viernes, julio 31, 2009

LA COMPLEJA SIMPLICIDAD DE ENSEÑAR NARRATIVA





Práctica y estudio

En ese extraño y descabellado trabajo de intentar la enseñanza de la escritura narrativa, me he encontrado con ciertas necesidades que la gente tiene. Y cuando hablo de gente, me refiero a personas que no son licenciados en Letras, o escritores noveles con algunas pretenciosas habilidades. Me refiero, cuando hablo de gente, a ingenieros, abogados, contadores, personas de profesiones científicas o humanísticas que nada tienen que ver con la escritura creativa.

Cuando esta gente comienza a escribir, se enfrenta a algunos problemas fundamentales de la práctica, y por supuesto, con más de un prejuicio. Claro, uno también choca contra esos prejuicios, y es toda una lucha sacárselos de encima.

Pero digamos antes que todo esto está basado en mi experiencia personal. No pretendo el dogma, ni mucho menos. Así he ido yo trajinando por esa vía, y esto he aprendido, siempre a la par de mis ideas y concepciones literarias, siempre desde la honestidad. Así que nada de lo dicho acá es sagrado, ni mucho menos.

Bien, comencemos por la práctica.

Sé que sonará obvio esto, pero la gente que quiere aprender a escribir, debe escribir. Y lo digo muy en serio, porque he sabido de más de un «teórico» de los talleres de escritura que sólo enseñan, precisamente, teoría; y saturan a la gente de teoría y más teoría, de estructuralismo, de formalismo, de semiótica, o qué sé yo de cuanta cosa sospechosa sacada de Wikipedia. Las teorías son buenas, cómo no, y creo que debemos conocerlas durante el taller, pero no han de abarcar todo el taller o una gran parte del mismo.

Ocurre, por lo general, que una persona, cuando empieza a escribir no sabe que escribir un texto de ficción es montar una estructura. Y acá, permítanme colar uno de los prejuicios: las personas creen que escribir es un «arte», y sí, la escritura es un arte, pero el problema es que la gente cree que ese arte es un súbito arrebato de inspiración divina. Y sí, el arte puede ser un súbito arrebato, pero eso no lo es todo. La gente cree que la escritura es un misterio, la gente cree que «con eso se nace». Esto también es cierto, pero, una vez más, no lo es todo. La escritura también es práctica, lectura y estudio. Escribir narrativa es construir estructuras. Y esto la gente NO lo sabe cuando quiere comenzar a escribir.



Estructuras

Yo creo que la gente necesita saber de estructuras, y pienso que uno debe dárselas (esto correspondería al momento académico del taller) para que luego se pongan en práctica. La gente llega a la escritura no sólo con prejuicios y mitos, sino también con muchísima inocencia. Son angelitos cargados de buenas intenciones. Así, una las primeras cosas que yo les digo en mis talleres, produce un descalabro en algunas señoras muy correctas y risas nerviosas en el resto del aula: yo les digo que la escritura pertenece a las fuerzas del mal. Un escritor, continúo, debe ser un malvado. Eso sí, también les digo que eso no quiere decir que no vayan escribir historias de amor. Pueden escribir la historia de amor más hermosa jamás contada (si cuentan con el talento necesario), pero igual deben tener la maldad suficiente para saberla contar y mantener atrapado al lector hasta el final del texto. Porque allí radica la maldad: en el arte de saber contar la historia, de crear intriga, de atrapar al lector entre sus garras. Un escritor inocente deja huecos en sus textos, y por esos huecos se escapa la mirada del lector.

Ahora ustedes se preguntarán de qué estructuras estoy hablando. Pues bien, estas estructuras son el narrador, el punto de vista, la gramática. También les hago ver la importancia de mantener la cohesión lógica de los detalles (así me convierto en una especie de supervisor de script de cine), y de los elementos unificadores como el leitmotiv, las pistas, los símbolos. Suele ocurrir que los escritores neófitos olvidan lo que están escribiendo a medida que avanzan. Entonces, en las primeras páginas, te encuentras con un personaje que dice que odia la Coca-cola, por ejemplo, y luego, sin mayor explicación ni causa argumental, sale tomándose una con todo el gusto de universo. A esto me refiero cuando hablo de la cohesión lógica de los detalles. También ocurre que de pronto el novicio, en su arrebato de escritura (si lo tuviere) introduce hacia el final del texto un personaje que resuelve todo (una especie de deus ex machina), y acá entonces debo hacerle ver que quizás deba acudir a la reescritura para que ese personaje aparezca en las primeras líneas y recorra el relato de una manera tangencial o más notable con la finalidad de que no luzca ante los ojos del lector como una mala salida de quien escribe.

