viernes, febrero 23, 2007

COSAS DE TOPITO EL CORTO


Conozcan a Topito El Corto. Topito El Corto detesta al resto de los topos que habitan el planeta Tierra y otros planetas circunvecinos. Sobre todo si algún otro topito asoma la cabeza por encima del suelo. Cuando Topito El Corto presencia aquel acto de orgullo, de voluntad de superación, se indigna, se hace de un garrote gigantesco y le aplasta la cabeza al atrevido. Ah, también suele taparle los ojos a sus amigos de otras razas cuando uno de esos rapaces asoma la cabeza. Topito El Corto quiere que la gente crea que él es el único topo del mundo.

Pero un día… un día Topito El Corto será borrado de la memoria del Reino. Nunca ha hecho otra cosa que hacer de “asesor” de los poderosos, y conseguir que le arrojen unos mendrugos.

Sólo quedará su garrote, y los pañales meados que nunca lavaba, y que escondía bajo la cama.

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¿Qué es un asesor? Un aparato con mala ortografía que se eleva hasta al cielo (hasta el techo, pues), sin hacer el menor esfuerzo y a costa de arrastrar el cuero por un terreno polvoriento y mecer la hamaca ajena.

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Topito el Corto habla duro por el celular, mientras se come un mazacote de carne desmechada con las manos. De vez en cuando, interrumpe la conversación para chuparse los dedos.

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Ahora, volvamos atrás…

Antes de que Topito El Corto pase a mejor vida, tenemos que hacer algo.

HACERLE ALGO.

Tengo un amigo que dice que tenemos que llevarlo a morder el polvo.

Another one down…
Another one down…


Así cantamos mientras comemos carne de canguro y de avestruz.

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El otro día me escribió el mentado Topito. Me decía:

“Me gusta lo que cocinas, PERO de todo lo que cocinas, me gusta más el espumado de atún con lluvia de queso de mano”.

Mi gato maulló –y aulló- en la esquina.

Yo pensé en invitar a Topito a mi casa, pero entonces vi que salía un topo debajo de mi silla, y me dije que mejor no lo hacía. No fuera a ser que viera a mi topito y le diera un garrotazo. Y de paso, también a mí, por pendejo.

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Topito El Corto habló hoy en la radio. Recomendó mi atún.

jueves, febrero 22, 2007

Riendo con Tántalo en la escalera


Tántalo siempre tenía sed, siempre hambre. Sed de vida, hambre de muerte. Sed de amigos, sed de cariño, sed de amor, de fiesta, de palabras, de historias, de risas. Yo creo que su mayor anhelo era congelar el tiempo. No envejecer. Era una especie de shamán profano que buscaba vivir en el tiempo sagrado, repitiendo el mismo ritual de la eterna juventud. Sed de licor, sed de noche, sed de drogas. Su risa era contagiosa. Su aura atraía. Yo primero escuché su risa, después lo conocí. ¿Fuimos amigos? No sé. Compartimos la misma sed, la misma hambre. A cada rato subíamos al Olimpo; a cada rato robábamos el alimento divino. Zeus tronaba en nuestras cabezas locas, por encima del fragor del ditirambo que hacíamos sonar en el culo de nuestros vasos. Pero nosotros no lo escuchábamos. Yo paré, él siguió. Ya no recuerdo por qué discutimos, por qué nos alejamos. Sí tengo la evocación de una noche. Estábamos en un jardín. Yo estaba sentado en la escalera. Sonó su celular (yo entonces no usaba el aparatico). Él contestó. Era mi mujer que se había atrevido a llamar a su número. Pidió hablar conmigo. Yo tenía la lengua trabada. Ella me gritó. Yo no hablé. Colgué. Seguimos bebiendo, seguimos oliendo, y él me dijo: “esa jeva está loca, no le pares”. Sí, estaba orate, y ahora funge de ex-mujer.

Volví a ver a Tántalo un par de veces. También me llegaban sus historias. Un rosario de anécdotas sedientas y de episodios de hambre rabiosa.

Sé que amaba a su hijo. Por su hijo también tenía una sed insaciable. Lo amaba profundamente. Quizás suene contradictorio. Quizás pensarás “si lo amaba tanto, ¿por qué no paró?”. Pero es que él no podía parar. Yo lo sé. Su sed no tenía cura, y su amor por su hijo tampoco. Nadie quiere curar el amor por un hijo. Nadie lo cura. Sé que le escribía versos. Tántalo era un buen poeta, y pudo haber sido un excelente poeta, un gran poeta. Tenía esa sed que hace falta para serlo. Pero no podía dejar a un lado su hambre de rituales, su amor asesino por el instante de falsa inmortalidad. Qué hermosos versos le escribió a su niño. Seguro los escribió en la madrugada, con la mandíbula tensa. Me mandó algunos por correo electrónico. Yo los leí y los boté, lamentablemente los boté. Hoy me llamaron para decirme que había muerto. Sí, hermano, que habías muerto. Fue como si se hubiera desprendido de mí una historia mía que nunca fue, lamento decir que afortunadamente. Tu muerte, hemano, pudo haber sido la mía. Pero ya lo dije: yo paré, tú seguiste. Tenías demasiada sed, demasiada hambre. No sé decir si fuiste valiente o cobarde. No sé si tuviste fuerza o no. Sólo sé que tenías risas, y chistes, e historias; tenías demasiado que contar, demasiada vida en el pecho, demasiada vida que te pedía muerte. Tú no podías parar. Tu sed, tu hambre, eran ingobernables. Ellos mandaban, y tú te dejabas. Sabías que eras un ejemplo. Un ejemplo de qué… no sé… y yo creo que tú tampoco lo sabías. Pero eras un ejemplo...

