jueves, marzo 29, 2007

BANDA SONORA



Hay momentos que nos aportan imágenes que se nos quedan marcadas. Sospechamos que algo nos cuentan, que algo significan, pero no podemos darles palabras o si acaso, otorgarle alguna etiqueta mal puesta. Se nos hace difícil encuadrarlas en el campo de la razón. Son quizás símbolos, alegorías, o pequeños mitos cotidianos, reminiscencias de otros más grandes. Como una lectura de Tarot, quizás no hagan falta explicaciones, sino presentar las imágenes, contar la historia, y que cada lector haga lo suyo.

Hoy manejaba hacia el trabajo y vi a un recogelatas que venía bajando la avenida Sanz. Iba moviendo los labios; asumí de inmediato que hablaba con él mismo, con los fantasmas de la droga y la locura. Con las manos, el hombre iba haciendo redobles de batería. Entonces comprendí que el mendigante no hablaba, sino que cantaba, posiblemente a viva voz. Escasos metros más adelante, por la misma acera, iba subiendo un muchacho con morral al hombro y audífonos seguramente de Ipod en las orejas. Le adiviné una sonrisa maliciosa; quizás pensaba en la tragicómica demencia del pordiosero cantante.

La escena se me quedó fijada, y mi mente, como toda mente necesitada siempre de palabras me dijo: “Uno pone en su cabeza la banda sonora que viene de afuera, el otro saca de su cabeza, la banda sonora que lleva adentro”. No sé por qué, pero tuve la sensación de que aquella escena tenía que ver algo conmigo, con mi trabajo -hacia el que me dirigía-, y con mi situación de vida en general.

Mejor escribirla, mejor dejarla aquí, y regalártela.

jueves, marzo 22, 2007

EL MUSHIN DE LA ESCRITURA


En el Japón de los shogunes, el hombre de guerra o bushi, debía practicar primero y hasta el cansancio con el shinai, o sable de bambú, para luego trabajar la katana, siempre a la búsqueda del mushin, o el estado espíritual en que la mente racional no interviene en el combate, sino más bien una especie de supra-conciencia superior y vacía, unida al cuerpo entrenado a fuerza de repeticiones. El concepto de mushin proviene del Zen, que tuvo gran influencia sobre el arte del Kendo, o camino de la espada, de los samurais.

Para mí, el acto de escribir se acerca en gran medida al mushin del camino de la espada; ese anhelo de la mente vacía dada por la práctica constante con el sable de la escritura, que nos debería conectar con un estado superior de la palabra y de la realidad, donde están las historias, los momentos dramáticos, los giros del lenguaje ideales que nos convertirán en hombres de guerra más o menos decentes.

La palabra clave es la práctica.

Mata nochi-hodo a todos.

miércoles, marzo 14, 2007

PRIMERAS VECES, REPETICIÓN A PETICIÓN


Apreciados amigos:

Hablar de las primeras veces literarias se me convierte en un asunto demasiado complicado; pero no crean que lo digo para hacerme el interesante. No, en realidad es porque yo me la paso repitiendo primeras veces a cada rato. Y es que debo confesar que tengo muy mala memoria y, para colmo, muchas veces mi ímpetu le ha ganado a la serenidad que lleva a la planificación, y hasta a la misma prudencia.

Pero volvamos a la desmemoria.

Yo siempre vuelvo a los libros por la simple y llana razón de que olvido lo que ya he leído. De verdad, es como si los leyera por primera vez. Me pasa con los libros y me pasa con las películas. Cuando alguien me habla de una película que yo vi, por supuesto que digo: “¡Claro, esa película es una maravilla!”. Luego, cuando la persona con quien converso empieza a rememorarla y saca a colación alguna escena, afirmo con la cabeza sin decir palabra, pero igual creo que se me nota el vacío. Además, yo me sonrojo de nada, me sonrojo hasta cuando no tengo razones para sonrojarme. Y en serio, tengo una memoria terrible. Con los libros me pasa igual. Cuando los releo, es como si los leyera por primera vez. Yo no sé si a los demás les pasará; quizás los otros sean más astutos, mejores actores. Pero lo que soy yo, no puedo.

