viernes, marzo 28, 2008

Historias que espantan el sueño en PROSOEMA

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Historias que espantan el sueño
Editorial Alfaguara, Caracas, 2007.
Ilustraciones: Pedro Aguilar.



Este libro está compuesto por siete cuentos, varios de ellos, magistrales muestras de literatura de terror para niños y jóvenes.

Me referiré especialmente a cuatro de estos relatos que hacen que su lectura se disfrute en verdad: "Yoamoatodoelmundo dice", "La playa solitaria", "El escondite con los risitas" y "La niñera mala".

En el primero de tales cuentos, un niño conoce mediante el Chat a alguien que se identifica como Yoamoatodoelmundo.

Con quien se oculta tras ese nombre inicia una relación epistolar de amor/odio que lleva a un final parecido a una de las más escalofriantes leyendas urbanas generadas por Internet: la de la doncella ciega (Blind Maiden).

Tanto el desarrollo del relato, como su final, han hecho a muchos de sus lectores jóvenes perder el sueño y a muchos padres de éstos reclamar a la editorial por su publicación y a algunas docentes por habérselo recomendado a sus alumnos.

Ello, en lugar de constituir un pecado, una falta o un defecto, habla de la capacidad literaria del autor, capaz de transmitir una sensación de horror tal que, en tiempos de un cine y una televisión repletos de escenas y efectos altamente violentos y escalofriantes, logra enormes sensaciones de miedo con el único recurso de la palabra.

Sobre el miedo literario es mucho lo que se puede decir, pero basta señalar que el mismo, aunque a veces disipe el sueño nocturno por unas horas, es infinitamente menos dañino o peligroso que el miedo provocado por los noticieros de televisión, las películas de terror, los videojuegos y los exámenes de las materias que no se dominan.

"La playa solitaria" presenta a una niña y a su madre, quienes se encuentran en un lugar vacacional con playa. Allí se topan con una atemorizante niña fantasma.

Este texto también invoca ese miedo sabroso que formó parte de las antiguas noches de la humanidad, cuando el único medio de comunicación era la voz de hombres y mujeres, en torno a esas hogueras que, aparte de extender el día, mantenían a raya a los horrores ocultos en las sombras.

"El escondite con los risitas" es, además de terrorífico, kafkiano y hasta recordatorio de algunos de los mejores momentos del clásico de Lewis Carroll Alicia en el País de las Maravillas.

Sin advertirlo, Pablo, su protagonista, se introduce en un universo de juegos al aire libre del que, al parecer, no hay escapatoria. Allí se topa con unos seres demenciales y demoníacos conocidos como Los Risitas", por su risa de niños-hiena.

La atmósfera creada en este cuento es un gran logro de Fedosy, pues permite compartir el miedo cósmico que embarga a su protagonista.

"La niñera mala", que rememora en los lectores a Vicky, la malvada e inquisitorial niñera de la serie de dibujos animados Los padrinos mágicos, es peor que ésta.

Los lectores se identifican con el niño narrador, cuyo hermano, Javi, es víctima reiterada de esta perversa "cuidadora".

Pero el narrador es alguien muy particular que, aunque logra imponer algo de justicia, muestra al final del cuento que su condición especial proviene de un horror mayor que el que se ha contado hasta entonces.

Con este libro, puedo afirmar que Fedosy Santaella se asienta en la literatura para niños de Venezuela y del resto del continente americano, como uno de sus cultores más destacados.

Luiz Carlos Neves y Armando José Sequera


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lunes, marzo 17, 2008

UN SOMBRERO DE PAJA ITALIANA





Por Leoncio Martínez


Carlucho Sirgüela dio por terminada la limpieza de la moto y echó sobre los níkeles relucientes y engranajes lubricados una mirada amorosa. Era una bella máquina último modelo, regalo de su padrino el día de su santo. Cómo se la envidiaba Atilio Mortó que apenas había podido comprar una moto de medio uso, salida de fábrica hace dos años; lo mismo que Pepe Calzada envidiábale sus raquetas, Jacinto Febre sus zapatos de sport y el infeliz de Graciano Lugo sus guantes de boxeo.