La descontextualización es otra herramienta de estructura que uso en mis clases. Les hago entender a mis alumnos que pueden tomar estructuras de otros ámbitos para hacer escritura creativa. Les hablo, por ejemplo, de los manuales de instrucciones, o de las biografías, que son textos descriptivos, y les hago ver que pueden tomar la estructura de una instrucción o de una biografía. A la búsqueda de hacerlos comprender mejor les leo las famosas instrucciones de Julio Cortázar en Historias de cronopios y famas, y ese día, por ejemplo, les mando a escribir en clase las instrucciones para no volverse loco. Los resultados son maravillosos en la mayoría de los casos.

Otra estructura que les facilito a mis alumnos, y que me perdonen los puristas, viene del arte cinematográfico. Acudo al paradigma básico presentado por Syd Field en su libro Screenplay The Foundations of Screenwriting, y les presento los tres momentos en la historia según Field (set-up, confrontación y resolución) más los plot-points. También les hago énfasis en la necesidad de los personajes, y en cómo las acciones definen a esos personajes y a su necesidad. ¿Por qué insisto en la acción? Porque siento que por causa de andar metidos en las profundidades del palabreo interior de los personajes, el novicio se pone «literario». Es decir, cuando se va a la subjetivo, el escritor novel se vuelve falsamente elaborado y falsamente exquisito, y por lo tanto mediocre. Es como si alguien quisiera ser cinta negra de una vez, antes de pasar por la blanca. Como los viejos maestros chinos y japoneses de las artes marciales, yo creo que hay que empezar cargando el cubo de agua cuesta arriba antes de dar el primer golpe. Creo incluso que hay que ser ortodoxo, y no permitirles desvíos muy «literarios.» Pero una vez más, este es mi punto de visto. Yo pienso que si primero no aprendes a poner una palabra junto a la otra, si primero no aprendes a poner un sustantivo junto a un verbo, no puedes ponerte a jugar al malabarismo de los adjetivos. Y lo digo, porque esto es otro de los prejuicios y mitos que me encuentro en los talleres. «Profesor, ¿pero escribir así no es empobrecer el lenguaje?», suele decirme alguno de vez en cuando. Pues no, digo yo. Cuando leo a un autor que usa un lenguaje muy rebuscado, muy «poético», no puedo menos que sospechar que detrás de tanta cirugía plástica se esconde un gran defecto: la incapacidad para contar historias. Así, según yo lo veo, lo primero que se debe entender en mis clases de narrativa es la simplicidad de una estructura, desde la gramática hasta el paradigma narrativo.



Historias

Mi anhelo es que la gente se ponga a contar historias, y que se olvide del tema. La gente tiene una historia que contar y ya. No importa si esa historia nos habla de la muerte, del suicidio, de la locura, de la infidelidad, del padre. Por andar pensando en esas cosas a la gente se le acaba el combustible, se aterrorizan del camino, y se devuelven. El tema es un asesino en serie de historias. Es más, me he encontrado con mucha gente que ni siquiera sabe de dónde sacar las historias, y entonces hay que recomendarles Cartas a un joven poeta de Rilke, Zen en la arte de escribir de Bradbury, Gramática de la fantasía de Rodari e incluso las teorías del extrañamiento de los formalistas rusos para que comiencen a darse cuenta de que hay historias por todas partes. Eso sí, y una vez más lo digo, la teoría debe estar presente en su justa medida, y siempre ha de tomar la ruta del ejemplo y de la práctica.

La narrativa es el arte de contar historias. A veces, la gente olvida que contar una buena historia es sumamente difícil. A veces, la gente que habla de «arte» y de «temas» y de «expresión interior» en la literatura, olvida, por ejemplo, que Cervantes escribió para la gente, y que Shakespeare también escribió para la gente, más aún, para un público de sala teatral. Yo no veo por qué no puedes descubrir en las historias que cuentas tus necesidades interiores; no sé en qué momento contar historias y saber contarlas, se separó de la literatura, o más aún, de la gran literatura. Cuando veo lo que ocurre en algunas partes del mundo, a veces me da por pensar que la culpa la tienen los poetas que se meten a narradores. Pero en fin, mejor me salgo de estos escollos, y dejo de decir barbaridades.



