sábado, octubre 22, 2011

Amstrong Woods




Cómo no creer
en lo que creen los niños,
cómo no anhelar
una religión
donde ya la religión
no importe.
Cómo no acogerse
a la arquitectura del silencio,
con un lejano carpintero
golpeando arriba,
llamándote.

Las secoyas se elevan,
se juntan, se pliegan,
mundo antes del mundo,
milenarias ciudades
que existían ya en sus raíces,
en la idea, en el polvo
de la belleza.
Su tiempo acá
no es su tiempo verdadero,
sus puertas no son puertas,
sus puertas donde jamás
hemos entrado
ni entraremos.

Se apiadan de nosotros,
sin embargo, arden
en sus fuegos nocturnos
y nos dejan agujeros en las bases,
cuevas donde permanecemos,
donde tocamos su piel de adentro,
donde posamos para la foto,
sin que nada pase.

Y algo escrito que no sabes leer,
el susurro que se te va cuando
crees tenerlo, un cuerpo
que también se fuga,
una risa que se contiene
a tu paso, ojos que te miran,
volteas,
bosque y silencio,
dedos de luz,
la falsa quietud
de las cosas secretas.
Y el anillo de las hadas,
custodiado por el tronco
de las más jóvenes.
¿Si pudieras bajar,
si pudieras permanecer
en su centro,
qué palabras dirías?
Toda la poesía del mundo
no te dejaría pasar,
no serviría.

La pobreza de tus palabras,
lo rudimentario de tu arte,
eso te llevas. Y es mucho.

2 comentarios:

Garcibáñez dijo...

En cierto modo, es todo.

Deyanira Díaz dijo...

Desde arriba se dejan ver las abejas revoloteando los puntos de color que se asoman deseosos del contacto que las lleva a lo eterno en su paso hacia la muerte. De allí, un dulce néctar de vida, de palabras que se quedan.