Esta podría ser una historia de amor, pero no lo es, porque donde Killer Santaella se asoma, nada termina bien.
Resulta que Killer Santaella trabajaba en un canal de televisión. Todas la mañanas al llegar, mientras esperaba el ascensor, veía pasar, embutida en un costoso taller, a una sabrosa morenita que se adentraba hacia el largo pasillo de prensa.
Killer Santaella se le quedaba viendo con esa mirada de galán sadicón que él bien sabía poner y que nunca había servido ni para levantar en vilo un diente de león. La morenita, toda pretenciosa ella, no volteaba a verlo. Pero a él esto no le importaba. Imaginaba que sería una narradora de noticias y la suponía soberbia como toda periodista a la que le ponen un montón de panqué en la cara para salir diciendo cuatro sandeces escritas por pasantes.
Con esta capacidad de comprender a su morenita-semejante y a la humanidad en general, Killer Santaella dejaba pasar los días, siempre siguiendo con sus ojos pervertidos las nalgas apretadas y curvas que se insinuaban siempre bajo la recta tela del taller.
Como todo empleado de un medio audiovisual, Killer Santaella tenía un aparato en su puesto, pero no lo miraba ni lo escuchaba (cuando uno trabaja en un canal de televisión se le quitan las ganas de verla; así como quien trabaja en un restaurante chino ni de vaina come esa comida). Pero un mediodía, mientras jugaba Tetris y se aburría de lo lindo a la espera del almuerzo, se percató que estaban dando las noticias. Vino a su memoria el recuerdo de la divina morenita y prestó atención a lo que acontecía en el televisor. Entonces la vio. Sí, era ella, la morenita. Era ella en una esquina, ella en un recuadrito, ella haciendo señas, hablándole a los sordomudos.
-¡Coño de su madre! ¡Hasta sorda es la muy desgraciada! -dedujo Killer Santaella, como deduce todas las cosas en su vida, porque sí, porque le da la gana y listo.
A la mañana siguiente, frente al ascensor, vio pasar a la morenita. Cuando ya la tenía de espalda yendo por el pasillo de prensa, Killer Santaella gritó:
-¡Adiós, pretenciosa! ¿Quién lo diría? ¡Tanto echonería para no ser más que una piche traductora para sordos mudos!
Los que estaban a su lado se le quedaron viendo asombrados.
-Esa coña está sorda -explicó.
Killer Santaella se echó a reír y buscó la complicidad de los otros. Mirando a uno de ellos, al que más tenía cara de jodedor, le dijo:
-¿Verdad que no hay una vaina más ridícula en el mundo que ser narrador de noticias para sordomudos?
No había terminado de decir esto, cuando sintió que un cachetón le cruzó la cara. Era la morenita, por supuesto, y no era sorda, claro está.
Killer Santaella se quedó sordo del trancazo y mudo de la impresión. Tanto así que cuando la morenita le habló, él no pudo escucharla.
Esto fue lo que ella dijo:
-No soy sorda desgraciado, y ya me voy para Recursos Humanos.
Hasta ese día trabajó Killer Santaella en el canal de televisión.
¿Entendieron las señas? El que vive con saña, con saña muere.









