jueves, mayo 29, 2008

Los libros que no leerás



El Sistema de Información Científica, Humanística y Tecnológica (SICHT) de la Universidad Central de Venezuela, dio a conocer un comunicado, fechado el 26 de mayo, en el que fija posición ante la decisión del gobierno nacional de clasificar a los libros como no prioritarios en la asignación de divisas, advirtiendo que ello agrava la situación de las bibliotecas para la compra y renovación de suscripciones de publicaciones. El comunicado señala que "nuestra universidad tiene actualmente 83 bibliotecas y cada año debemos incrementar sus fondos en aproximadamente un cinco por ciento. Cualquier retraso que nos impida cumplir con esa meta, disminuye nuestra capacidad como institución educativa, porque estos recursos son absolutamente indispensables ante nuestra impostergable necesidad de mantenernos vinculados al flujo internacional del conocimiento y ser el núcleo de nuestro poderío académico".


El documento "deplora las acciones tendentes a limitar el papel del libro en la sociedad venezolana a través de su inclusión en la lista de rubros no prioritarios para adquisición de divisas, a lo cual se suma el lento proceso de asignación de las mismas; se permite expresar la esperanza de que las autoridades correspondientes sabrán preservar para nuestros estudiosos esos poderosos recursos del aprendizaje expresados en el libro y la revista; fuentes inagotables del placer estético y humano que nos proporcionan", a la vez que exhorta "al Gobierno Nacional y a las autoridades universitarias del país a fin de que protejamos nuestras bibliotecas y sus documentos, sin cuya existencia el propio espíritu intelectual y académico de nuestra sociedad estaría en peligro."

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Tomado de Ficción Breve.

sábado, mayo 24, 2008

EL ARTE DE VENDER SAFARIS



Cartuchos valencianos
Conocí a Andrés Solé en Valencia, Estado Carabobo. En aquel entonces Andy era dueño de la magnífica librería Paseo de Gracia, cuyos libros le hacían justicia a la famosa calzada de Barcelona, ciudad editorial por excelencia.

Quedaba la librería en el centro comercial Prebo, uno de los espacios de compras más viejos de la ciudad; y eso no estaba bien, porque la gente proliferaba en los nuevos malls que de igual manera proliferaban. Tampoco estaba bien que yo tuviera un club de video con películas de la Cinemateca en el primer piso de un centro comercial muy bonito, pero escasamente visitado. En realidad, no estaba bien que Andy y yo tuviéramos dos cotos de caza tan sue generis en Valencia, una ciudad donde más importa que te vean la piel pulida y lustrosa que las vísceras del alma.

Pero vayamos por partes. Aquel predio de Andy no sólo era una librería. Al fondo, mi amigo había instalado un café que consistía en unas cuatro mesitas y una galería de fotos. Allí, Andy exponía el material de fotógrafos conocidos y el suyo propio, y más de una noche terminamos tomando cervezas sobre aquellas mesitas, ya con el cartel de CERRADO puesto en la puerta (uno de los más grandes placeres del mundo es poder beber en un local cerrado y en compañía del dueño). Así que fue allí, en ese café, donde conocí algunos asuntos de la vida de Andy Solé, fotógrafo, librero y vendedor de safaris.


El coto barcelonés
Pues bien, y como ya supondrán, en Valencia la caza no tuvo buenos resultados. Yo me regresé a Caracas y Andy se fue para España. Pero aquella vieja conversación de café de librería no se ha perdido. Hace poco continuó, gracias al correo electrónico y al chat.

“Desde siempre fui el fotógrafo de la familia”, me escribe mi amigo. “Cuando terminé el bachillerato, decidí dedicarme de lleno al oficio. En 1989, mi esposa y yo nos mudamos a Barcelona (España). Allí estudié fotoperiodismo en el Centre de la Imatge. En 1994 volvimos a Caracas”.

