miércoles, febrero 11, 2009

EL PRE-SET DE LAS PALABRAS





Hace poco leí una entrevista que le hiciera María Luisa Páramo a Adriano González León para la revista Especulo de la Universidad Complutense. En ésta, González León habla de sus libros y de sus concepciones sobre la escritura. En cierto momento, la entrevistadora le recuerda que algunos críticos definen su literatura como formalista, y luego le pregunta si corrobora tal aseveración. Una parte de la respuesta de Adriano González León es la siguiente:

“No se trata de formalismo, es que el idioma es por sí sólo un contenido, es una anécdota y una verdad. Cada palabra cuenta y puede contar por sí sola una historia, si el lector tiene imaginación. Las palabras están llenas de emociones, de paisajes y de vidas interiores que el lector puede construir.”

Esto, si lo tomamos como un dogma supremo, puede llegar a ser una dolorosa exageración que nos llevaría a eliminar la anécdota de la literatura y sumirnos en la Edad Media del experimentalismo (paradójico, pero así es). No obstante y dejando a un lado los peligros de la respuesta, creo que el autor tiene razón. Las palabras son como chips que contienen informaciones universales y predeterminadas. Una palabra designa una cantidad de historias, de imágenes y de situaciones en nuestra mente. Incluso, si seguimos a Derrida y su concepto de différance, las palabras nunca pueden significar plenamente, y sólo se definen a través de otras palabras de las que difieren. “Mesa” se define y difiere así por contraposición y ausencia de las palabras “mesita de noche”, “comedor”, “escritorio”, etc. Es decir, las palabras están “pre-seteadas” tanto en presencia como en ausencia.

De allí que el escritor deba prestar suma atención a las palabras que pone en sus textos. El ansia por el adjetivo es peligrosa, así como la pretensión del sinónimo. Un sinónimo pretencioso es un asesino de lectores. No es lo mismo escribir “la niña yacía” que “la niña estaba acostada”. Yacer es un verbo con historia lúgubre entre nosotros. Si bien, según el diccionario de la Real Academia Española, la primera acepción de “yacer” nos refiere a una persona echada o tendida, en nuestra cultura la segunda acepción ha tomado mayor fuerza: “Dicho de un cadáver: estar en la fosa o en el sepulcro”. Así, yacer, quizás por el mismo desgaste dentro del discurso literario, se define más en nuestro contexto por la ausencia de vida. Si queremos decir que una niña está acostada, nada mejor que decir que la niña está acostada, sin más. Cabe recordar a Quiroga y el sexto precepto de su decálogo: “Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: ‘Desde el río soplaba el viento frío’, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla.”

Suele ocurrir también que el escritor novato, acostumbrado a leer sólo traducciones (como el que lee sólo novelas de fantasía o ciencia ficción), comete una cantidad de faltas notables. Se trata del escritor-traductor, es decir, que escribe como lee, lo que genera una escritura al estilo traductor español. Así, el escritor-traductor podría escribir una oración como “voy a comer con una pareja de chicos que conocí en el congreso”. De inmediato el lector, que sólo sabe que el narrador es un hombre, le adjudicará unas características a éste que el escritor-traductor no quería imprimirle. Allí, la palabra “chicos” unida a “pareja” en nuestro contexto cultural nos lleva hacia el universo de significados propios de la vida homosexual. No cabe duda, el escritor-traductor se ha buscado un problema. Él nada más quería decir que su personaje-narrador había conocido a otros dos participantes del congreso que le habían caído bien y que se iba a almorzar con ellos. Pero su escritura —su cultura— “traductora” le hizo cometer el error. Y es que ha leído tantas veces la palabra “chicos” (aplicada a personas, a hombres heterosexuales) en las traducciones, que las usa sin pensar que entre sus coterráneos la palabra “chicos” puede tener otros significados, más si lo unimos a “pareja”. “Pareja de chicos” se vuelve una frase confusa dentro de un contexto ajeno.

Así, no cabe duda de que una palabra “cuenta y puede contar por sí sola una historia”, tal como llegó decir Adriano González. Él acota, “si el lector tiene imaginación”. Esa imaginación siempre está allí. Es más, ni siquiera se trata de imaginación, se trata del “pre-set” mental que establece asunciones. Si bien el arte es una lucha constante contra los lugares comunes, también es cierto que el talento del escritor juega un rol capital dentro del juego de conformación lexical del discurso. El escritor con competencias sabe que el “pre-set” de las palabras es un campo minado, y que si una de esas minas llega a estallar sobre las páginas de su escritura se producirá un hueco gigante por donde se le escapará el lector.

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