Sonrío satisfecho, soltó el arranque y una epilepsia estrepitosa sacudió la máquina; el latido del motor fue apagándose lentamente en un suave silencio; luego Carlucho trajo de la sala un cojín búlgaro y lo tiró al descuido, como una gran ave muerta, sobre el side-car.

La llevaba hacia la calle con el cuidado de quien conduce una novia, pero al pasar por el corredor, no pudo dejar de detenerse ante el espejo de la sombrerera, a darse los toques finales.

Estaba bien, casi bien.

Retocó la caída abandonada ex profeso de su cuello byron, corrió la lengua por los labios finos y rojos, echó hacia atrás, pisándolos con el sombrero cow-boys dos mechones que le salían bajo el ala…. Sin darse cuenta le vino a la memoria la frase con que la señora Sirgüela solía agasajarlo en sus momentos de expansión maternal:

-¡Tan lindo mijo!

¡Y sin embargo!

Sin embargo, aquella arisca de Virginia Finlay se resistía a tales encantos; no lograba convencerla, a pesar de las frases enamoradas que deslizara a sus oídos durante un fox, a pesar de que lo vieran guiando un ocho cilíndros de sesenta mil bolívares, a pesar de que una vez en presencia de ella, había dominado las argollas más de doce veces.

Pero, ahora sí. Ya Virginia había aceptado en principio y él estaba dispuesto a todo. Hoy vencería aquella fría indiferencia, se jugaría la última partida y su máquina, limpia, deliciosa, dócil, ayudaríale en la jugada.

En la calle, sentado ya en su motocicleta, hacíase estas reflexiones; de pronto sacudió pensamientos y arrancó como un rayo.

Detonaciones. Polvo. Escándalo. El pitazo estridente de un granuja. Ladridos de perro. El eco de una bocina distante…



***


Ahora Carlucho va devorando la carretera. Pero no va solo: ahora le acompaña Virginia Finlay en el side-car.

El viento, en la carretera, agita un chal color naranja y manojos de rizos rubios que se chocan, se levantan y caen como rozando. La muchacha mete la cabeza contra el viento y ríe.

Carlucho siente bajo sus piernas acelerarse el corazón de hierro de la motocicleta:

-¡Pah!, ¡pah! ¡pah! ¡pah!...

Una curva. Virginia da un grito de pájaro asustado. La máquina parece que vuelca por poco.

La pulsación de los nervios de acero se comunica por las manos de Carlucho, aferradas a la manivela:

-¡Pah!, ¡pah! ¡pah! ¡pah!...

El paisaje a las lindes de la carretera es una cinta borrosa que corre. Pasan vegas verdes, revolucionadas por la brisa; pasa la mancha sepia de los terrenos de sembradío, en cuya lontananza un yugo de bueyes se resigna y marcha; desnudos y barrigones; paredes de cal sucia; un mendigo ulcerado; una negra con falda roja y con una lata de agua en la cabeza; pasa una hilera de chaguaramos, al sol la gloria de sus penachos marciales…

-¡Pah!, ¡pah! ¡pah!...

Carlucho piensa en el consorcio de luz, de amor y de miseria que hay a su alrededor; no piensa en el paisaje, ni en Virginia, ni en nada. Está poseído por la fuerza y la música de su máquina y por el vértigo de la velocidad.

Pero Virginia sí piensa en él, mejor dicho, lo mira; echada atrás en el side-car, lo ve de espaldas, inclinado sobre las manillas; ve el paleto de seda que transparenta sobre el lomo robusto la curva de las elásticas; ve el pelo recién cortado azuleado en el cogote; ve el lóbulo de las orejas, rosado de caracol, como un niño. Y masculla:

-¡Lástima que sea tan necio…!

