
Allan Pinkerton, un señor tan serio, tan de bigotes y barba, tan metido en asuntos de Alta Seguridad de Estado y tan peligroso –porque peligroso debió de ser-, jamás imaginó que la terrena empresa que fundó terminaría formando parte del imaginario universal de la literatura, del cine y de los cómics, aquellos antojos del espíritu que en su grado más puro siempre le llevarán la contraria a todo lo considerado como correcto y socialmente establecido por la Seguridad del Estado aquel.
¿Qué hizo Allan Pinkerton para merecer tal honor? Nada, podríamos decir que nada ex profeso. Pero es que uno nunca sabe para quién trabaja, dice el dicho dichosamente.
Pinkerton, por supuesto, sabía que trabajaba para los poderosos, pero nunca imaginó, ni siquiera en sus más remotas pesadillas que trabajaría, por ejemplo, para la disidencia, para inocular venenos, regalar deleites y montar batallas del espíritu el día que fundó su empresa, la Pinkerton´s National Detective Agency.
Originario de Escocia, quizá Pinkerton tomaba escocés proveniente de los barriles que fabricaba y de los que vivía, cuando tuvo que huir de su tierra natal y de aquellos soldados que lo hubieran arrestado por insurgente (paradójico, ¿no?), si un amigo no le hubiera avisado a tiempo, pues a sus veintidós años, por aquellos años, Pinkerton andaba metido a Cartista, y reclamaba igualdad de derechos en una tierra desigual en un Reino Unido tan la fuerza y contra la voluntad de muchos. Total, que Pinkerton huye a Canadá y, después de un naufragio y una aventura con indios malandrines ladrones de anillos matrimoniales, llega a la autodenominada tierra de los sueños, por allá por los Estados Unidos de Norteamérica, donde siguió ejerciendo de barrilero en Chicago, y luego un poco más allá, más hacia tierras inhóspitas, donde era recomendable andar armado y ojo avizor.
Y así el devenir, Allan descubrió que en una isla que se suponía deshabitada alguien habitaba. Tras los rastros de monte pisado, se fue el intrépido barrilero y avistó de lejos a quienes allí moraban: nada más y nada menos que unos falsificadores de billetes que azotaban la región. Pinkerton, que era audaz pero no tonto, se dio media vuelta y terminó frente al sheriff de la zona. Juntos fueron a capturar a los bandidos. Al quinto día, de noche, Pinkerton descolló por su arrojo en la exitosa emboscada donde los malos cayeron sin ofrecer resistencia.
Así, picado para siempre por el zancudo de la adrenalina de los meros machos, Pinkerton se ofrecería a atrapar al jefe de la banda (a cambio de algún dinerillo, claro está), jefe que como todo autor intelectual inteligente no se había dejado capturar aquel día que capturaron a los demás. Después de varias estratagemas, dignas de un agente encubierto de nuestros días, Pinkerton logra engañar a aquel evasivo jefe de apellido Crane, un exitoso empresario de la zona, que terminó sentado frente a Pinkerton, cerrando un trato ilegal -y falso- que lo llevaría a prisión. Entonces empezó la carrera de Pinkerton como hombre de ley, con todas de la ley, convirtiéndose pronto en el agente más efectivo de la ciudad de Chicago, a la que regresó luego de haber capturado a Crane. Más adelante, en vista de su buena fama en el oficio policial, nuestro hombre en Chicago renunció y montó su propio negocio: una agencia de detectives privados. No fue la primera, claro que no, ya el gran Vidocq lo había hecho en Francia unos veinte años atrás. La diferencia entre uno y otro: Pinkerton tenía una conciencia comercial y publicitaria adecuada para un país amante de las frases vendedoras y los logotipos (Vidocq también se supo vender, pero vivía en una Francia menos propensa a los embrujos de los publicistas).
Pinkerton sabía de espejitos deslumbrantes, y creó un logotipo y una frase que harían historia: Un ojo y debajo del ojo: “We never sleep”. De aquel ojo, saldría el término Private Eye – P.E., jugando con la fonética de las siglas P.I. del Private Investigator, y que se haría célebre en el mundo y en la literatura. Pero esto es apenas el principio.