Palabras

Pero no se crea que contar la historia lo es todo para mí. Así como hago hincapié en una escritura sencilla, y sin excesos de comas (la coma es un problema del tamaño de un titán), también trabajo sobre el significado de las palabras, y les hago ver que una mala palabra puede echarte a perder la historia. Me he encontrado, por ejemplo, que muchos de mis alumnos que vienen de otros campos profesionales, son lectores de best-sellers, y los best-sellers por lo general vienen del inglés y están traducidos al español de España. Esto resulta grave en algunas ocasiones, pues entonces se ponen a escribir como si estuvieran traduciendo un texto, y eso, queridos amigos, es espantoso. El escritor venezolano Adriano González León dijo en una entrevista para la revista Especulo de la Universidad Complutense que el idioma «es por sí sólo un contenido, es una anécdota y una verdad.» Para González León una sola palabra podría contar una historia, «si el lector tiene imaginación». Y luego agrega: «Las palabras están llenas de emociones, de paisajes y de vidas interiores que el lector puede construir.» Si tomamos el concepto de significante y significado esto nos queda muy claro: un solo significante puede tener muchos significados, y estos variarán de acuerdo a sus relaciones de solidaridad con otros significantes. La caja de los significados de una palabra, cuando se encuentra sola, está llena, y cuando se combina con otras se empieza a vaciar hasta que quedan los significados acertados, en caso de que se hayan combinado correctamente con otros significantes. Dejando a un lado la subjetividad y el racismo, es muy distinto decirle «negro» a una persona de raza negra en Venezuela que decirle negro a una persona en Estados Unidos. «Negro» en Venezuela, dicho en un determinado contexto familiar, es una expresión de cariño. Tengo un amigo, y disculpen la infidencia, al que simplemente le llamamos «Negro», e incluso muchas personas que lo conocen ignoran su nombre. Él es, simplemente «El Negro».

El escritor debe prestar suma atención a las palabras que pone en sus textos. El ansia por el adjetivo es peligrosa, así como también lo es el sinónimo vanidoso. Un sinónimo vanidoso es mala yerba. Y esto se lo hago ver a mis alumnos en los talleres. No es lo mismo escribir «la niña yacía» que «la niña estaba acostada». Yacer es un verbo con historia lúgubre entre nosotros. Si bien, según el diccionario de la Real Academia Española, la primera acepción de «yacer» nos refiere a una persona echada o tendida, en nuestra cultura la segunda acepción ha tomado mayor fuerza: «Dicho de un cadáver: estar en la fosa o en el sepulcro». Así, yacer, quizás por el mismo desgaste dentro del discurso literario, se define más en nuestro contexto por la ausencia de vida. Si queremos decir que una niña está acostada, nada mejor que decir que la niña está acostada, sin más. Cabe recordar a Quiroga y el sexto precepto de su decálogo: «Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: “Desde el río soplaba el viento frío”, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla.»



Simplicidad

Para enseñar a escribir, sobre todo a esa gente «común y corriente» de la que he hablado al principio, creo que debemos partir de lo sencillo y de la práctica. Las personas deben entender que la academia sirve para dar paso al oficio. John Maeda, en su libro The Laws of Simplicity, dice que la simplicidad es igual a la sanidad. Y en serio, amigos, nosotros queremos gente que ame escribir, y no gente que salga loca del taller, y además odiando no sólo la escritura, sino también la lectura. Pero cuidado, no debemos tomar esto de la simplicidad a la ligera. Cito a Maeda: «Through my ongoing journey I’ve discovered how complex a topic Simplicity really is, and I don’t pretend to solved the puzzle.» Acá tampoco hemos resuelto el asunto. Enseñar desde la simplicidad y con una estrategia clara y sencilla es asunto complejo que hay que seguir pensando. Yo, por el momento, todavía me encuentro sobre el camino, aprendiendo.

jueves, julio 30, 2009

viernes, julio 10, 2009

LAS ESTATUAS IMAGINARIAS DE TESLA



En Nueva York, alguna vez, caminé por una calle dedicada a Tesla. Como suele ocurrir en esta ciudad y en cualquier otra de grandes dimensiones, la gente iba y venía como si nada. Seguramente ni sabían que esa calle estaba dedica a Nikola Tesla.

En su pueblo natal, en las cataratas de Niágara y en Long Island también se le rinde homenaje. En cada uno de esos lugares, se alzan estatuas conmemorativas. Pero nadie se detiene ante ellas. Ni siquiera tienen idea de quién es ese hombre. Hoy día, muy pocos lo saben.