¿Cómo había ido a parar Andy a Barcelona? Pues no por esas mañas venezolanas de alzar ciudades culturales en su imaginario campesino, y de la cual Barcelona es la más reciente; no, la razón es otra: su familia era de Cataluña. Lo que sí estaba difícil de entender, o de conectar, era cómo terminaron Andy y su esposa Mariam en Valencia. “Después de vivir en un lugar como Barcelona, nos quedamos con las ganas de mudarnos a una ciudad más pequeña, más a nuestro ritmo. En 1996 nació Andrés, mi hijo mayor. Mis suegros ya vivían en Valencia desde hacía dos años. Nos contaron tantas bondades de la ciudad que decidimos dar el paso.”

Pues bien, Andy y su esposa se fueron a Valencia. Allí, Andy montó la librería que ya sabemos. “Mi sueño siempre fue tener un amigo con librería; ninguno se animó, y me tocó montarla a mí”. De este modo, gracias a la falta de entusiasmo literario de sus amigos, yo conocí al personaje que nos ocupa, y su historia como vendedor de cacería.

Podríamos conjeturar que la elección de tan particular oficio se debe a un sueño de infancia. Ya saben, cuando uno es pequeño quiere ser policía y abogado, y después, cuando crece, te das cuenta que esos oficios son horrendos y te pones a hacer otra cosa. En el caso de Andy, podríamos pensar que lo mejor soñó con ser cazador de safaris, pero como no pudo serlo, se dedicó a venderlos. Pero él nos da una explicación más sencilla y lógica, y que no atañe a fantasías novelescas: “Cuando estudias tienes licencia para hacer trabajos inusuales, desde repartidor de pizzas hasta testigo de embargos, pasando por intérprete de un cazador profesional que no hablaba inglés. Lo de vender safaris se dio con el tiempo.”


De cazadores profesionales y deportivos
Andy se define como un broker, y no hace alardes de haber viajado por el mundo en emocionantes safaris para millonarios. Ellos, los compradores adinerados, son los llamados cazadores deportivos. Porque hay que saber distinguir. El cazador deportivo es el cliente, y el cazador profesional, como su nombre lo indica, es quien dedica a tiempo completo, todo su conocimiento en asesorar a los cazadores deportivos y a organizar cacerías según las necesidades del cliente. Ambos, el profesional y el deportivo, suelen encontrarse en las convenciones de caza. La más famosa, la más grande de éstas, la promueve el Safari Club Internacional (SCI), que se celebra todos los años en EEUU, en la ciudad de Reno, Nevada. En esas convenciones se pueden ver muchas escopetas, muchos tipos apuntando con ellas, cantidades inmensas de cartuchos y muchas cabezas de animales con cornamentas exuberantes.

Andy trabaja para Salvador Chias, uno de los cazadores profesionales más reconocidos de España, con más de cuarenta y cinco años de experiencia, y más de 20 asistiendo a la convención del Safari Club International, “con el que contribuye anualmente donando planes de caza para ser subastados para beneficio de esta organización”, dice en su página WEB (www.salvadorchias.com). Y es que los cazadores profesionales tienen eso: son como unos caballeros de ideales altruistas. El mismo Andy, que no caza sino clientes en convenciones, lo dice: “Los cazadores profesionales son personajes de novela, mitad soldados, mitad poetas”. Recordemos que la caza siempre fue un privilegio de nobles, de gente de sangre azul, con caballos, escudos, terrenos y ocio de sobra. A su vez, el origen de muchos de estos hombres de abolengo, está en el mundo militar. El título de duque, por ejemplo, viene del latín clásico dux, rango militar romano que equivale a General.