Pinkerton, que sabía moverse, se hizo de buenos, o más bien digamos, poderosos amigos, entre las que se encontraban los dueños de los ferrocarriles que estaban recorriendo y fundando a diestra y siniestra una nación, y nada más y nada menos que el Presidente Lincoln, a quien salvó de un intento de asesinato, a través claro está de sus agentes encubiertos y otros truquillos por el estilo. Gracias a esta amistad agradecida, Pinkerton también tuvo que ver en la Guerra de Secesión, donde sus hombres anduvieron de espías, sirviendo así de antecedente al FBI de aquel moralista gay cuyo nombre evitamos y la CIA de aquellos senadores dueños la Banana Fruit Company.
Así que, de cierto modo, todas esas novelas y películas de espionaje que hemos disfrutado se las debemos a Pinkerton en gran parte. El famoso cartel de WANTED, ese de las películas de vaqueros y de las comiquitas de Bug Bunny, es algo más que también le debemos a Pinkerton y a su agencia. Un detalle sublime y una historia fenomenal. Pues el cartelito surgió de la relación de Pinkerton con las poderosas compañías de ferrocarriles, cuyos trenes, una y otra vez eran asaltados por la banda de los hermanos Jesse y Frank James o por la de Butch Cassidy y Sundance Kid, ésta última conocida con el inolvidable apodo de la Wild Bunch. Los hombres del viejo Pinkerton hasta en Latinoamérica estuvieron detrás de Cassidy y Kid, pisando pampas argentinas y los andes bolivianos, donde se dice dejaron la vida los inmortales forajidos.
Pero con esto no basta, pues muchos años después, un agente, un investigador privado de la Pinkerton, se cansaría de la calle, o se vería obligado a salirse de ella por manejos oscuros que no han quedado en claro, y se encerraría a escribir historias que tenían que ver con el crimen y sus asuntos. El agente trasmutado a escritor se llamaba Dashiell Hammett, y se convertiría en uno de los grandes maestros de la literatura policíaca. Su aporte: una escritura breve, cruda, un tipo de detective rudo y descreído, el famoso hardboiled que Hammett no crearía pero terminaría de definir, y unas historias finalmente puestas en la calle sucia y traidora, la calle de la que Hammett había salido, y menos mal, pues puso la calle y sus historias criminales en papel, convertidos en genial literatura, divertida y verdadera de un lejano 1929.
No es poco lo que nos legó el viejo Pinkerton, no es poco el imaginario que salió de su mente, no es poco su aporte a mi divertimento. No sé al tuyo, lector, no me interesa. ¡Ah, esa rudeza también la heredamos de Allan Pinkerton!
¿Qué hizo Allan Pinkerton para merecer tal honor? Nada, podríamos decir que nada ex profeso. Pero es que uno nunca sabe para quién trabaja, dice el dicho dichosamente.
Pinkerton, por supuesto, sabía que trabajaba para los poderosos, pero nunca imaginó, ni siquiera en sus más remotas pesadillas que trabajaría, por ejemplo, para la disidencia, para inocular venenos, regalar deleites y montar batallas del espíritu el día que fundó su empresa, la Pinkerton´s National Detective Agency.
Originario de Escocia, quizá Pinkerton tomaba escocés proveniente de los barriles que fabricaba y de los que vivía, cuando tuvo que huir de su tierra natal y de aquellos soldados que lo hubieran arrestado por insurgente (paradójico, ¿no?), si un amigo no le hubiera avisado a tiempo, pues a sus veintidós años, por aquellos años, Pinkerton andaba metido a Cartista, y reclamaba igualdad de derechos en una tierra desigual en un Reino Unido tan la fuerza y contra la voluntad de muchos. Total, que Pinkerton huye a Canadá y, después de un naufragio y una aventura con indios malandrines ladrones de anillos matrimoniales, llega a la autodenominada tierra de los sueños, por allá por los Estados Unidos de Norteamérica, donde siguió ejerciendo de barrilero en Chicago, y luego un poco más allá, más hacia tierras inhóspitas, donde era recomendable andar armado y ojo avizor.
Y así el devenir, Allan descubrió que en una isla que se suponía deshabitada alguien habitaba. Tras los rastros de monte pisado, se fue el intrépido barrilero y avistó de lejos a quienes allí moraban: nada más y nada menos que unos falsificadores de billetes que azotaban la región. Pinkerton, que era audaz pero no tonto, se dio media vuelta y terminó frente al sheriff de la zona. Juntos fueron a capturar a los bandidos. Al quinto día, de noche, Pinkerton descolló por su arrojo en la exitosa emboscada donde los malos cayeron sin ofrecer resistencia.