Ella quisiera para novio otra clase hombre; otra clase de espíritu; tal vez si Carlucho, cuando bailaban el fox y le hablaba de amor, la hubiera besado en los ojos o en el oído, ella hubiérase abandonado al deliquio; si cuando pasaba, solo en el automóvil, le brindase un asiento a su lado… ¡Quién sabe! Ella era una mujer de carne, nervios y sangre, educada con cierta libertad y su ascendiente extranjero, mezclado a la savia bullante del trópico, despertaba en sí una ebullición de ideas violentas y absurdas. De haber nacido varón, gustaría de aventuras, conquistar doncellas, ser soldado, trashumante, hampón, cómico y poeta… Ay, pero Carlucho puede ser muy capaz, con esa fuerza suya, con tanta juventud… ¡Si ahora, en la misteriosa soledad de los campos, se le ocurriera detener la motocicleta y en un callejón, camino del río que gargarea allá abajo, la agarrara por las muñecas, la estrujara contra sí, la batiera contra el suelo… y la besara bestialmente rompiéndole los labios…!

Virginia se estremeció de manera visible; un calofrío corrióle, electrizante, por la médula espinal.

-¿Tiene frío? -preguntó Carlucho, volviendo un poco la cara. Y tras una pausa: -Ya nos vamos a devolver, es tarde…

Era la primera vez que él hablaba en todo el trayecto; sus palabras en el hálito vespertino tenían también la flojedad babosa de lo que se muere.

Habían pasado otros pueblos, con iguales fondas, casas sucias, hombres lánguidos, mujeres turbias y muchachos barrigones, sin advertir que ya la noche violada desmayábase sobre la cresta dispareja de la ciudad fundida en el confín de occidente.

De pronto un estallido, como un disparo a quemarropa. La motocicleta desdibujó un zig-zag violento y fue a detenerse a orillas de una zanja, sobre la grama.

Virginia crispó las manos en los bordes del side-car fijando los verdes ojos interrogantes en Carlucho, que echaba pie a tierra:

-¿Qué fue?
-¡Buena broma!... Una piedra… tal vez un vidrio -murmuraba el joven dándole vuelta a una rueda. -Lo peor es que ya está oscuro… no veo bien…

La brisa de la tarde le apagaba los fósforos al encenderlos.

-Indudablemente, esto no puedo componerlo sino donde haya luz o mañana, con el día…
-¡Ja, ja, ja! ¡Qué chasco!...
-No se ría, Virginia, yo estoy apenadísimo; avergonzado por mi motocicleta, yo que pensaba que esta máquina no fallaba nunca… ¡Si hubiera por aquí una casa!
-Claro, exclamó la muchacha en congestión de carcajadas, porque, si no se compone, no podemos pasar la noche al sereno. ¡Y yo tengo hambre! Lo que voy a divertirme cuando cuente en Caracas la aventura.
-Ayúdeme usted, ayúdeme a sacar la moto.

Y caminaron silenciosos. Él arrastrando la máquina muerta; ella se quitó el sombrero y lo llevaba con ambas manos, colgado por las bridas; los rizos rubios jugueteaban como angelitos traviesos en torno de la cabeza de la Virgen.

-¡Mire aquella estrellita! -exclamó de pronto Virginia; Carlucho ni siquiera alzó la cabeza; parecía querer hundir el gesto de contrariedad en el tizne del atardecer.

Tocaron a una casa de corredor. Salió a abrirles una vieja de cabellos blancos con una lámpara de petróleo en la mano. Carlucho explicó el accidente; la dueña de la casa hizo una advertencia; ellos no daban hospedaje; pero, en un caso así, tratándose de gente decente y por una noche no más, cederían lo único que podían disponer, su cuarto; ella y su marido -que estaba allí, en el corredor- se acomodarían en otro sitio; por una noche, ¡válgame Dios!, en cualquier parte se duerme.

Carlucho, dentro, seguía revisando la motocicleta y chirriando los dientes. Virginia, entre tanto, conversó como una perica; después de comer pan isleño con leche y un pedazo de jalea, la señora los condujo a la alcoba y los dejó solos.

Se miraron las caras. Carlucho, atontado; Virginia reventando de risa.

