viernes, marzo 07, 2008

SÓLO LOS ROQUEROS SON GENTE






A J.J.



Cuando Killer Santaella abrió los ojos se encontró sobre el asiento de un autobús. La oscuridad era perfecta, absoluta; así que prefirió aguardar a ver en qué asunto estaba metido. Miró de reojo a su acompañante. Se trataba de un hombre alto y muy delgado que dormitaba con la boca abierta y en silencio.

Tenía la certeza de que el autobús subía una montaña. La inclinación lo sugería, y las curvas, las curvas cerradas, angostas. Killer imaginaba los cauchos pasando muy cerca del borde desdibujado por la noche... y hasta ahí, porque el resto no era agradable.

En cierto momento pasaron junto a un puesto de la Guardia Nacional. Nadie estaba apostado junto a los conos. "Flojos de mierda", se dijo, "seguro roncan dentro del comando."

Un par de horas más tarde empezó a amanecer. Killer Santaella se dedicó entonces a estudiar su entorno. Vio que estaba rodeado de gente de aspecto inofensivo. Algunas personas eran muy delgadas, otros obesas. Vestían ropas de colores pasteles (shorcitos, medias largas, chalecos de fotógrafo) y la mayoría usaba anteojos. Eso sí, todos llevaban largavistas sobre los pechos. Las señoras eran hablachentas, pero sus voces eran apenas audibles. Parecía gente decente, educada. Se sintió aliviado. No había nada qué temer.

Afuera, el paisaje era agradable. Iban por una carretera empinada y todo a su alrededor era selva tropical y estaba lleno de luz. Killer pensó en Choroní como una posibilidad.

El autobús bajó la montaña y al cabo de unos minutos se detuvo. Los pasajeros se bajaron; Killer de último. Algunos de los pasajeros, el guía y el chofer lo miraron extrañado. Con esa mirada de “¿y este quién es?”, pero de ahí no pasó la cosa. Esas personas eran demasiado serenas y temerosas para meterse con semejante personaje.

Ya fuera del autobús, los viajeros se internaron en la selva, llevados por un guía de simpáticas verborreas. Killer los siguió. No tardó en comprender que se encontraba con un grupo de observadores de pájaros, la mayoría extranjeros. Bostezó y se regresó. Nada tenía qué hacer allí. "Me voy el pueblo", se dijo.

Después de unos cuarenta minutos llegó a la civilización. Pudo comprobar que, como había pensando, se hallaba en Choroní.

Se registró los bolsillos. Vacíos.

Vio a tres negros en una esquina, se acercó y les pidió dinero. Los negros se echaron a reír.

-Coño, un blanquito pidiéndonos plata. Esta vaina es nueva.

Les pareció tan graciosa la situación que le dieron una buena cantidad de plata.

-¿Y no quiere una cevercita, compadre? -dijo uno de los hombres.
-Bueno, sí -dijo Killer, y luego bajito-: Coño de tu madre.
-¿Qué dijo?
-No, nada, que te acepto la cervecita, jefe.

Acompañó a los negros hasta un kiosquito. Allí se tomaron las cervezas. Unas veinte, cinco cada uno.

Los esfuerzos de Killer por mostrarse afable fueron mínimos; se mantuvo callado, ni siquiera sonrió. Apenas se limitó al simple gesto de afirmación con la cabeza. Pero a aquellos hombres sólo les interesaba la cerveza y las extranjeras que paseaban por allí.

Una hora horas más tarde, Killer se despidió con un simple gesto. Los negros le palmearon los hombros, hablándole como si fuera el mejor amigo que jamás hubieran tenido.

Se tocó los bolsillos. No había gastado un centavo de lo que le habían dado; las cervezas habían corrido por cuenta de ellos.

Llegó a otro kiosco, esta vez uno de revistas, periódicos y chucherías. Compró una barra de granola y un refresco de colita; luego empezó a andar por el pueblo, sin prisa.

En una calle se encontró con los observadores de pájaros. Quizás salían del almuerzo en el restaurante de una posada. Se fue tras ellos, como una oveja más de aquel grupo llevado por el guía amistoso y parlanchín.

Más adelante se encontraron con el autobús. Su trompa apuntaba hacia las afueras del pueblo. Killer se subió con el grupo. El chofer lo miró extrañado. El guía también. Pero una vez más, ¿quién se atrevía a meterse con semejante tipo?

Se sentó en los últimos puestos. La mano con la colita sobre un muslo y la mano con la barrita de granola sobre el otro; la mirada fija en el respaldar de enfrente. A su lado iba una gorda que no paraba de limpiarse el sudor con un pañuelo. "Maldita gorda grasosa", pensó.

