Me nació un dragón en la palma de la mano. No tiene cola ni patas traseras. Existe, digamos, de la cintura para arriba. Me cabe perfecto en la palma. Si la cierro, se repliega, si la abro se expande, como las figuras de papel de uno de esos libros para niños.
Ahora salgo con mi dragón a dar vueltas por el cuarto. Busco bajo la cama, en el cesto de la basura, entre las páginas de los libros, en las huellas del teclado. Busco algo que quemar.
Descubro entonces que ese algo camina por mi frente. Siento sus pequeños pasos, su caminar ligero, gracioso, altivo. Alzo la mano y el dragón hace lo que sabe hacer: abre la boca y vomita su fuego.
Apenas deshago la sonrisa, cuando lo descubro sobre mis párpados, su caminar ligero, orgulloso, altivo. Mi mano se mueve, sola se mueve, y el dragón abre otra vez sus fauces.
Apenas deshago la sonrisa, cuando siento el andar sobre mi pecho, allí adentro, donde los latidos se baten en duelo. El dragón sonríe en mi palma. El dragón sonríe y la mano se mueve, y yo, por no dejar, también sonrío.
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