Así, picado para siempre por el zancudo de la adrenalina de los meros machos, Pinkerton se ofrecería a atrapar al jefe de la banda (a cambio de algún dinerillo, claro está), jefe que como todo autor intelectual inteligente no se había dejado capturar aquel día que capturaron a los demás. Después de varias estratagemas, dignas de un agente encubierto de nuestros días, Pinkerton logra engañar a aquel evasivo jefe de apellido Crane, un exitoso empresario de la zona, que terminó sentado frente a Pinkerton, cerrando un trato ilegal -y falso- que lo llevaría a prisión. Entonces empezó la carrera de Pinkerton como hombre de ley, con todas de la ley, convirtiéndose pronto en el agente más efectivo de la ciudad de Chicago, a la que regresó luego de haber capturado a Crane. Más adelante, en vista de su buena fama en el oficio policial, nuestro hombre en Chicago renunció y montó su propio negocio: una agencia de detectives privados. No fue la primera, claro que no, ya el gran Vidocq lo había hecho en Francia unos veinte años atrás. La diferencia entre uno y otro: Pinkerton tenía una conciencia comercial y publicitaria adecuada para un país amante de las frases vendedoras y los logotipos (Vidocq también se supo vender, pero vivía en una Francia menos propensa a los embrujos de los publicistas).
Pinkerton sabía de espejitos deslumbrantes, y creó un logotipo y una frase que harían historia: Un ojo y debajo del ojo: “We never sleep”. De aquel ojo, saldría el término Private Eye – P.E., jugando con la fonética de las siglas P.I. del Private Investigator, y que se haría célebre en el mundo y en la literatura. Pero esto es apenas el principio.
Pinkerton, que sabía moverse, se hizo de buenos, o más bien digamos, poderosos amigos, entre las que se encontraban los dueños de los ferrocarriles que estaban recorriendo y fundando a diestra y siniestra una nación, y nada más y nada menos que el Presidente Lincoln, a quien salvó de un intento de asesinato, a través claro está de sus agentes encubiertos y otros truquillos por el estilo. Gracias a esta amistad agradecida, Pinkerton también tuvo que ver en la Guerra de Secesión, donde sus hombres anduvieron de espías, sirviendo así de antecedente al FBI de aquel moralista gay cuyo nombre evitamos y la CIA de aquellos senadores dueños la Banana Fruit Company.
Así que, de cierto modo, todas esas novelas y películas de espionaje que hemos disfrutado se las debemos a Pinkerton en gran parte. El famoso cartel de WANTED, ese de las películas de vaqueros y de las comiquitas de Bug Bunny, es algo más que también le debemos a Pinkerton y a su agencia. Un detalle sublime y una historia fenomenal. Pues el cartelito surgió de la relación de Pinkerton con las poderosas compañías de ferrocarriles, cuyos trenes, una y otra vez eran asaltados por la banda de los hermanos Jesse y Frank James o por la de Butch Cassidy y Sundance Kid, ésta última conocida con el inolvidable apodo de la Wild Bunch. Los hombres del viejo Pinkerton hasta en Latinoamérica estuvieron detrás de Cassidy y Kid, pisando pampas argentinas y los andes bolivianos, donde se dice dejaron la vida los inmortales forajidos.
Pero con esto no basta, pues muchos años después, un agente, un investigador privado de la Pinkerton, se cansaría de la calle, o se vería obligado a salirse de ella por manejos oscuros que no han quedado en claro, y se encerraría a escribir historias que tenían que ver con el crimen y sus asuntos. El agente trasmutado a escritor se llamaba Dashiell Hammett, y se convertiría en uno de los grandes maestros de la literatura policíaca. Su aporte: una escritura breve, cruda, un tipo de detective rudo y descreído, el famoso hardboiled que Hammett no crearía pero terminaría de definir, y unas historias finalmente puestas en la calle sucia y traidora, la calle de la que Hammett había salido, y menos mal, pues puso la calle y sus historias criminales en papel, convertidos en genial literatura, divertida y verdadera de un lejano 1929.
No es poco lo que nos legó el viejo Pinkerton, no es poco el imaginario que salió de su mente, no es poco su aporte a mi divertimento. No sé al tuyo, lector, no me interesa. ¡Ah, esa rudeza también la heredamos de Allan Pinkerton!