No obstante, la vida y obra de Nikola Tesla es realmente memorable. Y no sólo la conocida, sino también la imaginada. Pues en torno a él se ha tejido una copiosa mitología de momentos. Proyectos secretos, armas letales, extraterrestres, conspiraciones en general han cubierto la piel que constituye su memoria. Porque Nikola Tesla no es solamente un genio olvidado, es también un personaje de ficción, una estatua que flota en la memoria del tiempo, a la espera de que alguien se ocupe de contar todas las verdades y maravillosas fantasías que lo constituyen.

Por cierto, el aeropuerto de Belgrado, capital de Serbia, se llama Nikola Tesla. Sus viajeros y trabajadores seguramente tampoco saben quién es.



El olvido de los soberbios

Tesla no te hubiera caído bien. Tenía un temperamento agrio, era insociable y en extremo prepotente. Estaba convencido de su genio, y lo peor es que no estaba equivocado. Nikola Tesla era, sin dudas, un genio, y gracias a él tenemos la radio (él fue su verdadero inventor), el control remoto, la corriente eléctrica que usamos hoy día, el radar, la radiografía, el encendido de los carros, la robótica y más de 1600 patentes con inventos fundamentales del siglo XX. No obstante, su nombre ha sido borrado de la historia. Quizás por pedante. Aunque, paradójicamente, su obsesión por la ciencia lo llevó a ser descuidado con la fama y con sus invenciones, a las cuales no le sacaba provecho comercial. Tanto así, que incluso permitió que Marconi (su más grande enemigo) recibiera un Nobel que en realidad debieron dárselo a él, y en 1915 hasta llegó a rechazarlo (el Nobel) pues se le pretendía dar compartido con otros de sus adversarios de calibre: Thomas Alva Edison. Para Tesla, Edison era un simple «inventor»; en cambio, él era un «descubridor». No es de extrañar que alguien con una mezcla tal de ego y misantropía sea enviado a los predios del olvido. Pero quizás también porque sus visiones del mundo alcanzan las alturas del delirio, y porque a algunos poderes no les conviene que se sepa de la existencia de un hombre que llegó tan lejos en sus teorías —así dirá algún teórico de la conspiración. Pero lo cierto es que gran parte de los papeles de Tesla se encuentran encerrados en profundas recámaras de seguridad del gobierno de los Estados Unidos. Otros, se sabe, le fueron arrebatados en su hotel el día de su muerte, y otros, terminaron perdidos en las distintas mudanzas que tuvo que hacer en los últimos años de un hotel a otro, cuando lo expulsaban por falta de pago.

Quizás también fue puesto a un lado del camino de la historia porque dijo, a lo ojos de la ciencia, cosas inconcebibles. En 1901 escribió un artículo titulado «Hablando con los planetas», donde aseguró que en 1899, extraterrestres lo contactaron a través de ondas de radio en su laboratorio de Colorado Springs. Recordemos que en aquel entonces no existía la radio, pero Tesla ya la había inventado (tres años después, Marconi pretendería ser su inventor, y así lo haría creer al mundo durante años.) Para muchos, este particular artículo de Tesla divide en dos su vida y marca su salida de la comunidad científica. De allí, al olvido, un paso. La leyenda dice que, a partir de este momento, Tesla no dejó de comunicarse con estas voces de otros mundos, y que de ellos recibió grandes conocimientos (es una lástima, pero como siempre, según algunas teorías, el hombre no es capaz de valerse por sí mismo, y como siempre las pirámides las construyeron otros, y también Macchu Picchu, y también el Empire State).

Justamente, en este momento, he puesto en mi chat el mensaje: «Hoy nació Nikola Tesla», y una amiga me escribe: «¿Quién es Nikola?» ¿Cómo le explico quién era Tesla en pocas palabras? ¿Qué le digo? ¿Basta con decir que fue el inventor de la corriente eléctrica que usamos en nuestros hogares? ¿Basta con decir que fue el inventor de la radio? ¿Basta con decir que fue el propulsor de la energía eléctrica sin alambres y gratuita (cosa que no se ha dado todavía en nuestro tiempo)?

¿Quién fue Nikola Tesla?

