viernes, julio 31, 2009

LA COMPLEJA SIMPLICIDAD DE ENSEÑAR NARRATIVA





Práctica y estudio

En ese extraño y descabellado trabajo de intentar la enseñanza de la escritura narrativa, me he encontrado con ciertas necesidades que la gente tiene. Y cuando hablo de gente, me refiero a personas que no son licenciados en Letras, o escritores noveles con algunas pretenciosas habilidades. Me refiero, cuando hablo de gente, a ingenieros, abogados, contadores, personas de profesiones científicas o humanísticas que nada tienen que ver con la escritura creativa.

Cuando esta gente comienza a escribir, se enfrenta a algunos problemas fundamentales de la práctica, y por supuesto, con más de un prejuicio. Claro, uno también choca contra esos prejuicios, y es toda una lucha sacárselos de encima.

Pero digamos antes que todo esto está basado en mi experiencia personal. No pretendo el dogma, ni mucho menos. Así he ido yo trajinando por esa vía, y esto he aprendido, siempre a la par de mis ideas y concepciones literarias, siempre desde la honestidad. Así que nada de lo dicho acá es sagrado, ni mucho menos.

Bien, comencemos por la práctica.

Sé que sonará obvio esto, pero la gente que quiere aprender a escribir, debe escribir. Y lo digo muy en serio, porque he sabido de más de un «teórico» de los talleres de escritura que sólo enseñan, precisamente, teoría; y saturan a la gente de teoría y más teoría, de estructuralismo, de formalismo, de semiótica, o qué sé yo de cuanta cosa sospechosa sacada de Wikipedia. Las teorías son buenas, cómo no, y creo que debemos conocerlas durante el taller, pero no han de abarcar todo el taller o una gran parte del mismo.

Ocurre, por lo general, que una persona, cuando empieza a escribir no sabe que escribir un texto de ficción es montar una estructura. Y acá, permítanme colar uno de los prejuicios: las personas creen que escribir es un «arte», y sí, la escritura es un arte, pero el problema es que la gente cree que ese arte es un súbito arrebato de inspiración divina. Y sí, el arte puede ser un súbito arrebato, pero eso no lo es todo. La gente cree que la escritura es un misterio, la gente cree que «con eso se nace». Esto también es cierto, pero, una vez más, no lo es todo. La escritura también es práctica, lectura y estudio. Escribir narrativa es construir estructuras. Y esto la gente NO lo sabe cuando quiere comenzar a escribir.



Estructuras

Yo creo que la gente necesita saber de estructuras, y pienso que uno debe dárselas (esto correspondería al momento académico del taller) para que luego se pongan en práctica. La gente llega a la escritura no sólo con prejuicios y mitos, sino también con muchísima inocencia. Son angelitos cargados de buenas intenciones. Así, una las primeras cosas que yo les digo en mis talleres, produce un descalabro en algunas señoras muy correctas y risas nerviosas en el resto del aula: yo les digo que la escritura pertenece a las fuerzas del mal. Un escritor, continúo, debe ser un malvado. Eso sí, también les digo que eso no quiere decir que no vayan escribir historias de amor. Pueden escribir la historia de amor más hermosa jamás contada (si cuentan con el talento necesario), pero igual deben tener la maldad suficiente para saberla contar y mantener atrapado al lector hasta el final del texto. Porque allí radica la maldad: en el arte de saber contar la historia, de crear intriga, de atrapar al lector entre sus garras. Un escritor inocente deja huecos en sus textos, y por esos huecos se escapa la mirada del lector.

Ahora ustedes se preguntarán de qué estructuras estoy hablando. Pues bien, estas estructuras son el narrador, el punto de vista, la gramática. También les hago ver la importancia de mantener la cohesión lógica de los detalles (así me convierto en una especie de supervisor de script de cine), y de los elementos unificadores como el leitmotiv, las pistas, los símbolos. Suele ocurrir que los escritores neófitos olvidan lo que están escribiendo a medida que avanzan. Entonces, en las primeras páginas, te encuentras con un personaje que dice que odia la Coca-cola, por ejemplo, y luego, sin mayor explicación ni causa argumental, sale tomándose una con todo el gusto de universo. A esto me refiero cuando hablo de la cohesión lógica de los detalles. También ocurre que de pronto el novicio, en su arrebato de escritura (si lo tuviere) introduce hacia el final del texto un personaje que resuelve todo (una especie de deus ex machina), y acá entonces debo hacerle ver que quizás deba acudir a la reescritura para que ese personaje aparezca en las primeras líneas y recorra el relato de una manera tangencial o más notable con la finalidad de que no luzca ante los ojos del lector como una mala salida de quien escribe.