En el centro de la pieza había una cama antigua, solemne, matrimonial, de caoba. En la pared, un San José al óleo, con cara de comendador. Dispersos, un velador, aguamanil, dos sillas, un ropero y más nada. La puerta para el otro cuarto, condenada con un listón de pino.

-¡Quédese usted aquí, Virginia, yo me voy a dormir al corredor… -dijo Carlucho.
-¡Jesús, va a coger un resfriado! A ustedes no se les ocurre nada bueno. En compaña como en campaña; fíjese bien; la cama tiene dos colchones: paramos uno de los dos, a los largo de la cama como un tabique, lo sujetamos del copete y usted, muy fundamentoso, de lado de allá, se desviste y se acuesta y yo, muy seriecita, de lado acá hago lo mismo y santas Pascuas…

Poco después, separados por aquel muro de paja improvisado, se despiden:

-Hasta mañana, Carlucho.
-Buenas noches, Virginia, hasta mañana.
-¡Qué simpático todo esto!, ¿verdad, Carlucho?
-Sí, bastante, pero ¿qué pensarán en su casa?
-Nada. Esta noche llamarán a la casa de usted, a preguntar si ha regresado; mamá le dirá a papá que soy loca y mañana, cuando yo les cuente, se tranquilizan.

Al joven se le iban cerrando los ojos; a Virginia le costó trabajo pescar el sueño.

Cuando ella se levantó por la mañana, encontró al mozo en el corredor armado con una llave inglesa:

-¡Ya estamos listos! En su casa deben estar angustiadísimos.

Ella le miró con una piedad poco despreciativa:

-¡No se preocupe de eso!
-Regresaremos volando.

La motocicleta corría de nuevo, carretera abajo, como un diablo perseguido por una legión de diablas; corría, corría, estrepitosa en la mañana azul. Brisa madrugadora de marzo doblaba sauces y maizales, agitaba el chal de seda naranja, los rizos de oro contorsionaban e impelían el ala del sombrero de la muchacha.

La motocicleta corría, corría, corría carretera abajo.

El aire enfilado en el vacío que dejaba la máquina, le arrancó el sombrero a Virginia y lo elevó como una mongolfiera.

Carlucho detuvo y bajó. El sombrero, burlescamente, a compás, pavoneábase en el aire, dejándose llevar por la brisa. Carlucho seguía el viaje del sombrero, viendo hacia arriba, con los brazos abiertos y las manos engurruñadas, en actitud bastante cómica. Una bocanada de viento le dio al sombrero un brusco giro y lo empujó a caer detrás de la tapia de una posesión; una tapia alta, gris, larga, muy larga, por encima de la cual surgían guamos y araguaneyes.

-¡Ay!

Un alarido desolador se escapó de la garganta de Virginia:

-¡Mi sombrero! ¡Tan lindo mi sombrero! ¡Era de paja de Italia y me lo estaba estrenando!

Carlucho la miró, mingona; miró hacia el este, hacia el oeste, siguiendo la línea de la tapia terrosa: no se hallaba una puerta a todo lo largo. El joven, sin desalentarse, gritó de lejos:

-No importa: ya se lo cojo.

Agarrándose en los agujeros con un tronco de palo, metiendo los pies en las descalabraduras, arañando, resbalando para luego subir con más fuerza, Carlucho ganó la altura de la pared y desapareció tras ella. Después, un salto y regresaba con el sombrero. Sonriente, triunfador, se acercó a la muchacha, a entregar su trofeo:

-Tome… ¿Qué le parece?... ¡Usted desconfiaba de mis músculos!

Ella le miró de reojo y mascando el borde su sombrero repuso entre ruborosa y socarrona:

-Dispense: yo creía que un hombre que no brinca un colchón era incapaz de saltar una tapia...

miércoles, marzo 12, 2008

MARCAPASOS ANIVERSARIO







viernes, marzo 07, 2008

SÓLO LOS ROQUEROS SON GENTE






A J.J.



