miércoles, febrero 20, 2008

ESCRITO CON SEÑAS (Y CON SAÑA)






Esta podría ser una historia de amor, pero no lo es, porque donde Killer Santaella se asoma, nada termina bien.

Resulta que Killer Santaella trabajaba en un canal de televisión. Todas la mañanas al llegar, mientras esperaba el ascensor, veía pasar, embutida en un costoso taller, a una sabrosa morenita que se adentraba hacia el largo pasillo de prensa.

Killer Santaella se le quedaba viendo con esa mirada de galán sadicón que él bien sabía poner y que nunca había servido ni para levantar en vilo un diente de león. La morenita, toda pretenciosa ella, no volteaba a verlo. Pero a él esto no le importaba. Imaginaba que sería una narradora de noticias y la suponía soberbia como toda periodista a la que le ponen un montón de panqué en la cara para salir diciendo cuatro sandeces escritas por pasantes.

Con esta capacidad de comprender a su morenita-semejante y a la humanidad en general, Killer Santaella dejaba pasar los días, siempre siguiendo con sus ojos pervertidos las nalgas apretadas y curvas que se insinuaban siempre bajo la recta tela del taller.

Como todo empleado de un medio audiovisual, Killer Santaella tenía un aparato en su puesto, pero no lo miraba ni lo escuchaba (cuando uno trabaja en un canal de televisión se le quitan las ganas de verla; así como quien trabaja en un restaurante chino ni de vaina come esa comida). Pero un mediodía, mientras jugaba Tetris y se aburría de lo lindo a la espera del almuerzo, se percató que estaban dando las noticias. Vino a su memoria el recuerdo de la divina morenita y prestó atención a lo que acontecía en el televisor. Entonces la vio. Sí, era ella, la morenita. Era ella en una esquina, ella en un recuadrito, ella haciendo señas, hablándole a los sordomudos.

-¡Coño de su madre! ¡Hasta sorda es la muy desgraciada! -dedujo Killer Santaella, como deduce todas las cosas en su vida, porque sí, porque le da la gana y listo.

A la mañana siguiente, frente al ascensor, vio pasar a la morenita. Cuando ya la tenía de espalda yendo por el pasillo de prensa, Killer Santaella gritó:

-¡Adiós, pretenciosa! ¿Quién lo diría? ¡Tanto echonería para no ser más que una piche traductora para sordos mudos!

Los que estaban a su lado se le quedaron viendo asombrados.

-Esa coña está sorda -explicó.

Killer Santaella se echó a reír y buscó la complicidad de los otros. Mirando a uno de ellos, al que más tenía cara de jodedor, le dijo:

-¿Verdad que no hay una vaina más ridícula en el mundo que ser narrador de noticias para sordomudos?

No había terminado de decir esto, cuando sintió que un cachetón le cruzó la cara. Era la morenita, por supuesto, y no era sorda, claro está.

Killer Santaella se quedó sordo del trancazo y mudo de la impresión. Tanto así que cuando la morenita le habló, él no pudo escucharla.

Esto fue lo que ella dijo:

-No soy sorda desgraciado, y ya me voy para Recursos Humanos.

Hasta ese día trabajó Killer Santaella en el canal de televisión.

¿Entendieron las señas? El que vive con saña, con saña muere.

miércoles, febrero 13, 2008

Pegatina 5







martes, febrero 12, 2008

Pegatina 4








lunes, febrero 11, 2008

Pegatina 3 (Rocanegras)







domingo, febrero 10, 2008

Pegatina 2








Pegatina 1







lunes, febrero 04, 2008

Mozart vuelve a la vida (corto de Carnaval)





Este corto podría llevar una música de esas distorsionadas y orquestales de un film de terror. Aunque le queda bien alguna canción de Alí Primera, no sé cuál, no conozco nada de ese carajo; podría ser ésa de la lluvia y de los techos de cartón. Pero mejor le ponemos Mozart. La flauta mágica será perfecta, porque me parece que cosas como éstas vienen por la influencia no del flautista, pero sí del trompetista de la muerte del siglo XXI. Sí, esta historia para mí está directamente relacionada con su trompeta violenta y teñida de muerte. Su trompeta que ha convertido a los pobres inocentes que la escuchan en ratas estúpidas que van directo al abismo… ¡Coño, ya me puse intenso, mejor echo el cuento!

Pues bien, con Mozart al fondo, tenemos a Leyda gritando por toda la playa:

-Vuelve a la vida, vuelve a la vida…

Así va gritando Leyda y un creativo de agencia dice: “¡Guau, se me acaba de ocurrir una vaina demasiado fina! ¡Voy a hacer una campaña con los personajes típicos de la playa y me voy a ganar un poco de premios!”.

Esto piensa el creativo de agencia mientras Leyda sigue su camino, gritando lo que ya dijimos que grita. “Vuelve a la vida, vuelve a la vida, rompe colchones, mata suegra”. (Recuerden que está sonando La flauta mágica, y quizás todo lo estamos viendo en cámara lenta.)

