer lo puede volver loco a uno. Y la cola también, ¿o no? ¡Coño, ¿será que en los estadios está la gente inteligente?! ¿Quién ha visto una hiper cola de chucherías en el Universitario?

Yo creo que hay un aire sublime y sensato en los vendedores ambulantes de los estadios y los circos. Allí una sonrisa me llama y me suena a respuesta. También creo que hay algo extraño en eso de cobrarte una cotufa de «cortesía» con la entrada; algo que me obliga a hacer la cola y a comprarme un refresco. Porque cotufa sola no sirve. ¿Para qué tengo que hacer yo una cola para obtener una cotufa gratis? ¿Si la cotufa es gratis (o está pre-pagada) por qué no me la dan a la entrada del cine? ¿Por qué además no me cobran de una vez el refresco ya que me cobraron la cotufa, y me dan también el refresco gratis-pre-pagado a la entrada del cine, o una vez dentro de la sala mientras comienza la película?

Digo, sólo digo. No pretendo sonar a viejo fastidioso que tiene todas las respuestas. Pero sí me gustaría ver por lo menos un leve esfuerzo por parte de los dueños, directores o gerentes de las salas de cine. ¿Se nos está muriendo la imaginación? ¿La creatividad con sensatez se convirtió en un recurso no renovable? Y no es que yo crea en la creatividad sin límites. Mal estamos por inventar sin fundamento, por pensar que los problemas del país se pueden solucionar con respuestas «creativas» de última hora o de trasnocho ideológico. Todo este desbarajuste de locuras gubernamentales quizás no sea creatividad, sino precisamente eso: locura de soñadores resentidos.

Lo que yo sí sé es que las colas de los cines son cada vez peores, y que yo sigo pensando en llevarme mi libro. Porque ir al cine ya no es apartarse de la estupidez de país en que nos han sumido, sino más bien encarnar esa triste realidad con creces. La ecuación se nos presenta tristemente clara: Sala de cine igual a Venezuela de hoy.

¿Son los encargados de los cines tan mediocres como quienes nos gobiernan?

Si bien es cierto que toda la vida ha habido colas en los cines, y que en el país siempre ha habido chimbos y corruptos, también debemos aceptar que hoy en día hay más chimbos y corruptos que nunca, y que las colas de los cines no sé si pueden llegar a ser peores. Algo NO está pasando. Nuestro pecado es de omisión y nos muestra en su frente muy lavada un cartelito que dice «Desidia». Desidia, que es negligencia e inercia. Desidia, que es flojera y maldad.

Me gusta ir al cine, sí, y me causa horror pensar que en algún momento diré «Me gustaba». Pero quizás, para no quejarme tanto, deba hacer lo que ya dije: llevarme algún libro que me ayude a sobrellevar con algo de dignidad las insufribles colas de un lugar que debería ser para el disfrute pleno. Bueno, ya está, llevaré mi libro; así fomentamos la lectura y nos hacemos más culto. O si no, pues me meteré a fan pelotero. Total, el beisbol también es cultura.