La descontextualización es otra herramienta de estructura que uso en mis clases. Les hago entender a mis alumnos que pueden tomar estructuras de otros ámbitos para hacer escritura creativa. Les hablo, por ejemplo, de los manuales de instrucciones, o de las biografías, que son textos descriptivos, y les hago ver que pueden tomar la estructura de una instrucción o de una biografía. A la búsqueda de hacerlos comprender mejor les leo las famosas instrucciones de Julio Cortázar en Historias de cronopios y famas, y ese día, por ejemplo, les mando a escribir en clase las instrucciones para no volverse loco. Los resultados son maravillosos en la mayoría de los casos.

Otra estructura que les facilito a mis alumnos, y que me perdonen los puristas, viene del arte cinematográfico. Acudo al paradigma básico presentado por Syd Field en su libro Screenplay The Foundations of Screenwriting, y les presento los tres momentos en la historia según Field (set-up, confrontación y resolución) más los plot-points. También les hago énfasis en la necesidad de los personajes, y en cómo las acciones definen a esos personajes y a su necesidad. ¿Por qué insisto en la acción? Porque siento que por causa de andar metidos en las profundidades del palabreo interior de los personajes, el novicio se pone «literario». Es decir, cuando se va a la subjetivo, el escritor novel se vuelve falsamente elaborado y falsamente exquisito, y por lo tanto mediocre. Es como si alguien quisiera ser cinta negra de una vez, antes de pasar por la blanca. Como los viejos maestros chinos y japoneses de las artes marciales, yo creo que hay que empezar cargando el cubo de agua cuesta arriba antes de dar el primer golpe. Creo incluso que hay que ser ortodoxo, y no permitirles desvíos muy «literarios.» Pero una vez más, este es mi punto de visto. Yo pienso que si primero no aprendes a poner una palabra junto a la otra, si primero no aprendes a poner un sustantivo junto a un verbo, no puedes ponerte a jugar al malabarismo de los adjetivos. Y lo digo, porque esto es otro de los prejuicios y mitos que me encuentro en los talleres. «Profesor, ¿pero escribir así no es empobrecer el lenguaje?», suele decirme alguno de vez en cuando. Pues no, digo yo. Cuando leo a un autor que usa un lenguaje muy rebuscado, muy «poético», no puedo menos que sospechar que detrás de tanta cirugía plástica se esconde un gran defecto: la incapacidad para contar historias. Así, según yo lo veo, lo primero que se debe entender en mis clases de narrativa es la simplicidad de una estructura, desde la gramática hasta el paradigma narrativo.



Historias

Mi anhelo es que la gente se ponga a contar historias, y que se olvide del tema. La gente tiene una historia que contar y ya. No importa si esa historia nos habla de la muerte, del suicidio, de la locura, de la infidelidad, del padre. Por andar pensando en esas cosas a la gente se le acaba el combustible, se aterrorizan del camino, y se devuelven. El tema es un asesino en serie de historias. Es más, me he encontrado con mucha gente que ni siquiera sabe de dónde sacar las historias, y entonces hay que recomendarles Cartas a un joven poeta de Rilke, Zen en la arte de escribir de Bradbury, Gramática de la fantasía de Rodari e incluso las teorías del extrañamiento de los formalistas rusos para que comiencen a darse cuenta de que hay historias por todas partes. Eso sí, y una vez más lo digo, la teoría debe estar presente en su justa medida, y siempre ha de tomar la ruta del ejemplo y de la práctica.

La narrativa es el arte de contar historias. A veces, la gente olvida que contar una buena historia es sumamente difícil. A veces, la gente que habla de «arte» y de «temas» y de «expresión interior» en la literatura, olvida, por ejemplo, que Cervantes escribió para la gente, y que Shakespeare también escribió para la gente, más aún, para un público de sala teatral. Yo no veo por qué no puedes descubrir en las historias que cuentas tus necesidades interiores; no sé en qué momento contar historias y saber contarlas, se separó de la literatura, o más aún, de la gran literatura. Cuando veo lo que ocurre en algunas partes del mundo, a veces me da por pensar que la culpa la tienen los poetas que se meten a narradores. Pero en fin, mejor me salgo de estos escollos, y dejo de decir barbaridades.



