domingo, septiembre 19, 2010

Zhang Huan y su idea del arte



"Mi trabajo actual está marcado principalmente por mi experiencia de vida. Al mismo tiempo, creo que un buen artista tiene que ser ilógico y dejarse llevar. Sólo entonces puede producir buen arte,"

sábado, septiembre 18, 2010

El difícil arte de ser un hombre-lobo



Durante mucho tiempo me pregunté si era posible concebir una buena historia de hombres-lobo que fuese realmente efectiva, fascinante, esférica. Nunca pude dar con una que me agradara por completo. Ese aspecto animal de la tranformación, esa muerte de su humanidad que convertía al hombre en una bestia que aullaba me parecía ridícula, torpe, aburrida. Una vez que el hombre se volvía lobo, ya nada me interesaba. Era una bestia y listo; para mí, podía morir sin crearme mayor dilema con el alguna vez humano protagonista. Boris Vian supo darle mejor vuelta al tema, y convirtió a un lobo en un hombre y lo puso a sufrir la ciudad. Pero aquella bestia de Hollywood que andaba en pantalones por ahí me abrumaba de incredulidad, sospecha y burla. En los extremos de la transformación del hombre-lobo no hay conflicto, no hay emoción, no hay posibles lecturas. Es una simple bestia, una bestia que nos hunde en lo maniqueo, por más que Benicio del Toro trate de darle un toque dramático a la historia llena de lugares comunes.

Pero finalmente, hace poco mi afortunada ignorancia dio con Capitán de Lobos de Alexandre Dumas. Ahora, ya leída, puedo decir que he llegado a la historia que había estado esperando.

El proceso de transformación de Thibault, el protagonista de la novela de Dumas, es un calvario lento, descarnado y desafortunado para el mismo personaje, quien, a pesar de haber hecho un pacto con las fuerzas oscuras en su supuesto beneficio, va de tropiezo en tropiezo, tal como dicta el guión del engaño. Thibault, el ermitaño zapatero del bosque es un ser pisoteado por las fuerzas sociales, por el poder establecido, por la nobleza. Es un ser resentido, nada simpático para el lector; un pícaro, un pillo que a ratos nos saca una sonrisa despreciativa que no termina de crear empatía. Y esto hay que verlo como un arrojo de Dumas, como valentía y riesgo. Él no desea que su personaje sea carísmatico y querido, como lo fue su Edmundo Dantés. El escritor ya está lejos de aquellos años, ya tiene toda su fama, es libre de hacer lo que quiera. Thibault es tan libre como el autor. Libre y no totalmente feliz, pero libre en su bosque. Sin embargo, Thibault no cree ni sabe que lo es. Anhela, envidia, desea lo de otros. Las mujeres de otros, las comidas de los otros, el castillo de los otros. Thibault lleva por dentro la sociedad, las construcciones sociales. No considera que su vida esté bien; y no lo está porque no es como la de los más afortunados. Entonces, en esa su angustia por pertenecer, Thibault hace una elección. No podía haberse quedado tranquilo en su paraíso terrenal, en su bosque, donde de vez en cuando aparecen los dioses-nobles divirtiéndose en la caza. No, Thibault, como Adán y Eva, hace una elección. Elige retar al poder. Hace uso de su libertad, reta al NO impuesto, y es castigado por ello. En la novela hay un ejemplo magnífico de castigo físico. Thibault recibe latigazos, casi muere por causa de éstos. Pero ese castigo corporal no cura a Thibault, sino que lo llena aún más de odio. Ese castigo corporal no es suficiente. Así que luego, cuando recibe el poder sobrenatural de parte del lobo negro, Thibault comienza a recibir el castigo verdadero, uno más cruento que el físico. Se le promete dicha, y en cambio va cayendo cada vez más en desgracia; y es que con el mal no se juega.