Quién sabe si gracias al aura de nobleza que rodea a la actividad, los cazadores hacen gala de una mentalidad ecológica o conservacionista. “No hay gremio más interesado en la preservación de la vida salvaje que el de los cazadores profesionales”, nos dice Andy. Y claro, más allá de las causas nobles, esta es la otra gran razón: sí se acaban los animalitos -y los animalotes-, se termina la diversión. Pero sigamos con Andy: “Los cazadores profesionales no sólo acatan sino que asesoran a organismos gubernamentales en materia de vedas, calidad cinegética, prevención de epidemias y furtivismo. Lamentablemente los controles excesivos típicos de las sociedades desarrolladas le restan magia a la aventura. Hasta hace diez años podías llevar la presa cazada a uno de los tantos restaurantes especializados en carne de este origen. Hoy día, los permisos sanitarios hacen imposible comercializar el producto de la caza a terceros.” Es así de sencillo: los cazadores organizados, preservan para seguir cazando. “En Bambi, el cazador era el villano, en Caperucita Roja, el héroe”, acota Andy.


Presas de la chequera
Ahora, cuando hablamos de safaris modernos, de cacería moderna, estamos hablando de algo que cuesta dinero. Es decir, cazar por el mundo es una diversión para millonarios. La mayoría de ellos, casi todos, son coleccionistas. Es decir que tienen un gran salón con animales disecados que ellos mismos han cazado. Y, como si se tratara de un vicio costoso, cada vez quieren más: “Si tienes un jabalí africano, tarde o temprano te enterarás de que el centroeuropeo es mucho más grande, así que… a por él”.

Cuando un cazador-coleccionista de estos quilates (en oro), compra un viaje de caza, la compañía que le presta el servicio, está en la obligación de ofrecerle acogedores hospedajes y extraordinaria comida. Muchas de estas excursiones se llevan a cabo en Europa, pero en lugares apartados, y si además consideramos que África es el principal destino para los cazadores, seguido por Asia, la cosa se pone entonces titánica. Pero es así, el cazador profesional debe aportar comodidad al cazador deportivo, y también un montón de trámites y conocimientos relacionados con el tema. “No siempre el cliente sabe los detalles de la especie que busca colectar; datos como calibre ideal, distancia de tiro, época en celo, cambio de pelo o caída de cornamenta (en los cérvidos como el venado), son indispensables, y sólo puede manejarlos el profesional. Una vez fijado el itinerario del interesado, el cazador profesional tramita los permisos de caza, las licencias, los seguros y los salvoconductos para las armas.” El comprador del safari sólo debe poner la chequera y su presencia, de lo demás se encarga el cazador profesional, y eso, cuesta dinero. Los servicios de un safari pueden variar. Pero con Andy y su jefe Salvador, el alojamiento y las comidas cuestan 650 dólares diarios (mínimo cuatro días), más el precio de la presa. Si vas acompañado por tu esposa, hay cargos adicionales que no bajan de cien dólares. Los niños, en muchos casos, salen gratis. Las presas tienen diferentes precios, según su dificultad para ser cazados. Un jabalí puede costar 1.200 dólares, un ciervo 4.500, y un Ibece Alpino (algo así como una cabra gigante), nada más y nada menos que 7.000 dólares. Todo esto sin contar el trabajo del taxidermista, porque el trofeo se lleva para la casa y se pone en el salón, como recordarán. “Un venadito bien hecho a cuerpo entero puede costarte unos 5 o 6 mil verdes”, explica Andy hablando de ese otro mundo que es el de los taxidermistas, profesión que está viva y coleando, y que también tiene sus detalles curiosos. “En Europa sólo se monta el cráneo con los cachos, entre otras cosas por falta de espacio; a los americanos les encanta el full mount.” La taxidermia, sin duda, da para otro reportaje. Pero sigamos con los cazadores deportivos.

“El perfil de nuestro cliente es republicano, mayor de 45 años”, apunta mi amigo. Sin duda, existe una larga tradición de cazadores norteamericanos tras la huella de bestias exóticas. Grandes e ilustres antecesores han sido el director de cine John Huston, el presidente Teodoro Roosevelt y el escritor Ernest Hemingway.