Palabras

Pero no se crea que contar la historia lo es todo para mí. Así como hago hincapié en una escritura sencilla, y sin excesos de comas (la coma es un problema del tamaño de un titán), también trabajo sobre el significado de las palabras, y les hago ver que una mala palabra puede echarte a perder la historia. Me he encontrado, por ejemplo, que muchos de mis alumnos que vienen de otros campos profesionales, son lectores de best-sellers, y los best-sellers por lo general vienen del inglés y están traducidos al español de España. Esto resulta grave en algunas ocasiones, pues entonces se ponen a escribir como si estuvieran traduciendo un texto, y eso, queridos amigos, es espantoso. El escritor venezolano Adriano González León dijo en una entrevista para la revista Especulo de la Universidad Complutense que el idioma «es por sí sólo un contenido, es una anécdota y una verdad.» Para González León una sola palabra podría contar una historia, «si el lector tiene imaginación». Y luego agrega: «Las palabras están llenas de emociones, de paisajes y de vidas interiores que el lector puede construir.» Si tomamos el concepto de significante y significado esto nos queda muy claro: un solo significante puede tener muchos significados, y estos variarán de acuerdo a sus relaciones de solidaridad con otros significantes. La caja de los significados de una palabra, cuando se encuentra sola, está llena, y cuando se combina con otras se empieza a vaciar hasta que quedan los significados acertados, en caso de que se hayan combinado correctamente con otros significantes. Dejando a un lado la subjetividad y el racismo, es muy distinto decirle «negro» a una persona de raza negra en Venezuela que decirle negro a una persona en Estados Unidos. «Negro» en Venezuela, dicho en un determinado contexto familiar, es una expresión de cariño. Tengo un amigo, y disculpen la infidencia, al que simplemente le llamamos «Negro», e incluso muchas personas que lo conocen ignoran su nombre. Él es, simplemente «El Negro».

El escritor debe prestar suma atención a las palabras que pone en sus textos. El ansia por el adjetivo es peligrosa, así como también lo es el sinónimo vanidoso. Un sinónimo vanidoso es mala yerba. Y esto se lo hago ver a mis alumnos en los talleres. No es lo mismo escribir «la niña yacía» que «la niña estaba acostada». Yacer es un verbo con historia lúgubre entre nosotros. Si bien, según el diccionario de la Real Academia Española, la primera acepción de «yacer» nos refiere a una persona echada o tendida, en nuestra cultura la segunda acepción ha tomado mayor fuerza: «Dicho de un cadáver: estar en la fosa o en el sepulcro». Así, yacer, quizás por el mismo desgaste dentro del discurso literario, se define más en nuestro contexto por la ausencia de vida. Si queremos decir que una niña está acostada, nada mejor que decir que la niña está acostada, sin más. Cabe recordar a Quiroga y el sexto precepto de su decálogo: «Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: “Desde el río soplaba el viento frío”, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla.»



Simplicidad

Para enseñar a escribir, sobre todo a esa gente «común y corriente» de la que he hablado al principio, creo que debemos partir de lo sencillo y de la práctica. Las personas deben entender que la academia sirve para dar paso al oficio. John Maeda, en su libro The Laws of Simplicity, dice que la simplicidad es igual a la sanidad. Y en serio, amigos, nosotros queremos gente que ame escribir, y no gente que salga loca del taller, y además odiando no sólo la escritura, sino también la lectura. Pero cuidado, no debemos tomar esto de la simplicidad a la ligera. Cito a Maeda: «Through my ongoing journey I’ve discovered how complex a topic Simplicity really is, and I don’t pretend to solved the puzzle.» Acá tampoco hemos resuelto el asunto. Enseñar desde la simplicidad y con una estrategia clara y sencilla es asunto complejo que hay que seguir pensando. Yo, por el momento, todavía me encuentro sobre el camino, aprendiendo.

domingo, julio 05, 2009

viernes, julio 03, 2009

Paradojas de la estulticia





"Respeta, imbécil", escribió el anónimo.