domingo, septiembre 28, 2008

UN VAMPIRO EN MARACAIBO, HUMOR Y TERROR DEL SIGLO XXI




Disculpen la poca profundidad con que voy a empezar, pero no me aguanto las ganas de decirles que en esta novela hay una redada de burros. Sí, una redada policial, donde los burros no son los policías (aunque pudiera ser), sino donde estos mentados hombres de ley cercan, atrapan, arrinconan a unos burros pensando que atraparán a un brujo fugitivo que se transformó, precisamente, en jamelgo.

Nada más cuando conocemos el título del libro, nos nace de inmediato una sonrisa cómplice. Uno dice: “No ya va, acá hay algo que no está bien. ¿Qué carajos tiene que ver un vampiro con una ciudad donde el sol y el calor son parte fundamental de la vida de sus ciudadanos, incluso de noche?”.

Con Un vampiro en Maracaibo (Alfaguara, 2008), Norberto José Olivar ha unido mundos aparentemente incongruentes. De allí que su título nos extrañe y al mismo tiempo nos arranque esa sonrisa sabrosa: Los vampiros y Maracaibo son dos mundos contrarios, y quizás por eso, porque son dos mundos de remotísima o nula filia, nadie había hecho la conexión. Pero ahora, que la vemos allí, convertida en título y escrita en la tapa de un libro, nos decimos: “pero claro, qué buena idea”. A todos nos gustan las relaciones inusitadas, que el arte nos sorprenda y nos muestre nuevas aristas del mundo; esa es la esencia de la creatividad. T.S. Elliot dijo alguna vez: “Cuando la mente del poeta está perfectamente organizada para trabajar, constantemente amalgama experiencias diferentes”, y el también poeta Robert Frost asegura en muy poca palabras que “una idea es una proeza de asociación.” Pues bien, Norberto José Olivar tuvo una idea, una gran idea, como dicen los publicistas. Su nueva novela trata sobre un vampiro alto, flaco y feo que no sabemos bien si en verdad es vampiro, sobre otros vampiros que tampoco sabemos sin son vampiros, sobre brujos que puede que sean vampiros, sobre un historiador que se mete a escritor y en camisas de once varas, sobre un viejo petejota que no para de echar cuentos extraños, y sobre gente que está loca, realmente loca y que hace cosas horrendas en su locura. Porque no crean, este libro, a pesar de que tiene muchísimo humor, también da miedo. También es de terror, o de horror, uno muy real, muy cercano, y que tiene su base en la realidad. Es el horror del ser humano, el horror que produce la mente de hombre en su soledad, en su tristeza, en su desesperanza espiritual ante un mundo que parece abandonado de Dios, incluso del mismo Diablo.

Un vampiro en Maracaibo no se preocupa por los géneros. Es una novela perfectamente encuadrada dentro de la literatura del siglo XXI, que juega, que se atreve en un mar agitado y sale airosa. Como novela modernísima (o postmodernísima), Un vampiro en Maracaibo hecha mano de varios registros; toma el género detectivesco, la crónica roja del periodismo (no pude dejar de pensar, por ejemplo, en esos programas mexicanos o de Miami que hablan del chupacabras), la pequeña historia local y el cine clásico, y a todo esto le inyecta humor y terror, en una demostración lúdica fenomenal de lo que puede hacer un escritor de nuestros tiempos con la forma sin caer en hermetismos vacíos y sin darle la espalda a sus lectores. Porque Un Vampiro en Maracaibo es un libro ágil, divertido, terrorífico y cinematográfico. Pero al mismo tiempo, para aquellos que buscan leer más allá de la anécdota, es igualmente una novela que nos habla de la locura del ser humano y de un mundo en crisis donde la razón, la soledad y el ostracismo de las religiones han llevado al hombre a concebir las ideas más perversas y descabelladas. “El sueño de la razón produce monstruos”, dijo Goya, y entiéndase esto bajo dos paradigmas diferentes. En uno, la razón dormida, descuidada, se duerme y se la lleva la corriente. En la otra, la razón soñada como meta, como última panacea, también se deja llevar por la corriente. Por la corriente de la locura. Los extremos entrañan el horror. Pero en la mente, claro está. Porque la realidad, parece decirnos Olivar, está allá afuera amorfa, descompuesta. Ese mismo flujo de “amorfidad” en que estamos sumergidos, no conoce de géneros. La realidad es horrenda y hermosa, maravillosa y fascinante a los ojos del escritor, del observador, del cazador de huellas. Olivar, su detective y su historiador, están concientes de esto al componerla, y nos la muestran reinterpretada pero imbuida de esa ambigüedad. Recuerdo los filmes de los hermanos Pang, dos especialmente: El ojo 2 y El ojo 10. El Ojo 2 es una magistral obra que mezcla el drama con el horror, y que te hace decir, al terminar la película y luego de haber visto sangre a borbotones, “qué película tan hermosa, tan conmovedora”. El ojo 2 toma los temas del amor, el aborto y el suicidio, y a través de una muy bien pensada trama de terror, estructura un film dramático e incluso filosófico. Los Pang formulan así una película sin género, nueva en su forma. El ojo 10, que no es la décima película de la serie sino la tercera, es una burla fenomenal que juega al desgaste de las secuelas de Pesadilla en la calle del Infierno, Halloween o Viernes 13, filmes que han conocido ya demasiadas derivaciones, y que, en su propio cansancio, han terminado acudiendo a la parodia, moviendo más a la risa que al miedo. Los hermanos Pang, ex profeso, hacen lo mismo con El ojo 10. Se van hasta una supuesta décima secuela y se burlan de ellos mismos. El resultado es un film de horror lleno de gags humorísticos. Acá, el humor, funciona claramente como un arma superior de la inteligencia y del arte. Recordemos que El Quijote fue una gran burla a la novelas de caballerías y a una manera de entender el mundo. Por cierto, si alguien te sale con la chorrada esa de que la literatura es un arte para expresar la necesidades más íntimas, tú sólo tienes que decir, así como sin nada: “El Quijote”, y listo. En fin, en el Ojo 10 estamos ante un film inteligente, una sátira fenomenal que, a pesar de su humor, tiene grandes momentos de miedo. El ojo 10 se me antoja un meta film de horror, y se me antoja también que Un vampiro en Maracaibo es su equivalente, pero no hablada en chino, sino en maracucho. Esta novela de Norberto José Olivar es una meta novela que experimenta con mucha fortuna y talento sobre los recursos manidos del vampirismo y las novelas detectivescas, los saca del lugar común y los convierte en literatura. No le importan, como ya señalamos, los géneros y, en ese sentido, no conoce fronteras; es correctamente imprecisa. Sus personajes, por cierto, también viven en esa imprecisión, en la duda constante, en el desasosiego. Para ellos nos hay certezas, porque ellos han llegado más allá de donde muchos se atreven. Esas tierras, si te asomas, verás que son muy extrañas y no tienen caminos. Con esta novela, Norberto José Olivar se ha adentrado también por zonas de la literatura venezolana poco exploradas, las mismas en las que nos estamos metiendo muchos de los que ahora escribimos, con dudas, con incertidumbres, pero decididos y a paso constante, al paso de los que de verdad vamos en serio. Norberto José, con Un vampiro en Maracaibo suma a estos nuevos tiempos calidad, frescura y esa noción clara de escribir para regalarle un buen rato a sus lectores, y para empezarnos a sacar de encima esa idea de que la literatura venezolana es un largo desliz masturbatorio, o como diría Carlos Andrés Pérez, un largo desliz "auto-masturbatorio”.