Cada año, en la Convención de Reno, asisten los mismos. Es un como un pequeño club, casi como pasar lista. “Cuando algún asiduo falta, todos pensamos ‘algo habrá pasado’. Enfermedades como la malaria o un accidente de caza son algo normal”. Sí, muy normal, pero si algo así ocurre, es una gran vergüenza para el cazador profesional, y un fallo de tal naturaleza puede sacarlo del negocio para siempre. Andy cuenta que después de 15 años asistiendo a esta gran Convención, “te acostumbras a toparte en los pasillos con personajes como Normam Schwarzkopf, Charlton Heston o Bush padre. Todos cazadores.” Andy recuerda haberle vendido un safari al hermano del Sha de Irán, y a alguno de los hermanos Ricci, del imperio cosmético Nina Ricci. Por Venezuela, dice que el apellido Zing aparece en algunos registros. “Pero nunca accedí al mercado local. Nadie es profeta en su tierra, y con control de cambio…”. Pero por allá lejos en Nevada, o en España, Andy sí ha vendido sus safaris. Allí, frente a él, ha tenido a aquellas personas que viven una vida totalmente diferente a la nuestra, con ellos ha tratado, y de muchos se ha tenido que aguantar sonriente las historias de sus cacerías con pelos y señales, para luego quedarse con la sonrisa convertida en un feo rictus cuando le dicen que no van a comprar esta vez, que están muy ocupados.

Tal como diría Selecciones: “esos son los gajes del oficio”.


Anécdota sin aquello, tal como Andy me la contó
“En la caza del oso polar es común que el profesional te advierta que las posibilidades de éxito son escasas. Depende mucho más de la suerte que cualquier otra cacería. Es un viaje interminable al norte del Polo Norte, donde el paisaje pierde color y el frío húmedo desafía la buena salud del aventurero. Es una experiencia solitaria; un guía esquimal será toda tu compañía los días que dure la búsqueda. Sin embargo, mi amigo José tuvo la mejor de las suertes, al segundo día pudo cumplir con el objetivo de su viaje, un magnífico ejemplar que llenó de alegría al guía inclusive. Ya en el campamento, se acomodaron en el igloo, ese habitáculo tan visto pero poco conocido. Extrañamente este espacio sin divisiones es un alojamiento tibio, que normalmente comparte el nativo con su compañera. Mi amigo ignoraba que la verdadera aventura estaba a punto de comenzar. Una cacería resuelta en tan poco tiempo y con tanto éxito merecía una celebración y la euforia del guía lo llevó a encontrarse con sus más íntimas raíces, y a ofrecerle a mi amigo los favores de su esposa. Él no salía de su asombro, para un europeo aquello formaba parte del imaginario del gremio; pero sí, la mayor muestra de cortesía para aquel hombre era ofrecer su bien más preciado, su fuente de calor, y la mayor descortesía era no aceptarlo. Así pues que ante el desconcierto inicial, mi amigo solo atinó a decir que un viejo accidente de caza lo había dejado impedido de… aquello. El esquimal, sorprendido, bajo la vista, sonrió, y no volvió a tocar el tema. Al día siguiente mi amigo partió con su trofeo. En su casa puede verse la piel de aquel animal, recordando el día que mi amigo se quedó… sin aquello.”


Glosario silvestre
Calibre: Es el diámetro interior del cañón de un arma de fuego o el diámetro del proyectil que usa. La caza de cada animal requiere del calibre adecuado.

Calidad cinegética: Se subordina al Calendario Cinegético, que define los períodos hábiles para cazar todas aquellas especies de fauna silvestre para las cuales existe permiso, tomando en cuenta el sexo, la talla y el peso de los individuos susceptibles de ser cazados, así como la cantidad de piezas que cada cazador está autorizado a cobrar por día de caza.

Caza: La acción de cazar se califica según la presa: la caza mayor es la de jabalíes, lobos, ciervos u otros animales semejantes. La menor, la de animales como liebres, conejos, perdices o palomas.

