martes, enero 19, 2010

COÑO, MAN


Los policías pegaron al atracador contra la pared, le abrieron las piernas, le alzaron los brazos y lo catearon. Peña, la víctima fallida, yacía en el suelo y desde allí presenciaba la escena con ojos desorbitados y respiración agitada.

Unos minutos atrás, Peña había salido de su casa al quiosco de la esquina a comprar unos cigarrillos. Eran pasadas las siete de la noche, pero ya las calles estaban oscuras y solitarias por aquellos lados de La Candelaria. «Este vicio me va a matar», se decía Peña mientras caminaba hacia el quiosco, pero no pensaba en el cáncer de pulmones, sino en los peligros de salir con la oscuridad ya encima en esa zona tomada por la delincuencia. Llegar al quiosco fue como dejarse caer ante los pies de un gigante protector. Pidió sus cigarrillos, pagó y se regresó a paso apresurado. Si todo salía bien, estaría en cinco minutos frente al televisor disfrutando de un nuevo capítulo de Lost.

El cigarrillo de la cajetilla recién abierta, el aire fresco de la noche, la avenida sin tráfico, el celaje apagado de los pocos autos que pasaban, el cielo abierto, sin nubes y con luna, el mundo todo le regalaba sensaciones livianas y agradables. Ya casi olvidaba sus temores, cuando, en la esquina que doblaba hacia su edificio, lo interceptó una masa que parecía repleta de tentáculos. Rústica, tosca, agresiva, la masa de múltiples elongaciones lo empujó hacia la parte más oscura de la esquina; allí, una voz lo golpeó con una exigencia. Algo metálico brillaba abajo, cerca de su abdomen. Peña no opuso resistencia; conocía muy bien los cuentos horribles que se agazapaban detrás de los ojos rojos, de las mandíbulas batientes y de las manos intoxicadas de saña.

—Está bien, está bien, toma la cartera, tómala.

La cartera ya estaba arriba, en el pecho de Peña. Un tentáculo la envolvió y la desapareció. Otro tentáculo buscó en sus pantalones.

—¿Y eso? —dijo entre gruñidos el atracador. Peña le miró por un instante la cara; se trataba de un muchacho moreno, de nariz aplastada, boca grande y ojos achinados, aunque muy abiertos, muy rojos.

—Cigarrillos —respondió Peña.
—¡Los cigarrillos también, mamagüevo!

Peña sacó la cajetilla recién abierta. De inmediato la oscuridad se la devoró.

—A ver, mariquito —dijo la voz del atracador, y sus tentáculos buscaron en la muñeca y en el cuello. No encontraron reloj ni cadena. Ramón pudo sentir el aliento del atracador; era una mezcla de cloaca con alcohol, una pestilencia pastosa.

—No joda —dijo el atracador entre dientes, y luego más alto—: ¡Pelabolas de mierda!

Peña supo lo que se venía. Había sido un imbécil. ¿Cómo había olvidado su reloj trampa? Bien sabía que la exaltación narcótica de un atracador podía llegar a niveles homicidas por causa de la frustración. Para evitar tales tragedias, Peña se había hecho de un reloj «trampa»: un ejemplar sin valor, pero bien pulido y vistoso, y sobre todo, de fácil desenganche.

—Disculpa, la verdad es que yo…
—¡Disculpa un carajo, mamagüevo! ¡Pelabolas!

