Los amigos se conocen desde el tiempo ya mortecino en que sus familias vivían en la misma rama del árbol residencial. El amigo Glat, el mayor del dúo, siempre andaba a la cabeza, protector, temerario, grande. Su contextura física daba para el arrojo y para una socarronería que compartía con el otro, flaco, tímido y temeroso. En sus primeras bromas fueron el tándem perfecto de maestro y aprendiz. Escondidos en lo alto de los árboles, Glat lanzaba mandarinas podridas a los transeúntes, y Ted lo imitaba. Desde la cima de Montaña Muro, Glat se zambullía en picada hacia el mar Caribe, y más atrás, los dientes apretados y sintiéndose desde antes de lanzarse un Ícaro de alas quemadas, lo seguía Ted. Ya abajo, sobre la arena, Glat reía a carcajadas, delirante por la emoción del vértigo, y Ted, con ganas de llorar a gritos, contenido en su miedo, simulaba alegría y acompañaba a su héroe.
En ocasiones incluso, Glat salía con otros amigos de su edad para después volver donde Ted a contarle. Después lo llevaba a los lugares conquistados y repetía, desde su experiencia, las aventuras y las bromas vividas. También le traía chistes. Chistes groseros que le habían contado sus amigotes, y ambos reían felices de sus atrevimientos verbales. Así, el delicado Ted experimentaba el mundo a través de un prisma, de un filtro aséptico que le aportaba una experiencia segura, limpia. Tedcito lo necesitaba, el mundo le costaba. Dentro de él había como una pared de niebla, y al otro lado algo así como un agujero, un vacío. Quizás por ello, nunca tuvo la malicia de considerar a Glat como su bufón de vanguardia, y no se convirtió en un monstruo consentido y malcriado. Era devoto de su amigo, no su tirano.
Eso sí, en más de una ocasión, Glat jugó a la burlarse de Ted. Glat sí era conciente del rezago de su amigo, y lo aprovechaba para el humor. Nosotros vivimos para las bromas, no lo podemos evitar. El humor es un derecho, y también un deber. Y debe ser aprovechado, incluso a costa de la amistad.
Al parecer, hubo una broma que los separó durante un tiempo, y que los marcó a ambos por el resto de sus días. Cierta tarde, recostado de un árbol, Glat señaló con la boca hacia delante y le dijo: «En aquel árbol, el más grande, muy arriba, vive una muchacha que ha estado preguntando por ti». «¿De verdad?», preguntó Ted emocionado. «De verdad, y es hermosa. Rubia, de grandes ojos azules y con una voz muy bonita» «¿Y tiene nombre?», quiso saber Ted, que ya empezaba a soñarla, y necesitaba una rúbrica para su alma. «Claro», respondió Glat, «Belén se llama tu amada».
Ese cuento duró una buena cantidad de días. Días en los que Ted se fue poniendo cada vez más azul. (Nosotros, cuando nos enamoramos por primera vez, nos ponemos muy azules. Y ese azul vale tanto para un amor de verdad, como para un amor platónico, o en el peor de los casos, imaginario). El agujero neblinoso de Ted se llenó por unos días de la imagen de esa niña hermosa. Él sólo tenía que cerrar los ojos, apretarlos con las manos y luego retirar la presión para tener ante él un montón de manchas. Les daba formas, las convertía en réplicas de una chica etérea, flotante y hermosa. La imaginaba en la casa de sus padres, por el jardín, la imagina corriendo tras unas pompas de jabón. Ambos rodeados de risas, de tarde y de suave luz. Los rizos de ellas saltaban en el aire, suaves. Ella su amada, su prima de tierras lejanas que había venido a quedarse para siempre a su lado, escondidos del mundo entre los materos y los helechos de los jardines interiores de una casa infinita. En estas ensoñaciones anduvo un montón de días. Y claro, se puso muy azul. Enamorarse ya era motivo de burla entre los de su edad. Pero ponerse tan azul, era ya demasiado. No salió de su casa, se encerró en su cuarto. Por fin, una tarde, Glat fue a visitarlo. Al verlo, se sintió el peor ser que jamás hubiera existido en Montaña Muro. El tiempo de su broma se había extralimitado. Así que le dijo la verdad: «Amigo, querido amigo, la chica de la que estás enamorado, esa Belén con la que tanto has soñado es apenas eso, un sueño. No existe». El azul de Tedcito empezó a mutarse al rojo doloroso e iracundo del engañado; pero no dijo nada, no tomó represalias.
Aquella noche, a solas en su cuarto, le vino el primer poema en su excelsa carrera de poeta excelso. Completo, sin pensarlo; así le llegó. Lo creó en la medida que lo fue recitando, bajito, triste lerdo. Ese poema legendario anda dando vueltas en una pompa cristalina entre las altas copas de los árboles. Todos los habitantes de Montaña Muro, en nuestra juventud, hemos ido a su búsqueda alguna vez. Pocos lo encuentran. Pocos lo hemos leído. Yo sí pude hacerlo. Allí, una tarde tibia, en la rama más alta de un cedro, vi la burbuja con el poema en su interior. Trasmutado dentro de la luz, abierto de inmensidad, emocionado como se emociona todo joven ante la belleza, me alcé en dos patas para ponerme a la altura de la magnífica pompa y leí.
El poema dice así:
Belén: Aunque las penas y tu olvido
destrozaron mi triste corazón
soy el terno niño distraído
siempre, en soplar sus pompas de jabón.
Juntos mojamos, y en la misma taza
los verdes canutillos de bambú;
iban dentro de mi pompa, y por la casa,
la tarde linda, y mi jardín y tú.