Todas sus acciones ahora están dadas por la elección que ha hecho. Una parte de su libertad le ha sido despojada. Sus nuevas elecciones son pocas y están determinadas por la elección originaria y por el odio que lleva por dentro. El odio sólo permite la mitad de las elecciones, la mitad de la libertad. Poco a poco, Thibault se va transformando en lobo, un animal de la oscuridad, un animal del bosque, un animal ajeno al poder divino. Pero tal cual la pareja del principio de la Creación, Thibault no pierde la conciencia. Todo lo contrario, la va expandiendo en la medida que descubre el engaño social, la otra maldad que se esconde en la supuesta luz del bien. Thibault ha sido engañado doblemente. De nada le sirve ahora su capacidad para correr, su vista nocturna, su voluntad de pedir deseos de muerte. Thibault se va convirtiendo en un lobo desgraciado, un animal con conciencia. Un animal con conciencia. Ahí quizás está la clave. Thibault dejó de ser un ser angelical retirado del mundo, para convertirse en un animal con conciencia. Thibault es una metáfora de todos los hombres. Un lobo rodeado de lobos, un lobo rodeado de cazadores, engaños y oscuridad que se disfraza de luz. Thibault empieza a andar en compañía de otros lobos (sigue siendo humano), en los poblados le temen, y su cabello cada vez se va haciendo más parecido al fuego. Su cabeza, entiéndase, es un fuego. Thibault, como Prometeo, ha robado el fuego a los dioses, lo que es igual a decir que ha robado inteligencia, conciencia. Pero Thibault, sobre todo, hizo uso de su libertad. Concientizar, proclamar y usar la libertad es pecar (volvamos a recordar el inicio del Génsis). Ese hundimiento en la bestialidad, en el mundo de los instintos, de la naturaleza, es visto por Dumas, como un castigo. La conciencia de Thibault así lo atestigua constantemente. La mente del ermitaño zapatero sigue viviendo dentro de la estructura social. Su razón así se lo dicta: su bajada al mundo animal es una tragedia.

Sólo al final, Thibault se vuelve lobo, un lobo que nunca pierde su conciencia humana. Un lobo negro y terrible que termina sacrificándose por amor; quizás el más irracional de los sentimientos racionalizados. Quizás por eso el amor es tan poderoso: por más que el hombre intente encasillarlo, sigue perteneciendo, profundamente, al mundo animal. Quizás el hombre pueda llegar a ser totalmente hombre, cuando deje de racionalizar el amor.

Capitán de lobos es una obra poco conocida de Dumas. Está llena de humor picaresco, de elementos sobrenaturales, de muerte y de dolor. Es una obra injustamente olvidada por aquellos que creen que la realidad sólo puede ser contada desde la literatura que imita fielmente la realidad. Capitán de lobos es, sin embargo, una obra maestra, y ahora ya sé cómo son en realidad los hombres-lobo.

