Atravesamos kilómetros y kilómetros de la Selva Imposible bajo el quemante sol de Puerto Cabello, y llegamos al espacio abierto donde el Árbol de la Vida ofrecía una sombra inquebrantable. Zerpa llevaba sus esferas dentro de una buchaca de terciopelo que alguna vez portó una botella de exótico licor; Néstor las portaba en unas faltriqueras transparentes, de esas que sirven para llevar las apetitosas bagatelas de lord Montague; y Willliam las amontonaba en delgadas y frías bolsas de líneas bicolores. Yo sólo tenía una esfera, con una me bastaba, y a veces la llevaba en el bolsillo del pantalón, a veces en la mano.
Despejado el terreno de ramas, piedritas y hojas caídas, los adversarios se dispusieron para la batalla campal. Yo me recliné del Árbol de la Vida y, aún con la cicuta de la desolación en el pecho, me entregué al gran silencio que se impone entre los ejércitos antes de la contienda. Sólo se escuchaba el viento azuzando las banderas, el crujido de las catapultas que en su ángulo tenso desafiaban al cielo de esmalte, y mi apagada letanía que imploraba la clemencia de los dioses.
Entonces reventaron las primeras amarras y la primera bala de cristal silbó a través de las cortinas del aire. La esfera se detuvo un instante en la cima para luego caer en el terreno y levantar una descomunal montaña de humo.
William, alto y grueso como el carromato que conducía su padre, avanzó con calma de guerrero experimentado, ostentando su sonrisa cruzada de maldad y soberbia. Era el señor de la guerra, la carne viva del terrible Atila, despiadado y atroz. Los aliados, estoicos, admirables, rehicieron sus filas de cualquier manera y dieron sus caras empozadas de sangre y barro. Y Atila se burló de la desdicha ajena con bramidos de gloria, con sus miradas de colmillo, con sonrisas de orate perdido en su propia sensualidad.
Pronto me aburrí de la rutina de la masacre y coloqué la esfera de las Mil Galaxias frente a mis ojos. Me sumergí en su oceáno uterino, en las marejadas de su recámara oval, infinta y sosegada, hacia la nebulosa del Ojo Felino en un vuelo que era nado, en un nado que era vuelo, contemplación, despojo y simbiosis cristalina. Fui enigma. Fui Creación. Fui inocencia pura, diente de león luminoso, átomo de lo eterno.
Debo confesar que alguna vez intenté el arte de la guerra. Pero mi puntería resultó pésima y nunca aprendí las reglas del todo. Así que, antes de que los otros me execraran para siempre, renuncié y me dediqué al misticismo que ahora abrazaba con aquel furor de monje medieval.
Pero no siempre el éxtasis nos condena la mirada, y para volver a las deliciosas corrientes del morbo, a la realidad que fascina con su cochambre, sólo se requiere de una excusa disfrazada de horror. Apenas una excusa para dejar caer la esfera y alzar la mirada una vez más hacia la turbulencia animal.
Y era que Atila acababa de gruñir como una bestia marcada con fuego ante la escena de una de sus falanges interceptadas. Néstor la tenía en su poder, y Zerpa, irrefutable sosias, hacía a la perfección su labor de apoyo táctico.
Minotauro perdido y cazado en su propio laberinto, el gran Atila resopló su odio y se infló como un paquidermo, lleno de una lava ardiente que recorría su cuerpo. Enrojeció, botó fuego por los ojos, su estatura aumentó, se alzó hasta los cielos, alcanzó las nubes y se transformó en titán. Convertido en el ombligo herido del cosmos, el titán aulló una explosión contra sus adversarios. Néstor calló, Zerpa sonrió nervioso y yo me quedé allí, boquiabierto, la esfera a mis pies, y mis pies clavados en la tierra.
Plaga de la ira, musaraña de la ceguera, el titán se lanzó sobre la llanura, atropelló a los ejércitos y de un manotazo apartó las catapultas y se hizo de las balas de cristal. Creí que por mi condición de místico yo iba a ser perdonado, pero los titanes no sienten respeto por las cosas sagradas. Su cuerpo gigantesco y con olor a perro salvaje me agravió, y la esfera de las Mil Galaxias fue secuestrada sin contemplación.
En un abrir y cerrar de ojos, el titán se había esfumado. Sólo quedó el polvo mefítico de los infiernos sobre aquel erial que hacía pocos segundos había sido una vigorosa explanada.
Aún sumido en el estupor, volteé a mirar a mis compañeros. Ellos, a pesar de haber sido despojados, celebraban un triunfo de sonrisas serenas y aliviadas.
Sí, existen otros triunfos. Y el de ellos era haber despertado la furia de aquel impávido guerrero. Su estrategia había funcionado, y en la próxima batalla tendrían a su favor las escenas del miedo y la deshonra incrustadas en el pecho del adversario.
Medité y comprendí que yo también debía unirme al callado regocijo. Yo también me había hecho de una victoria. Porque el titán, al robarme, se había condenado él mismo a una derrota absoluta. Por más que lo intentara, el bárbaro William, inútil para el ensueño, nunca podría obtener los secretos divinos, los goces sacramentales, las múltiples dimensiones de mi esfera. Sí, tal sería su castigo: poseer una joya que nunca le pertenecería por completo.
(De Postales sub sole)