lunes, abril 11, 2011

A domicilio



(A lo Mark Strand)

El cartero ciego en la noche ciega,
el resguardo de los árboles, el grillo,
la luz de la cosas en la oscuridad.
La brisa y el silencio vacían la calle,
la vuelven ingrávida.
El cartero ciego va y viene,
sin bastón, sin lentes negros, sin rostro.
Va y viene sin tropezar,
lleva una carta, busca un edificio quizás.
La carta habla de la destrucción y del placer.
Del caos y del amor.
De volver a nacer entre los brazos de una mujer.
De la importancia de estar vivo
sin puntos suspensivos.
El cartero ciego y sus pasos,
el cartero ciego y el ojo de pájaro,
los altos ramajes,
la silueta que camina sin sombra,
más arriba el cielo lo mira,
un punto apenas en la vastedad del mundo.
Es como si el cartero ciego fuese el último de los hombres.
Como si aun así, debiera entregar la carta,
arrojarla debajo de una puerta, deshacerse de ella.
Suena un timbre, el timbre.
Del otro lado alguien se desprende de una sábana,
o de una mortaja, o de un sueño con gatos,
o de los colmillos, o de los ojos
de un gato.
Le abren, el cartero ciego entrega la carta,
la carta es leída.
Un hombre se sienta en el sofá a esperar.
Y son dos, y somos uno.
La carta no es una sentencia,
pero hay que esperar,
esperar a los verdugos bacantes,
sus bramidos como hachas.
La puerta está abierta.
Pero nadie sale, nadie entra.
Abajo, otro cartero ciego busca
a su próxima víctima.
Otro muerto
a quien resucitar.
Otro resucitado
a quien matar.

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