Coto: Terreno acotado (delimitado) para un uso determinado. El coto de caza es aquella área pública o privada cuya extensión y características medioambientales permiten la existencia natural o inducida de especies de fauna silvestre para llevar a cabo la actividad de cacería dentro de sus linderos.

Celo: Época en que los animales sienten apetito sexual. Su interés por aparearse los hace descuidados frente a los depredadores.

Cérvidos: Son aquellos rumiantes cuyos machos tienen cuernos ramificados que caen y se renuevan periódicamente; como el ciervo y el gamo.

Furtivo: Es quien caza o pesca a escondidas del dueño de una finca o custodio de un coto de caza.

Safari: Excursión de caza mayor conducida por un profesional. Normalmente se asocia el término al continente africano.

Taxidermia: Es el arte de disecar animales para conservarlos con apariencia de vivos. En algunos casos el arreglo puede resultar más costoso que la propia cacería.

Trofeo: La acepción más cercana que se le da en caza es la de “monumento, insignia o señal de una victoria”. Es decir, el trofeo es la pieza cazada. Pero cuando se usa el término como adjetivo: ese animal es trofeo, se habla estrictamente de una serie de características y medidas que lo hacen merecedor de un puntaje dentro de una escala en particular. Existen dos escuelas, la europea y la americana. La europea se rige por la norma CIC (Conseil Internacional de la Chasse) y la americana por la SCI (Safari Club Internacional). La calificación se expresa en medalla (metafóricamente), y puede ser oro, plata o bronce. Cada una tiene distintos matices, como un bronce alto o un oro bajo. Ambas CIC y SCI son válidas, pero con parámetros distintos. Esto quiere decir que a veces una medición oro según CIC, puede resultar plata según SCI, y viceversa.

lunes, mayo 19, 2008

A quitarse el sombrero


Armando José Sequera fija nueva marca en ventas

"Teresa" y "Mi mamá es más bonita que la tuya"
llevan 21.770 unidades vendidas



Armando José Sequera es uno de los escritores más solventes del sello Alfaguara Infantil y Juvenil. Con una dilatada carrera periodística, su labor literaria se complementa con decenas de libros publicados de su puño y letra. “Teresa” y “Mi mamá es más bonita que la tuya”, dos títulos destinados a los primero lectores, acaba de fijar una nueva marca de ventas, inédita en el mercado venezolano: 21.770 unidades desde 2006 hasta lo que va del año 2008.

Los libros, que forman parte del Plan de Lectura de Alfaguara Infantil y Juvenil, promocionados directamente en las escuelas y en librerías, tratan de una niña que, como cualquier infante de Venezuela o del resto del mundo, es adorable, ingeniosa, alegre y, en ocasiones, sincera hasta la crueldad. La trilogía culminará con “Los hermanos de Teresa”, un volumen que saldrá en el mes de junio y con los mejores augurios.

En un mercado editorial como el venezolano, en donde un libro exitoso cierra el año con 3 mil unidades vendidas, los ejemplares despachados por Sequera pueden considerarse todo un récord en su estilo. La hazaña aún es mayor cuando el público meta está representado por el lector infantil y juvenil, que ha sido tan poco tomado en cuenta en el país.

Para el Grupo Santillana es todo un orgullo formar parte de los logros de Armando José Sequera, y esperamos mantener nuestro constante afán de llenar todos los espacios en donde pueda entrar la lectura.

Daniel Centeno M.
Jefe de Comunicaciones
Grupo Santillana (Venezuela).

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Boletín del Grupo Santillana.

sábado, mayo 10, 2008

2:37 AM


Hubo una semana en que Killer Santaella se levantó todas los días a las 2:37 de la madrugada. Así lo señalaba el reloj de su teléfono celular.

