jueves, julio 08, 2010

Cuatro gatos y un parque



En Santa Rosa de Lima hay un parque que cuando uno lo ve desde afuera parece pequeño. Tal visión es un truco. El parque, en realidad, es un gran secreto de los habitantes de la urbanización. Si entras, y subes unas escaleras, te encontrarás con un sitio inmenso en cuyo centro hay una cancha que podría ser de usos múltiples, pero que parece ser de futbolito. Ese gran secreto está rodeado de edificios, pero no por ello deja de conformar un espacio abierto, fresco y lleno de árboles. También claro está, se encuentra forrado de grafitis, algunos buenos, otros patéticos; la necedad urbana no puede faltar. Pero lo más importante de ese parque es una fabulosa caminería que rodea la cancha. Temprano en las mañanas y hasta al atardecer, los vecinos de Santa Rosa de Lima aprovechan su caminería al máximo. En parejas o a solas con sus audífonos se pasean o trotan cordiales, sin meterse con nadie, orgullosos de ese reducto de paz y civilidad que le ofrece la urbanización.

Pero eso no es todo. Si te fijas bien, en una de las vueltas de la caminería, verás a unos gatitos. Son cuatro, callejeros, negritos y alborotados como todo animalito que comienza a vivir. Siempre los verás jugueteando en la grama, entre florecillas amarillas, uno encima del otro, moviendo las colas, estirando las patitas. Esos pequeños salvajes son las mascotas del parque. La gente los ha adoptado y los cuida. No sólo no les falta la comida sobre unos platos de peltre de muy buen aspecto, sino que alguien les llevó para que jugaran una vieja torrecilla de mecates (de esas donde los gatos hacen sus patitas), y alguien más puso unos trapos de buen ver para que las mascotitas se echaran. Y la gente pasa, pasa junto a las mascotas, y si están empezando sus ejercicios, los saludan y les hablan con palabras bonitas. Los gatos se les quedan viendo, con sus cabecitas trémulas, sus ojos muy abiertos, y de vez en cuando devuelven el saludo con un maullido suave y cómico, para luego seguir jugando allí, en la grama, entre las flores amarillas.

Esos cuatro gatitos no son cualquier cosa. Esos cuatro gatitos nos hablan de la vida que podríamos respirar, de lo bien que podríamos estar, de la grandeza que vive en nosotros y que se hunde cada vez más en los pozos de la locura. Sería magnífico si un día, aquellos que no saben más que disparar odios, se acercaran en silencio, sin prejuicios, a ver cómo la gente cuida de estos pequeños felinos, y por un instante, tan sólo por un instante olvidaran toda la furia que llevan por dentro. Quizás entonces comprenderían, y todo empezaría a ser diferente.

1 comentarios:

JAUD dijo...

Me gusta la atmosfera apacible que logra con el cuento. Todas las urbanzaciones debieron tener un parque asi, pero por lo menos, por fortuna, y por casualidad, la mia tiene unos gatitos gemelos, de blanco y negro, que se persiguen y escalan un pino lloron, y luego se paralizan en unas de sus ramas, apenas moviendo sus colas, todo digno de una postal. Saludos