lunes, mayo 16, 2011

CRÓNICA INSIGNIFICANTE DEL FESTIVAL EÑE LIMA



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Soy Teodora Ellington. Quiero reafirmar mi nombre, Teodora, Teodora Ellington. Soy periodista, y les quiero contar que se me ocurrió seguir por tres días en Lima a un escritor insignificante durante el Festival Eñe. Bueno, de eso trata una crónica, ¿no? De buscar protagonistas entre gentes menudas. Así que seguí a éste, a un venezolano. Aquí va más o menos lo acontecido.

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La noche antes de partir a Lima yo estaba muy enojada. Me había metido en Facebook y había visto a Julio en una foto, muy sonriente él junto a Josefina en algún bautizo de algún libro en alguna librería de Bogotá. Ya Julio y yo no tenemos nada, pero igual, ¿cómo se le ocurre a Julio irse a tomar una foto con Josefina a los pocos días de nuestra separación? No demoré en escribirle unos cuantos mensajes de texto llenos de metralla. De verdad, me sentía como en un aeropuerto, en tránsito entre la furia y la nada, entre el amor y la batalla. Pero mejor no sigo hablando de esto y continúo con la crónica.

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Ya de una vez con la resignación en mente, el escritor insignificante sale de la zona de equipajes al vestíbulo del aeropuerto internacional Jorge Chávez. Son unos minutos pasadas las diez de la noche, y el escritor, como todo insignificante que se precie de serlo, sospecha que no habrá nadie esperándolo. Y eso que escribió el día antes a Miriam, su contacto en Madrid, para confirmar que efectivamente lo pasarían buscando. Al cabo de unos minutos afuera, ahí está él, con su maleta, con su bolso, con su chaqueta de cuero que le tanto le pesa, con su cuerpo de huesos de elefante y sus ojos de perro apaleado mirando los cartelitos que lo ignoran, que se burlan de él, de su abandono. Una media hora después aparece un chico peruano. El escritor insignificante se queja del retraso. Pero el chico peruano está más pendiente de atrapar a otros dos escritores importantes que de mojarse con la saliva boba del insignificante. Pasan otros minutos, y el chico peruano habla por celular. Le dicen que un tal Zambra y una tal Costamagna se fueron hace rato, en taxi. El chico peruano se lleva al escritor insignificante. En el camino, ve muchos restaurantes chinos. Un montón de ellos. En Perú, los restaurantes chinos se conocen como chifas. En una de sus novelas, el escritor insignificante llamó a uno de sus personajes Lenín Chifa.


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El escritor insignificante llega al hotel El Doral, en la avenida José Pardo, # 486, Miraflores. Apenas entra al angosto vestíbulo escucha una voz altisonante que dice su nombre y que le da la bienvenida. Se trata del recepcionista, todo un heraldo de los bombos y los platillos. El insignificante se ruboriza, no está acostumbrado a tales cosas. Del lado de afuera de la recepción, un hombre alto, entrado en sus cincuenta, de anteojos y cabello canoso, también lo saluda. No es parte de la comitiva del hotel, sino el poeta Darío Jaramillo Agudelo, con quien compartirá un conversatorio, o un Cara a cara, tal como le llaman a ese evento los del Festival Eñe. Jaramillo venía llegando de una cena y, al escuchar el nombre del escritor insignificante, se quedó para saludarlo. Así se conocen, y así el poeta vuelve a su habitación de hotel, lugar del mundo que los poetas prefieren cuando están de viaje.