La primera noche, se quedó en la cama, dando vueltas, insomne. La segunda, prendió la lamparita de la mesa de noche e intentó leer, pero no pudo, estaba tomado por una extraña inquietud. La tercera se salió de la cama y fue a la sala; allí estuvo, parado en el medio de la oscuridad. La cuarta, volvió a salir a la sala. Llegó hasta una de las ventanas, se asomó. La noche era hermosa, serena. En el entorno más cercano todo dormía; a la distancia, la autopista dejaba oír su respiración profunda. Pero Killer Santaella no podía estarse tranquilo. Algo le preocupaba. No fue hasta la quinta madrugada cuando, espectante en el medio de la sala, comprendió. Buscó su escopeta y se sentó en el sofá a esperar. Nada sucedió y como a las 4:30 volvió a la cama. La sexta noche, acompañado de la escopeta, buscó una silla y la acomodó en el sitio que se le antojaba ideal. La séptima, vio a la silueta que se alzaba sobre la ventana. Primero fueron las manos que se sujetaban a los bordes inferiores, luego los brazos que se doblaban, con los codos apuntando hacia arriba, acto segido cabeza y después el tronco. Más atrás fue una pierna que se deslizaba, la otra, y finalmente el cuerpo entero en la sala. Killer Santaella, oculto dentro de su capa de sombras, se sabía invisible, y no pudo una evitar una sonrisa al ver que el landronzuelo se quedaba allí, y en la oscuridad, escuchando, verificando que sus acciones no hubiesen despertado a nadie, pretendiéndose ausente, inexistente. Pero aquello ya no era posible. La figura ya no estaba hecha de oscuridad, sino de fuego, de un fuego poderoso que ardía tanto en su cuerpo como en la cabeza de quien lo miraba.

—Buenas noches -dijo Killer Santaella. La sombra se tensó en la oscuridad. En sus manos creció una hoja de puñal. Killer volvió a hacer una sonrisa que el ladrón no vio. -Tienes siete noches despertándome, coño de tu madre. Ya es suficiente -y entonces disparó.

Afuera se encendieron algunas luces en las ventanas. Alguien gritó: “Dejen de hacer ruido, carajo”. Las luces estuvieron flotando en su marco por unos instantes. Luego se desvanecieron. Así es la gran ciudad, indiferente, pensó, y luego: Más que indiferente, egoísta.

Bostezó y se fue a la cama, a dormir.

Mañana se encargaría del muerto.

viernes, mayo 09, 2008

Gogol Bordello - Start wearing purple



La banda


Eugene Hütz




jueves, mayo 08, 2008

LA ORQUESTA DE CIEGOS CAMINANTES





El gabarrero estaba de huelga y no había otra manera de cruzar el ancho y caudaloso río. Ya llevaban allí dos horas y nada movía la compasión del piloto. Ni siquiera la explicación que del otro lado los esperaba un grupo de televisión internacional para grabar a unos aborígenes de la zona interpretando unos cantos gregorianos juntos a un gran tenor y a una estrella de rock en pro de la preservación de la cultura indígena y del Amazonas. Nada, nada lo hacía cambiar de idea, ni el único ojo de Lázaro Cárdenas, que expresaba toda la súplica que dos ojos juntos pudieran, como tampoco los siete pares de ojos vacíos que se posaban sobre la selva y el río. Pero también era que los ciegos no ayudaban a la labor de Lázaro. Afinaban y volvían a afinar sus instrumentos, y era más que evidente que al gabarrero le molestaba aquel barullo de sonidos dispares venidos de la ciudad. Él era un hombre de selva y los sonidos de la selva eran los únicos que él conocía y aceptaba. Ya Lázaro los había mandando a parar en dos ocasiones, y ellos, sí, pararon, pero no tardó el director de la orquesta (y también manager, chofer, cocinero y todero de la misma) en arrepentirse, porque entonces tornaban sus ojos muertos hacia el cielo, como suplicándole al Altísimo, y empezaban con las quejas. Que si Lázaro era un bueno para nada, un inútil, que ya otro hubiese resuelto el problema, y maldito el día que nos conseguimos contigo, inútil, inútil y otra vez inútil. El gabarrero los miraba, entre enojado y temeroso y, cada vez con más convicción de acero, decía que no, que estaba de huelga. Lázaro mandaba a callar a los músicos y ellos le preguntaban: ¿Y entonces, qué es lo que quieres, que nos callemos, que no afinemos, que nos caigamos muertos? Eso es lo que tú quieres, vernos muertos; y dale y dale con el cuento, y nada más por malcriadez volvían a afinar los instrumentos. Lázaro les espetaba que después de aquel viaje no los quería ver jamás, y ellos le respondían que ésa era su maldición, su destino, estar siempre juntos.