Claro, también releo libros para inspirarme. ¿Y saben cuáles libros releo para inspirarme? Aquellos que me inocularon y me inoculan el virus de la escritura. Una vez leí algo de Michel Tournier que me pareció una maravilla. No me lo aprendí de memoria, para mí eso es imposible. Pero siempre lo tengo a mano para transcribirlo. Aquí les va:

“Hay algunas obras maestras –y por ello figuran en primera línea de la literatura universal- que son una incitación a crear, un contagio del verbo creador, una puesta en marcha del proceso inventivo de los lectores. Yo confieso que para mí esa es la cumbre del arte. Paul Valéry decía que la inspiración no consiste en el estado en que se encuentra el poeta cuando escribe, sino en el estado en que el poeta que escribe espera poner a su lector.”

No es por causalidad que Michel Tournier escribe esto en un artículo que se llama “¿Existe la literatura infantil?”. Pienso que esta observación es importante, porque, si no me equivoco, mis primeras lecturas fueron en la infancia, y mis primeras ganas de escribir empezaron también por aquellos tiempos.

Recuerdo que mi papá tenía una biblioteca bastante decente. La biblioteca, aún después de su muerte, sigue allí, con menos libros y ahora con más adornos de mamá. Pero en aquel entonces había un montón de libros, y buenos. Recuerdo haber encontrado allí La Ilíada y La Odisea (de la Biblia se encargaron las monjas simpáticas del San José de Tarbes de Puerto Cabello, que era mixto, por si acaso).

Aquellas lecturas, inocularon en mí el virus de la escritura y me fajé a redactar, con toda la inocencia del mundo y en una agenda de oficina, mi propia Odisea. Por cierto, aquella agenda era un regalo corporativo que hacían unos tíos míos todos los años en diciembre. Tenían una fábrica de concreto, por lo que podemos decir que aquella agenda de oficina sentó las bases concretas de mi escritura.

Pero no crean que de La Ilíada y La Odisea pasé a la Divina Comedia de Dante. No, esa la leí en la universidad. En aquella edad de oro, me encontré con cosas más divertidas: Las versiones juveniles de Ivanhoe, La Vuelta al Mundo en Ochenta días, Moby Dick y La Isla del Tesoro, entre otras.

Pero hubo, amigos, un libro en especial que me inyectó de manera definitiva y hasta hoy día (no puedo decir si para siempre) el virus de la literatura. Ese libro, que lamentablemente se conoce poco, se llama Escena de un Spaghetti Western, de Armando José Sequera.

¡Amigos, qué belleza de libro! En estos días lo busqué, y comprobé que había olvidado la mayoría de sus textos, pero que, a fuerza de tanto leerlo, sí recordaba otros. Uno de los que tenía claro en mi memoria es el siguiente:


ESCENA DE UNA SPAGUETTI WESTERN


El cowboy, en la trifulca, recibió un golpe que lo derribó del techo de una de las casas del pueblo establecido en lo alto de la montaña. Girando sin interrupción, se precipitó por una pendiente hasta el techo de la iglesia del pueblo ubicado en mitad de la montaña.

Prosiguió, cuesta abajo en su rodada, arrastrando a su paso un sin fin de objetos que, de haber ido a una velocidad moderada, hubieran represado su andar de remolino.

Por tercera vez se vio en el aire para, segundos más tarde, estrellarse contra el techo de un establo del pueblo situado en la falda de la montaña. Aupado por la inercia, cayó en el tejado contiguo el cual, al recibir su acelerado peso, se desplomó sobre un estanque de agua, propiedad del lechero del pueblo.

Cuando pudo salir de allí, antes de comprobar si tenía algún hueso roto, constató con satisfacción que no le había caído el sombrero.

Los primeros textos que surgieron de estas lecturas, fueron inexorablemente tras la huella del maestro. Eran cortos, intentaban una redacción clara y precisa, y buscaban el humor.

Y aquí, el tema de los maestros. Mis primeros pasos hacia la escritura estuvieron marcados por ellos, y creo que esto nos pasa y nos debe pasar a todos. Armando Sequera, en el caso de este librito cómico que escribí a los doce o trece años; luego vendrían Edgar Allan Poe, el gran Stephen King, y por supuesto, Gabriel García Márquez.