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El escritor insignificante sube al quinto piso, donde está la piscina y el restaurante. El recepcionista ya le había dicho que si quería comer algo debía subir de inmediato porque están por cerrar la cocina. Así que le llevan la maleta a su habitación, y él se va al quinto piso. Allí, también le dijo el recepcionista histriónico, se encuentran el tal Zambra y la tal Costamagna. El escritor insignificante ve a dos personas sentadas al fondo de aquel restaurante al aire libre. Supone que son Zambra y Costamagna. Los saluda, y sí, son ellos. Sin más se sienta. Zambra, un joven de barba y cabellos alborotados, fuma con los brazos cruzados. Como queriendo estar y no estar, ha ubicado su silla a unos centímetros más allá de lo normal con respecto a la mesa. Zambra, por cierto, se llama Alejandro, y es chileno. Su acompañante, una chica delgada, carita de pájaro y ojos vivaces, también es chilena. Y también se llama Alejandra, Alejandra Costamagna. El insignificante nunca sabe muy bien qué hacer en situaciones como éstas. Habla del aeropuerto, y sus compañeros de mesa completan la historia que les corresponde: nada especial: se habían cansado de esperar y tomaron un taxi, lo que ya sabemos. Hace su acto de aparición la mesonera. Por la hora, acuerdan un sándwich de jamón y queso y un jugo. La mesonera se retira y el silencio ocupa su lugar. El escritor insignificante teme quedarse sin diálogos. Ve unos Gitanes sobre la mesa. Hace años que no fuma uno de esos. Son de Alejandro.Pregunta si puede tomar uno y el chileno le pasa la caja. Fuman. Cuando se fuma, el silencio no molesta. Luego llega el emparedado y el jugo. Alejandra y Alejandro esperan un poco más y se retiran. El escritor insignificante se termina de comer su sándwich. Poco después se va a dormir. Nada más.

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Mi habitación está compuesta por dos cuartos grandes unidos por un pasillo largo. Hay mucho ladrillo, y los muebles son de madera, con un diseño como de los años sesenta, pero muy bien conservados. El cuarto de la entrada lo forman una pequeña sala, un tope de cocina, una cocinita y una neverita al otro lado del tope. Después, en el pasillo largo, se encuentra el baño y luego el otro cuarto donde está el televisor y la cama. Allí no llega la señal Wifi. En la salita, en cambio, es muy potente. Así que coloqué mi laptop sobre la mesa, me conecté a Internet y abrí mi correo. Me encontré con un poema de Julio. Un poema de él para mí. Julio no escribió comentario previo ni ninguna otra cosa. Incluso el correo viene sin asunto. Leí el poema, me olvidé de sus fotos con Josefina, lloré de amor y luego me puse a chatear con una amiga. Le conté a mi amiga de lo tonto que es el escritor insignificante, luego hablamos de ella largo rato. De ella y sus amores. Yo me limité a leer lo que me decía. Son las tres de la mañana. No tengo sueño, pero ya voy a apagar la máquina e intentaré dormir. Quiero soñar con pájaros.

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El escritor insignificante sube al restaurante. Son las siete de la mañana y se le ve lozano. Al parecer durmió bien (siempre mejor que yo. Por cierto, no soñé con pájaros, ni con nada). En una mesa está Darío Jaramillo. El insignificante se le une para el desayuno. Conversan como si se conocieran de antes. Darío es un hombre de trato amable, de conversación suave y sin pretensiones. El escritor insignificante se defiende bien. Pienso que quizás no es tan tonto como aparenta o como dicen. Sí, me conmueve su aguante, su capacidad para seguir una conversación seria con un poeta como Jaramillo. Quizás el insignificante se lleve mejor con los poetas que con los escritores. Quizás el insignificante es poeta y no narrador. Quizás escribe poemas en la madrugada. Quizás debería conocer a mi Julio. Quizás deberían hacerse amigos.

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Ya Camino Brasa, directora del festival y de la revista Eñe, le había dicho por teléfono que regateara con los taxistas. Ella, con su voz rápida, joven y amable, lo había llamado para saludarlo y para decirle que más tarde, en el Centro Cultural de España, sede del festival, le daría su pago y sus viáticos. Él le dijo que no había problema, que había traído unos dólares. Ahí fue cuando Camino le dijo que a los taxistas en Lima hay que regatearlos. Pero el escritor insignificante no sabe hacer esas cosas, no sabe vivir bien en el mundo. Así que manda a pedir un taxi en recepción y va y se monta directo en el taxi. Ahí juega un poco a regatear. El taxista le dice que el Centro Cultural de España es lejos y que bien vale los 30 soles. El escritor insignificante se atreve a decir que eso es demasiado y que no tiene mucho dinero. El taxista rebaja el viaje a 22 soles. Más tarde, un escritor peruano le dirá: «¡Estás loco, no te dejes cobrar más de 10 soles!» El escritor insignificante no dirá nada, ya está acostumbrado a sus pequeñas ineptitudes.