Pasó otro par de horas, y la selva, ya cansada de las afinaciones de la orquesta invidente, empezó a meterse hacia el río con sus propios sonidos.

─Ya se está haciendo de noche, me voy ─anunció entonces el gabarrero.
─¿Y entonces, no vamos a…? ─indagó Lázaro Cárdenas.
─Nada. Estoy de huelga. Adiós.

El gabarrero agarró por un camino que se internaba en la selva.

Allí quedaron, los siete músicos invidentes, Lázaro Cárdenas, una camioneta Wagoneer, el río y la gabarra.

Muchas historias pueden hacerse con estos elementos y muchas historias pasaron por la cabeza de Lázaro Cárdenas. Pensó, por ejemplo, en montarse en la camioneta, irse bien largo al carajo y dejar que a los ciegos se los comieran los leones, los tigres, los monos aulladores, los extraterrestres o lo que fuera que aguardaba en el interior de la selva. Otra idea magnífica era meter a los músicos en la camioneta y regresarse todos a la ciudad. Total, lo que les esperaba al otro lado del río era una reservación indígena sin medios para pasar la vida, ¡y claro, lo de menos!, las cámaras de una televisora internacional que los iba a dar a conocer al mundo entero: la excelentísima, conmovedora y singular “Orquesta de los Ciegos Caminantes”.

No, no podía dejar pasar esa oportunidad. Tantos años de sacrificio merecían la mejor de las recompensas. Y después ya iban a ver los cieguitos, pero ver de verdad verdad. ¡Ah, Lázaro Cárdenas, director de la orquesta y pelagallos, manager, chofer, cocinero, mula, arrastrado y santo! Tan sólo pedía tenerlos frente a él, con la vista recuperada, con los ojos bien abiertos. Parecía absurdo, infantil, pero lo que siempre habían deseado era hacerles la gran seña, la del siéntate aquí para que goces, para que sufras, para que te duela y, por si acaso, por si te gustó, más adentro, todo todito el brazo.

Pero primero tenía que llegar al otro lado. Después ya iban a ver.

─Tenemos que llegar al otro lado ─dijo.

Los ciegos no tardaron en responder:

─¡Vaya, eres todo un genio!
─¡Estuvimos aquí todo el tiempo y él no sabía que hacer!
─¡Se te reventó el cerebro!
─¡Sí!, ¿no te huele a excremento de burro?
─Anda pues y cómpranos alas.
─Sí, porque ya el barquero se fue y no hiciste nada.
─¡Ahora nos va a decir que sabe como manejar una gabarra!

Lázaro les dio la espalda y caminó hacia el muelle donde se encontraba la gabarra.

─Como esclavo de ustedes he tenido que aprender de todo ─les gritó al tiempo que saltaba a la nave─. El que se quiera quedar que se quede, porque éste que está aquí va a llegar al otro lado.
─Allá vamos, inútil, allá vamos…

Al rato, los ciegos se encontraban en medio de la embarcación, muy apiñados, espalda contra espalda. “Son uno sólo”, pensó Lázaro desde su puesto de piloto, “frágil como recién nacido, perverso como siete demonios invidentes”. Estaba cansado, se arrellanó sobre la silla y cerró los ojos. Calculaba que una hora estarían del otro lado del río. Después de tanto ajetreo, aquel momento era la gloria.