En The Prestige (2006) de Christopher Nolan, David Bowie interpreta a Tesla. Nadie mejor para encarnarlo. Bowie tiene cierta remembranza física con el inventor serbio, y su visión del arte musical en cierto modo es tan visionaria como lo fue la ciencia para Tesla. En ese film, Tesla inventa una máquina que desintegra y transporta en el espacio una chistera y un conejo. Los transporta y los duplica también. No es gratuita esta escena, pero más allá de ser fundamental para el desarrollo del filme, acá el guión se fundamenta en el llamado y supuesto Proyecto Invisibilidad, o Proyecto Arco Iris, también conocido como Experimento Filadelfia, fundado en 1936, y del que se dice Tesla fue director por un tiempo.

El proyecto consistía, según la leyenda, en la construcción de un dispositivo que intentaba hacer invisible los barcos de guerra norteamericanos. Se dice que en 1940, la marina de guerra le aportó a Tesla un destructor de guerra, el USS Eldridge, de siglas DE-173. Tesla, quien para aquel entonces estudiaba la anti-gravedad, buscaba curvar la luz alrededor del objeto —el destructor— y hacerlo desaparecer del radar. El experimento tuvo resultado la primera vez. El USS Eldridge se esfumó por unos instantes de la vista de todos, pero no del radar. Con el segundo experimento, no sólo se borró por completo de todo sistema de captación, sino que en ese mismo instante apareció a kilómetros de distancia en la bahía de otra base norteamericana para desvanecerse en cuestión de segundos y regresar al sitio original. Todo un éxito el experimento, pero se cuenta que dentro del USS Eldridge, parte de la tripulación sufría violentos mareos y dolores de cabeza, y algunos hasta quedaron empotrados de las paredes del barco. Esto, clara está, es una leyenda que además viene de otra leyenda. La historia original, basada en las cartas que un tal Carlos Miguel Allende le enviara al científico Morris Jessup, no tiene a Tesla por ninguna parte, y sí a un tal Franklin Reno o Rinehart. Hay quien dice que este Reno era el nombre falso que había tomado Tesla. Misterio sobre misterio, especulación sobre especulación, a la hora de crear una ficción, al escritor no le importa la realidad.





Tesla, el verdadero

¿Pero de dónde había salido este hombre tan enigmático, tan particular, tan genial? ¿Quién era Tesla, de dónde venía? Pues acá entramos en terrenos mucho más sólidos. Nikola Tesla nació a la medianoche del 9 de julio de 1865 en el lejano pueblo de Smiljan, en la llamada Frontera Militar (Vojna Krajina) del imperio austrohúngaro. Uno puede hacerse una idea de la pequeñez del poblado con un solo dato: para 2001, tenía 440 habitantes. Hoy, en una circunferencia llena de verde grama, se alza una estatua del personaje olvidado. En aquel lugar tan nimio, la grandeza de Tesla es apenas un recuerdo borroso.

Sus padres, Milutin Tesla y Duka Mendic, eran serbios. Milutin vivía para su vocación de reverendo de la iglesia ortodoxa lugareña. Aunque también tenía fama de poeta y de buen escritor. Duka Mandic era una mujer muy activa, muy inquieta, y gustaba de inventar aparatos para el hogar, como una batidora de huevos, por ejemplo. Milutin quería que Nikola siguiese la tradición paterna, pero el muchacho tomó los caminos de la madre y se fue por la carrera de ingeniería eléctrica. No obstante, si tomamos sus llamados «delirios» de los últimos años, podríamos decir que también llegó a ser escritor. Pues su imaginación alcanzó alturas realmente fascinantes con la postulación de aquel famoso rayo fulminante de partículas y sus estudios para crear naves voladoras muy parecidas a los ovnis.

Si hacemos caso al libro The Lost Journals of Nikola Tesla de Tim Swartz, los papeles encontrados por un tal Dale Alfrey son realmente una muestra de escritura alucinada. Swartz nos dice que este supuesto Alfrey compró en una subasta, y por el absurdo precio de veinticinco dólares, cuatro baúles llenos de papeles. Alfrey apenas le prestó atención a aquellas hojas. Pensó que se trataba de las anotaciones de un escritor de ciencia ficción. Al no verle mayor interés, dejó los baúles en su sótano, y no fue hasta los años noventa en que les prestó de nuevo atención. Fortuitamente el nombre de Tesla había aparecido en su vida, y pronto lo relacionó con sus documentos olvidados. Los papeles, enmohecidos, fueron sometidos a un proceso de curadoría, y ya para 1997, Alfrey había terminado de leerlos, e incluso se dispuso a escanearlos. Pero cometió un error. Según Swartz, al ver que faltaban algunos papeles, Alfrey mandó mensajes por Internet a distintos foros. Al poco tiempo, esas llamadas fueron respondidas: tres hombres de negro aparecieron en su casa, lo intimidaron y le arrebataron los papeles y el disco duro de la computadora. El libro, como se colige, está escrito en base al recuerdo. Lo que Alfrey rescata de su memoria, nos muestra a un Tesla obsesionado, enloquecido con aquellas señales extraterrestres que descubrió en 1899. Creía el científico que criaturas de otro planeta, «martiales», como se les llamaba entonces, estaban secretamente en la tierra, infiltrados. Swartz dice que Alfrey descubrió que Tesla (perdonen el enredo), había descubierto el calentamiento global, pero además, «Tesla pensó que esto estaba siendo producido por condiciones naturales, así como por interferencia artificial y extraterrestre.» Y más impresionantes aún:

«Con esto en mente, ahora podemos ver algunas de las razones para el comportamiento excéntrico de Tesla en los últimos años de su vida. Tesla se obsesionó con crear dispositivos para terminar la Guerra y unir a la humanidad en contra de lo que el percibía como el enemigo común: los extraterrestres. Él a menudo habló acerca de “Rayos de la Muerte” y “Torpedos sin Alas” que podían volar a través del aire sin propulsores o jets, posiblemente una de las menciones más tempranas de platillos voladores.»

Según Swartz, Tesla también es el abuelo de los movimientos ecologistas. Así, nos dice que Tesla «se interesó en desarrollar métodos para crear energía libre de fuentes que no fuesen la quema de madera o combustibles fósiles». Temía pues, por el fin del mundo en manos de unos extraterrestres antiecológicos.

Una vez más, cabe destacar que los documentos de Alfrey ya no están, y que el libro de Swartz resulta meramente especulativo. No obstante, para el bien imaginativo de una novela futura, sería hermoso que aquellos papeles fuesen realmente de Tesla. Lo que sí hay de verdad acá, son las intenciones de Tesla de crear armas de rayos, algunos aparatos voladores circulares y un generador de energía «ecológico».

Y sigamos con el Tesla constatable.

Se sabe que aquel muchacho que quiso seguir los pasos de su madre inventora, mostró a temprana edad gran inteligencia, sorprendente habilidad matemática y una extraordinaria capacidad para memorizar libros. Aprendió además varios idiomas y se dedicaba tanto al estudio que se debilitaba físicamente. Su padre le pidió que dejara la esforzada carrera de ingeniero, pero él continuó y se educó en Gratz, ciudad universitaria por excelencia, y luego en Praga. Estuvo en Budapest, luego en París. Vivía enfermo de tanto trabajar, pero finalmente, en 1882 inventó el motor eléctrico de corriente alterna. Muchos otros habían tratado de hacerlo, pero finalmente él lo logró al crear un campo magnético rotatorio usando dos circuitos en los cuales las corrientes estaban mutuamente desfasadas. Una positiva y otra negativa se alternaban y provocaban el giro. Así de sencillo. Pero quizás eso es el genio: encontrar la solución en la sencillez.

En 1884 se trasladó a Nueva York, donde residiría hasta el final de su vida, convertido en ciudadano norteamericano. A su llegada, Tesla conoció a otro gran hombre de ciencia: Thomas Alva Edison. Había llegado hasta el famosísimo inventor con 28 años, muy poco dinero y una carta extendida. Se trataba de una recomendación escrita por uno de los socios de Edison en Europa. La carta comienza así: «Querido Edison: conozco a dos grandes hombres y usted es uno de ellos. El otro es este joven.» Edison le dio trabajo, le pidió que resolviera algunos asuntos con los generadores de corriente continua (la patentada por Edison), y le ofreció además una prima de cincuenta mil dólares. A poco menos de un año, Tesla resolvió el asunto y le pidió el dinero a Edison. Dicen que Edison soltó una carcajada y le dijo que no había dinero, que todo había sido una muy común broma americana, y que debía empezar a acostumbrarse al humor de aquellos lados. Tesla mandó para el carajo a su jefe (disculpen el lenguaje, pero acá vale), y renunció. Desde entonces, Tesla y Edison fueron enemigos para siempre. Cuando Tesla se asoció con Wenstinghouse y comenzó a mover el negocio de la corriente alterna, Edison le jugó muy sucio al darse a la tarea de mostrar que la corriente alterna era peligrosa. De hecho, propulsó la construcción de la silla eléctrica con corriente alterna, y en demostraciones públicas electrocutó con ella gatos, perros y hasta elefantes (en Youtube escribes en el buscador Edison y elefante, y podrás ver la lamentable ejecución). No es de sorprender tales cosas, los tiempos en que la historia se escribía realzando a los grandes hombres ya pasaron. Edison era un genio, sí, pero a la hora del dinero, hasta los grandes hombres son viles y miserables.

