
El cuarto está lleno de sombras de pájaros, algunos quietos, otros que aletean. Reposa la tarde sobre la cama anónima, vacía y desordenada, muerta. Muerta porque del vacío y del caos sólo queda una quietud etérea muy cercana a la muerte, a una confortable muerte. Él escribe y recuerda a la muchacha. Ella es quizás una de esas sombras de pájaros en las paredes de su habitación, una de las estáticas, casi tímida. La imagina afuera, en la avenida, dándole la cara a la multitud que la admira. Sobre la ola de fanáticos, un poderoso foco de luz, el foco de la fama. En la penumbra del cuarto, sin embargo, su sombra proyecta lo que es en realidad: un ave frágil dada a los aspavientos. La rememora inquieta en su excitación, como si saltara sobre la grama, buscando sustentos, moviendo la cabeza, arriba y abajo, en realidad entre sus piernas. La recuerda también unos minutos antes, echada en el sillón, una teta afuera y con una botella en la mano, cargada de coraje y de ternura. Era una pájara brava llena de valentía, sí, y esa valentía tenía algo de inocencia, de ternura, de tontería. Los valientes pueden ser tontos. Pero al final, él, que es un patán, terminó viendo a la chica coraje, a la chica famosa, haciéndole un buen trabajo en la entrepierna, allá donde se mastica la delicia. El corazón y la voz de ella eran leyenda. Pero él no quería el sonido de la voz. Él quería los labios de esa boca, la saliva de esa boca. Él estaba por la carne. Por la carne, y claro, por el dinero. En Manhattan siempre se está por el dinero. Manhattan la frívola, la de las modas que no le gustan, las de las pastillas para adelgazar. Manhattan la de la gente hermosa. Ella rió a carcajadas. «Me gustan los guapos, pero por ti haré una excepción», y después, cuando ya le daba a la cabeza entre sus piernas, él le dijo: «Tú también eres fea, muchacha». Ella se separó, se tiró hacia atrás sobre la cama, se tomó un trago, se echó a reír otra vez con sabroso estruendo: «No importa, somos feos, pero tenemos la música». Él y sus recuerdos quizás están en la habitación número 2 del hotel Chelsea. Él quizás la necesita a ella, quizás no. Lo que sí es seguro es que él se llama Leonard Cohen y ella Janis, Janis Joplin.


