Descubrí en el sosiego la voz del Supremo, y la verdadera utopía, entre tus manos pequeñas y en la ilustración de un libro infantil. Ese dibujo, ese colorido y simple dibujo sí es una esperanza, un modelo de vida, la tierra prometida. Mira el campo, las bragas y las vacas, las sonrisas, la ciudad y sus ventanas, el tráfico liviano, las sonrisas otra vez, la casa ordenada, la cena, la lamparita, el faro, las camas arregladas. Y arriba la luz, perfecta.
No creo en el castigo a lo divino, dentelladas a las culpas de lo humano. No creo en el ateísmo torpe del resentimiento, tan medieval, tan inquisidor como lo negado. No creo en los hijos de la inquisición laica, alimento fácil para las fauces de un siglo cargado de demonios y tonterías homicidas. No creo en la muerte de la tradición bajo las cadenas de las furias solidarias, ni en la libertad de los uniformes mentales, contrasentido del alma.
Yo sólo tengo fe en Dios, la única fe posible.
Dios, que cada día existe más en la sagrada persistencia de lo vivido, en la desmemoria del recuerdo que escribo, y en la tonadilla de los zapatos grandototes y el pelo hacia atrás.
Dios está en el dibujo de la playa que me pides que te haga. Está, mi rey, en tu vida recién fundada. En ti, que me extrañas cuando me voy, que me llamas llorando al celular y me pides sorpresas de maleta, regresos, aviones y galletas.
Dios está cada mañana, cuando después de todo, te arreglo el cuello de la franela, justo antes de empezar la batalla del cepillo de dientes.
Tú mi muerte, diría Bataille, me has dado vida eterna.
No creo en el castigo a lo divino, dentelladas a las culpas de lo humano. No creo en el ateísmo torpe del resentimiento, tan medieval, tan inquisidor como lo negado. No creo en los hijos de la inquisición laica, alimento fácil para las fauces de un siglo cargado de demonios y tonterías homicidas. No creo en la muerte de la tradición bajo las cadenas de las furias solidarias, ni en la libertad de los uniformes mentales, contrasentido del alma.
Yo sólo tengo fe en Dios, la única fe posible.
Dios, que cada día existe más en la sagrada persistencia de lo vivido, en la desmemoria del recuerdo que escribo, y en la tonadilla de los zapatos grandototes y el pelo hacia atrás.
Dios está en el dibujo de la playa que me pides que te haga. Está, mi rey, en tu vida recién fundada. En ti, que me extrañas cuando me voy, que me llamas llorando al celular y me pides sorpresas de maleta, regresos, aviones y galletas.
Dios está cada mañana, cuando después de todo, te arreglo el cuello de la franela, justo antes de empezar la batalla del cepillo de dientes.
Tú mi muerte, diría Bataille, me has dado vida eterna.


3 comentarios:
¡Que hermosura Fedosy! te pasaste.
No me importan si piensan que mi comentario es vacío, sin argumentos ni ideas.
No puedo.
Lo hermoso que me pareció lo escrito no se puede precisar con palabras. Lo poco que les puedo decir es que me pareció un cuadro con colores entre vino tinto y celeste y morado. Sabe a chicle de canela. Pero más de eso no me pidan.
Un abrazo
Adri
Coño, es verdad, qué bonito.
La gratificación de ser Papá!
Una belleza!
Publicar un comentario en la entrada