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El Centro Cultural de España en Lima es una casa muy antigua, de techos altos, con pisos de madera. Un lugar de esos en los que al escritor insignificante le gusta estar desde que descubrió, de niño, la casa Guipuzcoana en su natal Puerto Cabello. En contraste, el salón donde debe dictar su taller es muy moderno. Asientos tipo cine de lujo, una gran tarima, una mesa imponente, una pantalla enorme, micrófonos, audio perfecto. Todo una verdadera maravilla. El escritor insignificante ve que ya dan las nueve de la mañana (a esa hora comienza su taller) y se pone nervioso. Apenas ha visto a un par de personas afuera. Se dice que seguro habrá más gente en el taller de Edmundo Paz Soldán, quien viene después de él. Lenín Pérez, un amigo del escritor insignificante, le había hablado ya en Caracas de Paz Soldán. Le había señalado que estuviera muy pendiente de él, que era bueno, muy bueno. En cierto momento aparece alguien de festival. Le pregunta si está listo para empezar. El escritor insignificante responde afirmativamente. Empieza a entrar gente. 1, 2, 5, 10, 15, 20 y unos cuantos más. El insignificante sonríe por dentro e inicia sin más su taller de dos horas, lo que en el festival se conoce como Taller Express. El suyo es algo sobre homenaje, parodias y posmodernidad. Lee un cuento de Oscar Marcano y otro de Raymond Carver, analiza los textos, conversa con la gente. Todos salen contentos. El más contento de todos: el mismísimo escritor insignificante.

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En la azotea del Centro Cultural de España, un lugar reservado para los invitados del festival, al escritor insignificante le preguntan por la importancia de Vallejo. Frente a la cámara dice que Vallejo es muy importante, entre tantas cosas, porque poetizó la mierda. Es decir, Vallejo habló de la dignidad y de la libertad a través de la mierda. Recita el inicio del poema I de Trilce: «Quién hace tanta bulla y ni deja testar las islas que van quedando…» La mierda, la mierda y la libertad, la mierda y las dictaduras, la mierda y la poesía. La mierda y el escritor insignificante. Y qué vergüenza, la mierda que dijo ahora está en Youtube.

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En la azotea el escritor insignificante conoce a Camino Brasa. La voz que conociera antes en el teléfono corresponde a la figura que tiene en frente. Se trata de una muchacha bajita, de sonrisa luminosa y muy amable. Camino le da el pago por su participación en el festival y le hace firmar unos papeles. Conversan un rato sobre su taller, él dice que está contento. Luego Camino regresa a sus actividades, es una maquinita acelerada. En realidad tiene razones para andar a todo motor, el festival es un evento grande, dividido en varias sedes y con una gran cantidad de asistentes… Más los escritores, por supuesto. Los escritores siempre son un caso; cada uno es un caso. Al rato se acerca Doménico Chiappe. Doménico, coordinador del festival, es un periodista y escritor peruano y venezolano que vive en Madrid, donde trabaja para La Fábrica editorial e imparte talleres de periodismo cultural. Se saludan con afecto, finalmente se conocen luego de tanto correo previo al festival. Ahí se quedan conversando un rato. Doménico lo invita a que almuercen juntos. Irán con otros escritores. Por lo general, al escritor insignificante no le importa almorzar solo, pero por tratarse del festival, esa perspectiva no es la ideal; así que el escritor insignificante acepta gustoso. Un problema resulto, una soledad menos que padecer.

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Así que el escritor insignificante se va a almorzar con otros escritores. Doménico Chiappe, Jorge Benavides, Edmundo Paz Soldán. Ya en Caracas, a la hora de escribir su propia crónica sobre el evento, el escritor insignificante no recordará el nombre del restaurante; él nunca se acuerda de nada. Por fortuna yo sí lo recordaré, se llama Canta Rana, y queda en Barranco. Es lo que se dice un «huarique» o mesón popular. Aunque la gente que lo frecuenta, cabe decir, luce muy acomodada, y abunda también mucho turista. Es un salón de techos altos, muy amplio y sus paredes están llenas de afiches, fotos viejas, banderines, trofeos deportivos y otro montón de trastos. Los escritores piden para todos, de picar digamos. Ceviche, langostinos, alguna carne. Lo verdaderamente reseñable viene cuando el escritor insignificante extiende la mano para agarrar alguna cosa en aquella mesa mínima y termina tumbando la cerveza de Paz Soldán sobre un platito de cancha serrana (granos de maíz tostados). La cerveza es recogida, y la conversación sigue como si nada. Un pequeño accidente, eso es todo. Pero cuando Edmundo (permítanme llamarlo por su nombre) alza el vaso para tomar lo que queda de cerveza, se dejan ver unos granos de maíz al fondo del vaso. La vergüenza del escritor insignificante no tiene fin. Pero entre escritores se entienden, ¿no? Lo vuelven a tomar a la ligera y piden otra cerveza. En el fondo, quizás todos han sido torpes alguna vez en su vida. Sí, quizás todos son iguales al escritor insignificante, sólo que unos lo simulan mejor que otros.

