
Durante mucho tiempo me pregunté si era posible concebir una buena historia de hombres-lobo que fuese realmente efectiva, fascinante, esférica. Nunca pude dar con una que me agradara por completo. Ese aspecto animal de la tranformación, esa muerte de su humanidad que convertía al hombre en una bestia que aullaba me parecía ridícula, torpe, aburrida. Una vez que el hombre se volvía lobo, ya nada me interesaba. Era una bestia y listo; para mí, podía morir sin crearme mayor dilema con el alguna vez humano protagonista. Boris Vian supo darle mejor vuelta al tema, y convirtió a un lobo en un hombre y lo puso a sufrir la ciudad. Pero aquella bestia de Hollywood que andaba en pantalones por ahí me abrumaba de incredulidad, sospecha y burla. En los extremos de la transformación del hombre-lobo no hay conflicto, no hay emoción, no hay posibles lecturas. Es una simple bestia, una bestia que nos hunde en lo maniqueo, por más que Benicio del Toro trate de darle un toque dramático a la historia llena de lugares comunes.
Pero finalmente, hace poco mi afortunada ignorancia dio con Capitán de Lobos de Alexandre Dumas. Ahora, ya leída, puedo decir que he llegado a la historia que había estado esperando.
El proceso de transformación de Thibault, el protagonista de la novela de Dumas, es un calvario lento, descarnado y desafortunado para el mismo personaje, quien, a pesar de haber hecho un pacto con las fuerzas oscuras en su supuesto beneficio, va de tropiezo en tropiezo, tal como dicta el guión del engaño. Thibault, el ermitaño zapatero del bosque es un ser pisoteado por las fuerzas sociales, por el poder establecido, por la nobleza. Es un ser resentido, nada simpático para el lector; un pícaro, un pillo que a ratos nos saca una sonrisa despreciativa que no termina de crear empatía. Y esto hay que verlo como un arrojo de Dumas, como valentía y riesgo. Él no desea que su personaje sea carísmatico y querido, como lo fue su Edmundo Dantés. El escritor ya está lejos de aquellos años, ya tiene toda su fama, es libre de hacer lo que quiera. Thibault es tan libre como el autor. Libre y no totalmente feliz, pero libre en su bosque. Sin embargo, Thibault no cree ni sabe que lo es. Anhela, envidia, desea lo de otros. Las mujeres de otros, las comidas de los otros, el castillo de los otros. Thibault lleva por dentro la sociedad, las construcciones sociales. No considera que su vida esté bien; y no lo está porque no es como la de los más afortunados. Entonces, en esa su angustia por pertenecer, Thibault hace una elección. No podía haberse quedado tranquilo en su paraíso terrenal, en su bosque, donde de vez en cuando aparecen los dioses-nobles divirtiéndose en la caza. No, Thibault, como Adán y Eva, hace una elección. Elige retar al poder. Hace uso de su libertad, reta al NO impuesto, y es castigado por ello. En la novela hay un ejemplo magnífico de castigo físico. Thibault recibe latigazos, casi muere por causa de éstos. Pero ese castigo corporal no cura a Thibault, sino que lo llena aún más de odio. Ese castigo corporal no es suficiente. Así que luego, cuando recibe el poder sobrenatural de parte del lobo negro, Thibault comienza a recibir el castigo verdadero, uno más cruento que el físico. Se le promete dicha, y en cambio va cayendo cada vez más en desgracia; y es que con el mal no se juega.
Todas sus acciones ahora están dadas por la elección que ha hecho. Una parte de su libertad le ha sido despojada. Sus nuevas elecciones son pocas y están determinadas por la elección originaria y por el odio que lleva por dentro. El odio sólo permite la mitad de las elecciones, la mitad de la libertad. Poco a poco, Thibault se va transformando en lobo, un animal de la oscuridad, un animal del bosque, un animal ajeno al poder divino. Pero tal cual la pareja del principio de la Creación, Thibault no pierde la conciencia. Todo lo contrario, la va expandiendo en la medida que descubre el engaño social, la otra maldad que se esconde en la supuesta luz del bien. Thibault ha sido engañado doblemente. De nada le sirve ahora su capacidad para correr, su vista nocturna, su voluntad de pedir deseos de muerte. Thibault se va convirtiendo en un lobo desgraciado, un animal con conciencia. Un animal con conciencia. Ahí quizás está la clave. Thibault dejó de ser un ser angelical retirado del mundo, para convertirse en un animal con conciencia. Thibault es una metáfora de todos los hombres. Un lobo rodeado de lobos, un lobo rodeado de cazadores, engaños y oscuridad que se disfraza de luz. Thibault empieza a andar en compañía de otros lobos (sigue siendo humano), en los poblados le temen, y su cabello cada vez se va haciendo más parecido al fuego. Su cabeza, entiéndase, es un fuego. Thibault, como Prometeo, ha robado el fuego a los dioses, lo que es igual a decir que ha robado inteligencia, conciencia. Pero Thibault, sobre todo, hizo uso de su libertad. Concientizar, proclamar y usar la libertad es pecar (volvamos a recordar el inicio del Génsis). Ese hundimiento en la bestialidad, en el mundo de los instintos, de la naturaleza, es visto por Dumas, como un castigo. La conciencia de Thibault así lo atestigua constantemente. La mente del ermitaño zapatero sigue viviendo dentro de la estructura social. Su razón así se lo dicta: su bajada al mundo animal es una tragedia.
Sólo al final, Thibault se vuelve lobo, un lobo que nunca pierde su conciencia humana. Un lobo negro y terrible que termina sacrificándose por amor; quizás el más irracional de los sentimientos racionalizados. Quizás por eso el amor es tan poderoso: por más que el hombre intente encasillarlo, sigue perteneciendo, profundamente, al mundo animal. Quizás el hombre pueda llegar a ser totalmente hombre, cuando deje de racionalizar el amor.
Capitán de lobos es una obra poco conocida de Dumas. Está llena de humor picaresco, de elementos sobrenaturales, de muerte y de dolor. Es una obra injustamente olvidada por aquellos que creen que la realidad sólo puede ser contada desde la literatura que imita fielmente la realidad. Capitán de lobos es, sin embargo, una obra maestra, y ahora ya sé cómo son en realidad los hombres-lobo.