Peña cerró los ojos y esperó lo peor. Pero la punzada o el fogonazo no llegaron. En cambio, una luz se coló entre sus párpados, y hubo ajetreo y voces. Peña abrió los ojos. La luz ahora lo encandilaba. Un cuerpo lo empujó, y él cayó de nalgas al piso. Vio pistolas y escuchó órdenes. Por fin el universo se la acomodó, y reconoció dos patrullas policiales y varios agentes; también vio al muchacho con la cara contra la pared, y con un policía sobre él, registrándolo. Otro agente se acercó a Peña, ya se ponía de cuclillas para inquirir por su estado, cuando el atracador hizo un movimiento brusco allá arriba. Con un brazo golpeó al policía que lo cateaba. El policía cayó al suelo y el atracador giró. Otros tres agentes, incluyendo al que se había acercado a Peña, se le fueron encima y lo sujetaron por los brazos. El atracador se sacudió con violencia, pero no pudo soltarse. Empezó a gritar, a exigir que lo soltaran, que eran todos unos hijos de puta, que él necesitaba esa plata para comer, y para drogarse también, no joda, porque el hambre sólo se mata con la piedra, hijos de puta, hijos de puta. El cuarto agente, ya de pie, golpeó al atracador en el estómago, y el atracador se dobló, bajó la cabeza y calló por unos instantes. Luego, así, cabeza abajo, empezó a producir un sonido extraño, algo que a Peña le parecieron gruñidos.

Los agentes llevaron al atracador hasta donde se encontraba su víctima fallida. Uno de ellos prendió una linterna y la apuntó sobre Peña, lo que convirtió a los agentes en sombras demenciales. Al atracador, quizás por hallarse en medio de los otros, podía verlo claramente. Se sacudía, pelaba los dientes y echaba baba por la boca. Su necesidad de huida se hallaba enfocada en Peña; si se soltaba, con toda seguridad aquellos dientes se lanzarían sobre él y lo destrozarían. Peña, en pánico, no hizo más que protegerse con un brazo y gimotear.

—¡Caballero, el hombre que quiso malograrlo es un infiltrado! —dijo la voz de un agente. Peña, frenético y desesperado, se limitó a afirmar con la cabeza.
—¡Usted lo escuchó, ¿verdad?! —dijo otra voz.

Peña seguía afirmando con la cabeza, y el atracador no paraba de gruñir y de intentar zafarse para lanzarse sobre él.

—Usted lo escuchó hablando en inglés —intervino una tercera voz.
—En inglés, el hijodeputa habló en inglés —dijo una cuarta.

Luego las voces se repitieron, en un mismo orden:

—Usted lo escuchó.
—El hijodeputa es un gringo infiltrado.
—Habló en inglés.
—Es un cabrón de la CIA.
—El Presidente tiene razón.
—La CIA está sembrando de crimen nuestras calles.
—Quieren desacreditarlo.
—A nuestro Magnánimo Presidente y Supremo Revolucionario.
—¡Larga vida al Excelso Señor! —dijeron los cuatro agentes a la vez.

Peña quiso decir algo, no sabía exactamente qué, pero no pudo, tenía la garganta repleta de los clavos del miedo. Se hizo un breve silencio, y él tuvo la impresión de que algo se relajaba y cedía, de que los agentes aligeraban la presión sobre el atracador salvaje. El cuerpo de éste se le vino encima y de pronto se frenó. Allí lo tuvo, mucho más cerca, mostrándole los dientes, hambriento de odio. Peña reaccionó echándose hacia atrás y pegando un grito. Entonces el atracador soltó un ladrido, y tras esta acción su rostro se volvió a alejar y subió, halado por la fuerza de los agentes. El atracador volvió a ladrar, y continuó haciéndolo sin pausa. Por debajo de los ladridos, Peña creyó escuchar las risas de los agentes. Pero no estaba seguro, en aquel momento el horror era dueño de todas y cada una de sus neuronas, una masa de fuego envolvente, pesada, aturdidora.

Los cuatro agentes se llevaron a trompicones al atracador y lo metieron en el interior de uno de los carros policiales. Poco después las sirenas reventaron el aire de la noche y ambas patrullas salieron picando caucho.

Peña aún estaba tirado sobre la acera. Las patrullas se perdieron de vista y él se percató de que en el piso yacían su cartera y la caja de cigarrillos. Las recogió y se puso de pie. Intentó con un cigarrillo; las manos le temblaban y se le apagó el fósforo. Encendió otro y también se le apagó. Con el tercero tuvo que usar la mano libre para sujetar con fuerza la mano del fósforo, y aún así temblaba. Por fin se dio la lumbre en la punta del cigarrillo, y Peña le echó una profunda calada. Botó el humo con una fuerte expiración y empezó a caminar lentamente hacia la entrada del edificio. Se sentía encorvado, derrotado, y todo el cuerpo le temblaba.