Ahora, mientras Leyda sigue caminando, permítanme una digresión que no lo es tanto. Amigos, queridos amigos, se me antoja que lo que va gritando Leyda es verdad y es mentira. Se me ocurre que es verdad lo de rompe colchones y mata suegras, pero no lo de vuelve a la vida. ¿Saben porque no es verdad eso de “vuelve a la vida”? Pues ya van a ver, y que conste que lo que están a punto de presenciar es verdad.

Echemos para atrás la imagen.

Ahora, en cámara rápida vemos a Leyda caminando de espaldas. La música también va en retroceso, haciendo ese barullo de sonidos que se enredan. Todo va muy rápido hasta que llegamos al basurero de un restaurante. Ahí está Leyda, mírenla. Leyda está metida de cabeza en la basura, sacando los restos de los mariscos y moluscos de aquel restaurante. Sí, eso hace Leyda y otros como Leyda, y no es ficción de este autor, ya lo dije. Ahora que Leyda ha recogido una buena cantidad de camarones y moluscos desechados por éste y otros restaurantes, se va para un estanque verdoso que está cerca. Allí Leyda recoge agua en un tobo y la lleva hasta una olla grande. En la olla Leyda mezcla los camarones y los moluscos sacados del basurero del restaurante con el agua verde sacada del estanque. Allí todo hierve mientras Leyda le echa sal a la cosa y el jugo de unos limones también sacados del basurero.

-No hombre, si nadie se ha muerto comiendo esto. El fuego lo mata todo -dice Leyda, imaginando que un reportero la entrevista-. Además, esto se llama “Vuelve a la vida”. Una vaina que se llame así no mata a nadie.

Eso le dice Leyda a su reportero imaginario, y va sacando con un cucharón los moluscos y los mariscos ensopados en un agua ya no tan verdosa (el fuego lo mata todo), y los va metiendo en unos potes que reclica y vuelve a reciclar, y que ha lavado en el estanque verde o en el mar. Y así, con La flauta mágica de Mozart haciendo de banda sonora de este bello cortometraje, Leyda va dejando sus potes sobre un murito con sombra, allí justo donde los perros cagan. Es lunes de Carnaval. De aquí al domingo todavía falta, pero las enseñanzas del maestro del caos perduran, el tronar de su trompeta mágica de la guerra, la desidia, la enfermedad y la desvergüenza tienen una muy profunda repercusión.

-Vuelve a la vida, vuelve a la vida...
-Señora, señora, ¿están frescos?
-Claro que sí, mijo, recién sacados están.

Y sí, es cierto, recién sacados están… del basurero.

La musiquita jodedora



“La banda sonora de lo que viví”, así decía el verso, y no sé si lo escribió Joaquín o Fito, pero sí que lo escuché en “La canción de los buenos borrachos”. Tampoco creo que la idea de aquel verso sea original de ellos. Me figuro que se trata de una de esas frases interesantes que andan dando vueltas por el acervo de la gente y que aún tiene el privilegio de no haberse convertido en un lugar común.

Pero lo importante aquí es el asunto de la banda sonora. Tal como dice la letra, toda vida tiene una banda sonora; son canciones, frases de películas, sentencias sabias acuñadas en un pasado mítico, el tráfico lejano que amamos, el taladro que odiamos, el retumbar de la catarata de Iguazú o el canto del araguato sobre la pirámide de Tikal; todo esto nos acompaña, está en nuestras mentes y nos conforman como seres humanos.

Esa banda sonora no nos pertenece en exclusiva; es decir, hay una parte que es sólo nuestra, y la compartimos con las personas queridas; pero hay otra que es pública, y está metida dentro de una carpeta de esas como la de LimeWire que dice “share music”. Y aquí, amigos, se me acaba la escritura bonita y que me disculpen las señoritas que buscaban suspirar con mis palabras.

Voy a la que iba. Lo que quiero decir, después de este largo preámbulo, es que la musiquita, la bendita musiquita de tu bendito celular, forma parte de esa banda sonora compartida, y por esa musiquita, querido amigo, serás recordado por el resto de tu vida. A lo mejor tú lo sabes, a lo mejor no hace falta que te lo diga. Pero por favor, si tienes oportunidad, no dejes de advertírselo a esa persona que conoces, que aprecias y que le ha puesto una musiquita horrenda a su celular, y que nos hace sufrir con ella adonde vaya.

Fíjate: el otro día estaba en un banco y delante de mí tenía a tres motorizados que, así como tenían cascos, también tenían celulares que, por supuesto, sonaron mientras hacían la cola. Durísimo, y con reguetón. Pero no con cualquier reguetón, que a Tego y a Residente Calle 13 Dios y el Diablo los tendrán en la gloria; no, se trataba de esa cosa maltrecha que hacen esos reguetoneros mediocres que se creen muy machos porque usan pistolas y cantan con dos dedos pegados. Ya me dirás tú que esa porquería de música no define a quien la porta en su teléfono móvil.