Cuando Killer Santaella abrió los ojos se encontró sobre el asiento de un autobús. La oscuridad era perfecta, absoluta; así que prefirió aguardar a ver en qué asunto estaba metido. Miró de reojo a su acompañante. Se trataba de un hombre alto y muy delgado que dormitaba con la boca abierta y en silencio.

Tenía la certeza de que el autobús subía una montaña. La inclinación lo sugería, y las curvas, las curvas cerradas, angostas. Killer imaginaba los cauchos pasando muy cerca del borde desdibujado por la noche... y hasta ahí, porque el resto no era agradable.

En cierto momento pasaron junto a un puesto de la Guardia Nacional. Nadie estaba apostado junto a los conos. "Flojos de mierda", se dijo, "seguro roncan dentro del comando."

Un par de horas más tarde empezó a amanecer. Killer Santaella se dedicó entonces a estudiar su entorno. Vio que estaba rodeado de gente de aspecto inofensivo. Algunas personas eran muy delgadas, otros obesas. Vestían ropas de colores pasteles (shorcitos, medias largas, chalecos de fotógrafo) y la mayoría usaba anteojos. Eso sí, todos llevaban largavistas sobre los pechos. Las señoras eran hablachentas, pero sus voces eran apenas audibles. Parecía gente decente, educada. Se sintió aliviado. No había nada qué temer.

Afuera, el paisaje era agradable. Iban por una carretera empinada y todo a su alrededor era selva tropical y estaba lleno de luz. Killer pensó en Choroní como una posibilidad.

El autobús bajó la montaña y al cabo de unos minutos se detuvo. Los pasajeros se bajaron; Killer de último. Algunos de los pasajeros, el guía y el chofer lo miraron extrañado. Con esa mirada de “¿y este quién es?”, pero de ahí no pasó la cosa. Esas personas eran demasiado serenas y temerosas para meterse con semejante personaje.

Ya fuera del autobús, los viajeros se internaron en la selva, llevados por un guía de simpáticas verborreas. Killer los siguió. No tardó en comprender que se encontraba con un grupo de observadores de pájaros, la mayoría extranjeros. Bostezó y se regresó. Nada tenía qué hacer allí. "Me voy el pueblo", se dijo.

Después de unos cuarenta minutos llegó a la civilización. Pudo comprobar que, como había pensando, se hallaba en Choroní.

Se registró los bolsillos. Vacíos.

Vio a tres negros en una esquina, se acercó y les pidió dinero. Los negros se echaron a reír.

-Coño, un blanquito pidiéndonos plata. Esta vaina es nueva.

Les pareció tan graciosa la situación que le dieron una buena cantidad de plata.

-¿Y no quiere una cevercita, compadre? -dijo uno de los hombres.
-Bueno, sí -dijo Killer, y luego bajito-: Coño de tu madre.
-¿Qué dijo?
-No, nada, que te acepto la cervecita, jefe.

Acompañó a los negros hasta un kiosquito. Allí se tomaron las cervezas. Unas veinte, cinco cada uno.

Los esfuerzos de Killer por mostrarse afable fueron mínimos; se mantuvo callado, ni siquiera sonrió. Apenas se limitó al simple gesto de afirmación con la cabeza. Pero a aquellos hombres sólo les interesaba la cerveza y las extranjeras que paseaban por allí.

Una hora horas más tarde, Killer se despidió con un simple gesto. Los negros le palmearon los hombros, hablándole como si fuera el mejor amigo que jamás hubieran tenido.

Se tocó los bolsillos. No había gastado un centavo de lo que le habían dado; las cervezas habían corrido por cuenta de ellos.

Llegó a otro kiosco, esta vez uno de revistas, periódicos y chucherías. Compró una barra de granola y un refresco de colita; luego empezó a andar por el pueblo, sin prisa.

En una calle se encontró con los observadores de pájaros. Quizás salían del almuerzo en el restaurante de una posada. Se fue tras ellos, como una oveja más de aquel grupo llevado por el guía amistoso y parlanchín.