Ya en su apartamento, setando al borde de la cama, frente al televisor y con el fin de evitar los subtítulos en español, cerró los ojos e intentó entender lo que decía John Locke en aquel capítulo de Lost. No entendió nada.

—Coño, man —dijo y abrió los ojos—, yo no sé un carajo de inglés.

miércoles, enero 13, 2010

ARISTÓTELES PINHOLE



Cuando se olvida que todo comienza por los chinos, entonces vamos y decimos que todo comienza por los griegos. Y ahí podemos nombrar a cualquiera de los grandes. Aristóteles, el Estagirita, por ejemplo, macedonio de origen, no griego, pero qué se le hace, las simplificaciones están a la orden del día.

Aristóteles descendía de la familia de los Asclepíades, quienes se reclamaban descendientes de Asclepio, dios de la medicina. No es un detalle que hay que dejar pasar por alto, pues la experimentación se encuentra en la base de la medicina antigua, y no es de extrañar que Aristóteles fuera iniciado en los ritos médicos que se trasmitían de generación en generación. También debemos saber que Aristóteles fue discípulo de Platón, maestro de Alejandro Magno y fundador de la escuela de los peripatéticos (paseadores o caminadores).

Así pues, como muchos de los grandes pensadores, Aristóteles primero tuvo un maestro y éste, como ya dijimos, fue Platón, de quien luego se distancia por o para no estar de estar de acuerdo con él. «¿De qué hablan para disentir?», cuenta Hermenio de Éfeso que decía el joven Aristóteles cada vez que llegaba a un ágape. Así era el muchacho, polémico. Se dice incluso que la verdadera explicación por la que daba clases caminando con sus discípulos peripatéticos no era otra que para estar mejor preparado al instante de salir corriendo si algún enamorado platónico de Platón se aparecía a lanzarle piedras.

En fin, como hombre de debates deliberados, Aristóteles no podía dejar de estar en desacuerdo con su maestro Platón. Para Aristóteles, aquello de que existían dos mundos, uno sensible y otro inteligible, era pura tontería. Para el filósofo de las batallas verbales, sólo había un mundo. Los conceptos universales (esa imagen paradigmática de las cosas de este mundo) no existían en otro plano de la realidad, sino que eran inmanentes a las cosas particulares, concretas y tangibles. Es decir, para él, el Mundo de las Ideas era una ridiculez. Todo estaba en el plano de lo sensible, y listo. Con esto, Aristóteles se iba al otro extremo de las ideas de Platón, es decir, del cielo pasaba a la tierra. Así, había puesto todo al revés y también los pies sobre el piso, con el fin de hablarnos sobre la realidad. La realidad es y existe, y a esto Aristóteles lo llamó ousía, aquello que tiene materia y forma, y que se puede medir, pesar, estudiar. La influencia que ejerce la experimentación en los descendientes de Asclepio podría considerarse aquí como fundamental.

Así pues, nos encontramos ante un hombre que, con sus ideas empiristas, puso de cabeza la filosofía de su tiempo. No es de extrañar entonces que, entre tantas cosas por estudiar, se fijara en lo mismo que se fijó el chino Mo Ti: En la luz y su comportamiento. Sus observaciones se encuentran en un texto de sobra controversial.

Problemata es un libro múltiple que llegó al mundo occidental a través de los árabes y los judíos. Trata temas muy variados y se detiene en especial en los humores, la salud, la melancolía y la genialidad; todo esto muy relacionado con la medicina del gran Hipócrates, lo cual nos lleva otra vez a Asclepio. «¿Por qué será que quienes han destacado en filosofía y en otras artes son individuos melancólicos, afligidos por la enfermedad de la bilis negra?», dice en alguna parte. El libro también se ocupa de la música, la óptica y hasta del buceo o la respiración bajo el agua (acá nos habla de la hazaña de Alejandro Magno en el sitio de Tiro).

