Yo había pensado en redactar para esta agradable cita un cuento. Un cuento donde a un escritor se le ocurre una historia para niños, pero no la escribe. Digamos que no lo hace porque no tiene tiempo para esas cosas, y listo, sin mayores complicaciones. Se me había ocurrido que luego este escritor va por la calle, y ve a una mujer sentada contra una pared con un bebé en brazos. Había pensado que esta mujer le hablara y que le dijera al escritor algo así como «Señor, ayúdenos, o si no mi niño morirá». El escritor, sin hacerle caso, sigue su camino. Luego, en algún momento, él empieza a toser con frecuencia. Otro día se vuelve a encontrar a la mujer con el niño, o a una mujer parecida, y esta mujer distinta u otra vez la misma le pide que haga algo cuanto antes, porque la muerte ronda. Y otra vez el escritor no hace nada, y sigue de largo sin parar de toser. Se me había ocurrido que quizás, como en un cuento de Cortázar, este escritor empieza a escuchar el llanto de un niño en el apartamento de al lado. Un apartamento donde vive una mujer soltera. El llanto de ese niño lo atormenta durante varias madrugadas. El escritor, muy débil quizás por la falta de sueño, logra salir de su apartamento una mañana y le toca el timbre a la vecina, pero nadie responde. Luego, en la tarde, tipo seis, vuelve a llamar, y nada. Como a las ocho y media hace lo mismo con iguales resultados. Está agotado, el sólo moverse lo cansa muchísimo. Una noche sueña con la mujer de la calle, que resulta también ser su vecina. La pordiosera-vecina corre por la orilla de un mar caribeño junto a un niño feliz y saludable. Entonces el escritor se levanta en medio de un ataque de tos. No sabe por qué, pero vuelve a recordar el cuento para niños que hace unos días pensó en escribir. Se pone de pie. Una fuerza obsesiva lo mueve, lo impulsa. Siente una imperiosa necesidad de salir a la calle. Lo hace, a duras penas lo hace. Empieza a recorrer los alrededores. Quizás es de madrugada. Se arriesga en una ciudad tan peligrosa, pero no puede controlarse. Algo le dice que debe buscar a la mujer pordiosera. Finalmente la encuentra a unas cinco cuadras de su edificio. La mujer está tirada contra una pared. Pero esta vez sin el bebé. Acá había contemplado que el escritor le preguntara a la mujer por el niño. Digamos que pregunta, y digamos que la mujer le responde que el niño se murió ayer. Que está muerto. El escritor entonces va y sienta al lado de la mujer, se apoya en su hombro y muere. También muere.
Segundo párrafo
En mis visitas a los colegios, los niños suelen hacerme las mismas preguntas. Debo decir que tales repeticiones no me molestan. Confieso que me gusta repetir una y otra vez las mismas respuestas. Creo que el profesor (o educador) que habita en mí disfruta con el rizo. Porque al fin y al cabo eso es lo que hace una persona que enseña: repetir, o repetirse; cosa que no tiene nada de malo. Recuerdo en este caso al científico del MIT y diseñador gráfico John Maeda en su excelente libro Las leyes de la simplicidad. Allí Maeda nos cuenta que tuvo el placer de asistir por lo menos tres veces a una clase del maestro de la tipografía Wolfang Weingart. Dice Maeda que Weingart repetía los mismos temas año tras año. Al descubrir esto, Maeda se sintió un poco desilusionado del maestro; pero luego comprendió que lo que Weingart hacía era reducir cada vez más su discurso, y que poco a poco lo llevaba hacia la esencia. Porque es así, para Maeda la repetición busca la esencia, la verdad de las verdades. Por eso no me molesta que me pregunten siempre lo mismo, porque tal dinámica me da la oportunidad de ir depurando la respuesta. Una de esas preguntas, es la siguiente: «¿En qué se inspiró usted para escribir Historias que espantan el sueño?» Pues bien, con el tiempo, he llegado a esta respuesta: Escribí esos cuentos para contárselos al Fedosy niño. Escribí esos cuentos porque necesitaba escribirlos; así les digo a los niños. Cuando uno crece se vuelve amargado, incrédulo, aburrido; nada nos asombra. Cuando uno crece, olvida imaginar (y esto que pongo entre paréntesis no se lo acoto a los niños, pero recordemos que William Blake montó toda su magnífica poesía como una reivindicación a la imaginación). Yo me recuerdo de niño, en mi cuarto, arropado hasta el cuello y con la lámpara de la mesita de noche prendida, leyendo alguna historia de Edgar Allan Poe. Me recuerdo sintiendo el miedo sabroso de la literatura, me recuerdo maravillado y feliz. Así, con el paso de los años, aquel Fedosy adulto que había pasado mucho tiempo sumido en una absoluta locura que ahora no viene al caso explicar, sintió la necesidad de buscar a aquel Fedosy niño que estaba en alguna parte de mí, que quería otra vez historias de miedo que le emocionaran, que le volvieran a hacer sentir que la vida valía la pena. Y entonces, el Fedosy adulto escribió, escribió esas historias de miedo.
Tercer párrafo
Este párrafo es muy corto. Quizás el único que debería haber quedado a la hora de esta lectura. Y dice así: Yo no sé los demás; de verdad que no lo sé, yo hablo por mí. Pero estas historias mías que luego terminaron siendo leídas por niños y jóvenes, son un asunto serio. Porque estas historias, queridos amigos, nacieron de una profundad necesidad interior, y quizás, si no las hubiera escrito, una parte de mí hubiera muerto, tirada allí, en una calle innoble, contra una pared y recostada de una pordiosera harapienta, sucia y fea.
6 comentarios:
Fedosy, como tu asidua lectora, me contenta que allás escrito esas historias,es una cosa seria, que me deja un conmovedor sobresalto, un maravilloso estado de asombro, que cuando te leo en tu blogs,
( también los mayores leemos tus historias) suavemente me sacas de la costumbre a la que a veces la vida me somete.De no haberte leido una parte de mi hubiera muerto..gracias maestro.
Escritos y con todo derecho ¡Maestro!
magnífico, Fedosy. Salud
Bróder, de pinga esta confesión rebanada en tres. Muy de pinga de verdad.
Qué bueno es desnudarse hasta de verdades sobre todo si en ese proceso nos reencontramos con el niño que nos habitó alguna vez.
Un abrazo!
Ophir
Siempre me gustaron los arranques de honestidad, las confesiones y los cuentos de miedo.Un placer como se leen por aquí.
Besos
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