Más adelante se encontraron con el autobús. Su trompa apuntaba hacia las afueras del pueblo. Killer se subió con el grupo. El chofer lo miró extrañado. El guía también. Pero una vez más, ¿quién se atrevía a meterse con semejante tipo?

Se sentó en los últimos puestos. La mano con la colita sobre un muslo y la mano con la barrita de granola sobre el otro; la mirada fija en el respaldar de enfrente. A su lado iba una gorda que no paraba de limpiarse el sudor con un pañuelo. "Maldita gorda grasosa", pensó.

El autobús tomó rumbo hacia la montaña de carretera difícil. Más tarde llegaron a la alcabala de la Guardia Nacional que Killer había visto durante la madrugada. Esta vez sí había soldados junto a los conos. El autobús se detuvo, luego se movió hacia la derecha. El chofer y el guía se bajaron. Killer los vio discutir con el guardia. Ya suponía de qué se trataba: los muy imbéciles habían estado dormidos cuando aquel enorme autobús pasó y, ahora que venía de vuelta, lo paraban, indignados, enojados con ellos mismos, con su descuido. Claro, siempre había una bonita manera de desquitarse: el dinero aplacaba todos los ánimos.

Un guardia subió al autobús. El guía lo escoltaba preocupado.

-Bájense todos -dijo el guardia-. Bájanse ya.
-Sí, amigo, tenemos un pequeño inconveniente -dijo el guía, gesticulando y moviendo las manos de un modo exagerado-. Vamos a tener que bajarnos por unos minutos.

Luego, cuando empezó a decir lo mismo en inglés, el guardia giró para retirarse y se lo llevó por delante. El guía, atolondrado, se recompuso y volvió a repetir la información en inglés.

La gorda que estaba junto a Killer dijo:

-But what happens? What happens?

Killer Santaella dijo “dollars”, y se puso de pie para salir.

Ya afuera volvió a tomar de la colita y a darle un mordisco a la barra de granola. Empezó a alejarse del autobús y de la alcabala. Al pasar junto al guardia alzó la cejas y saludó sin ganas. El guardia le devolvió el saludo de la misma manera y se dedicó a seguir su transacción monetaria con el guía, el chofer y dos representantes de los observadores de pájaros.

Media hora más tarde, Killer seguía caminando. Le había alzado el dedo gordo a unos quince vehículos, pero ninguno se detuvo. Por fin, una destartalada Fiorino bajó la marcha y se paró a su lado. De su interior, a todo volumen, brotaba la estridencia sabrosa de Iron Maiden.

666 the number of the beast
666 the one for you and me…


-Súbase, mi pana -dijo una voz por los predios del volante.

Killer Santaella le dio el último mordisco a la barra de granola y se terminó la colita. Arrojó el papel y la lata al monte. Entonces abrió la puerta y vio al conductor: se trataba de un peludo viejo con franela negra de Deep Purple. Un tipo lleno de arrugas que había bebido mucho y se había metido de todo por la nariz. Quizás ahora, sin mayor trascendencia en la vida, se dedicaba a fumar marihuana y a escuchar a sus viejos ídolos.

-¿Qué hubo? -dijo el peludo y bajó el volumen de Iron Maiden.
-Todo bien -respondió Killer.
-Nadie te daba la cola, ¿verdad?
-Qué va.
-El mundo está jodido.
-Así es.
-Es una mierda.
-Sí... -dijo, y luego de una larga pausa-: Sólo los roqueros son gente.

El peludo soltó una carcajada y golpeó el volante.

-¡Hell, yeah! -gritó agradecido y volvió a subirle el volumen a la música.

Killer Santaella sonrió, al tiempo que se fijó en el destornillador que reposaba sobre la consola. Aún sonriente, volteó a mirar al roquero feliz, que cantaba a todo dar el coro de los Maiden. "Me cae bien", se dijo, "lástima que su vida no tenga sentido." Luego miró una vez más el destornillador, se inclinó, lo agarró, se volteó hacia el hombre y se lo clavó en el pecho.