viernes, septiembre 10, 2010

Rocanegras una vez más en las librerías



Todo empezó hace unos diez o doce años. Yo tenía un programa de radio en Valencia junto con mi amigo José Javier Rojas. Se llamaba El arte del ocio. El programa iba de lunes a jueves, en las noches, a eso de las ocho y media. Con ese nombre, te imaginarás de las cosas que hablábamos allí. Además no era un programa pre-producido en conjunto. José Javier investigaba por su lado y yo por el mío, y luego llegábamos al programa y nos poníamos a hablar de las cosas que habíamos encontrado, como si estuviéramos en la sala de nuestras casas. Era divertido, poníamos además la música que queríamos. Así, entre una investigación y otra, llegué a Caracas física y espiritual de Aquiles Nazoa. Allí se narra la historia del Duque de Rocanegras con mucho arte, con mucho sabor. A mí me gustó la nota curiosa, llevé el libro al programa y allá comenté la vida de Vito Modesto. Luego pasó el tiempo, como pasan las cosas que no tienen mucho sentido, como dice Sabina, y me olvidé del Duque. Pero el Duque no se olvidó de mí. Lo fui encontrando por ahí. Me lo tropecé en Así son las cosas y en Memorias de Armandito de Oscar Yanes. Leí con pasión aquellas nuevas incursiones de Vito Modesto en mi vida y de algún modo comencé a sentirme experto en el personaje. Luego, en cierta feria del libro, di con el Diccionario de historia de Venezuela de la Fundación Polar, y busqué en éste el nombre de nuestro personaje. Pues lo encontré, leí su biografía y me pareció que lo allí dicho era lo que ya conocía (recordemos que yo me consideraba un experto en Rocanegras). Pero al pie de página, en la bibliografía, descubrí un dato nuevo y maravilloso: descubrí que Vito Modesto había escrito un libro que se titula Mis memorias. Se trataba sin duda de una biografía. El picor de la curiosidad se apoderó de mí, y cuando me vine a dar cuenta me encontraba en la Biblioteca Nacional, en la sala de libros raros, pidiendo el único ejemplar de Mis memorias registrado en la biblioteca. Ese mismo día transcribí íntegro, a mano, el ejemplar de aproximadamente 110 páginas (no podía esperar por la copia digital, estaba muy emocionado). Estuve desde temprano en la mañana hasta la tarde copiándolo; ni siquiera almorcé. Aquel libro era una maravilla, aunque no se trataba realmente de una biografía. Era una absoluta mamadera de gallo. En sus páginas Vito Modesto dice que le cayó un coco en la cabeza cuando era chiquito, y que se despertó en un rancho donde una bruja le dijo que él sería el rey del carnaval, y el hombre más bello del país. Allí, Vito también dice que su sueño es encontrar una princesa para irse a vivir con ella en un fabuloso palacio. Quedé fascinado, y pensé en escribir un libro de aventuras muy particular. La aventura sería sobre libros, de cómo fui saltando de un libro a otro gracias a los trabajos de un personaje que me buscaba, que insistía. Porque es así, yo siempre digo que Vito Modesto Franklin fue quien me buscó, y no al revés. Así, empecé a escribir este libro de aventuras librescas, pero nada, no me salía. El personaje parecía pedirme más. Empecé entonces a buscar en libros de historia. Vito Modesto se instauraba en los tiempos de Gómez. De modo que comencé a buscar sobre ese momento, sobre esos años en particular (1920 en adelante). Historia Fundamental de Venezuela, de Salcedo Bastardo, Juan Vicente y Eustaquio Gómez, de José Alberto Calle, La Guaira, tiempo de Gómez de Amador Clark, Caracas, la ciudad que se nos fue, de Alfredo Cortina, La ciudad en el imaginario venezolano, del tiempo de Maricastaña a la masificación de los techos rojos, de Arturo Almandoz (este último me ayudó mucho a visualizar la ciudad de ese tiempo), entre otros tantos, formaron parte de mi investigación. Gómez, el amor del poder, de Domingo Alberto Rangel fue fundamental. No me interesaba saber si los datos que allí recogía Rangel eran ciertos o no, porque al fin y al cabo yo escribiría ficción. Pero lo que sí es cierto es que en ese libro encontré un detalle iluminador. Rangel dice que la noche de su asesinato, Juancho Gómez había estado en el teatro Olimpia, departiendo con Vito Modesto Franklin. Aquel fue el fogonazo, la maravilla total. ¡Ya estaba: yo escribiría una historia donde Vito Modesto Franklin tuviera que ver en cierta forma con el asesinato de Juancho Gómez! Por aquel entonces también estaba leyendo historias de caballeros ladrones. Los personajes de Arsenio Lupin (Maurice Leblanc), Frederic Larsan (Gastón Lerpux), y Rocambole (Ponson Du Terrail) poblaban mis lecturas. Así que la conexión fue inmediata. Todos esos vacíos que Rocanegras tenía en su vida y que él mismo había dejado, podían ser llenados en la ficción. Con todo esto en mente, convertí a Rocanegras en un caballero ladrón (su leyenda —cosa que yo no inventé— cuenta que estuvo en Europa), emparentándolo con la novela criminal francesa; y así también lo ligué a la historia del asesinato de Juancho Gómez, uno de los mayores misterios de la historia política de Venezuela. El resultado, esta novela que mezcla la novela negra con la novela histórica, y que convierte a un personaje del pasado venezolano en un ex caballero ladrón.