Debo decir que mi periodo macondiano, fue el más vergonzoso que pueda recordar, pues exhibía entonces una desvergonzada tendencia a la copia impune. Y justamente en este momento de mi célebre carrera de copioneto, a mi papá se le ocurrió mandar unos cuantos textos míos a un hermano de él, tío mío sin duda, que era periodista. Este tío se los pasó a otro señor, que se supone que sabía más de literatura, y así, un día, me llegó una carta de varias cuartillas, escritas a máquina sobre un papel muy delgado y color cartón, que supongo era el que usaban los viejos periodistas. Tales páginas resultaron ser una crítica a mis cuentos.

El señor no tuvo piedad, amigos. Aquel periodista literario descubrió, puso en evidencia la sombra del maestro colombiano, y además me recomendó que leyera mucho, que incluso dejara de escribir un tiempo y me dedicara a leer. Me puse bravísimo… bueno, estoy usando una palabra elegante… en realidad me puse arrechísimo. Aquel desgraciado no sabía nada, ¿cómo se atrevía? ¡Decirme que dejara de escribir! ¡Qué descaro!

Sin embargo, hice caso… aunque sólo en parte. Porque tomé su consejo de abundante lectura, pero no dejé de escribir.

Muchos años después, le envié mi primer libro, Cuentos de Cabecera, nada más y nada menos que a Armando José Sequera, con quien había intercambiado algunos correos electrónicos. Él, fiel a nuestra medio de comunicación, me devolvió una crítica electrónica a mi libro… Bueno, me puse arrechísimo otra vez, y dije: “¡Qué riñones tiene éste! ¡No entiende nada este carajo!”. Así que ahí tienen, una vez más repitiendo una experiencia literaria, como si fuera la primera vez.

Cabe destacar que unos meses después, me metí en un taller de narrativa con Armando. Es decir, también hice caso. En el taller me siguieron dando coquitos. Creo que todavía tengo la cabeza llena de chichones, pero algo aprendí.

Ahora les quiero hablar, brevemente, de los libros publicados. Mi primer libro fue, como ya dije, Cuentos de Cabecera. Este libro de cuentos fue mi tesis en la Universidad Central de Venezuela, que gracias al cielo, acepta tesis creativas en la carrera de Letras. Este libro fue evaluado y defendido, y terminó recibiendo la mención de “mujer policía”, es decir, se le dio el grado de “tesis distinguida”. Este que les habla, de lo más orgulloso con su mujer policía, se fue a Comala.com y publicó su primer libro. Vieron la luz del mundo unos cincuenta ejemplares (una edición limitada, diremos para adornar), que vendí entre los viejitos de la familia, y algunos amigos que estoy seguro nunca se lo leyeron. ¿Qué se siente publicar por primera vez? Pues en el caso de una edición pagada, se siente en el bolsillo. Y luego, cuando se lo envías a un escritor que luego te lo critica… bueno… ya saben qué se siente. Sin embargo, Cuentos de Cabecera fue mi primer paso, y estuvo bien, no me arrepiento.

Mi segundo libro es El elefante. Fue mi primer premio literario y mi primera publicación sin pagar. El elefante ganó el rimbombante Certamen Mayor de las Artes y las Letras. El premio fue la publicación. Saberme ganador fue motivo de gran contento… ahora, saberme ganador entre quince más por el estado Miranda, y ganador entre otro montón de gente más en todo el país y en distintas categorías hasta completar unos ciento y pico de ganadores, ya no hace que uno esté tan contento. Pero en fin, no debemos quejarnos tanto en la vida.

El libro fue publicado en la colección Cada día un libro. No es un edición cuidada, y no he querido leerlo más, porque cada vez que lo hojeó le encuentro un problema nuevo, tanto de mi redacción como de la edición. Pero en fin, “no debemos quejarnos tanto en la vida”. Gracias a ese libro, di otro paso más en mi celebérrima carrera en el mundo de las letras. Aquí pues, tienen otra primera vez. La primera vez de un libro premiado, que yo no pagué y que la edición no me trajo todas las satisfacciones que hubiera querido.

Luego, mi tercer libro, Postales sub sole, fue premio único en narrativa de la Bienal José Rafael Pocaterra, (disculpen la falta de modestia, pero digo todo esto porque tiene que ver con el tema; en general soy un tipo humilde que se sonroja de nada).