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¿Qué después? Chiappe, Benavides y el escritor insignificante dan un paseo a pie por la zona de Barranco, un lugar lleno de restaurantes más o menos bohemios. Un mirador, una vista agradable al mar. Benavides haciendo de guía, muy agradable, muy conversador. Al escritor insignificante le duelen los pies. Y por ello sólo podemos concentrarnos en el dolor de sus pies. Cuando duelen los pies hay como un ruido, un ruido blanco y enorme que no te deja escuchar ni pensar. Un ruido que sólo te hace desear el momento de volver a la habitación, de quitarte los zapatos, de alzar tus plantas hacia el aire acondicionado. De vuelta a la avenida, el escritor insignificante toma un taxi. Benavides regatea por él, transa el viaje en 8 soles. Benavides también le da la dirección del hotel al taxista. El escritor insignificante, claro está, no se la sabe, ni tiene tampoco ninguna tarjeta del hotel, ni nada anotado. Al cabo de unos minutos, el taxista le pregunta por la dirección. Ya Jorge no está, y el escritor insignificante sólo se sabe el nombre del hotel. Lo único que puede hacer es repetir El Doral, El Doral, El Doral. El taxista comienza a dar vueltas por todas partes. Pasan frente al hotel Antigua Miraflores. El escritor insignificante sabe que otros escritores del festival se están quedando allí; así que en la recepción podrán ayudarlo. Se baja y le paga al taxista… 10 soles… por ser tan comprensivo con su idiotez. Luego cuenta en la recepción su cuento, y la joven que lo atiende, muy amablemente, le da un mapa y le explica cómo llegar a El Doral. Queda apenas a dos cuadras. Pero ya sabemos, al escritor insignificante le duelen los pies.

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Es de noche, hay otro poema en mi Inbox. Julio me mata a zarpazos. Eso quiere, que no esté tranquila, que piense en él, que sueñe con él, que tenga pesadillas con él. Julio y sus poemas tigre, sus poemas bestia, sus poemas que me rajan el alma. Suspiro, amo a Julio. Lloro, amo a Julio. Amamos el dolor, y yo amo a Julio y sus poemas zarpazos.

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El Centro Cultural de España tiene una pequeña librería frente al auditorio. Se trata, principalmente, de una muestra de autores del festival, organizada por una de las librerías más prestigiosas de la ciudad, la librería El Virrey. Allí el escritor insignificante compra varios libros. A saber: Amores incomprendidos, de Edmundo Paz Soldán; La vida secreta de los árboles, de Alejandro Zambra; Más real que la ficción, de Doménico Chiappe; Patio de locos de Andrés Neuman; El factor Borges de Alan Pauls y la obra completa de José Watanabe publicada por Pre-textos y con prólogo de Darío Jaramillo.