El autobús tomó rumbo hacia la montaña de carretera difícil. Más tarde llegaron a la alcabala de la Guardia Nacional que Killer había visto durante la madrugada. Esta vez sí había soldados junto a los conos. El autobús se detuvo, luego se movió hacia la derecha. El chofer y el guía se bajaron. Killer los vio discutir con el guardia. Ya suponía de qué se trataba: los muy imbéciles habían estado dormidos cuando aquel enorme autobús pasó y, ahora que venía de vuelta, lo paraban, indignados, enojados con ellos mismos, con su descuido. Claro, siempre había una bonita manera de desquitarse: el dinero aplacaba todos los ánimos.

Un guardia subió al autobús. El guía lo escoltaba preocupado.

-Bájense todos -dijo el guardia-. Bájanse ya.
-Sí, amigo, tenemos un pequeño inconveniente -dijo el guía, gesticulando y moviendo las manos de un modo exagerado-. Vamos a tener que bajarnos por unos minutos.

Luego, cuando empezó a decir lo mismo en inglés, el guardia giró para retirarse y se lo llevó por delante. El guía, atolondrado, se recompuso y volvió a repetir la información en inglés.

La gorda que estaba junto a Killer dijo:

-But what happens? What happens?

Killer Santaella dijo “dollars”, y se puso de pie para salir.

Ya afuera volvió a tomar de la colita y a darle un mordisco a la barra de granola. Empezó a alejarse del autobús y de la alcabala. Al pasar junto al guardia alzó la cejas y saludó sin ganas. El guardia le devolvió el saludo de la misma manera y se dedicó a seguir su transacción monetaria con el guía, el chofer y dos representantes de los observadores de pájaros.

Media hora más tarde, Killer seguía caminando. Le había alzado el dedo gordo a unos quince vehículos, pero ninguno se detuvo. Por fin, una destartalada Fiorino bajó la marcha y se paró a su lado. De su interior, a todo volumen, brotaba la estridencia sabrosa de Iron Maiden.

666 the number of the beast
666 the one for you and me…


-Súbase, mi pana -dijo una voz por los predios del volante.

Killer Santaella le dio el último mordisco a la barra de granola y se terminó la colita. Arrojó el papel y la lata al monte. Entonces abrió la puerta y vio al conductor: se trataba de un peludo viejo con franela negra de Deep Purple. Un tipo lleno de arrugas que había bebido mucho y se había metido de todo por la nariz. Quizás ahora, sin mayor trascendencia en la vida, se dedicaba a fumar marihuana y a escuchar a sus viejos ídolos.

-¿Qué hubo? -dijo el peludo y bajó el volumen de Iron Maiden.
-Todo bien -respondió Killer.
-Nadie te daba la cola, ¿verdad?
-Qué va.
-El mundo está jodido.
-Así es.
-Es una mierda.
-Sí... -dijo, y luego de una larga pausa-: Sólo los roqueros son gente.

El peludo soltó una carcajada y golpeó el volante.

-¡Hell, yeah! -gritó agradecido y volvió a subirle el volumen a la música.

Killer Santaella sonrió, al tiempo que se fijó en el destornillador que reposaba sobre la consola. Aún sonriente, volteó a mirar al roquero feliz, que cantaba a todo dar el coro de los Maiden. "Me cae bien", se dijo, "lástima que su vida no tenga sentido." Luego miró una vez más el destornillador, se inclinó, lo agarró, se volteó hacia el hombre y se lo clavó en el pecho.

Fue como en una película de esas inverosímiles, donde el copiloto debe tomar el volante y dominar el vehículo. Se sintió estúpido haciendo eso y hasta tuvo ganas de irse por un barranco, pero al final logró detener al viejo Fiorino. Ya a un lado de la carretera, sacó el cadáver y lo ocultó en la espesura. En la guantera consiguió algunas servilletas. Limpió el asiento. Luego volvió donde el roquero, se puso de rodillas y le registró los bolsillos. Encontró una navaja Herbertz.

-Qué bellezura -dijo.

Sacó el filo, lo contempló admirado, luego tomó los cabellos del roquero por encima de la frente y se inclinó con la Herbertz.



Al rato, se puso al volante con la cabellera del roquero sobre su cabeza, a modo de peluca. Su frente mostraba manchones de sangre, su cara algunos hilillos bermejos.

Encendió el carro, puso a todo volumen el tema de Iron Maiden y arrancó. Iba cantando.

-I have the fire, I have the force, I have the power to make my evil take it's course...

Se pasó un dedo por el ojo. Era una gota de sangre o quizás una lágrima. Le dio fastidio mirarse el dedo. Igual tenía toda la mano llena de sangre. Recordó al roquero. Hizo una sonrisa tierna. “Sí, sólo los roqueros son gente”, pensó.

1 comentarios:

Jose Urriola dijo...

Tremendo cuento, Fedosy. Casi siempre solemos ser gente durante la adolescencia, luego con los años la mayoría se va convirtiendo en Killers de closet (con su granola, su colita y su destornillador, ocultos debajo de la guayabera).