Pues bien, ¡cuánto orgullo el libro y cuánto orgullo el premio! Esta vez para mi solito, lo cual nos lleva a colegir que ésta fue otra primera vez.

Luego, el premio no traía publicación. Así que me di a la tarea de buscar una editorial. Esto, amigos, es parte del oficio del escritor. La cosa no se termina cuando uno concluye un libro. Uno de los asuntos que siguen y que también forman parte del oficio de escritor, es publicar. Así que ésta, es otra primera vez. La primera vez que busqué una editorial que me publicara un libro premiado, y sin que yo tuviera que pagar por ello, y que además fuese una publicación de la que me sintiera orgulloso. Así, buscando aquí y allá, preguntándole a los conocidos en persona y en chat, moviéndome entre la gente, llegué a dar con la editorial que publicó mi libro, del cual, estoy muy contento con el resultado.

No es que no quiera contar más, pero me voy a detener aquí. Cada escritor y cada libro tienen su proceso único, particular, en el camino hacia la publicación; más si uno está comenzando, como yo.

Pues bien, como ven, mi corta historia literaria está plagada de primeras veces con repetición a petición. Y es que en todas partes del mundo -eso por lo menos creo yo-, la carrera de alguien que escribe no es fácil. Uno muerde el polvo una y otra vez, y hasta tropieza con la misma piedra en muchas oportunidades. Pero hay que seguir, porque de lo contrario, no valdría la pena, no tendría sentido, y esto, no se llamaría vida, sino Utopía… y les voy a decir una cosa, no hay nada más imposible que una utopía, y en caso tal que llegara a ser posible, resultaría muy aburrida, amigos, ¿no creen?

Muchas gracias y buenas noches.


(Leído en foro de ReLectura "Tres primeras veces", el martes 13 de Marzo de 2007)

martes, marzo 13, 2007

SAMURAI ATARAX


En estos tiempos tan oscuros, de Edad Media rediviva, aparace sobre las Torres de Parque Central, la silueta de Samurai Atarax.

Samurai Atarax lleva un hermoso sable japonés, pero lo usa poco, o procura usarlo poco, porque su filosofía de vida es la ataraxia.

Cuando la estultitica reina, ataraxia.
Cuando el topito áquel te quiere dar con garrotazo, ataraxia.
Cuando te piden una y otra vez el catálogo de la vida sexual de las ranas, ataraxia. (Es decir, cuando la gente quiere entender lo que le conviene o lo que le da la gana).
Cuando tu odio en más grande que tu amor, ataraxia.

Pero Samurai Atarax siempre carga su katana, y va en silencio, cruzando cataclismos. Si el enemigo insiste y se acerca demasiado, Samurai Atarax desenvaina su pequeña guillotina portátil y decapita.

No crean, se disfraza muy bien. Mejor que Clark Kent, mejor que Bruce Wayne. Nadie sabe quién es Samurai Atarax. A lo mejor está sentado a tu lado en el ciber, comiendo muy cerca de ti en la feria, a lo mejor fue el que te sostuvo la puerta del ascensor, o quien ayudó a la bella muchacha a cargar la maleta.

Samurai Atarax cree en algunas cosas:

-En el honor.
-En la sobriedad (tuvo su tiempo oscuro, como todos).
-En la mesura.
-En la humildad.
-En el silencio.
-En hablar bajito por el celular.
-En usar lo menos posible el celular.
-En la familila.
-En su hijo.
-En el matrimonio.
-En el supremo arte del ocio.
-En el respeto a los demás.
-En sentarse por lo menos una vez al mes en la misma mesa del mismo restaurante con sus amigos y jugar a ser Tony Soprano.
-En la serie Los Soprano.
-En el vino de Erzebeth.
-En los fantasmas y en las brujas.
-En San Miguel.
-En su sable.
-En Batman (su maestro)
-En los cómics de Sand Man.
-En los cómics de Moebius y Jodorowski.
-En Frank Miller.
-En Stan Lee y su Surfista de Plata.
-En Stephen King.
-En Sherlock Holmes y en Vidocq.
-Y en el duque de Rocanegras.