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Darío Jaramillo, su entrañable amigo Javier Ponce (que también es escritor y peruano) y el escritor insignificante se van al anochecer en taxi al Centro Cultural de España. A las ocho y media es la lectura de Jaramillo, pero ellos llegan como una hora antes, no tienen prisa, disfrutan del evento. Así que se sientan afuera en unas mesitas con toldos. Allí toman agua y escuchan-ven en una gran pantalla colocada afuera, la conferencia de Andrés Neuman. La conferencia se llama «Los aeropuertos latinoamericanos, una especulación literaria». Como ganador del Alfaguara en 2009, Neuman aprovechó su gira por 19 países de Latinoamérica para escribir un particular libro de viajes que gira en torno a los aeropuertos. Su conferencia habla de esas experiencias, y por supuesto, del libro. 19 países y la labia de Neuman hacen que la conferencia se alargue. Afuera, Jaramillo espera su turno. En cierto momento aparece un hombre con cara de muchacho pero de pelo canoso. Callado y con gran sonrisa, se planta ante Darío Jaramillo, hace una reverencia y le entrega un libro de su autoría. Jaramillo agradece y luego presenta al recién llegado. Se trata del escritor Juan Bonilla. Bonilla se une al grupo de espera y de escucha. Neuman está un rato más hablando de las particularidades de los aeropuertos latinoamericanos; luego vienen los aplausos. Jaramillo y sus acompañantes se dirigen al salón. El escritor insignificante saluda a Neuman (habían cenado en Caracas con otros autores venezolanos), quien se toma fotos con los admiradores y firma autógrafos. El escritor insignificante sigue luego a la sala de conferencias. Javier ya le tiene un puesto en primera fila. Jaramillo abre la lectura con sus poemas de gatos, sus magníficos poemas de gatos. De inmediato, cambia a sus ya clásicos poemas de amor. Al lado del escritor insignificante, una muchacha llora y anota versos de Jaramillo. Atrás, en la nuca del escritor insignificante, sobre las orejas del escritor insignificante, hay silencio, silencio tenso y enamorado de la poesía de Jaramillo. El poeta lee con calma, con cadencia, con humildad de poeta, y el universo se detiene, y el universo se inclina sobre sus palabras. Más tarde, el escritor insignificante le comenta a Jaramillo lo de las lágrimas. El poeta le responde: «Seguro torturabas a la muchacha con algún objeto punzo penetrante». Luego cuenta que una vez, en una lectura, una pareja joven se le acercó con un niño de unos tres años. «¿Sabe cómo se llama este niño?», le preguntaron. El poeta, claro está, no tenía idea. Ellos le dijeron: «Se llama Darío, y se llama así porque nosotros nos enamoramos leyendo su poesía». «Ese día me di cuenta que mi poesía sí servía para algo», concluye Darío Jaramillo Agudelo. «Sí, para hacer muchachos», dice el tonto del escritor insignificante, y todos se echan a reír.

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Yo, Teodora Ellington, periodista, autora de estas líneas y eterna enamorada de Julio, su ex novio poeta, también lloré con la lectura del poeta colombiano. Que lo sepa Julio, que lo sepa. Hay otros poemas que también me hacen llorar.

18
Nuevo día. El escritor insignificante tiene el Cara a cara con Darío Jaramillo en el Centro Cultural de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, o la llamada La Casona, antigua sede de la universidad, la primera del continente y cuyos orígenes se remontan a 1551. La conversación se lleva a cabo en un salón de techos muy altos, con pinturas que al escritor insignificante le recuerdan las ilustraciones de Guamán Poma de Ayala. De hecho, distingue figuras indígenas, mantos, conquistadores con cascos, flores, y también letras en latín. Mientras Jaramillo lee su texto sobre la literatura como forma de resistencia, tema del conversatorio, el escritor insignificante lucha por apartar su mirada extasiada de aquel techo magnífico y prestarle atención a las palabras del poeta. Luego le toca leer a él. Un texto breve, sencillo, menos intelectual que el de Jaramillo. Se abre el espacio para las preguntas del público. Al inicio nadie dice nada, y tanto el escritor insignificante como el poeta colombiano deciden cerrar la sesión. Ya cuando la gente comienza a aplaudir, alguien alza la mano para hacer preguntas. Contestadas las inquietudes, de nuevo se hace el silencio, y los invitados vuelven a cerrar la sesión. La gente ya aplaude, cuando alguien vuelve a alzar la mano y luego vienen otras preguntas. Por tercera vez se cierra la sesión, por tercera vez hay intentos de aplauso, por tercera vez alguien alza la mano. Ya al final, Jaramillo dice que no van a cerrar la sesión, sino que ambos, escritor y poeta, se pondrán de pie sigilosamente y sin despedirse. La gente ríe y así concluye el Cara a cara, y con esto, todas las actividades del escritor insignificante en el Festival Eñe.


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Hora de almuerzo. Bonilla quiere ver un juego Real Madrid-Barsa. Bonilla es del Barsa. En el carro de Javier Ponce, los escritores dan vueltas por la ciudad buscando un restaurante con televisor. La nueva cocina peruana, esa que marca la pauta en el continente, no quiere saber de televisores en sus restaurantes de primera. Así que dan andan al tropiezo por una Lima muy bien cuidada, muy limpia, donde provocar pasear y vivir, y hasta dar vueltas sin rumbo. En cierto momento, al escritor insignificante se le ocurre que podrían ir a un Tony Roma´s o a un Friday. «Allí siempre hay televisores», dice. «Televisores, hamburguesas y deportes». A los otros le parece una magnífica idea y así terminan sentados en un Friday viendo el juego. El Barsa pierde y Bonilla no puede seguir comiendo. Pero todo estuvo muy bien. Como ven, algunos escritores también comen Buffalo Wings.