Fue como en una película de esas inverosímiles, donde el copiloto debe tomar el volante y dominar el vehículo. Se sintió estúpido haciendo eso y hasta tuvo ganas de irse por un barranco, pero al final logró detener al viejo Fiorino. Ya a un lado de la carretera, sacó el cadáver y lo ocultó en la espesura. En la guantera consiguió algunas servilletas. Limpió el asiento. Luego volvió donde el roquero, se puso de rodillas y le registró los bolsillos. Encontró una navaja Herbertz.

-Qué bellezura -dijo.

Sacó el filo, lo contempló admirado, luego tomó los cabellos del roquero por encima de la frente y se inclinó con la Herbertz.



Al rato, se puso al volante con la cabellera del roquero sobre su cabeza, a modo de peluca. Su frente mostraba manchones de sangre, su cara algunos hilillos bermejos.

Encendió el carro, puso a todo volumen el tema de Iron Maiden y arrancó. Iba cantando.

-I have the fire, I have the force, I have the power to make my evil take it's course...

Se pasó un dedo por el ojo. Era una gota de sangre o quizás una lágrima. Le dio fastidio mirarse el dedo. Igual tenía toda la mano llena de sangre. Recordó al roquero. Hizo una sonrisa tierna. “Sí, sólo los roqueros son gente”, pensó.

PRONTO PIEDRAS LUNARES





EL CIGARRILLO DE LOS TRAIDORES






En la calma tensa y bajo un cielo atroz contaminado de pólvora y emanaciones de muerte, fumábamos pegados contra los sacos y los parapetos ruinosos que servían de barricadas. Negados de realidad en aquella Estalingrado devastada, nos contábamos nuestras historias, hablábamos de nuestras mujeres, de lo que fuimos en la paz, de lo que queríamos ser después de la guerra, del placebo del futuro. Después, llegada la batalla, nos arrojábamos en parejas al campo. Los delanteros portábamos un arma, los otros le seguíamos con las manos vacías e implorantes. Si en el camino, los desarmados encontrábamos un fusil o un revólver junto a un colegionario caído, debíamos hacernos del armamento y seguir. En caso de no encontrar ninguno, sólo nos quedaba aguardar la baja de quien nos precedía.

Eso sí, desarmados o no, debíamos avanzar a paso firme hacia las barricadas de aquel enemigo mecánico que aguardaba pleno de la mejor artillería. Se trataba de un acto terrible y del todo irracional, pero así es la guerra. La guerra es delirio y valentía, forja héroes y decanta cobardes.

Ante el más sanguinario de los enemigos, la traición era intolerable. La traición de uno es el oprobio de todos. Porque la guerra es colectiva, porque se debe contar en plural, porque cada soldado es todos los soldados. En el campo, en las barricadas, en las tiendas de campaña, en las tumbas. El patriota que, lleno de gloria, corría hacia el enemigo, éramos todos. Era yo, que estuve en mi puesto, pero que también trajiné el campo en las botas y en el pecho del otro, con fusil en ristre o con las manos desamparadas, impelido por el instinto ancestral que nos convierte en guerreros, en cazadores, en grandes hombres que fundan civilizaciones y patrias. Yo, que fui destinado a una tarea difícil y precisa, y que cumplí con mi deber sin darle tregua al miedo y a la duda.

Ahora soy un héroe. Un héroe de guerra que llevó a cabo la más alta de las misiones: erradicar la alimaña del ultraje.

Desde nuestra barricada, desde nuestro ojo infalible y nuestro dedo en el gatillo, debíamos acabar con la deshonrosa existencia de aquel que, atacado por una repentina lucidez, corría de vuelta a nuestras filas.

Jamás tuvo cabida la culpa, jamás el arrepentimiento. Y es que nunca supimos si estábamos compartiendo el cigarrillo con un traidor; nunca, hasta que lo veíamos corriendo hacia a nosotros con la cara desecha y estúpida, huyendo del enemigo.


(De Postales sub sole)