Samurai Atarax te manda saludos.
Mucho fundamento, pues.

viernes, marzo 09, 2007

DISCOTIENDA LOS HERMANOS CHANG


Amigos
lectores
emepetredictos
seguidores del walkman
radicales del picup
adoradores de los discos de pasta
fanáticos de las carátulas artísticas
amantes de las recopilaciones raras
terroristas del pop y de los discos de Richar(d) Clayderman
honorarios clubes anti Olga Tañón y anti gaita maracucha
enemigos jurados de Ricardo Arjona y de Roque Valero
músicos, melómanos, pornógrafos
cazadores de gangas, mangos bajitos y todo tipo de golillas
y compradores compulsivos en general...


LOS HERMANOS CHANG

ya abrieron su Discotienda


Entren que caben bien (y más de cien)


www.hermanoschang.blogspot.com


"jenyoy it!!!!!!!!!"

NI TAN FRÍGIDA


La voz de esta mujer es vacía, inconexa, guarda una rabia lasciva, de doble filo que te acosa tras la línea de fuego. Suele vivir a la sombra del delirio, tocándose la campanita por debajo del cristal donde asecha. Sus noches son largos lamentos de vecinos. Los fantasmas mueven su pelvis. Alucina. Sus dedos buscan el click, su palabra sazona lo que sus labios mojados anhelan. No tiene tregua contra ella misma. Sopesa su flojera, la encuentra erógena. Vuelve a sacudir su inercia, invade al teclado. Noche a noche navega sus ganas sobre una turbulencia que no existe. Le teme al cuerpo, a la carne, prefiere los fantasmas del abecedario. Quiere decir y no dice, quiere expresar su deseo y sólo se queda en el balbuceo. Ante ella se abren hojas y hojas en blancos que pudieran darle paso al volcán de la realidad. Pero no se atreve. Interpone el intelecto, árido, seco, frío, cobarde. Entrecierra los ojos, se ríe de ella misma, reconoce las trampas que se monta. Se vuelve a tocar. Siente aquel otro corazón que palpita sin tregua. Se arquea, abre la boca, sus dedos saltan de la campanita al teclado. Por lo menos las palabras la excitan. No está tan mal, se dice, no es un caso pérdido.

jueves, marzo 08, 2007

Teología meditarránea





A Lena


Yo digo que la prueba irrefutable de que los dioses griegos sí existieron (y posiblemente existan) es el aceite de oliva. Ni bajo tortura me convencerán de que tal maravilla la creó el Dios que ahora gobierna.

martes, marzo 06, 2007

MÁS REAL QUE LA VIDA MISMA



Escuché esto en la radio:

"...un socialismo
que no cree en la dictadura del proletariado..."

Una vocesita maluca me dijo por debajo:

"...pero sí en la dictadura del dictador".

Adiós o al Diablo, da igual...

lunes, marzo 05, 2007

LA FLOJERA


No hay nada más feo que la flojera.

La gente confunde la flojera con el ocio, y hasta con el vicio. ¿Será una cuestión de cercanías fonéticas? No sé. Pero la flojera sí puede llevar al vicio. La flojera de vivir, de superarte, de enfrentar tus miedos, de crecer, de cumplir con tu deber, de cumplir con tu verdadera misión en la vida, de ser una persona seria.

Hay flojos brutos; esos no tiene perdón.

Hay flojos inteligentes; esos no merecen misericordia... ni de Dios ni del Diablo.

Que quede claro: los flojos a veces parecen ser muy activos. El flojo profesional, el flojo experto y consagrado, hace mil cosas con tal de no hacer lo que verdaderamente tiene que hacer. No confundan. Un flojo no es el que está tirado en la cama todo el día. No, un flojo puede ser el tipo más inquieto del planeta, el más vociferante, el más escandaloso y pantallero... pero no está haciendo lo que realmente debe hacer, lo que realmente le da flojera.

La flojera nos hace arbolarios, como dicen los maracuchos. La flojera nos hace malucos. La flojera nos vuelve acusadores.

El ocioso, en cambio, el ocioso es feliz, y crea.
Desde su alegría, desde su odio... crea.
El ocioso es un creador de Belleza.

El flojo es un destructor. Lo único que nace de su pecho es la ingominia; algo que no hay que crear, sino que está en el aire desde hace siglos. El flojo echa piedras en su saco roto, y esas rocas, nos caen en la cara.