Hace algún tiempo, y para que no digan que la tengo agarrada con los motorizados, estaba en una reunión con el nuevo Gerente General de una compañía audiovisual para la que trabajaba. Aquel señor estaba diciendo que era un tipo muy creativo, que le gustaban las cosas creativas pero con buen gusto, sobre todo con buen gusto y, de pronto, sonó su celular… sonó con un horrendo merengue. Se podrán imaginar la cara de todos los que allí estábamos. ¿Creativo? ¿Con buen gusto?

Así como éstos hay cientos de “ringtones” espantosos que suenan en muchísimos celulares así como así, porque a la persona que los puso le parecen simpatiquísimos, toda una joda. Pues resulta que el individuo aquel que se cree la cumbre de la jodedera quizás no sabe que se está arriesgando a que esa tonadita pavorosa se instale en la mente de sus conocidos para siempre jamás.

Le pido a esa persona que nada más piense hacia el futuro, que imagine que dentro de diez años ya no esté por ahí para pedir disculpas, y que esa musiquita vuelva a instalarse por alguna casualidad en los oídos de aquel que la escuchó en el pasado. Pues ese gracioso identificador de llamadas que usted puso porque se creía todo un jodedor, generará remembranzas en la mente de esa persona. “Eso me recuerda a fulanito”, dirá esa persona, llevando fulanito su nombre y apellido. “¡Hay que ver qué clase de idiota era fulanito!”. Así es, eso será lo que pensarán de usted, porque aquella vergonzosa musiquita que usted ha decidido compartir con la humanidad, lo conforma, lo define, lo identifica y lo individualiza; lo mismo que su tono de voz, su manera de caminar, sus gestos, su peinado, su barriga y su gracioso peluquín.

sábado, febrero 02, 2008

Tego Calderón, un maestro






viernes, febrero 01, 2008

Otro cuento de horror





Cuando Killer Santaella se monta solo en el carro, pone su música a todo volumen y va por la vida con los vidrios subidos y los tímpanos vibrantes. Sólo en su carro poderoso, brillante y con vidrios ahumados Killer Santaella escucha esa música que desconoce su esposa, sus hijos, el resto de sus familiares y hasta sus amigos. Él entiende que no todo el mundo gusta de esa música “infernal” y de “mal gusto”. Pero qué le vamos a hacer, Killer Santaella es así, contradictorio, y del mismo modo que lee a Amos Oz, también escucha “la música ésa”.

Esta historia comienza un día en que Killer Santaella cruzaba de un canal a otro en una avenida. Lo hacía con el derecho que tienen todos los conductores a cruzar de un canal al otro. Lejos, bastante lejos, un motorizado que venía a toda velocidad por el medio de la vía empezó a tocarle corneta. Killer Santaella, que no es santo de iglesia ni cree que el mundo siempre puede ser un lugar mejor, también tocó corneta y, una vez que tuvo al motorizado cerca, le lanzó el carro. El motorizado, enfurecido, esquivó el vehículo y se plantó enfrente, haciendo que Killer Santaella diera un frenazo. Para su sorpresa, el motorizado sacó un arma. Sin duda, no se trataba de un motorizado común. Se había tropezado quizás con un sicario, o con un policía (que es más o menos lo mismo).

Al ver que aquel individuo se bajaba de la moto, aún apuntándolo con el arma, Killer Santaella comprendió que intentaban intimidarlo por haberse atrevido a responder con violencia ante el abuso. ¿Pero qué vaina es ésa de que nadie puede cruzar de un canal a otro? ¿Quién dijo que el medio de la vía es de los motorizados? ¿Quién dijo que ellos pueden andar por ahí a toda velocidad sin frenar, sin ceder paso, sin conceder un ápice del asfalto?

Killer Santaella, de los más tranquilo dentro de su carro, colocó el dedo en el botón que tenía una ventanita pintada, y allí estuvo dándole suaves golpes hasta que el motorizado estuvo lo bastante cerca. Entonces Killer Santaella apretó el botón, el vidrio bajó y la música que estaba apresada dentro de vehículo saltó fuera como un chaolín dispuesto a darle un golpe mortal a su contrincante. Un temblor paroxístico se apoderó del motorizado, la cara se le llenó de venas, los pelos se le chamuscaron, los esfinteres se le soltaron, los oídos, los ojos y la boca le sangraron y, finalmente, cayó al piso.

Al verlo caer, Killer Santaella hizo subir el vidrio. No quería causarle daño a los inocentes.

Puso las manos en el volante y miró a los lados. Notó que el tráfico fluía. Le echó un vistazo a la hora en su celular: se le hacía tarde. Hizo avanzar el carro. Con los dos cauchos del lado derecho, le pasó por encima a la pierna de su ex victimario. Primero uno, toc trac, luego el otro, trac toc. Con el parachoque tumbó la moto y siguió su camino hacia el almuerzo que tenía pautado con un amigo. Seguía con la música a todo dar.

Así que ya saben, la próxima vez que se les ocurra meterse con Killer Santaella, háganlo con los audífonos del Ipod puestos, no vaya a ser que él les lance aquel chaolín mortal y sonoro que usa para deshacerse de sus enemigos naturales.