Así, Tesla sale del nido, se aleja de su héroe para siempre, y monta un laboratorio propio en la calle Houston de Nueva York. Desde un tiempo antes viene trabajando con la corriente alterna (ya había tenido diferencias con Edison al respecto) y en aquella su independencia creativa termina de perfeccionar el motor de inducción de corriente alterna. No obstante, su situación es precaria. Sólo hasta 1887, cuando conoce George Westinghouse, científico pero sobre todo empresario, mejora su situación. Westinghouse le compra a Tesla todas las patentes de corriente alterna por un millón de dólares (lo que era bastante entonces), le ofrece empleo en su compañía como asesor técnico y un porcentaje en regalías. Digamos que fueron socios «parciales».

Sería junto a Westinghouse que Tesla se enfrentaría a Thomas Alva Edison en la llamada «Guerra de las corrientes», en la que los contrincantes se disputarían el dominio definitivo del negocio de la corriente en los Estados Unidos. La Feria Mundial de Chicago de 1893 fue un momento decisivo en esta lucha. Como todas las grandes ferias mundiales, aquella tenía que estar magníficamente iluminada. Sin miramientos, Westinghouse presentó un presupuesto por la mitad de lo que pedía General Electric, y de este modo le quitaron el negocio a Edison. Después, la Niagara Falls Power Company, encargaría a Westinghouse la construcción de su sistema de transmisión para darle luz a la ciudad de Búfalo. Más tarde, la guerra de las corrientes llegaría a su fin. Por lógica debía ser así: la corriente continua estaba destinada a perecer, pues para su generación se requerían mayores costos. La corriente alterna, en cambio, no necesitaba de grandes dinamos en serie, sino de distanciados transformadores de tensión, que podían variar el voltaje según su uso industrial o doméstico. Por cierto, en las cataratas del Niágara, también hay una estatua de Tesla. La gente le pasa al lado, como si nada.





El hombre de mundo

Ya para entonces Tesla era toda una celebridad que se codeaba con los grandes de la farándula y la cultura. Era invitado a dar charlas por todas partes. Se convirtió en el hombre del momento. Durante estos años vivió una especie de apertura, de vida galante, llena de salones y lujos. Ya sus excentricidades y manías eran harto conocidas, pero formaban parte de ese encanto que da la fama. Su obsesión con el número 3 era un detalle de cotilleo que generaba simpatía. Se sabía que Tesla siempre debía tener todo de a tres. Tres tenedores, tres cuchillos, tres manzanas. Se lavaba las manos constantemente, y se dice que era muy desagradable con la servidumbre y con las personas que consideraba menores. ¡Pero vamos, esto era parte de ese encanto! Y por supuesto, no había perdido la costumbre de trabajar sin detenerse. Se dice que dormía apenas tres horas diarias, y que en muchas ocasiones trabajaba días seguidos sin dormir. Así era su impulso creador en aquellos grandes años.

No obstante, los cosas no iba bien económicamente. La guerra por el dominio de la electricidad había exprimido todos los recursos de Westinghouse, y por detrás, en los mercados especulativos, daba vueltas el poderosísimo tiburón J.P. Morgan, buscando dar su gran mordida al negocio de la corriente. En un cartel de 1911, aparecen John Pierpont Morgan y el Tío Sam remando un bote. Es de notar que J.P. Morgan está dibujado de mayor tamaño que el Tío Sam. Esto funciona como una clara pista de la influencia y del poder que tenía el industrial y financiero durante aquellos años en Estados Unidos.

Ansioso de hacerse con el negocio de la corriente y viendo el estado en que habían quedado ambos competidores, J.P Morgan se propuso desprestigiar con rumores la compañía de Westinghouse. El resultado: Westinghouse no recibió apoyo monetario y quedó en la ruina. Tesla, en conversación con su «socio», rompió el contrato de sus regalías. Tesla estaba agradecido con el único hombre que había creído en él, y no esperaba nada más. Fue un gesto magnánimo, pero también estúpido.

