
Tántalo siempre tenía sed, siempre hambre. Sed de vida, hambre de muerte. Sed de amigos, sed de cariño, sed de amor, de fiesta, de palabras, de historias, de risas. Yo creo que su mayor anhelo era congelar el tiempo. No envejecer. Era una especie de shamán profano que buscaba vivir en el tiempo sagrado, repitiendo el mismo ritual de la eterna juventud. Sed de licor, sed de noche, sed de drogas. Su risa era contagiosa. Su aura atraía. Yo primero escuché su risa, después lo conocí. ¿Fuimos amigos? No sé. Compartimos la misma sed, la misma hambre. A cada rato subíamos al Olimpo; a cada rato robábamos el alimento divino. Zeus tronaba en nuestras cabezas locas, por encima del fragor del ditirambo que hacíamos sonar en el culo de nuestros vasos. Pero nosotros no lo escuchábamos. Yo paré, él siguió. Ya no recuerdo por qué discutimos, por qué nos alejamos. Sí tengo la evocación de una noche. Estábamos en un jardín. Yo estaba sentado en la escalera. Sonó su celular (yo entonces no usaba el aparatico). Él contestó. Era mi mujer que se había atrevido a llamar a su número. Pidió hablar conmigo. Yo tenía la lengua trabada. Ella me gritó. Yo no hablé. Colgué. Seguimos bebiendo, seguimos oliendo, y él me dijo: “esa jeva está loca, no le pares”. Sí, estaba orate, y ahora funge de ex-mujer.
Volví a ver a Tántalo un par de veces. También me llegaban sus historias. Un rosario de anécdotas sedientas y de episodios de hambre rabiosa.
Sé que amaba a su hijo. Por su hijo también tenía una sed insaciable. Lo amaba profundamente. Quizás suene contradictorio. Quizás pensarás “si lo amaba tanto, ¿por qué no paró?”. Pero es que él no podía parar. Yo lo sé. Su sed no tenía cura, y su amor por su hijo tampoco. Nadie quiere curar el amor por un hijo. Nadie lo cura. Sé que le escribía versos. Tántalo era un buen poeta, y pudo haber sido un excelente poeta, un gran poeta. Tenía esa sed que hace falta para serlo. Pero no podía dejar a un lado su hambre de rituales, su amor asesino por el instante de falsa inmortalidad. Qué hermosos versos le escribió a su niño. Seguro los escribió en la madrugada, con la mandíbula tensa. Me mandó algunos por correo electrónico. Yo los leí y los boté, lamentablemente los boté. Hoy me llamaron para decirme que había muerto. Sí, hermano, que habías muerto. Fue como si se hubiera desprendido de mí una historia mía que nunca fue, lamento decir que afortunadamente. Tu muerte, hemano, pudo haber sido la mía. Pero ya lo dije: yo paré, tú seguiste. Tenías demasiada sed, demasiada hambre. No sé decir si fuiste valiente o cobarde. No sé si tuviste fuerza o no. Sólo sé que tenías risas, y chistes, e historias; tenías demasiado que contar, demasiada vida en el pecho, demasiada vida que te pedía muerte. Tú no podías parar. Tu sed, tu hambre, eran ingobernables. Ellos mandaban, y tú te dejabas. Sabías que eras un ejemplo. Un ejemplo de qué… no sé… y yo creo que tú tampoco lo sabías. Pero eras un ejemplo...
Esta mañana no he podido poner música en el carro. Sé que tú lo hubieras querido. Pero no pude. También hubieras querido un trago, un brindis. Discúlpame, pero déjame brindar con palabras. Sé que te gustaban (que te gustan) las palabras. Un abrazo, viejo, un abrazo grande, y sigue riendo en el Olimpo o junto a Hefestos. No le pares a esos carajos. Donde estés, diviértete, aunque no hace falta que te lo diga.