
Escúchame, amigo, escúchame,
ya es tarde para estar jugando al mal
y ser talentosos para la historia
o para el futuro y la eternidad.
Escúchame, amigo, estamos viejos,
todo pasó, perdiste, perdimos
el tiempo. No hiciste
lo que tenías que hacer,
no lo hicimos.
Escúchame, amigo, escúchame,
mi pecho está viejo, me duele,
me duelen también los pies,
tengo cemento en las articulaciones.
Tiemblo en la cama, como si estuviera
en una tormenta en los polos,
y no tengo fiebre. ¿No es raro eso?
Es tarde ya, tarde para ser hermosos
y malditos, para emborracharnos
y dejar en herencia nuestras vidas y nuestra obra.
No vivimos en el hotel Chelsea, no fuimos geniales,
no fuimos Janis, ni Dylan, ni Leonard,
aunque nos lo creímos, ¿no es cierto?
Todo pasó, tú lo sabes, yo lo sé.
Ahora estoy aquí, y tengo esta libreta,
y es temprano en la noche, y todo está en calma.
Me gusta así, me gusta este encierro de monje.
Es temprano y es tarde, tarde otra vez en mi boca,
en mis manos, en mi cuerpo. Tengo sueño,
tengo almohada, ya mis párpados no son inflamables.
Mañana me levantaré temprano,
vestiré a mi niño para la escuela,
lo despediré, me pondré a escribir,
quién sabe si en la libreta, o a pasar a la pantalla
lo que está escrito en ella. En silencio, con calma,
como las navidades que ya se vienen
con el aroma de las ventanas.
El 24 en la noche, el brillo en los ojos de mi niño.
El 24 en la noche y mi corazón viejo que empieza
a sospechar cuando habrá de morir. Pero no importa,
no me importa mucho, de verdad. Sólo espero
unas cuantas navidades más,
sonrisas de mi niño, juguetes al aire.
Sólo eso. Sólo eso, y ya veremos, amigo, ya veremos.
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