Esta mañana no he podido poner música en el carro. Sé que tú lo hubieras querido. Pero no pude. También hubieras querido un trago, un brindis. Discúlpame, pero déjame brindar con palabras. Sé que te gustaban (que te gustan) las palabras. Un abrazo, viejo, un abrazo grande, y sigue riendo en el Olimpo o junto a Hefestos. No le pares a esos carajos. Donde estés, diviértete, aunque no hace falta que te lo diga.

martes, febrero 13, 2007

Cuidado

Yo me sé una historia...

Ellos peleaban a menudo. Cualquier excusa era buena. Gruñían, gritaban, se menospreciaban. Vivían en un eterno estado de tensión. Para el mundo estaban bien; eran una pareja feliz. Para sus hijos, la casa era un infierno. Muchas veces los vimos discutir. Yo no sé si mi hermano recuerda. Yo sí... Recuerdo a papá golpeando las paredes, los dientes apretados de ambos, las puertas que se cerraban.

Hablaron de divorcio. Claro que hablaron. La palabra estuvo sobre el tapete, en la mesa del comedor. Era un bicho raro que sacaba la lengua y tenía ojos vidriosos; un pequeño dragón cuya lengua separaría a los que juraron ser siameses para siempre jamás.

Después de todos esos años de casados, de luchar contra la pobreza, de alcanzar sus metas, de dos hijos... después de tanto amarse... el divorcio parecía ser la única solución.

Entonces él murió. Murió de un infarto, una noche, viendo televisión. Murió, así de sencillo, sin previo aviso. Murió.

Y ella lo lloró, lo gritó sobre la urna, y comprendió que siempre lo había amado.

Ella aún lo ama, pero él ya no está.

La muerte los divorció, de tanto desearlo...

domingo, febrero 11, 2007

LA TARJETA (pruebas)




Ella dejará pasar el tiempo, no le dirá nada. Esperará a que llegue el fin del mundo para entonces soltárselo, justo cuando el dragón de siete cabezas los tenga en sus fauces. Ella ocultará, empezará a tener una doble vida. Y él seguirá en su esquina, gato hastiado, desempleado, en interiores, rescándose los testículos, masturbándose, buscando en la Internet las biografías de sus actrices pornos favoritas (lástima que Savanah estuviera tan loca y tan muerta -masturbarse viendo la porno de una muerta es como alcanzar el fondo de lo patético).

Pero entonces, una mañana, buscando desesperada dentro del bolso el celular que no parará de llamar su atención, ella dejará caer una tarjeta. Ella se irá, ciega ante el descuido, y él recogerá el papelito. Verá el cargo -el nuevo cargo-, y verá el nombre. El nombre de ella, el cargo de ella.

Estallará por dentro pero su cuerpo contendrá la onda. Sólo sus ojos reflejarán la catástrofe. Se tirará en la cama, dormirá hasta tarde, hasta que ella llegue. Se pondrá de pie apenas oiga las llaves, el sonido de la puerta. Saldrá el pasillo, tirará al piso la tarjeta (¡pobre tarjeta, cuánto piso!). Ella no tendrá palabras. Él hablará entre dientes, después se desollará en gritos. Ella retrocederá, él se irá sobre ella. Su mano se convertirá en puño, su puño se convertirá en odio, su odio golpeará la cara... la cara de la mujer amada, la cara de la ejecutiva, la cara de mujer exitosa, la cara que pretendió esperar hasta el armagedón para soltar la bomba atómica.

Ahí se terminará la película.

Otra película más, de esas que actuan las parejas.

domingo, febrero 04, 2007

Cebolla





Más allá, entre capas, finas lajas, traslúcidas, más adentro, quizás nade un niño hacia una isla bañada de luz. La piel que se superpone es clara, limpia. Pareciera que al final de todo, está el fulgor, y no el pozo oscuro de las tristezas. ¿Pero hemos de llamarlo así? ¿Fulgor es la palabra? No sé, es más bien como una tarde serena donde el sol pareciera flotar dentro de un mar tibio que aminora la furia de su calor, y hace todo más agradable. En la superficie, siempre estarán los personajes, el manto de V, su sombrero, y claro, la máscara sonriente de los bigotes finos. Si arrancamos el disfraz están las quemaduras, si arrancamos las quemaduras está esa luz. Pero volvamos a la superficie. Allí prevalece el acto, la obra. Saludemos al sarcástico, saludemos al nihilista, pero sobre todo saludemos al iracundo. Explota en rojo, lanza la de protones, y al fondo se aturde el paisaje, y el niño que nada hacia la isla comienza a ahogarse en sus temores. Los contrarios se encuentran siempre en el giro. No queda otra. El temor, el temor entonces es sospechar que al otro lado del horizonte templado, o en el fondo de ese mar donde el niño nada y a ratos se ahoga de tristeza, haga ebullición una laguna estigia de oscuridades absolutas. Como si en realidad, lo que sucedió fue que nunca terminamos de quitar las capas, como si las lajas fueron pintadas para simular el paso de la luz, la claridad; efectos especiales del alma para protegerse a sí misma. Y sobre la laguna de las lágrimas, navegan bestias feroces y lloronas que devoran niños ahogados, que se alimentan de niños ahogados, que vomitan niños ahogados. Vendrán los perros, y limpiarán las barcas, comiéndose el vómito, y seguiremos en la huida infinita de nuestra propia identidad, tan frágil, tan inocente, tan feroz, tan malvada, tan triste, tan hermosa. Resulta difícil, sí.