Se debe destacar que muchos consideran a Problemata un texto apócrifo, o más bien, lo piensan muy contaminado por la intervención de otros médicos sabios (griegos posteriores) o de origen árabe y judío. Así que, si algún día se llega a declarar su carácter espurio, ya no podremos decir, en cuanto al pinhole o a las imágenes estonopeicas, que Aristóteles fue primero. No se crea, no obstante, que el interés por la óptica proviene de una mera experimentación científica en sí misma. En el fondo de esto, estaba la búsqueda del conocimiento. En Metafísica (según el nombre dado por Andrónico de Rodas), Aristóteles dice lo siguiente:


«Todo hombre por naturaleza desea saber. Una indicación de esto es el disfrute que nos dan los sentidos; suponiendo incluso que ese disfrute sea inútil, nosotros lo amamos; y por encima de todos, el sentido de la vista es el más apreciado. No solamente cuando vemos para obrar, sino también cuando nos mantenemos inactivos preferimos ver (uno podría decir) que cualquier otra cosa. La razón es que, de todos los sentidos, la vista nos da saber y nos da luz acerca de la diferencias entre la gran variedad de cosas.»


Así, en Problemata, en el libro XV, aquel a quien suponemos Aristóteles, nos habla de la visión y de sus estudios «científicos» con respecto a la visión. Así, conocemos un aparato creado por él; una caja oscura con un pequeño agujero a través del que pasa la luz, sin duda, un ancestro de la cámara oscura. Pero más que dictar cátedra, el sabio se hace preguntas como éstas: «¿Por qué cuando la luz atraviesa un orificio cuadrado, o por ejemplo a través de un trabajo de cestería, no forma imágenes cuadradas sino circulares?». Y también, en el libro XV, se vuelve a preguntar: «¿Por qué en un eclipse de Sol, si uno mira a través de un tamiz o de los huecos que hay en la hojas de los plátanos o de cualquier otro árbol de hojas grandes, o también si cruzamos los dedos de una mano sobre los de la otra y miramos al través, los rayos del sol se convierten en lúnulas sobre el suelo? ¿Es por la misma razón por la que cuando los rayos brillan a través de un orificio cuadrado, siguen apareciendo redondos o en forma de cono?». Aristóteles incluso observa que, mientras más pequeño el agujero en el aparato, más grande es el círculo de luz en el interior, principio claro está, de la cámara estenopeica, o pinhole.

Suponiendo entonces que Aristóteles haya sido el autor de la Problemata, podemos decir que el filósofo, con estas notas, fue el creador de otro ancestro de la cámara oscura (recordemos a Mo Ti), y todo, siempre a la búsqueda del conocimiento, pero sobre todo, del alma.

domingo, enero 03, 2010

7 ideas para ahorrar electricidad en la noche



1) No haga pupú con la luz prendida. ¿De cuándo acá es necesario hacer pupú con luz?

2) Si es hombre, y va a ser pipí, empiece a practicar por hacerlo sentado. Nada tiene de malo hacer pipí sentado. ¡Abajo la tiranía de las mujeres!

3) No vea sus revistas de adultos de noche, y haga lo que tenga que hacer viéndolas, de día.

4) Tampoco vea películas de censura XXX durante las horas nocturnas, y use la imaginación, que bastante falta que hace en estos tiempos. Ah, y si no es un manganzón desafortunado que sólo ve pornos… ¡fornique, no joda, fornique!

5) Deje de usar vibradores eléctricos. Las pilas son buenas.

6) Conviértase en un romántico incorregible, y ponga de moda las cenas románticas con velas.

7) Lea de día y acuéstese temprano. Leer de noche le afecta la visión, y acostarse temprano le da salud. ¡Y si no puede dormir y no es un manganzón desafortunado, fornique, no joda, fornique!