Al poco tiempo, aparecerá el mismísimo bigotudo de John Pierpont en la vida de Tesla. Lo acaricia con halagos, pretende convertirse en su mecenas, y le escucha sus proyectos. Uno de ellos le sonará a millones de cajas registradoras: crear una gigantesca torre de corriente inalámbrica, que al mismo tiempo fuese un transmisor transatlántico de ondas de radio y de telefonía.




Allí comienza uno de los momentos más delirantes en la vida de Tesla: la construcción de la torre Wardenclyffe. Morgan aportó ciento cincuenta mil dólares, lo cual significaba muchísimo dinero, y James S. Warden, abogado y antiguo empleado de Westinghouse, ofreció ochenta y un hectáreas en Shoreham, Long Island, para fabricar dicha atalaya.

Lo que buscaba Tesla con esa torre-bobina era increíble: pretendía sacar energía de un punto cero, del aire, de la nada, lo que resultaba realmente innovador y descabellado. La energía eléctrica, como la entendemos hoy día, se saca de otras fuentes de energía superiores. Para sacar un mínimo de energía de una parte, necesitas que otra cantidad superior la suministre. Ergo, o Tesla era un genio o estaba loco. Algunos, como J.P. Morgan, estuvieron dispuestos a probar. Pero después, cuando quiso ver los resultados de su inversión, nada obtuvo. El detallismo maniático de Tesla no le había permitido terminar el proyecto. Las cosas empeoraron cuando el gigante de los remos se enteró de que Tesla pretendía que esa electricidad inalámbrica fuese un bien universal, gratuito, sin ganancias para nadie. Por supuesto, cuando Tesla pidió más dinero, se lo negaron. Después hubo un par de intentos de hacer funcionar la torre, pero surgieron desperfectos e incendios. Para 1906, los empleados desalojaron el lugar. En 1908, la propiedad cerró. En 1911 (año del cartel de J.P Morgan junto al Tío Sam) la estructura de la torre ya estaba bastante deteriorada. Y para 1917, la torre de 57 metros de largo y 20 de diámetro fue dinamitada por orden del gobierno, que temía que los alemanes pudieran estarla utilizando. Allí también se eleva hoy una estatua de Tesla. Nadie visita el sitio, y nadie sabe quién es el hombre de la estatua.






El rayo final y las palomas

Durante estos años, Tesla también estuvo trabajando en la máquina de rayos letales. Luego de Wardenclyffe, trabajó aún más en ello. Sin embargo, el incidente con que más se relaciona a Tesla y a su máquina de rayos ocurrió en el tiempo de la decadencia de Wardenclyffe. Se dice que la gran explosión de Tunguska en Rusia, ocurrida en 1908, lo produjo Nikola Tesla haciendo pruebas de su arma de la muerte.

Por aquel entonces, el célebre explorador Robert Peary realizaba la primera excursión exitosa al Polo Norte. Se dice que Tesla le escribió un telegrama que decía: «Amigo Peary, voy a mandar un rayo cerca de donde estás y ya me dirás como ha ido todo». Peary no vio nada, ni tampoco ninguno de los que lo acompañaban. Pero lo cierto es que ese día señalado por Tesla, ocurrió la descomunal explosión en un bosque de Tungunska, misterioso estallido al que aún no se le ha encontrado un razonamiento fulminante. Como muchas de las historias relacionadas con Tesla, se trata de una leyenda.

Con el tiempo, Tesla iría cayendo en la pobreza y el olvido. Vivía de un hotel en otro, huyendo de sus deudas. Perdió papeles aquí y allá. En 1934 le llegó una pequeña tabla de salvación. La Westinghouse Corporation llegó a un acuerdo con él: a cambio de que cesara la demanda de violación de sus patentes de inalámbricos, recibió un sueldo mensual como consultor.

En los últimos tiempos, se volvió a aún más ermitaño. Sus manías se lo tragaron. Al final, le quedaron las palomas. Unas palomas que el mismo cuidaba y alimentaba (mejor los animales que los hombres).

Eso sí, murió viejo. En 1943, a los 86 años, y en una habitación de hotel. Solitarias quedaron aquellas palomas, unas muy parecidas a las que ahora deben cagar sus estatuas. No obstante, las otras permanecen incólumes; aquellas estatuas imaginarias que en su honor ha erigido la imaginación de los hombres, y que juntas constituyen los capítulos de una gran novela donde la realidad y la ficción viven sin conflicto.

domingo, julio 05, 2009

viernes, julio 03, 2009

Paradojas de la estulticia





"Respeta, imbécil", escribió el anónimo.