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Última noche del festival. Juan Bonilla y el escritor insignificante van en el carro de Javier Ponce. Jaramillo ha decidido quedarse en el hotel. Ponce también se despide. La cabeza está por estallarle, pero aun así lleva a Bonilla y al escritor insignificante hasta la Centro Cultural. El festival cerrará con un concierto de Miki González, un músico peruano nacido en España. Su música carga mucha influencia del flamenco, del afro peruano, del funk y del rock. Bonilla y el escritor insignificante pasan un buen rato en la azotea, conversan en calma, hablan de las líneas de Nazca, del delirante museo de las piedras de Ica, de su no menos delirante fundador, el doctor Javier Cabrera Darquea. En cierto momento bajan a comprar cigarrillos en la pequeña tienda de abarrotes de al lado. De vuelta hablan de mujeres, que es lo mismo que hablar de la vida, según dice Bonilla, o el insignificante, ese dato se me ha escapado. Comienza el concierto. Doménico Chiappe aparece lleno de saludos y cordialidad. Habla de cervezas. El escritor insignificante lo acompaña a la tienda de abarrotes. Chiappe regresa con cervezas y el escritor insignificante con una Coca cola. Chiappe le pasa una cerveza a Bonilla, y ahí se quedan los tres, atentos al concierto. Al final, las despedidas. Bonilla decide quedarse un poco más. Chiappe y el escritor insignificante toman un taxi. Chiappe regatea, le sale bien el regateo. Durante el camino hablan de futbol. El escritor insignificante sabe poco de futbol, pero escucha y está bien escuchar. Luego de unos quince minutos, Chiappe llega a su destino. Abrazo de despedida, el taxi sigue, unos 10 minutos hasta el hotel. Esta vez el escritor insignificante sí paga lo acordado, unos 8 soles. Fin de la noche para el escritor insignificante. No para mí.

21
Madrugada. Al salir el sol, me regreso a Bogotá. El escritor insignificante a Caracas. Mi maleta espera el orden mientras leo otro poema de Julio. Julio es mi maleta revuelta, mis ropas tiradas por el piso, mi cepillo de diente en el baño. Julio es los libros que me compré y que no nombraré aquí. Julio es la zapatilla junto a la cama y su par acá debajo de la mesa donde escribo. Julio es el silencio, el aire acondicionado. Julio es los poemas escritos por él, sus poemas que me duelen y me hacen desear y gozar el dolor. Julio es también la poesía de Jaramillo, la visión del mar desde Barranco, el techo de la sala de La Casona que perdió la vista del escritor insignificante, la heroica derrota del futbol. Julio es un grano de maíz dentro de una cerveza, mi soledad y mi compañía en esta última madrugada. Julio soy yo, y yo soy de Julio.

22
No hay mucho más qué decir. Es temprano en la mañana, y el escritor insignificante parte rumbo al aeropuerto. Viaja en una van con Zambra y Costamagna. Hacen sus trámites en el counter de Taca, luego compran recuerdos y después desayunan juntos. Se hacen amigos en Facebook por medio de sus dispositivos móviles. Se despiden. El escritor insignificante se va a su sala de espera. El vuelo tiene dos horas de retraso. Esas cosas siempre le pasan a todo el mundo, pero sobre todo, en especial y con mucha frecuencia al insignificante. En fin, como al principio: no hay mucho más qué decir. Acá se termina mi acompañamiento al escritor insignificante.

23
Estoy sentada esperando que salga el vuelo. Tengo la laptop encendida, revisaba correos cuando se abrió una ventanita de chat. Era Julio, es Julio. «¿Cómo te fue?», fue lo primero que dijo. Está amistoso, conversador, y yo estoy contenta, y no le hablo de sus poemas que me duelen. Sé que él quiere volver, que yo no estará con Josefina. Sé que cuando esté en Bogotá vamos a vernos, que vamos a volver a besarnos, a hacer el amor. Y ya no habrá más fotos en Facebook ni poemas zarpazos. Ya no la maldita poesía, ni más recios poetas ni escritores insignificantes. Sólo Julio y yo. Yo, Teodora Ellington, periodista enamorada.

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