
Extraña la palabra extraño.
Cuesta reconocerla como propia,
como dedicada, firmada,
certificada para uno mismo.
El extraño está un poco muerto,
un poco desesperado de su hastío
lleno de peces voraces, de orquídeas del mal,
de ríos que no cesan en sus calladas crecidas.
El extraño es también un mal resucitado,
el hijo de un milagrero mediocre que sólo habla de amor.
El extraño es una persona triste.
El extraño busca respuestas,
como la nieve nocturna busca la luz
en la montaña andina.
El extraño es su propio clima.
El extraño no tiene olor.
El extraño no puede leer desde hace siglos.
El extraño recorre noches sembradas de calles vacías.
El extraño se saluda a sí mismo en el ascensor.
El extraño se ignora a sí mismo en el ascensor,
y ve por su ventana inexistente,
una isla a mediodía donde huir de su extrañeza,
o mejor, donde ser más extraño aún.
El extraño no sabe cómo deshacerse de la poesía.
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