
I
Abrir los ojos, despertar,
y el Paraíso alguna vez
perdido, que se muestra,
gélido, inundado
tras la vergüenza
y el castigo, pero hermoso,
definitivamente hermoso.
Siempre ha estado, siempre aquí,
aguardando al rompe hielos
con su geografía indomable
que fluye, hacia adelante,
profusa, irrefutable
entre témpanos
y crestas de azul cobalto.
Apenas anoche
el Drake fue un fragor
de ciclones y mareas,
titanes sin destino,
como el hombre cuando teme,
como cuando todas su partes
se alzan en su contra
y lo protestan y lo matan.
Ahora, en el amanecer
de la épica luz,
el movimiento, arrebato
de hormigas de viento,
instaura el vigoroso
poder de la paz.
Y yo en cubierta,
apretando los dientes,
sobrio de cuerpo, anhelante
de la grandeza y de la unidad
de aquel mundo desmesurado,
todavía el Drake
golpeando mis venas,
la proa de mis verdades,
y en alguna parte,
el agujero voraz
en esa capa inflamable
que llamamos espíritu.
Recuerda esto:
El Paraíso siempre ha sido esta furia,
esta furia callada
que florece indómita,
que te arrasa y sólo así te salva.
II
Quizás la nieve, esa idea
equívoca de la pureza,
ha conjurado la abstinencia
de mis dolores.
Me lo propuse, y aquí estoy,
lanzando dardos en el bar
de los turistas, maderas y claraboyas,
las pequeñas cortinas y su polvo de años,
mesas de juego, los dados
de los pequeños destinos en casillas.
Agua en mis venas,
agua en mis venas y sal afuera,
en el mar, la sal de Cártago,
la sal nunca vencida.
La gente habla y hay silencio,
aire caliente en el roce
entre mi cuerpo y mis ropas.
Y los dardos que son dados,
y los dados que son dardos.
III
En el mar, en su cabina,
ella cuenta de aeroplanos que caen a tierra,
del amor perdido, del amor muerto.
En el mar y entre hielos ella arde por dentro,
mareada, herida, como si ella también hubiera caído.
Había otra mujer en aquel aeroplano,
una mujer que sobrevivió. Su amor,
su hombre, no estaba solo el día
de su muerte.
En el mar y entre hielos
ella cuenta del Ícaro inverso
que traiciona al borde del abismo,
que deja el rastro de sus mentiras
para siempre.
Los hombres somos ícaros inversos.
IV
Tierra volcánica, negra, humeante,
como si el Infierno se hubiese apagado.
Y los turistas en el agua, caliente, humeante,
como si el Infierno fuese un balneario.
Estación ballenera abandonada,
la osamenta de un avión de la Segunda Guerra.
Los aliados allí se apostaron
cuidando de que los nazis
no fondearan la muerte
en cargas de submarino.
Por eso la llamaron Mundial,
por eso el mal es un virus.
La Tierra de piedras negras,
volcánica, no acusa huellas,
pero quien la camina, se quema.
Por más que el tormento ya no,
por más sonrisa aséptica, abajo
la tierra de Dante
convoca la temperatura,
que a veces se eleva
y saca del agua a los turistas.
A manera de advertencia,
quien sabe si ellos lo sepan.
Tú sí, tú lo sabes,
pero estás muerto,
reposas,
y los muertos en reposo
nunca pueden hacer nada.
Los muertos en reposo
congelan sus tormentos,
y aguardan, tan sólo aguardan.
V
Estación Esperanza, en ruinas,
en reconstrucción. Ardió
la madera el metal la nieve,
ardió, un loco, un científico loco la quemó
y después se fue a morir en la inmensidad.
Estación Esperanza, en ruinas,
en reconstrucción. Y los turistas
en la cima, se lanzan por la pendiente,
como en un tobogán.
VI
Si te asomas, si husmeas
la puerta entreabierta,
verás a los rusos en un largo mesón,
comiendo papas en todas sus variantes,
fumando y bebiendo vodka.
Si te asomas, verás rostros jóvenes,
sonrisas, brillos
en el ojo de los maquinistas,
alquimistas.
El barco tiene un agujero, y ellos se ríen
y nos lo callan, y siguen sentados
en el largo mesón, la puerta entreabierta,
a propósito, quién sabe.
VII
Se detiene el barco, el capitán quiere bañarse.
Bajan la escalera, el capitán la desciende,
se lanza al mar. Está allí, bracea
unos segundos de insólita resistencia,
sale, y vuelve a la cabina de mando,
un paño le cubre los hombros.
Sus bigotes, sus bigotes gruesos,
antárticos y mojados, meditan la ruta.
VIII
La claraboya
de mi camarote
en la Antártida.
Repara en la belleza
de estas palabras,
el resto sobra.
IX
Llegar cuando todos se han ido,
llegar para calentar un nido
de piedras infértiles.
Llegar, insistir, resistir.
El ave más tonta
de todas las aves tontas
se confía a la playa de los guijarros
ya tarde, como tarde,
o más bien a destajo,
a su destajo,
se confían los que no creen
en el mandato de los maitines
en las metáforas del engranaje,
en la prisa del éxito, los festines.
El ave más tonta
de todas las aves tontas,
más inocente, más torpe,
más indómita y solitaria,
sabe de orgullos,
sabe de luchas,
aunque la derrota
para siempre
una y otra vez
la condene.
El ave más tonta
de todas las aves tontas del mundo
sabe que no tiene alas,
pero sí conoce el gesto digno
que vence a la muerte,
esa elevación, ese vuelo.
X
En cubierta, la noche
breve, formidable,
y el inútil artificio
de las constelaciones.
Demasiadas estrellas
abiertas, respirando.
Ni una sola muerta.
Todavía hay lugares
donde la oscura luz
de las ciudades
no reina.
XI
En esta noche sin guía,
de astrolabios yertos,
el hombre, pobre,
alza la mirada
y pregunta
y comprende
que tanto,
es lo mismo
que menos.
Que no hay salida,
que se pierde
en su vaivén de mar,
mujer voluble
que lo alza,
que lo agita,
que lo golpea.
Sólo queda contemplar
con las manos en el bolsillo,
el abrigo sobre los huesos roídos,
la melena al viento, y el silencio
en los ojos trémulos.
Sólo queda
la noche opulenta
de estrellas, negando
todo trazado,
los zodiacos,
los destinos
por adelantado.
XII
Mañana antártica
en el estrecho de Gerlache.
Liviana, enorme la nave,
acoge a los pasajeros en cubierta.
Toman chocolate, conversan.
Y yo
ajeno,
siempre ajeno,
me borro en la tersa luz,
en la imagen que frágil
se va tejiendo en estos hilos
del cuerpo que ya no soy.
Me olvido de ser, y está bien,
el olvido recuerda
mejor que la memoria.
XIII
¿El regreso?
Cuando Ulises viajó a Ítaca
simplemente iba,
no regresaba.
Ítaca queda en la frente,
nunca en la espalda.
XIV
Esta vida quedará en mi muerte,
esta nieve, el fuego, este orgullo.
Esta vida quedará en mi muerte,
esta elección sin perogrullos.
Brillará silencios en medio del grito,
me hará fuerte, me dará mil filos.
Tranquilo y sin espejuelos,
con la calma de haber visto el cielo,
esta vida que vivirá en mi muerte,
con sus paisajes y sus abismos.
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