─No está mal, no está mal ─se dijo Lázaro Cárdenas haciéndole una enorme sonrisa al amplio cielo estrellado─. Una noche bonita, un equipo de televisión esperándome al otro lado…

Coquillas con susurro acariciaron sus oídos. Volteó hacia atrás, pero no había nadie a su lado. Sin embargo, se dio cuenta de que uno de los ciegos gesticulaba hacia el puesto del piloto. Se puso de pie y asomó la cabeza fuera de la cabina. Efectivamente uno de los ciegos le estaba gritando:

─Lázaro, queremos regresarnos, ¿nos escuchas Lázaro?
─Sí, escucho, pero ¿por qué carajos se quieren regresar?
─Porque sí, porque sí.
─¡Tiene que haber una razón!
─Estamos cansados.
─¿Cansados?
─Sí, estamos cansados de todo, pero en particular estamos cansados de ti.

Lázaro empezó a bajar las escaleras a grandes pasos.

─¿Cansados, ustedes están cansados? ─les gritó, aunque ya estaba cara a cara con el vocero. ─Pues saben cómo es la vaina, que el único que está cansado aquí soy yo. ¡Ya no aguanto más! ¡Nueve años, NU-E-VE, y ya estoy hasta aquí de ustedes y de su miserable mundo de ciegos, de su oscuridad de ciegos fracasados!

Los músicos se habían dispersado, lo suficiente como para sacar los instrumentos de los estuches. Ahora comenzaban a afinarlos.

Lázaro no dijo más, apretó la boca, apretó los puños y se quedó en el sitio. Los vio afinar los instrumentos, los vio sonreír con esa sonrisa estúpida de los ciegos, los vio conjurarse para invocar esa melodía enloquecedora nacida de las entrañas mismas de la maldad. Lázaro quiso gritarles que ya era suficiente, que pararan, que estaba a punto de volverse loco, pero su boca se abrió para un grito y su cuerpo se precipitó contra los violinistas.

Los siete ciegos cayeron al piso, de rodillas sobre la cubierta de la gabarra, como si hubiesen sido sometidos a implorar perdón. Una vez más, como todos los días, maldijeron con voz herida a Dios, maldijeron su ceguera de por vida y maldijeron a Lázaro.

Lázaro trastabillaba por la cubierta.

─Perdí mi arco ─se quejó de pronto uno de los ciegos violinistas.
─¿Se te cayó al río? ─preguntaron los otros.
─No, Lázaro me lo quitó.
─Lázaro, maldito, devuelve el arco.

Pero la brisa se llevaba las palabras y no llegaban hasta Lázaro, que balbuceaba sonidos sin sentido, entremezclados con gimoteos de llantos.

─Devuelve el arco, Lázaro.

Los ciegos se pusieron en pie y volvieron a unirse espalda contra espalda. Ahora Lázaro tambaleaba hacia ellos. Los ciegos se movieron hacia los pasos que venían, de manera que el ciego violinista que había perdido su arco quedó frente a Lázaro.

─Lázaro, devuélveme lo mío.
─Sí, el arco ─gruñó Lázaro, y se llevó las manos a la cara. Sentía que el rostro se le derretía y se le convertía en un líquido viscoso y ardiente.

El ciego violinista proyectó ambos brazos hacia delante y el arco fue colocado en sus manos.

─Pero… ¿Pero qué has hecho, Lázaro? ─dijo el ciego.
─Que ya no los veré nunca más, ahora sí que ya no los veré más… ─respondió Lázaro, y estalló en un tropel de carcajadas.

Entonces los ciegos comprendieron y acompañaron a Lázaro en un concierto de risotadas, estertores de ocho almas obstruidas por un odio eterno, macerado en una fétida oscuridad demencial.

La gabarra continuó a la deriva.




(De Cuentos de cabecera, 2001)