
y el cuerpo desciende de las amarras,
sobre la silla pide reposo
y las manos, todavía rígidas
buscan en la nuca el mar
y ya no el escritorio el teléfono la nada
tardes de grillos, de oleajes como afectos
donde la furia por las costas del mundo
marca llena de nudos la retirada
tardes de soledad bienvenida
mástil, vela que suena a viento
pasos en cubierta, pocos y sin prisa
tardes de barco que toca muelle
de gaviero que piensa en plazas
en un banco con raíces y ramas
y él sentado, curtido en sus arrugas
agradecido en la mirada
que el grandor contempla
tardes de claraboya, de sombra y sábana
un quieto vaivén, un pez sin carnadas
tardes en que te pienso
y sé, sólo sé
que estaríamos mejor
a bordo, sobre la cama.
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